ALBERTO ROMERO

La Tercera Noticia del Día.

Antonio volvió a casa a buscar la llave que Josefa tenía en la lata de galletas,
convencido de que serviría para abrir la caja fuerte oculta en el armario de su suegra.
Sus nervios para alcanzar a aquella víbora habían bajado un poco por el camino,
pero la rabia de no haberla alcanzado a tiempo todavía recorría sus venas.
Entrando en casa cayó en la cuenta de que no sabía ni en que hora vivía. El día
estaba siendo demasiado intenso desde primera hora y los acontecimientos le habían
hecho perder el norte, y la noción del tiempo. Miró el reloj de la cocina y
comprobó que eran casi las 16h.
Fue entonces cuando recordó que había quedado con Marina, de Recursos
Humanos.
-Maldita sea, tengo que llegar antes de las 17h. -Se dijo a si mismo mientras
agarraba la llave de la lata de galletas y cogía de nuevo camino a la calle.
Tomó un taxi al vuelo, esta vez sin tanto estrés como el anterior. Llegó a las ofi-
cinas de su empresa a las 16:45h y entró un poco apurado por ir tan justo de tiempo.

Marina todavía le esperaba en su mini despacho sin puertas y le sonrió al verlo:

-Antonio, me alegro de verte. Ya pensaba que no te daría tiempo a llegar antes
de las 17h.
-Ya lo siento, contestó Antonio devolviéndole la sonrisa. En el hospital he perdido
la noción del tiempo.
-¿Cómo se encuentra tu mujer? -Preguntó con tono de que le interesaba de
verdad.
Antonio le hizo un breve resumen del estado de Ana, y Marina le dio palabras
de ánimo.
-Te he llamado porque el jefe quiere que te transmita una información importante.
Vamos a la sala de reuniones, que estaremos más tranquilos allí. -Indicó Marina.

Antonio, algo sorprendido sobre cual sería la información importante, le acompañó
por el pasillo hasta la sala de reuniones.
Ambos se sentaron en sillas contiguas y Marina le agarró una mano a Antonio.
Este se sintió muy sorprendido ante aquella muestra de cariño y se temió lo peor
cuando vio aflorar lágrimas de sus ojos.
Esta chica siempre le había tratado con mucho cariño desde que entró en la
empresa y a veces el propio Antonio no podía entender como no le afectaba tratar
cada día con aquél ogro de jefe que tenían. Al menos yo no le tengo que ver la
cara cada día, pensó mientras se apiadaba de aquella chica con cara de ángel.
-Antonio, siento darte esta noticia. -Comenzó Marina con los ojos llenos de lá-
grimas. -De verdad que no puedo entenderlo y con el cariño que te tengo me resulta
muy duro hacerlo.
Antonio se quedó blanco temiéndose lo peor al oír aquellas palabras.
-El jefe considera que tus retrasos en el último mes y medio son demasiado
habituales. Dice que no puede tolerarlos más, aunque tu situación personal sea
delicada, y ha ordenado tu despido inmediato.
Marina bajó la mirada y con un pañuelo que llevaba en la mano se enjugó las
lágrimas.
-Lo siento mucho, dijo con un susurro de voz casi inaudible. -Apenas levantó la
cara para mirar a Antonio a los ojos.
Antonio recibió la noticia como un jarro de agua fría y un resorte dentro de él
le hizo levantarse de la silla de un respingo.
Agarró los papeles que Marina le había tendido sobre la mesa y no espero ni a
las explicaciones que tenían que darle sobre el finiquito y demás trámites. Se dio la
vuelta y enfiló la salida sin detenerse.
Marina escuchó a Antonio decir que no era su culpa antes de cerrarse la puerta…

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