FRANCISCO J. MARTÍN
Amanece en Palacio, poco a poco el Sol va iluminando los árboles y las flores de los
espléndidos jardines que lo rodean, haciendo que sus fuentes emitan brillos multicolores.

Un rayo de luz entra en la habitación de Isabel Q y comienza a dar calidez a la estancia. Al momento se despierta sin saber muy bien donde está, pero poco a poco se da cuenta de que está en una de las lujosas habitaciones del Palacio al que su primo, el Rey, la ha invitado expresamente. Los mármoles de las paredes, y las pinturas, los dorados de las bóvedas y techos, lo hacen inconfundible.
•¡Qué placer! —dice para sí. Isabel Q es una mujer madura, elegante, bastante intuitiva, muy emocional y de buen carácter, a veces, pocas veces.
Se levanta y va hacia el ventanal que da sobre los inmensos jardines cuyos límites no son
visibles desde ese punto. Abre una de las puertas del mismo, sale a la terraza y llena sus
pulmones de un aire fresco y puro. El Sol despuntando, el cielo azul, la belleza de las flores en los parterres más cercanos y la imagen de las arboledas con los contrastes de las muchas tonalidades de sus hojas la dejan literalmente extasiada, y pasa un buen rato contemplando aquel maravilloso paisaje, y soñando con largos y agradables paseos junto a su primo.
Decide pedir que le suban el desayuno, para más tarde aparecer en “sociedad” a media
mañana y dar un paseo antes del banquete con que el Rey acoge a sus invitados al
cumpleaños de su hija. De pronto escucha un grito y comienzan a oírse unos ruidos metálicos, continuos, con un ritmo que se acelera por momentos para volver a caer y casi pararse.
Después de pensarlo decide que sin duda es ruido de sables rozando uno con otro.
•¿No será la guardia luchando con malhechores? En Palacio no puede ser —exclama
en voz alta.
El ruido se acerca cada vez más a su ventanal hasta que por su izquierda, detrás de unos
árboles aparecen dos caballeros blandiendo sendos sables enzarzados en lo que parecía un duelo, y al momento entran en la escena sus padrinos quienes los siguen para dar fe de la licitud del lance, y de su resultado.
Isabel Q no sabe qué hacer. Alejarse, esconderse, llamar su atención,
•¡Deteneos insensatos! —les ordena
Los caballeros siguen en el lance sin escucharla, pero los padrinos sí que advierten su presencia y preguntan que desea su graciosa majestad. Repiten varias veces la pregunta porque Isabel Q no les oye y les hace ademanes de todo tipo.
Isabel empieza a encenderse, le han estropeado la mañana, su buen carácter desaparece y se torna duro, mostrando su genio y su falta de escrúpulos.
•¡Que les corten la cabeza! —les grita finalmente.
•Como osan molestar a Isabel Q, la Reina de corazones —afirma.
En ese preciso momento Isabel Queral despierta de su sueño, y dando un salto sobre su cama, se asoma rápidamente a la ventana y ve el mar, la playa, algunas palmeras, chicos en bici por el paseo, o sea, lo de siempre. Nada de sables, ha sido sólo un sueño.
La noche anterior se quedó dormida leyendo un libro que hablaba de las aventuras de una tal Alicia…

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