MOISÉS ESTÉVEZ

Seguro que eran ellos, sus dos soles, los únicos capaces de iluminarle la vida.
Ansiosa por el reencuentro, Andrea corrió rápidamente a abrir la puerta a la vez que salía de ese pensamiento melancólico que le embargaba.
En el rellano de la escalera sus dos hijos, equipaje en mano, procedentes de sus respectivas ciudades universitarias foráneas a las que accedieron gracias a sus buenas notas y sendas becas.
Herencia viva, carnal y genética de su amado Samuel, se fundió con ellos en un largo y cálido abrazo hasta que las lágrimas no asomaban entre sus párpados, sino que se derramaban por su rostro cual manantial alpujarreño.
Formaban un triángulo perfecto, equilátero, sobre todo en noches como esas, de reencuentro, emoción y nostalgia, de deseos por ponerse al día sobre los acontecimientos no compartidos físicamente en los últimos meses, pero por encima de todas las cosas, por el recuerdo y la añoranza de una ausencia, la de Samuel, alma máter del lugar, padre y marido especial cuya presencia sentían en el ambiente y por el que brindaron con un buen vino, acto que seguro le arrancaría una sonrisa en su angulado rostro allí donde fuese que estuviera observándolos…

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