PSIQUEW

Inmensidad. Solo veo eso, una inmensidad llena de pena y vidas rotas. Sobre la tierra yerma, vivimos centenares o miles de personas. Ciertamente no lo sé. Miro al horizonte y observo personas de todo tipo y condición pasando frío cuando llueve y calor cuando hace sol. Sufriendo hambre y desesperación, porque la ayuda no llega para todos. La generosidad de los vecinos y voluntarios, aunque es un bálsamo en nuestras maltrechas almas, no siempre es suficiente.

Mi hermano está tendido a mis pies, abrazándome, vuelve a llorarme y a suplicarme: “Hermana, un pedazo de pan”. Yo lo ignoro, me parte el corazón cada vez que lo hago, pero no tengo ningún pedazo de pan para darle. No me queda más remedio que ignorarlo. Mi hermano sigue llorando, mientras yo me lleno de rabia. ¿Por qué nos dejan así? ¿Qué delito hemos cometido?

Veo acercarse a un periodista, a lo lejos, sin duda le ha llamado la atención el llanto de mi hermano. Lleva una cámara colgada del cuello, el pelo engominado y un fino bigote. No sé de donde será, pero si se lo que busca: quiere conocer mi historia. Todos buscan eso. Luego la publicaran en su periódico. Ellos se llevan una palmadita en la espalda y nosotros… más hambre y soledad. Es como si no le importáramos a nadie.

El periodista se aproxima y me pregunta si el niño que llora es mi hijo. Me mira de arriba abajo, como si me estuviera juzgando, con aires de superioridad. Le digo que no, que es mi hermano pequeño: “Llora porque tiene hambre”, le señalo. El periodista saca de su mochila un bocadillo y se lo ofrece a mi hermano, que me mira buscando mi aprobación. Yo asiento con la cabeza, a estas alturas da igual de lo que sea el bocadillo, al menos comerá algo.

Mientras mi hermano engulle ese pedazo de pan, el periodista sigue preguntándome. Me indica que no parezco muy mayor. Le digo que cumplí la mayoría de edad en el trayecto hasta este campo donde nos encontramos ahora: “En mi país, me estaba preparando para entrar a la universidad”. Entonces saca una grabadora y me pregunta: “¿Te importaría contarme tu historia?”.

¿Qué si me importaría? No sé qué decirle, apenas hablo su idioma, y él el mío. No sé si me importa, no sé si quiero. Contengo la respiración, miro a mí alrededor. Veo familias destrozadas, madres con la mirada perdida mientras acunan a sus hijos, niños llorando por el hambre y el sueño y grupos de hombres reunidos hablando de la situación que estamos viviendo. Todos tenían una vida antes de llegar aquí. Eran felices, tenían un hogar. Ahora solo les queda la triste historia de su odisea, como a mí.

Vuelvo a respirar hondo, y miro fijamente al periodista, que me observa con avidez: “Le contaré mi historia”, digo finalmente.

Comienzo a relatarle que yo vivía con mis padres y mi hermano pequeño en una ciudad industrial de mi país. Éramos felices. Papá era administrativo y mamá ama de casa. Todo estaba tranquilo, hasta que un día estalló la guerra. No sé cómo, ni porqué, pero estábamos en guerra. Los frentes se fueron extendiendo por todo el territorio. Todos los hombres fueron llamados a filas, incluido mi padre. Otros, en cambio, se unieron a los sublevados o rebeldes. La gente solía llamarlos así. Y mi madre fue movilizada a una fábrica de armas. A la semana de marcharse mi padre, nos llegó una carta: había muerto. Mi madre y yo lloramos mucho su muerte. A mi hermano no le dijimos nada. “¿Por qué?”, me pregunta el periodista. Le respondo que quisimos ocultarle la verdad, mantenerlo en la ignorancia: “Papá está de viaje”.

Pero debíamos seguir adelante. Mi madre tuvo que adaptarse al trabajo, nunca lo había hecho. Muchos días llegaba tarde a casa, y otros tantos, ni si quiera llegaba. Dormía en la fábrica. Al principio me preocupaba, pero me acostumbré. Me acostumbré a dejar de pensar en mi futuro en la universidad, y me acostumbré a cuidar de mi hermano.

Mientras, la ciudad era asediada. Comenzaron a faltar la comida, el agua y la luz. Como también comenzaron a desaparecer nuestros derechos y la seguridad en las calles. Vivíamos en un estado de sitio, en un estado de guerra. Así transcurría todo.

Pero una noche, estando mi hermano y yo solos en casa, empezaron a caer bombas. El estruendo era horroroso, temblaba todo, las cosas se caían de las paredes… Recuerdo que esa noche, ni mi hermano ni yo dormimos. Al día siguiente salí a la calle en busca de comida. Me encontré con el tendero, me dijo que ya no le quedaba nada. Y también me dijo que la zona de las fabricas había sido bombardeada y la ciudad tomada por los sublevados. Yo pensé en ir a buscar a mi madre, el tendero me advirtió que no saliera de mi casa, los sublevados podían detenerme y torturarme. Pero hice oídos sordos a su advertencia.

Fui corriendo hacia las fábricas. Para cuando llegué, el camino estaba cortado y las fábricas destruidas. Las bombas las habían derruido y quemado. Se me cayó el alma a los pies. Mi padre había muerto, y ahora mi madre. Me di la vuelta y volví a casa llorando. Arrastrándome con el poco ánimo que me quedaba. Estaba sola en el mundo, solo tenía a mi hermano pequeño.

Yo no me di cuenta, hasta que llegué a mi barrio, pero por el camino no me encontré a nadie. La ciudad estaba desierta. Subí por las escaleras de mi casa, hasta llegar al piso donde vivíamos, la puerta estaba abierta. Me extrañó. Entré llamando a mi hermano, pero antes de que pudiera contestarme, los sublevados me agarraron. Lo único que puedo recordar (y ojalá no tuviera que hacerlo), es que encerraron a mi hermano en otra habitación y a mí me desnudaron y sujetaron hasta… Hasta que me destrozaron y se cansaron de mi. Me rompieron el cuerpo y el espíritu. Solo sentía dolor, miedo, vergüenza y asco.

Cuando pude levantarme al cabo del rato, saqué a mi hermano de la habitación, y nos abrazamos llorando. Él me preguntaba que por qué estaba desnuda, y que dónde estaban papá y mamá. Pero yo no podía hablar. Solo pensaba en salir de la ciudad. Llevarme a mi hermano de aquel infierno. “¿Fue entonces cuando pensaste en marcharte?”, me pregunta el periodista. Yo asiento con la cabeza. Decidí irme, como ya había hecho mucha gente.

Después, el camino no fue fácil. Tuve que pagar mucho dinero, por mi hermano y por mí. Al principio íbamos solos, luego nos unimos a más personas que huían de la guerra como nosotros. Las mafias hacían acto de presencia por cada país por el que pasábamos y a cada una había que pagarle. En una ocasión, hubo un mafioso que no me pidió dinero, me pidió otra cosa. Tuve que pasar una noche con él.

En el trayecto sufrimos hambre, sed y desesperación. Los ánimos estaban muy bajos. Mucha gente se quedaba en el camino. Bien porque morían o porque caían en manos de traficantes de personas y se convertían en esclavos. Mientras, yo intentaba proteger a mi hermano. Procuraba siempre que no sufriera por la guerra y nuestra salida de casa. Pero he fracasado. Desde que partimos me pregunta por papá y mamá. Yo siempre le digo que se nos unirán más tarde, cuando lleguemos a un lugar más seguro y tranquilo. Que nos esperan llenos de felicidad en ese lugar.

Después de varios meses de viaje, llegamos aquí. Ahora estamos a las puertas de la que pensamos que era una vida mejor, solo necesitamos cruzar una frontera, una línea más. Pero al otro lado nos desprecian. Y aquí estamos, esperando en mitad de la inmensidad.

Así acabo mi historia, y el silencio se adueña del espacio que compartimos el periodista, mi hermano y yo. El periodista se da por satisfecho con lo que le cuento, me da las gracias, agua y galletas. Él se va, y yo me quedo sola de nuevo, con mi hermano. Rodeada de una inmensidad de dolor, destrucción y lágrimas.

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