XAVIALTA

Sonará a tópico pero pasé las peores navidades de mi vida. Afortunadamente no la vi hasta año nuevo, pues hubiera empeorado mi estado. Fue breve, a lo lejos, pues yo giraba la esquina volviendo de entrenar cuando ella entraba en el portal. Una parte de mí quiso correr para atraparla antes de que se perdiera en el ascensor, pero mi yo racional se estaba imponiendo ya, así que me mantuve calmado, firme, convencido en pasar página.

Pero acababa febrero cuando sentí la puñalada. Era viernes, pasadas las tres de la madrugada cuando llegaba a casa y la vi bajar de un Audi negro, el mismo que había visto meses atrás. Ella no me vio hasta que fue demasiado tarde, pues no pudo esquivarme ni retrasar su entrada en el portal. Incómodos, no nos dijimos nada, hasta que un lacónico buenas noches salió de mi garganta enfilando la escalera, pues no quise compartir ascensor con ella.

Esta vez no hubo mensaje posterior, aunque me mantuve despierto varias horas.

Tuve que mentir a Iván una tarde que me los encontré, pues no entendía por qué ya no podía venir a verme jugar los domingos. He dejado el equipo. La cara de decepción del crío me cayó como una patada en el estómago, pero disimulé tan bien como pude. Maite también quedó afectada, razón por la que me llamó al día siguiente para citarme en una cafetería.

-Me gustas mucho, sigues gustándome mucho, pero tienes que comprender que no podemos estar juntos. –Sentada ante un té Rooibos, le costaba mirarme a los ojos cuando hablaba. –Te saco veinte años, tienes edad para ser hermano de mi hijo, no el novio de su madre.

-A mí eso no me importa…

-Debería importarte. Si estuviéramos juntos, ¿qué pasaría dentro de diez años, dentro de veinte cuando sea una vieja arrugada y tú estés en tu madurez?

-Que me seguirías gustando igual… -me acalló acercándome la mano al mentón cariñosa.

-¡Qué mono eres! –sonrió. –Ojalá te hubiera conocido con otra edad, en otro momento, pero debo rehacer mi vida con alguien de mi edad, de mi…

-¿Con el del Audi?

-Por favor, compréndelo.

Me presentó a Ignacio, el dueño del Audi, un par de meses después, coincidiendo en plena calle. Yo iba a entrar en el portal, ellos salían, con Iván, feliz de ir al cine a ver una película de superhéroes. Hice de tripas corazón, encajando una mano, chocando la del crío, mirando a su madre con tristeza, pero no había nada que hacer. Lo mío con Maite había acabado y debía ponerme otras metas.

Aprovechando una beca Erasmus, me fui cuatro meses a Heidelberg, donde intimé con alemanas, bávaras, una austríaca y dos italianas. Perdí el trabajo en el pub, así como mi puesto en el equipo, pero era necesario tanto académica como personalmente.

En verano comencé prácticas no remuneradas en una agencia de publicidad que me contrató en septiembre con un salario indecente pero que me permitía incorporarme al mercado laboral como un número más, otro peón en la cadena de montaje.

Las cenas familiares seguían siendo tan amenas como antaño. Así, supe que el matrimonio del primero se habían ido a vivir a Valencia y habían vendido el piso; que la señora Blanca del segundo había cambiado su pequinés de catorce años por un chihuahua, a rey muerto, rey puesto; que el hijo del cuarto había aprobado el examen de policía por lo que esperaba destino, y que Maite tenía pareja, un compañero de trabajo llamado Ignacio.

Era miércoles. Había tenido que avanzar noviembre para que el otoño hiciera acto de presencia. Abandonado el fútbol, me había aficionado al running en Alemania pues acostumbrado a quemar más de 2000 calorías diarias, no me quedaba otra que reducir la ingesta de alimentos o mantener la intensidad del ejercicio si no quería aumentar de tamaño.

Entré en el portal a la carrera, pues aquel día me sentía especialmente vigoroso, esprintando para llegar a la puerta antes de que se cerrara. Al empujar y colarme dentro, me encontré con Maite, el vecino que acababa de entrar, pulsando el botón de llamada del ascensor. Se giró asustada ante el ímpetu de mi entrada, por lo que me disculpé enfilando hacia la escalera.

-¿Por qué no subes en el ascensor? –preguntó. No llegué a detenerme mientras respondía que prefería acabar el ejercicio subiendo por las escaleras, cuando reparé en que no me había hecho una pregunta. Me detuve y la miré con un pie ya en el primer escalón. –Puedes subir conmigo, si quieres –me invitó sosteniendo la puerta.

Llegué a dar un segundo paso en la escalera pero acabé girando sobre mí mismo para entrar en el cubículo. Nos miramos mutuamente, intensamente, pero fuimos incapaces de decir nada durante dos tercios del trayecto. Superado el segundo piso, movió los labios para decir algo pero no salió sonido alguno, así que al llegar al tercero apoyé la mano en la puerta para abrirla mientras me despedía con un, me ha alegrado verte.

-Espera, -pero no añadió nada durante eternos segundos, mirándome fijamente. Yo tampoco solté prenda pero mis ojos la apremiaron a decir lo que tuviera que decirme, hasta que empujé la puerta para abrirla. –Lo lamento mucho.

Iba a preguntar qué lamentaba, pero hubiera sido una pregunta retórica, así que simplemente asentí con la cabeza sin pronunciar palabra. Pero no salí. Su mano se posó en mi brazo, a la altura de la muñeca izquierda, me detuve mirándola sorprendido, cuando noté toda su fuerza tirando de mí. La puerta se cerró, así como los dos portones de seguridad. Sin dejar de mirarme fijamente, alargó la mano libre hacía la botonera del ascensor, pulsó el de stop y me besó con ansia.

Me pilló por sorpresa, pero mentiría si dijera que me negué o que me mantuve digno. Al contrario devoré sus labios con la misma intensidad que ella devoraba los míos. Mi lengua buscó la suya con tanta necesidad como ella aportaba. La besé en el cuello, mis manos tomaron sus pechos mientras las suyas bajaban a mi entrepierna, suspirando al son de aquella música tan conocida por mí, coló la mano y me sacó el miembro, susurrándome al oído fóllame, fóllame. Vestía un pantalón fino. Busqué el botón para desabrocharlo, pero no lo encontré, pues lo tenía en la cadera. Ella lo liberó, bajando la prenda hasta medio muslo, abriendo con limitada dificultad las piernas cuando colé la mano entre ellas, hasta que repitió, fóllame, dándose la vuelta para ofrecerme su cara posterior.

Curvó ligeramente la columna para facilitarme la entrada, apoyando las manos contra el espejo mientras las mías la tomaban de los pechos, una en cada uno, abrigados, sintiendo un tacto artificial que nada tenía que ver con la libertad con que los había degustado.

Cuando me derramé en su interior, hacía rato que se había corrido pero su respiración se mantenía acelerada. Me aparté dejándome caer hacia atrás hasta quedar apoyado en la pared opuesta del pequeño habitáculo, con las piernas semi flexionadas y la polla en ristre. Se subió el pantalón con calma, acompasando su respiración, pulsó el botón del quinto, me besó suavemente en los labios y empujó la puerta para abandonarme a mi suerte.

Estuve tentado a mandarle un mensaje de texto o incluso a llamarla, pero no me atreví. No sabía a qué había venido el encuentro del ascensor, pero me dejé guiar por el instinto y esperar acontecimientos. Tampoco tenía claro querer volver con ella, después de un año que había sido difícil para mí.

Maite tampoco dio ningún paso. Al menos no conmigo pues coincidí en el portal con su novio dos días después. Yo salía, él entraba, risueño y simpático como siempre. Nos saludamos con educación y cada uno emprendió su camino.

El mensaje llegó una semana después, pasadas las diez de la noche. ¿Estás ocupado? No. ¿Puedes subir un momento? Iba a responder para qué quieres verme, pero tecleé dos letras, ok.

La puerta estaba entornada, así que la empujé. Maite me esperaba de pie, al final del recibidor, con el vestido camel que se compró quince meses atrás. Sus jóvenes piernas brillaban como un diamante, su bien definido cuerpo me llamaba como un imán. Entré prudente aunque sus ojos me transmitían claramente para qué quería verme.

Me besó sucia, babeándome, cuando llegué a su altura, pero no me permitió corresponderle más que unos segundos. Agarrándome del cabello tiró de mi cabeza hacia abajo para ordenarme, cómemelo. Arrodillado levanté el mínimo telón, exigua y única protección de la feminidad de la madura mujer. Levantó una pierna cuando notó mi lengua recorrer su desnuda vagina apoyando el pie sobre el pequeño mueble del recibidor. Lamí, chupé, sorbí, bebí hasta que los suspiros fueron sustituidos por chillidos sofocados por su mano libre, mientras sus caderas temblaban y sus piernas se mecían, débiles ante el ataque recibido.

Tuve que sostenerla por las caderas para que no perdiera el equilibrio mientras susurraba gracias, como lo necesitaba, recuperando el resuello. Me levanté sin dejar de abrazarla para fundirnos en un interminable morreo, que empapó su lengua de fluidos femeninos. Alargó la mano buscando mi entrepierna, sacó mi pene, lo masturbó sin dejar de besarme, ofreciéndome los pechos a continuación, chúpamelos, también te echan de menos, hasta que se agachó para engullir mi miembro hambrienta.

A pesar de su ansia, me la chupó despacio, saboreándola, lamiéndome el tronco lateralmente, sorbiéndome el glande, recorriendo los testículos, tragándose uno, también el mellizo, hasta que insistió en profundizar con la barra de carne hasta que me corrí. Engullida la semilla, liberó el miembro, sentenciando, ¡cuánto la echaba de menos!

Tal vez deberíamos haberlo hablado, acordado los términos, pero no lo hicimos. Ni después de este encuentro, ni del tercero en el rellano de su piso, ni del cuarto en el cuarto de contadores, ni del siguiente.

Ella me reclamaba, yo aparecía. Follábamos, en el amplio término de la palabra, rápida, ansiosa, apresuradamente, como dos animales salvajes llevados por el irracional celo que la madre naturaleza nos había inyectado.

Fueron varios meses de encuentros semanales o quincenales en que apenas cruzábamos palabra. Frases cortas, órdenes, agradecimientos y sonidos incontrolados llenaban nuestras comunicaciones. Hasta el 14 de julio, día nacional de Francia.

Aunque ya lo sabía, tuve que disimular, haciéndome el sorprendido cuando mi madre nos mostraba la invitación a la celebración de compromiso de la vecina del ático. Se casaba a mediados de julio con aquel chico tan agradable, el compañero de trabajo, el del Audi negro. Me alegro mucho por ella, lo necesita después de que el malnacido de su ex la dejara, sentenció mientras nos servía raciones de lasaña monumentales.

Maite me lo había dicho un par de semanas antes, después de un polvo rápido en su piso. Ignacio es un buen hombre, al que estoy aprendiendo a querer, que me aportará estabilidad, cariño y una figura paterna para Iván.

Quise preguntar qué pasaba con nosotros, dónde quedaba la pasión en su relación de pareja, cómo… pero no lo hice. La felicité y le deseé lo mejor antes de abandonar el piso.

Tratándose de dos personas divorciadas, se casaron en una breve ceremonia en el ayuntamiento de nuestra localidad oficiada por el teniente de alcalde, a la sazón amigo del novio. De allí, pasaríamos a un restaurante especializado en convites para comer demasiado y beber mucho más.

Maite iba preciosa, aunque no de blanco. Un vestido largo en tono salmón con mucha pedrería la hacía parecer una princesa más que una novia. Iván estaba exultante con su americana azul y los padres de la novia no podían disimular su origen rural, pero eran gente de muy buen pasta.

Apenas asistimos 60 invitados al evento, pues ambas familias eran pequeñas, por lo que la mitad de asistentes éramos amigos o compañeros de trabajo. Mi hermana no pudo venir, pues le había coincidido con un viaje a Roma, así que el trío restante celebramos, comimos y bebimos mientras mi madre no se perdía detalle. Sin duda editará un reportaje al minuto para uso y disfrute posterior con su hija, pensé.

Di dos besos a Maite, adulándola por lo guapa que estaba, cuando la felicitamos después del sí quiero en la sala del ayuntamiento pero evité cualquier contacto posterior con ella. Me concentré en cumplir, aunque Iván me reclamó varias veces después de comer, pues solamente había dos niñas de su edad. Me ayudó a pasar el trago, matando el tiempo, pues no podía irme sin mis padres ya que habíamos venido en su coche. Conociendo a mi madre, además, se quedaría hasta el final del evento, no fuera a perderse algún percance por mínimo que fuera.

Pasé el peor rato cuando Maite me sacó a bailar. Ya debía haber pasado una hora desde que los novios habían abierto el baile, cuando entré en el comedor acompañado de Iván que se dirigió a su madre pues también quería bailar con ella. Pero Ignacio, con el que vi que también había hecho buenas migas, me alegré por el crío, le ofreció unas chucherías que le había traído de Lyon la madre de él, pues era francesa.

Al quedar compuesta y sin novio, que reza el tópico, Maite me tomó de la cintura para bailar conmigo la siguiente canción, en un acto más instintivo que meditado. Tal vez por ello, la conversación no fue lo rica que debería haber sido, pero sí muy intensa.

-Estás preciosa –rompí el hielo cuando el gélido muro que nos separaba se me hizo insufrible. –Y te felicito, la ceremonia ha sido muy bonita y el convite también está muy bien elegido.

-Gracias –respondió taladrándome con la mirada. Sus ojos almendrados sí hablaban, tratando de darme explicaciones, de convencerme, disculpándose pues se sentía culpable. -¿Cómo estás?

-Bien, gracias, no te preocupes. Hoy es tu día y debes pensar solamente en ti.

No lo dije con segundas intenciones, pero así se lo tomó. Su expresión cambió, tensa, a la defensiva. Me escrutó unos segundos para contraatacar.

-Lo lamento, de verdad que lo lamento mucho. Traté de explicártelo el otro día y sé que es duro, pero debes pasar página. Debemos pasar página los dos. Que me vaya a vivir a la casa que tiene Ignacio en el centro facilitará las cosas. –Hizo una breve pausa, miró en derredor confirmando que nadie la oía. –Te aprecio mucho, muchísimo, y lo que hemos vivido estos meses ha sido de lo más bonito que me ha ocurrido nunca, pero debes comprender que no puede ser, no podemos vivir así para siempre.

-Lo sé –bajé la mirada. Afortunadamente, la canción acabó en ese momento, por lo que me solté cruzando nuestras miradas por última vez.

O eso pensaba.

Era tarde. Los invitados habían comenzado a desfilar pero no había forma humana de arrancar a mi madre del espectáculo. La tarde tocaba a su fin, así que mi padre y yo salimos al jardín a estirar un poco las piernas. Me confesó que estaba un poco borracho, así que me tocaría a mí conducir.

Entré para ir al lavabo mientras mi progenitor anunciaba que iba a buscar a su mujer que irnos. Le creí por lo que a sus intenciones se refería, pero dudé que lograra su objetivo. No se lo dije.

Saliendo del baño me la encontré de frente. Sonreí, más por cortesía que por felicidad, sin detenerme. Ella también esbozó un gesto educado pero sí se detuvo. Me detuvo, tomándome del brazo, en un gesto muy típico que ahora me incomodaba. La miré interrogativamente. Su respuesta fue tirar de mí hacia el fondo del pasillo. Empujó la puerta del final a la derecha, nos colamos en una pequeña habitación que le habían ofrecido como vestuario, allí estaba una bolsa con ropa para que se cambiara, se apoyó contra la puerta impidiéndome escapar y me miró felina.

No tuve tiempo de preguntar qué hacemos aquí. Me rodeó el cuello con los brazos tirando de mi cuerpo hacia ella para besarme con pasión. Tardé en reaccionar, sorprendido a la vez que confuso. Necesito despedirme de ti, fue toda la explicación que recibí, apremiándome con la mirada, atacándome de nuevo con sus voraces labios.

Correspondí. Yo también arremetí contra aquel conocido cuerpo, mojando sus labios, buscando su lengua, tomándola de las caderas, aferrándome a sus nalgas. Entonces sus manos soltaron mi nuca para bajar colándose dentro del vestido, arrastrando el tanga para dejarlo caer en el suelo, levantando la falda para mostrarme su liberado sexo. Colé los dedos. Estaba empapada. Suspiraba levantando la cabeza, mirando al cielo con los ojos cerrados.

Me agaché, como había hecho otras veces, degustando el manjar, comiéndome el postre de la celebración. Tenía las rodillas dobladas hacia adelante tratando de ampliar la apertura de las piernas mientras sus manos aguantaban la falda, hasta que se corrió, intensamente, como solía, con aquellos chillidos que nunca he olvidado.

Empujó mi cabeza apartándome, sin soltar el vestido, penetrándome con la mirada, ofreciéndome su flor. Me incorporé, me desabroché el pantalón, saqué mi pene, durísimo, apunté pero no logré mancillarla hasta que ella intervino, tomándolo con la mano y encajándolo en su madriguera. Era la primera vez que lo hacíamos de pie, cara a cara. Sus piernas me rodearon, sus brazos se agarraron a mi espalda con fuerza, pero tuve que apoyarla en la puerta para no caernos.

Sentimentalmente hicimos el amor. Yo quería a esa mujer y sabía que ella me quería a mí. Pero no era amor lo que expresamos en ese momento. Era pasión, era lujuria, era obscenidad, era sensualidad. Follamos, eso era lo que estábamos haciendo, atravesarnos animalmente pues ahora sí nos estábamos despidiendo.

Me follé a la novia el día de su boda, en el primer día del resto de su vida, en el último día de nuestra vida.

Me despidió con un casto beso cuando abandoné aquella pequeña estancia, un beso que contenía toda nuestra esencia. También me llevé el tanga blanco pues pensé que Maite ya no lo necesitaría.

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