SINCACTUS1.1

Capítulo IX
Entrando al coche me desvanecí en llanto, estaba muy confundida sentía que había estado alucinando por los tragos y lo había visto a él. Mientras Martha encendía el coche y la música en la radio yo solo lloraba desconsoladamente, pensaba si lo que le había dicho y había hecho estaba bien.
Sentía que me había quitado un enorme peso de encima pero que a la vez me habían arrancado el corazón de raíz así sin más. De repente en medio del camino mi celular empezó a sonar, yo tenía ya el presentimiento de que la llamada entrante era él y efectivamente así era, pero no tuve el valor de responderle y simplemente no conteste. El
seguía insistente en llamarme y Ana me pregunto;
-¿Por qué no le contestas? ¿Quizás querrá decirte algo más? Anda hazlo sé que tú también tienes curiosidad. -Dijo con voz suave y calmada, Martha me miró por el espejuelo del coche y me dijo – Tú puedes.
Decidí responderle la llamada pero mi corazón o lo que quedaba de él estaba muy asustado y yo temblaba como una niña pequeña, mi cabeza estaba colapsando muchas formas de responderle pero ninguna funciono yo solo atendí y me quede
callada:
– Alo? Linda, ¿Por qué estas llorando?
No comprendía como supo que yo estaba llorando sino había emitido ningún sonido.
-¿No quieres hablar? -Dijo con voz asombrada, mientras yo solo lo escuchaba y me salían las lágrimas en silencio. – Bueno, está bien no hables, hablare yo.
– ¡Hazlo! Lo necesito, por favor. -Le dije con voz molesta.
– ¿Por qué estás tan molesta conmigo? Yo te amo.
– No, tu no amas a nadie, tu único amor y siempre te lo he dicho es el tuyo por ti.
– No digas eso, tu sabes lo mucho que yo te amo, cuanto tiempo estuve esperando a que tú me dieras el sí, fueron mis momentos más hermosos, todo Linda, todo lo que yo te dije
era real, siempre fui honesto contigo, tú me cambiaste la vida, y me sentía afortunado de
tenerte, si es cierto falle, porque no te dije que me iba a Anzoátegui y que allá estaba otra
persona esperándome, pero son ocho años en los que yo me he esforzado para tener lo que hoy por hoy tengo y no puedo desecharlos a la basura…
– Por una relación de un par de meses. Claro. -Dije interrumpiendo su retahíla
– No se trata de una relación de par de meses. -Dijo. -Se trata de que el terminar un mundo de ocho años es empezar de cero otra vez, y yo quiero darte lo mejor a ti, y ¿si me quedo en cero que podré ofrecerte? Nada, Linda por favor entiéndeme, yo no te quiero perder, jamás encontraría a una mujer tan rica como tú.
– ¿Terminaste de hablar? -Contesté.
– Sí, he terminado. -Con voz muy triste.
– Bueno, que te vaya muy bien. -Colgué y respiré profundo.
Ana y Martha estaban ansiosas por saber lo que me había dicho pero mi llanto no me dejaba contarles. Llegamos al departamento y mientras Martha preparaba un café para tres yo me fui a habitación, recogí la caja donde estaban todos sus recuerdos y me fui a la sala, sentándome con Ana en el sofá le dije: – Aquí está mi relación con Pitágoras.

– ¿Y qué quieres hacer con eso? -Preguntó tomando la caja con mucha  curiosidad.

–Entregársela, dije secando mis últimas lágrimas.

-¿Quieres entregársela? -Dijo Martha desde la cocina ya sirviendo el café.

–Sí, quiero hacerle una carta y entregársela, he decidido que ya es tiempo de dejar este
dolor, este sufrimiento y esta depresión por una persona que no me ha valorado que vive de palabrerías y que simplemente me uso, me duele, si muchísimo y me va a seguir doliendo hasta que el tiempo se encargue de curar mi corazón pero si mantengo cosas que me hagan recordarlo pues nunca cerrare esta etapa de mi vida y ya es tiempo de hacerlo, además él está más que seguro que no puede dejar su vida de ocho años por mí y la verdad no espero nada más de él. Es momento de continuar mi camino y conocer gente nueva.

–Bien dicho hermana, -dijo Martha dándome un beso y enorme abrazo lleno
de calor familiar.
La noche estaba por culminar tanto para ellas como para mí, pero antes tome mi celular y elimine su número de contacto. Martha se asomó a la habitación y me dijo – ¿Estas bien? Asomando nada más su boca. Me pareció muy gracioso y entre risas le dije- Si, ven duerme esta noche conmigo- Vale, abrió la puerta y en sus manos traía una cobija, almohada y Ana que también se quedaba a dormir con nosotras. Les hice un lado en la cama, y Martha me dijo – Muero de sueño, pero mañana cambiaremos tu número de contacto ese será nuestro primer objetivo. Casi cerrando los ojos, le dije – Ya lo había pensado estamos conectadas. Le sonreí y me quede profundamente dormida, ya no había Pitágoras por quien pensar.

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