GAMBITO DANÉS

Belonefilia: Excitación producida por el uso de agujas

Lara siempre fue una chica peculiar, sobre todo internamente. Aunque de cara al exterior mostraba un look alternativo, con muchos piercings y ropa provocadora, lo sorprendente de su personalidad era precisamente la parte que intentaba mantener oculta. A sus dieciocho años tenía un cuerpo joven y envidiable. Metro setenta y uno, morena, pelo algo corto, ojos marrones, busto generoso, cintura delgada sin ser de avispa, trasero firme y bien puesto, piernas torneadas y atractiva de cara. Se había tomado las medidas en más de una ocasión, por pura curiosidad, y se sentía satisfecha con sus 95-64-94. Pensaba que si a alguien le gustaban las chicas más delgadas era su problema no el suyo, de esqueletos estaba el cementerio lleno.

Para ella los piercings eran una auténtica liberación. Desde los catorce años llevaba tres perforaciones en una oreja, cuatro en la otra, una en la ceja, dos en la nariz, una en cada pezón, otra en el ombligo y una última en el clítoris. Su cuerpo taladrado y sus escasos tops y cortas minifaldas hacían que muchos jóvenes y no tan jóvenes soñasen con colarse entre sus muslos. Desde que había perdido la virginidad a los trece años no eran pocos los que lo habían conseguido, pero, lo que nadie sabía, es que casi siempre se sentía insatisfecha en todas sus relaciones. Lo que la gente no podía sospechar, es que Lara experimentaba más placer sintiendo como la aguja perforaba su piel o incluso mirando cómo lo hacía con alguna otra persona, que manteniendo relaciones sexuales completas tradicionales.

Era un viernes por la noche, había oscurecido ya cuando Lara se encontraba encerrada en el baño. Había desinfectado la aguja, secado su boca y tenía ya el labio estirado cuando con la otra mano presionaba en la parte interna de este con la punta de la improvisada herramienta.

—Mmm.

El primer gemido llegó enseguida, al notar como atravesaba la primera capa de piel. Venía el momento más delicado, sabía que en cuanto atravesara el labio el agujero se cerraría al estar fresco, y debía aprovechar ese pequeñísimo espacio de tiempo para introducir la joya antes de que eso pasara. Lo había hecho más veces, estaba atenta, pero también disfrutaba de cada segundo que el metal estaba en su interior.

—Mmm, mmm.

Se miraba atenta en el espejo, a punto de culminar la acción. Vestía solo con una camiseta y bragas blancas, notó como sus ojos, clavados en el cristal, alternaban entre su labio y su sexo. Se sentía tan caliente que sabía que después de eso necesitaría tocarse.

—Mmm, mmm, mmm.

Por fin atravesó la carne que faltaba y hábilmente introdujo la punta de su nuevo piercing para sustituir a la aguja perforadora. Ya tenía su nuevo adorno, y se notaba completamente cachonda. Bajó la mano hasta la ropa interior y empezó a acariciarse el clítoris por encima de la tela. Podía notar el adorno que en él tenía a través de la braguita, potenciando aún más su placer al hurgarlo.

—Mmm, mmm, mmm, mmmmm.

Siguió acariciándose por encima hasta que decidió introducir la mano, encontrándose con su placentera pepita desnuda, desprotegida ante las caricias de las traviesas yemas de sus dedos.

—¡Ohh!, ¡ohh!, ¡ohhh!, mmm, ¡mmm!

El placer era tal que le flaquearon las piernas, casi a hurtadillas avanzó de espaldas hasta el váter, se liberó definitivamente de la ropa interior que ahora mismo habitaba en sus rodillas y se sentó en él para estar más cómoda. Ahora jugaba con su anatomía con movimientos circulares, sin olvidarse de estimular el piercing clitoriano ni un momento, sintiendo el orgasmo a punto de hacer acto de presencia aumentada su calentura por la sensibilidad de la zona recientemente perforada.

—¡¡Ohh!!, ¡¡ohh!!, ¡¡ohh!!, ¡¡ohhh!!, mmm, ¡mmm!, ¡¡mmmm!!

Intentaba ahogar sus gemidos por miedo a ser escuchada, pero le resultaba cada vez más difícil. El clímax estaba tan y tan cerca cuando alguien llamó a la puerta del baño preguntando:

—¿Cariño, estás allí?, te estamos esperando para cenar.

Ni siquiera la dulce voz de su madre pudo parar lo que acabó siendo un inmenso orgasmo, contrayendo las piernas a cada arremetida de placer, haciendo equilibrios por no caerse del váter mientras que con la otra mano se tapaba la boca para mitigar sus suspiros.

—¿Cariño?

Lara se recuperaba como podía de tan placentera culminación mientras, intentando controlar la respiración que estaba desbocada, conseguía contestar con un escueto:

—¡Voy!

Recuperando el aliento y volviendo a vestirse con las bragas y un pequeño pantaloncito que llevaba tiempo tirado en el suelo, pensó la sorpresa que tendrían sus padres y su hermano mayot si algún día supieran de todas sus rarezas, de todos sus secretos y parafilias que lejos de domar poco a poco ocupaban más horas en su vida.

Fratrilagnia: Atracción sexual por las relaciones incestuosas

El lunes en la facultad había sido largo y aburrido, como de costumbre. Había comido en casa con sus padres y su hermano y sobre las cuatro fue a la consulta del psicólogo al que visitaba desde hacía un par de meses. Se costeaba las sesiones haciendo pequeños trabajos de camarera los sábados y domingos, y aquel era un secreto que nadie sabía.

—Y bueno, entonces, ¿dices que no pudiste evitar hacerte un nuevo piercing? —preguntó el Dr. Rigau.

—No pude, de verdad que lo intenté pero el viernes pasado caí en la tentación. Sé que debería haber tirado el resto de joyas que me sobran, pero me da pánico. Pánico tener un arrebato y no poder saciarme.

El doctor rio unos segundos antes de añadir:

—Hablas como un vampiro. ¿Qué paso después?

—Lo de siempre.

—¿Qué es lo de siempre, Lara?

—Se lo he contado muchas veces, me masturbé —contestó algo incómoda.

—De acuerdo. ¿Llegaste al orgasmo?

—Sí, llegué.

—Deja que te haga otra pregunta, ¿cuándo tuviste relaciones sexuales por última vez con una persona?

—Hará unas dos semanas.

—¿Hombre o mujer?

—Hombre.

—¿Llegaste al orgasmo?

Lara suspiró.

—No

—¿Y él, llegó al orgasmo?

—Sí, a los cinco o seis minutos.

—¿No se dio cuenta de que tú no habías quedado satisfecha? ¿Fingiste?

—No y no.

—¿No?, ¿y cómo puede ser?

—Pues no sé doctor, supongo que estaba concentrado en llenarme de semen —respondió ahora con cierto enfado.

—De acuerdo, de acuerdo. ¿Alguna otra…digamos…peculiaridad desde la semana pasada?

—No, ninguna.

—¿Pensamientos?

—Sí, eso siempre, ya le he contado lo que me pasa.

—Muy bien, y vas por muy buen camino Lara, pronto sabremos controlar tus impulsos, confía en mí. Pero no te enfades si te pregunto, es mi trabajo.

Ella asintió con la cabeza.

—¿Con quién has pensado esta vez, tu hermano?

—Sí.

—¿Con alguien más?

—Sí, con mi padre.

—Vaya, esto es menos usual, supongo que esta semana ha sido de gran actividad. ¿Eso es todo?

—La verdad es que no. Me imaginé haciendo la pinza con mi madre en la cocina, esa es la puta verdad.

—Entonces, ¿eres bisexual? Lo habíamos hablado pero no lo tenías muy claro.

—Solo me gustan los hombres, no me gustan las mujeres a parte de mi madre. Es morbo, es placer por lo prohibido, supongo que todo lo que le diga sonará a tópico.

—No creas, eres un caso bastante peculiar. Lo cual no significa que todas estas emociones que experimentas sean malas, o tu culpa, o anormales, ¿me entiendes?

—Doctor, no soy una niñata estúpida.

—Lo sé, lo sé, por supuesto. Mira, para la semana que viene seguiremos experimentando con la abstinencia. Cualquier relación sexual que no sea entre tú y un hombre no perteneciente a la familia queda prohibida, incluida la masturbación.

Abasiofilia: Excitación sexual por personas discapacitadas

Los siguientes tres días fueron muy tranquilos, la concentración, la música y la fuerza de voluntad fueron suficientes para que llevara una vida normal. Todo iba sobre ruedas hasta que volviendo de la facultad, en el metro, coincidió con un pequeño hombrecillo que, con una pierna amputada, andaba con muletas de un lado a otro pidiendo algo de limosna. Si había una cosa que le excitasen más que las agujas esta eran los tullidos. El hombre era difícil de ver para cualquiera de los integrantes del vagón. Casi enano, con una sola pierna y bastante andrajoso, pero Lara enseguida notó como la calentura recorría todo su cuerpo.

Dos jovencillos que se sentaban justo detrás de ella la observaban desde hacía rato. Aquella muchacha que cogida a una barra de protección del metro vestía con una camiseta ajustada, una cortísima falda de cuadros rojos y negros y botas militares les había llamado la atención desde el principio. Ambos se daban codazos señalándola y susurrándose comentarios jocosos, animándose el uno al otro a levantarse y acercarse a probar suerte. «Por lo menos podría sujetarme a la misma barra y arrimarme un poco», pensaba el más descarado de los dos. Poco se imaginaban que mientras la muchacha alimentaba sus más salvajes fantasías esta sentía lo mismo por aquel deforme pedigüeño.  Lara llegó e imaginarse como le arrebataba las muletas, lo tumbaba sobre el suelo del tren y lo cabalgaba salvajemente delante de aquellos salidos niñatos que hacía más de veinte minutos le repasaban el culo con la mirada.

Finalmente uno de los dos jóvenes se levantó y se colocó justo detrás de ella, presionando con el bulto del pantalón contra su falda de manera descarada teniendo en cuenta que el vagón iba sin problemas de espacio. Ella ni se lo pensó antes de decirle:

—Mira, pajillero, la única opción que tienes de que te pegue un revolcón es que te cortes una pierna o que descubramos que eres mi hermano perdido e inexistente de la infancia, gilipollas.

El muchacho se apartó estupefacto, asustado por aquella extraña reacción mientras Lara salía del tren justo en la parada que debía, felicitándose por su dominio de la situación y del espacio tiempo, calculando perfectamente la llegada a su destino.

Debilidad: falta de fuerza o energía moral

Consiguió aguantar veinticuatro horas más, llegando a viernes cumpliendo con sus deberes. Pensó que aquella noche llamaría a algún amigo para hacerse un favor mutuo, pero no sabía si aquello la calmaría o la dejaría tan insatisfecha que sacaría el depredador que llevaba dentro. Después de las clases había comido con una amiga y había ido a hacer un par de compras. Al llegar a casa se encontró a su padre en el vestíbulo, su rostro era de preocupación.

—Menudo susto nos hemos llevado.

—¿Qué pasa?

—Tu hermano, ha tenido un accidente con la moto. Al parecer un imbécil se ha saltado un ceda, lo ha conseguido esquivar pero luego ha chocado con el bordillo.

El corazón de la hermana palpitó con fuerza, temiéndose lo peor.

—¿¿Está bien??, ¿¿dónde está??

—Tranquila, yo estaba en el trabajo y no he visto la llamada hasta más tarde, tu madre se las ha arreglado para llevarle a urgencias. Al final solo tiene un par de golpes y un esguince fuerte, se ha roto parcialmente el ligamento del tobillo.

—Joder…

—No te preocupes ya sabes lo exagerada que es tu madre y me ha dicho que está perfectamente, quería ir pero ya vienen de camino. Estaba esperándoles para ayudar.

Lara no sabía cómo reaccionar, permaneció un rato en silencio con su padre hasta que finalmente anunció que se iba a poner ropa cómoda y volvía. Decidió que finalmente no saldría más de casa y se vistió con un pijama compuesto de un diminuto short y una camisa estampada de manga corta. Terminaba de abotonársela cuando oyó la puerta y voces. Habían llegado ya. Al volver rápidamente se encontró de bruces con su hermano, ayudado a andar por una muleta y su padre y con una pernera del vaquero cortada para que cupiera la escayola.

—Tranquila hermanita, que estoy mejor de lo que parece —dijo él al ver su cara de preocupación.

—Solo hay que mimarlo unas semanas —añadía su madre sonriente mientras rebuscaba en su bolso el diagnóstico para mostrárselo al padre—. Cariño, ayúdame a ver si lo encontramos entre los dos, tengo tantas cosas en el bolso que me estoy haciendo un lío.

La hija la oyó de fondo, su preocupación había mutado a la velocidad de la luz a una incontrolable excitación. Su hermano había pasado de ser víctima de un accidente de tráfico a un mero objeto sexual. Unir dos de sus parafilias era demasiado fuerte para ella, se sentía demasiado débil para poder con eso. La madre entró en la cocina y volcó las cosas en la pequeña mesa que allí había, reclamando nuevamente la ayuda de su hija:

—¿Lara?

Con las pulsaciones nuevamente en límites cercanos al a taquicardia consiguió salir de su ensimismamiento, acudiendo a la llamada de su madre con la intención de perder de vista a su coja tentación. Mientras rebuscaba entre la multitud de papeles oía quejarse nuevamente a su madre:

—Jolín, siempre me cuesta quitarme este pendiente.

«¿Jolín?, ¡joder!», maldijo para sus adentros. Ahora veía el largo y sensual cuello de su progenitora, con la cabeza volcada hacia el otro lado para retirarse el pelo, forcejear con el cierre de su pendiente. Por un momento pensó que todo aquello no podía ser verdad, que era un sueño, o una broma de mal gusto.

—¡Lara!, ¡ayuda a tu hermano que me llaman del trabajo! —ordenó su padre desde la otra punta de la casa.

«Ayuda a tu hermano, hermano, escayola, cojo, cojera, madre, mamá, incesto, pendiente, aguja, muleta, padre, papá, los papeles, tu hermano, mi hermano, tu madre…», la cabeza de la muchacha iba a cien por hora, igual que su pulso y su respiración. Salió de la cocina y fue directa a la habitación de Guillermo, planteándose encerrarse en el baño pero sacándose a cada paso aquella idea. Al llegar se encontró con su hermano tumbado en la cama, vestido solo con un bóxer negro y mostrando la aparatosa escayola.

—No sé porque te llama papá, si ya puedo solo —dijo él con toda la naturalidad del mundo.

Ella lo miró de arriba abajo mientras delicadamente cerraba la puerta. Ahora su corazón estaba tan sobreexcitado que incluso le dolía dentro del pecho.

—De verdad, puedes irte, solo estaba descansando un segundo.

Lara no contestó, nunca en la vida había estado tan cachonda.

—¿Hermanita?, ¿te encuentras bien?, te juro que después del nolotil apenas me duele eh.

Le veía los abdominales, ligeramente marcados en su vientre firme. La pierna libre de lesión bien trabajada, los fibrosos brazos, el pectoral. Le miraba la ropa interior, intuyendo un pequeño bulto que dibujaba su miembro en la tela, anhelándolo. Su respiración era tan fuerte que la oía como si estuviera buceando en el mar.

—¿Lara?

Sin poder evitarlo se abalanzó sobre él. Con la suficiente convicción como para pillarlo desprevenido y la suficiente conciencia como para no agravar su lesión. Tumbada encima cerró sus piernas con cuidado, clavó sus rodillas en el colchón a mitad de altura de sus muslos, una a cada lado, y comenzó a restregar su sexo contra su miembro como si se tratara de un animal en celo.

—Mmm, mmm, mmm.

Sus gemidos parecían lamentos, quejas inevitables.

—¿Pero…qué…haces? –balbuceó él, atónito.

Ella clavaba los senos contra su pecho mientras seguía frotando sus partes, notando el falo de su hermano a través de la fina ropa, tan delgada esta que casi podía sentir que si tenía una erección podría penetrarla a través de ella.

—Mmm, mmm, ¡ohh!, mmm.

—La..ra…

Estaba tan caliente que aquella impúdicas fricciones le proporcionaban más placer que cualquier coito, tenía los ojos cerrados, incapaz de mirarle mientras seguía moviéndose encima como si fuera una boa constrictor aprisionando a su presa.

—¡Ohh!, ¡ohh!, mm, mmm, mm, ¡ohh!, ¡¡ohh!!, ¡¡¡ohhhh!!!

El hermano fue incapaz de decir nada más, y cuando Lara sintió como su pene reaccionaba mínimamente a aquel estímulo se corrió salvajemente, sintiendo como todo su short se humedecía con aquel orgasmo, apretando con fuerza las caderas de su improvisado amante con las rodillas.

—¡¡¡Mmmmmmm ohhhhhhhhhhhhhh!!!!

Después del clímax no se dio tiempo ni a recuperarse y salió de la habitación a toda prisa, cómo alma que lleva el diablo.

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