ALBERTO ROMERO

La Cantera de Valdemanco

Miguel siguió la carretera de la huerta en dirección contraria y continuó hasta
llegar al pueblo de Valdemanco, donde había quedado con Deyan sin que lo supieran
Adela ni Marta. El secreto entre los dos estaba bien organizado. Uno decía
que iba a la huerta y el otro aprovechaba días con algo menos de trabajo para juntarse
con Miguel.
En el pequeño pueblo de apenas 1000 habitantes se respiraba tranquilidad a
cualquier hora del día.
Deyan le esperaba en la plaza del ayuntamiento, donde había dejado la camioneta
del trabajo. Cuando lo vio llegar le hizo señales y montó en el lugar del
copiloto sin esperar a que Miguel apagase el motor del todoterreno. Ambos se saludaron
con gran cariño y tomaron dirección a la cantera de granito que se encontraba
a la salida del pueblo.
Deyan tenía allí muchos amigos de la construcción que le iban a ayudar, junto
a su suegro, a dar una sorpresa a Marta, y de paso a Adela.
Estuvieron eligiendo más de media mañana la pieza de granito que se convertiría
en la barra de la pastelería de Marta. Miguel estaba muy ilusionado con la pastelería
que estaba montando Deyan para Marta y se sentía orgulloso de ser cómplice
de algo que renovaría las ilusiones laborales de su hija, que no estaba pasando
por su mejor momento. Miguel era el socio de Deyan en aquel sorpresón con
mayúsculas. Ya tenían el local elegido, las obras de la pastelería habían comenzado
y los amigos del gremio de Deyan estaban haciendo un trabajo fantástico. Y encima
a muy buen precio, como decía su yerno.
Aquellos días Miguel dejaba a Pancho en la huerta y se iba con Deyan a elegir
materiales para la obra de la Pastelería. Una vez montado el local le pediría a su
mujer que les ayudase con el resto de pormenores para la puesta en marcha del
negocio. De momento no podía enterarse de nada, porque con la emoción podría
irse de la lengua, pero todo avanzaba muy bien y pronto la sorprenderían a ella
también. Su mujer se sentiría muy orgullosa cuando viera como estaba ayudando a
su hija con la idea de Deyan; y a él le daba mucha “vidilla” estar metido en todo
aquello.
Cuando el negocio de la pastelería estuviese preparado Marta podría tomar
las riendas del sueño laboral de su vida. De pequeña ayudaba a su madre con la
cocina, y de ella aprendió el oficio de ser una gran chef. Cuando Marta decidió
que la cocina sería su futuro todo fueron aplausos en casa. Estudió y se especializó
en repostería y pastelería. Adela no cabía en sí de gozo, su hija había heredado de
ella ese amor por la cocina y le hacía sentir muy feliz.
Al día siguiente toda la familia había quedado para comer y justo coincidía con
el encuentro de Deyan con un concejal del barrio para que le explicara los permisos
de apertura del local y todo el papeleo que había que realizar para la puesta
en marcha. Miguel se sorprendía de la cantidad de amigos que tenía Deyan en todas
partes y lo fácil que esto hacía montar la ilusión de vida de Marta: Su propia
pastelería artesana.
Entre los dos prepararon la coartada de que irían a hacer trabajos de la huerta
sin levantar sospechas sobre sus verdaderos asuntos.
Justo cuando salían de la cantera sonó el teléfono móvil de Deyan.
Al otro lado del teléfono estaba Marta alterada:
-Deyan, me acaba de llamar Josefa. Se marcha de la ciudad a ver a sus familiares
de Barakaldo, necesito que me ayudes con Antonio…

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