GONZALO ROCHET

 

No hay sonrisa más linda, que la de ella.

No hay abrazo más sincero, que el de ella.

No hay un te quiero más profundo, que el de ella.

O tal vez debería decir, no había.

Detesto que moleste mientras intento trabajar. Antes con su presencia, ahora con su ausencia. En estas pausas donde trato de retomar energía para continuar con el presente pienso; si tal vez debería haberle dedicado más tiempo en alguna de sus tantas interrupciones, para seguirle el juego. Simple en su sinopsis, con pocas reglas a tener en cuenta pero muy profundo y reparador.

Un día de mi interminable rutina como escritor, empujó ella la puerta con su característica alegría, sonrió y a pesar del ruido inicial, en silencio dejó sobre el escritorio una hoja. Esta tenía una forma cilíndrica muy particular, llena de pintura de muchos colores por donde se la mire. Sin prestarle mucha importancia y para continuar con lo mío, no hice ninguna pregunta y deje que salga corriendo.

Pasaron los meses y la rutina siempre igual, escritura, escritura, interrupción, escritura…

En época de verano para evitar el horrendo calor de Buenos Aires, escribía en la noche, aprovechando el cielo nocturno despejado, mirando hacia las estrellas desde mi ventana. Al principio, este cambio en la rutina estaba funcionando, terminando una novela tan solo en 30 días. Pero al comenzar febrero, la inspiración expiro y durante varios días, mi hoja estaba en blanco. Extrañaba las interrupciones de ella, que a esas horas estaba dormida.

El 24 de febrero comenzó la pesadilla. Fue la primera vez en todo el verano, que mi hermana me interrumpía durante la madrugada. Tocó 3 veces la puerta, haciéndose saber que era ella, y le permite que entrase. Se sentía mal y tenía un profundo dolor de cabeza, también sangraba por la nariz y el termómetro marcaba 40 de fiebre. Inmediatamente, sin dudar (ella lo había hecho) desperté a mis padres para que la lleven directamente al hospital. Antes de que se vaya, le dije al oído:

Es una gripe pasajera, no te preocupes. En unos días seguro estas mejor y me vas a acompañar para escribir un libro nuevo. Te quiero, suerte.

 

Nunca supe en ese momento que aquella despedida no era solo por unas horas, sino que para siempre. Los días siguientes lloré y lloré. No soporte que ella, con todo lo que era y es, estuviese bajo tierra en una caja de madera. Tampoco pude comprender por qué Dios lo quiso así, habiendo tanto mal en el mundo, se llevó lo poco de paz en él.

En ciertas mañanas, un poco más calmado pensaba en sus ojos verdes, relucientes como una esmeralda. En otras, la imaginaba entrando por la puerta, con su voz particular gritándome para que deje mi estado deplorable, me levante y siga escribiendo. (Tal vez ella estaría queriendo que haga eso.)

Por la tarde, durante mi siesta diaria, la imaginaba en los sueños. Algunos corriendo juntos por el parque. En otros, en cualquier playa, de vacaciones, caminando por la arena de la mano y observando el mar mientras hablaba y me agotaba con sus tantas preguntas.

Pero en la noche, las últimas palabras que le dije, daban vueltas por mi cabeza. Prometí algo que no podría cumplir solo, sin su compañía. Había intentado seguir escribiendo, pero era imposible. No sabía cómo comenzar una historia y mucho menos seguir con ella, si aún no puedo continuar con la mía. Es como tratar de estar con una persona, dedicar amor a otro, pero no poder amarse a uno mismo.

Es de noche, 3 meses de su muerte ya pasaron, y yo, patético observo el vacío de la habitación. Mi vista deambula por la sala, hasta que sin esperarlo se clava en un objeto. Una hoja de forma cilíndrica, parecida a un telescopio que posaba silenciosamente arriba de la biblioteca. Sujeto la especie de lente, lo doy vuelta y asomo por él, mi vista hacia la ventana. En ese preciso momento, mirando hacia el cielo nocturno me doy cuenta la función que había dado mi hermana a este objeto; dejó sobre el rompecabezas la pieza que faltaba. Anticipando su ausencia y consigo mi inspiración, decidió regalarme este telescopio, para usarlo en el momento de mi escritura cuando sienta que estoy vacío y perdido, pueda levantar mis ojos hacia las estrellas y sepa que en alguna de ellas, mi hermana va a estar cuidando desde ahí.

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