MOISÉS ESTÉVEZ

En aquel pequeño café encontraba tanta inspiración que acudía casi a diario. Se sentaba siempre en la misma mesa, en un rincón del local, apartado de miradas curiosas, pero con la suficiente luz para escribir un rato mientras degustaba el magnífico expreso que servía Erik.
Este lo observaba mientras secaba vasos y copas a la antigua usanza, a la vez que pensaba convencido que aquel joven impetuoso y reservado algún día llegaría a ser un escritor famoso y aclamado.
No encontraba una explicación lógica, pero le era agradable tenerlo como cliente, aunque pocos beneficios económicos sacaba de sus visitas, ya que pasaba horas y horas sentado mientras consumía uno o dos cafés.
Con el tiempo habían entablado una incipiente amistad y el reservado aspirante a escritor de novelas policíacas, en contadas ocasiones le confesó sus sueños, sueños de un “músico loco” o “pintor bohemio”, sueños en los que sólo cabía negro sobre blanco, con la intención de transmitir intriga y pasión,  acción y aventura, y por qué no, melancolía y tristeza, a sus futuros lectores.
Pobre iluso, pensaba Erik, aunque en el fondo le embargaba un sentimiento de envidia sana y complicidad.
– ¿Marco te apetece otro cafecito? La casa invita…

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