XAVI ALTA

La segunda fase de nuestra relación duró hasta otoño. Pasamos el verano juntos, considerándonos pareja pero sin hacerlo público pues la diferencia de edad la incomodaba más a ella que a mí. Decía que el entorno, el vecindario principalmente, la consideraría una asalta cunas. Me hizo gracia el comentario, pues ese mismo entorno hubiera visto a un hombre maduro con una jovencita como a un triunfador, pero ella no quería dar explicaciones ni aguantar miradas y comentarios incómodos.

Así, volvimos a las andadas, mensajes de texto citándonos para encuentros rápidos entre semana, exceptuando los martes en que dábamos rienda suelta a nuestro apetito amándonos con calma, haciendo el amor.

Agosto supuso un punto de inflexión pues Iván marchó con su padre para pasar con él la segunda quincena, por lo que Maite y yo tuvimos más tiempo para estar juntos. Fui yo el que planteó realizar una escapada. Económica, pues sus limitados ingresos no le permitían grandes dispendios, los míos eran más exiguos pero eran suficientes para cubrir mis gastos, así que alquilamos una habitación de hotel en la Costa Brava. Oficialmente marché con amigos de la universidad, pues mi madre ya comenzaba a preguntar demasiado, consciente de que yo tenía algo parecido a una pareja, pero no solté prenda.

Tener que trabajar dos noches a la semana nos obligó a volver el viernes por la tarde, para irnos  de nuevo el domingo a medio día y vivir la segunda parte de nuestra luna de miel, así la definí yo, en otro alojamiento.

Aquella quincena descubrí una faceta de Maite que me sorprendió inicialmente, pero que me encantó cuando la pusimos en práctica. La aparentemente conservadora mujer era una exhibicionista consumada. Nunca lo había puesto en práctica de modo tan descarado, aunque ya de joven descubrió que le gustaba ser observada. Con su marido no se atrevió a jugar pero conmigo daba rienda suelta a su faceta más festiva.

Llegar al primer hotel y notar las sorprendidas miradas de los tres recepcionistas cuando la vieron aparecer con una pareja mucho más joven le encantó. Me envidian, sentenció orgullosa refiriéndose a dos de las mujeres que nos atendieron la primera tarde. No será para tanto, respondí, añadiendo que eran los hombres del lugar los que me envidiaban pues me estaba calzando a la tía más atractiva del hotel.

En la playa estuvo en top-less cada día. Lejos de importunarla las miradas de los compañeros de arena, se exhibía descaradamente cuando había grupos de chicos u hombres cerca, deteniéndose más de la cuenta en sus pechos cuando se extendía la crema, levantando el culo a la mínima que necesitaba coger algo de la bolsa, jugando conmigo en el agua, sobándome, dejándose sobar, atenta a las inspecciones que recibía.

Estos juegos la mantenían calentísima, tanto que hicimos el amor en el agua tres veces los dos primeros días, además de violarme sin compasión al llegar al hotel a media tarde.

La primera noche salimos a cenar por el puerto, pero al terminar le apeteció pasear por la zona, mirando tiendas y paradas de bisutería. No llevaba sujetador pues el vestido era muy abierto por la espalda y no hubiera quedado bien. No mostraba nada y era lo bastante ceñido para que sus erguidos pechos quedaran bien sujetos, pero me rozaba constantemente, sobre todo con ellos para que sus pezones se endurecieran. Entramos en la habitación a la carrera y me la follé de pie apoyada contra la puerta en el primer asalto de la velada.

La segunda noche decidió obviar el sujetador a pesar de que esta vez no había justificación estilística. Me gusta sentirlas libres para que puedas tocármelas directamente. La tela del vestido ibicenco era más fina, así que no hubo ojos masculinos que no se desviaran hacia aquel par de maravillas insinuadas.

Esa noche no llegamos al hotel. Después de cruzar una zona de ocio con una manada de chicos jóvenes apostados en la entrada de un local que la repasaron con miradas felinas, Maite tiró de mí hacia un callejón, me empujó entre dos coches, una camioneta y un utilitario, me apoyó contra el primero agarrándome la polla por encima del pantalón de lino, sacándomela y agachándose pues estoy como una moto. No se detuvo hasta que me corrí entre sus labios, acuclillada, con la falda del vestido enrollada en la cintura y sus pechos meciéndose, también desnudos.

Fue el jueves de la primera semana, nuestra última tarde en aquella villa marinera, cuando dio un paso más. Salimos a pasear antes de cenar, ella embutida en un vestido muy corto que se había comprado volviendo de la playa. Era marrón camel, de una sola pieza, con escote redondo abrochado con dos botones a la altura del canalillo. Era bastante corto, tres o cuatro centímetros por debajo de las nalgas, más entallado que ceñido pero que dibujaba perfectamente las curvas de la atractiva mujer.

Las hambrientas miradas fueron constantes, sucias la mayoría, pues desde que habíamos salido a la calle sus pezones amenazaban con rasgar la tela. Pareces una buscona, la califiqué después de que tonteara más de la cuenta con un guía turístico al que le preguntó por locales donde ir a bailar. Pues no sabes lo mejor, respondió sentándose en un pequeño muro que rodeaba el bien conservado castillo que coronaba el casco antiguo del pueblo. Mirándome a los ojos, me empujó para apartarme un par de metros de ella, abrió las piernas y sonrió ladinamente.

Su bonito pubis, decorado con una fina línea de bello oscuro, se mostraba sabroso a todo aquel que pasara por mi lado. Afortunadamente estábamos solos, pues ordenó, acércate y cómemelo. Miré a ambos lados, no vi a nadie, así que me agaché y le devolví el favor. Estaba empapada. Era tal su grado de excitación que se corrió en un par de minutos con sus característicos chillidos, agarrándome del pelo para que no huyera.

La segunda semana fue aún más intensa. Cuando llegamos al hotel a media tarde del domingo no me dejó tocarla, a pesar de que había estado tonteando conmigo la hora y media de trayecto en tren hasta nuestro destino, acercándome sus libres senos a  mi cuerpo, frotándose contra mí a la menor ocasión, retándome juguetona.

-Primero debemos deshacer las maletas –ordenó decidida, rechazándome cuando la tomé de las caderas para follármela. La sorpresa, la razón de su comportamiento, apareció instantáneamente cuando abrió la suya. Camisetas, un par de faldas y vestidos de verano, dos bragas de bikini, pero ninguna pieza de ropa interior.

Abrí los ojos como platos, estás loca, exclamé, completamente, respondió, sacándose el vestido por encima de la cabeza para quedar completamente desnuda pues no la cubría ninguna otra prenda. Se dio la vuelta, salió a la pequeña terraza de la habitación para apoyarse en la barandilla mirando hacia el mar, ofreciéndome sus nalgas, parándolas lo justo para que entendiera su invitación. Así me la tiré, mirando el horizonte, sin importarme lo más mínimo las miradas de otros huéspedes, bañistas o curiosos.

Desconocía que la población en la que nos hospedábamos contaba con una cala nudista. Fue nuestro paradero del lunes. Me gustó la sensación de bañarme desnudo pero Maite no acabó tan contenta como esperaba de la experiencia. Por un lado, disfrutó de su desnudez, libre, de la mía, pues le excitaba acariciarme, agarrándome del pene y meciendo mis testículos a la mínima ocasión, incluso penetrándose un par de veces en el agua; pero su desnudez quedaba difuminada entre decenas de mujeres de la misma guisa, así que apenas captaba miradas obscenas, que era lo que realmente la ponía cachonda.

Así que prefirió visitar playas convencionales donde fuera el centro de atención, vestir provocativa por las calles del pueblo rebozándose en miradas lascivas, mostrarme un pecho o el pubis cuando estábamos sentados en un restaurante o tomábamos una copa en un local e incluso tomar mi mano para que uno de mis dedos se zambullera en su marasmo y dármelo a chupar. Cuando me lo sacaba de la boca, me morreaba con una intensidad tal que parecía querer traspasarme. Del sofá de sky de aquel concurrido pub pasamos al baño de mujeres donde me sentó sobre uno de los inodoros para ensalivarme bien la polla antes de encajarse sobre mí botando desbocada.

Septiembre fue un mes extraño, sin duda provocado por volver a la rutina después de la quincena más intensa de nuestras vidas. En agosto había llegado a un acuerdo con su ex marido referente al régimen de visitas de Iván según el cual el niño debía pasar dos fines de semana al mes con su padre, además de los acostumbrados martes, pero mi trabajo las noches de viernes y sábados, así como el partido de fútbol los domingos, no nos permitían irnos de fin de semana.

Octubre fue el presagio de noviembre. Manteníamos la chispa sexual, la atracción física continuaba alta pero ambos éramos conscientes que no era suficiente, que tarde o temprano aparecerían los problemas.

De nuevo surgió la pregunta que nos había distanciado en primavera, ¿hacia dónde nos lleva esto? Para mí era obvio, hacia una relación de pareja estable, pero ella seguía pensando que la diferencia de edad era un impedimento. Traté de convencerla por activa y por pasiva que lo nuestro podía resultar, que la quería, que estaba enamorado de ella, pero fue en balde. El tercer martes de noviembre pasamos la última tarde juntos. Sin tocarnos.

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