XAVI ALTA

La pregunta que me hice al poco rato, duchándome antes de ir a trabajar, fue ¿y ahora qué? Sin ser un chico especialmente promiscuo, suelo encamarme con alguna chica cada mes o cada dos meses como mucho, pues resulta bastante fácil trabajando en el mundo del ocio nocturno. Son encuentros sin necesidad de continuidad, divertimentos, en los que ambos solemos tener claras las normas. Solamente he tenido dos relaciones que podrían llamarse de ese modo, la última de poco menos de un año con una compañera de universidad, que no de facultad.

Pero Maite me planteaba dudas. El instinto me avisaba que me convenía ceñirme a mi acostumbrado hábito de soltería, pero una parte de mí intuía que tal vez ella lo viera de un modo distinto. Por un lado, no parecía mujer de encuentros esporádicos, por más que el tópico sobre las personas divorciadas suela caricaturizarlas así. Por otro, tal vez solamente buscaba un poco de cariño, de consuelo, después de meses sin tener relaciones. No me quedaba otra que aclararlo con ella.

No fue hasta el jueves que me la encontré. De nuevo, intempestivamente. A las 8 y media de la mañana pues yo había decidido saltarme la primera clase y ella salía con Iván para llevarlo al cole e ir a trabajar. Suelo bajar las tres plantas hasta la calle por las escaleras, así que al llegar al rellano del portal se abrió la puerta del ascensor del que salían ambos. El niño me saludó efusivo, ¿Cuándo volveremos a ir a jugar? ¿Dónde juegas este domingo? Y un par de preguntas más que no recuerdo. Maite, en cambio, me miró tímida.

Les sostuve la puerta de la calle para que pasaran, mientras respondía con tópicos al crío. Cuando la madre pasó a mi lado, me miró inquisitivamente, sin duda teníamos que hablar, pero las palabras que surgieron de mi garganta instigadas por mi subconsciente me delataron. Estás muy guapa esta mañana.

Maite sonrió ampliamente, contenta por mi comentario, respondido con un simple gracias más cargado de intenciones que mi cumplido.

La charla tuvo lugar aquel mismo viernes. Estaba solo en casa cuando llamaron al timbre. Me sorprendió verla en mi rellano, siendo tan atrevida, pero se había cruzado con mi madre en el portal por lo que sabía que estaba solo, pues mi hermana sí tenía clases los viernes y mi padre no llegaba hasta media tarde.

-Supongo que ya has comido, –eran más de las 3 –pero yo voy a hacerlo ahora que ya he salido del trabajo, aunque no tengo mucha hambre… ¿Puedo invitarte a un café?

Nos miramos por espacio de unos segundos, ella ataviada con un clásico traje chaqueta como corresponde a un profesional de multinacional, yo en tejanos y camiseta. Acepté, sabiendo que debería entablar una charla que me daba bastante pereza.

Entrando en su piso, colgó la americana en una percha del recibidor, casi sin detenerse mientras me preguntaba cómo quería el café. Solo corto. La seguí a la cocina, pues había sido la sala de nuestras primeras confidencias.

Hasta que los dos cafés no estuvieron dispuestos sobre la mesa central que presidía aquel elegante espacio, con sus tazas de porcelana, cucharilla a juego y sacarina para ella, azúcar moreno para mí, se mantuvo el silencio. Ambos nos miramos unos segundos eternos, mientras removíamos el líquido, hasta que ella arrancó.

-Lo que pasó el otro día…

-Me gustó mucho –la corté.

-Sí, a mí también –sonrió, recordando. –Pero no sé si está bien. Te saco veinte años, yo estoy saliendo de una relación que se suponía que debía durar para siempre y tú eres… joven… tienes que salir con chicas de tu edad…

-Maite, -rodeé la mesa y me planté a su lado –yo no busqué lo que pasó el otro día. Creo que ninguno lo buscó, simplemente surgió. Eres una mujer muy guapa, muy atractiva, que me gusta mucho, y no me arrepiento de lo que hicimos.

-Ya pero… -bajó la cabeza intimidada.

-¿Ya pero qué? ¿Qué quieres decirme exactamente? Que no me haga ilusiones. Que fue solamente una vez y que no debemos repetirlo. –Volvió a mirarme a los ojos. Los comprendí. No quería decirme eso, al contrario. -¿O no van por ahí los tiros?

-No lo sé. –Volvió a bajar la vista. La tomé de la barbilla.

-Seamos honestos. Yo siempre lo seré. Me encantó hacer el amor contigo.

-¿Eso hicimos? ¿Hicimos el amor?

-¿Cómo lo llamarías tú?

-No sé… hacer el amor implica algo más fuerte… ¿No fue un simple polvo… para ti?

Me detuve. No, era la respuesta que surgía instantáneamente, pero ahora sí debía medir mis palabras. Sentía con Maite una conexión distinta. Más profunda que la que notaba con cualquier chica con la que me acostaba una noche de fin de semana, pero no sabía definirla bien pues tampoco se parecía a lo que tuve con Noe, mi última novia.

-Como te conté el otro día, no soy un chico de relaciones estables o duraderas. Lo habitual en mí son simples polvos como tú los has llamado aunque no me guste definirlos así. Es más, con alguna mantengo una buena relación, así que… -no encontraba las palabras adecuadas. –No sé definir cómo me siento contigo. Físicamente me atraes mucho. –La miré de arriba abajo. –Eres muy guapa, estás muy buena. Y me encanta estar contigo, pero creo que debes ser tú la que marque los tiempos, el ritmo, las necesidades, pues como tú bien has dicho, sales de una relación complicada y yo no tengo experiencia en relaciones, en…

Sus labios me acallaron. Se me echó encima ahogándome contra la mesa, rodeando mi cuello con sus manos. Su lengua acosaba a la mía mientras su cuerpo atacaba al mío por derecho de conquista. Reaccioné raudo, automáticamente, tomándola de las nalgas, aferrándome a ella, notando sus senos clavados en mi pecho.

Esta vez fueron sus labios los que recorrieron mi cara, mi cuello; sus manos las que se colaron por debajo de mi camiseta para levantármela, para acariciar mis pechos, mis pezones. La dejé hacer sin soltar aquel par de duras caderas más que para sacarme la prenda de algodón por encima de la cabeza.

Sus manos bajaron a mi cintura, desabrochando mi pantalón con prisa, coló una mano ansiosa, mientras la otra tiraba del tejano para que mi masculinidad asomara. Cuando apareció, abrazada por cuatro dedos que la mimaban, se agachó hasta quedar arrodillada para engullirla como si no hubiera un mañana. Estaba preciosa con la cara chupada, los labios hinchados y los ojos cerrados, recorriendo mi miembro con avidez. Se lo dije. Abrió los ojos, mirándome sonrientes, sin abandonar su juguete.

Tuve que detenerla. A este ritmo me correré antes de hora, avisé. Se levantó, abrazándome, morreándome, mientras ahora era yo el que le desabrochaba la blusa y colaba la mano entre sus piernas.

Ella misma se levantó la falda para facilitarme el acceso a su intimidad. Llevaba panties, que también bajó. Tenemos poco tiempo, me apremió mirando el reloj de pulsera, debo ir a recoger a Iván. Levantó una pierna rodeándome para que pudiera ensartarla, pero la postura lo hacía prácticamente imposible, yo apoyado en la mesa, ella de pie delante de mí con las medias a medio muslo.

Tomándola de la cintura, intercambié nuestras ubicaciones, pero seguía siendo muy difícil, así que opté por un plato más sucio. Le di la vuelta para que apoyara las manos en la mesa, le abrí las piernas como si del encuentro entre un agente y un delincuente se tratara, con leves golpes en la cara interna de ambos pies para que los separara, fijé la falda en la cintura, aparté el tanga oscuro, apunté sosteniéndome el miembro y entré.

Maite no era una mujer que gimiera con especial fuerza. Suspiraba constantemente intercalándolos con jadeos más o menos profundos. Cuando comencé a percutir con fuerza, follándomela más que haciendo el amor, suplió los suspiros por pequeños gritos perfectamente acompasados a mis envites.

Llegó al orgasmo poco antes que lo hiciera yo, sin alterar a penas el ritmo de su música. Yo sí bufé como un toro, agarrado a sus caderas para no caerme, asideros que cambié por sus colgantes mamas cuando la abracé, vacíos mis huevos, llena su vagina, tratando de recuperar el resuello, acompasando nuestra respiración.

Aunque el domingo por la mañana vinieron a ver el partido, no fue hasta el martes que pude estar con Maite de nuevo, pues al finalizar el encuentro madre e hijo tenían prisa y no se quedaron a comer. Iván estaba con su padre, en un régimen de visitas mínimo, pues solamente estaba con él los martes, hecho sorprendente en parejas separadas. Al parecer, el niño no estaba cómodo cuando estaba con su padre y su pareja masculina.

Me recibió a media tarde, acicalada con un vestido de una sola pieza con bastante escote, ceñido a su bello cuerpo, que le cubría medio muslo. Llevaba el pelo suelto y se había maquillado elegantemente. Yo vestía más informal.

Aunque me ofreció una copa, había abierto vino blanco, apenas le pegué un par de sorbos. Bastó que la adulara, que le dijera lo guapa que estaba, lo mucho que me atraía, para que se me lanzara encima como una leona. De nuevo estábamos en el sofá del comedor, de nuevo tomó la iniciativa, acariciando mi muslo, agarrándome el paquete. Más que besarme me engullía, inclinada sobre mí, conquistándome. No tardé en descubrir uno de sus senos que me ofreció orgullosa acercándomelo a la boca, mientras su mano izquierda lograba abrirse paso en mi cremallera.

Volvió a ofrecerme sus labios cuando liberó mi pene, a la vez que, ladeada, encajaba su pubis sobre mi muslo, frotándose, masturbándose. Maite estaba desbocada, suspirándome en la boca, babeándome pues le costaba mantener el control de los labios. Me chupaba la cara, me besaba, me ofrecía la lengua, mientras su mano se agarraba al mástil como si temiera caerse y sus piernas se movían aumentando la fricción.

Le bajé el vestido para que aparecieran ambos pechos, llenos, duros, con los pezones perfectamente armados, me los llevé a la boca, alternativamente mientras mis manos asían aquellos apetitosos manjares, para que no escaparan. Su mano derecha, libre, me agarró del cabello con fuerza. Volvimos a unir nuestros labios pero esta vez fue ella la que me abandonó. Sin detenerse en mi abdomen, bajó la cabeza para engullir mi miembro hambrienta. La agarré del cabello apartándolo para ver su cara profanada por mi hombría. Chupaba con ganas, suspirando a cada succión.

Le levanté el vestido para acariciar sus nalgas, pues habían quedado en cuatro sobre el sofá, de lado. Mi mano izquierda sobaba, la derecha la guiaba. Moví la primera hacia su entrepierna, la colé dentro de la tira posterior del tanga, pasé por su ano donde no me detuve hasta que noté su vagina primero, sus labios a continuación, completamente empapados. Aumentó los suspiros, también la profundidad de la felación, cuando mi dedo se coló en su interior, cuando lo retiré y acaricié aquellos hinchados labios, cuando la penetré de nuevo.

Decidí cambiar de juego. Me levanté desnudándome, ella también se quitó el vestido y la ropa interior, tan rápida que tuvo tiempo de ayudarme con el bóxer mientras su boca buscaba de nuevo mi polla. Pero se la quité, momentáneamente, pues nos tumbamos invertidos en el sofá para que mi lengua llegara cómodamente a su entrepierna, para que su boca pudiera seguir deglutiendo.

Mi lengua, mis labios, dieron buena cuenta de aquel ácido manjar, mientras mis dedos percutían en su orificio. Su vagina se movía temblorosamente, expulsaba flujo a raudales, hasta que explotó en un orgasmo intenso que silenció mi pene alojado en su boca. No pude evitarlo y yo también llegué en ese momento, por lo que profané su garganta sin poder avisarla. Sus propios espasmos la obligaron a tragar, algo que nunca había hecho, me confirmaría después, pero ni se apartó ni desalojó a su presa. Al contrario, la duración de su orgasmo, había empezado antes que el mío y acabó después, le impedían soltarse pues alojar mi pene en la garganta potenciaba su clímax.

Estuvimos un rato abrazados, sin movernos, con sus muslos rodeando mi cabeza, su boca apoyada en mi pene, mientras nuestras respiraciones tornaban a la normalidad. Hasta que tuve que levantarme para mear. Cuando volví, Maite me esperaba sentada, desnuda, con la copa de vino blanco en una mano, ofreciéndome la otra para que repusiera fuerzas.

Me senté a su lado, también desnudo, se apoyó en mi pecho mientras me acariciaba el estómago y los muslos, relajada. Charlamos un rato, adormecidos por la típica relajación post coital, aunque no había habido coito propiamente dicho, hasta que me preguntó si tenía hambre. La verdad es que no, gracias. Yo me comería una vaca, respondió, pero me apetece más comer toro. Bajó la cabeza, asió mi glande con los labios, y reanudó la felación pretérita. Cuando la hubo endurecido solicitó, quiero que me hagas el amor, quiero sentirte dentro de mí.

Ven, la tomé de las axilas, primero, de la cintura después, para ayudarla a encajarse sobre mis piernas. Tuvo que ser ella la que introdujera mi pene en su interior, mientras mis manos se movían de las caderas a los pechos alternativamente, sin ton ni son.

Volvió a correrse antes que yo, aumentando la velocidad de sus caderas, suspirando acelerada, emitiendo aquellos raros chillidos, agudos pero de baja intensidad, que tanto la caracterizaban.

Me quedé a cenar, a sabiendas que a mi madre le disgustaría que la avisara con tan poco tiempo. Pero el plato del ático era mucho más suculento. Eran más de las once cuando nos despedíamos en el recibidor, con los últimos arrumacos, besos robados, caricias más o menos intencionadas, hasta que posó la mano de nuevo sobre mi entrepierna. Bendita juventud, exclamó al notarla despierta de nuevo. La tomó con fuerza, besándome con ansia de nuevo, hasta que se separó de golpe, se dio la vuelta para apoyarse en la mesita donde soltaba las llaves, se levantó la falda para mostrarme las nalgas que desnudaba del tanga que dejó caer al suelo, invitándome a acabar la faena con aquella mirada felina que me taladraba, clavando sus ojos en mí a través del espejo.

Obedecí obediente. Me desabroché rápidamente, apunté y entré, de nuevo con su ayuda. Sin dejar de mirarla a los ojos, sosteniéndome también ella la mirada a través del espejo, suspirando, chillando, pidiéndome más con aquellas húmedas pupilas que hablaban por sí solas, mientras sus caderas bailaban al son de las mías.

¡Dios, cómo me pones! Exclamó dándose la vuelta cuando ambos habíamos llegado a puerto. Me besó profundamente, aún obscena, para separase mirando mi miembro enhiesto, arrodillarse y engullirlo de nuevo. Sólo le pegó cuatro o cinco lametones, para levantarse entre lamentos, vete ya, vete ya, empujándome hacia la salida, que no puedo controlarme.

Nos comunicábamos por SMS, los whatsapps aún tardaron unos años en llegar, mensajes de texto escuetos, citándonos. ¿Puedes subir? ¿Quieres pasar cuando acabes el entreno? Si podía me asomaba, a menudo a su piso, donde Iván se acababa de acostar, por lo que teníamos cierta intimidad, aunque no la tranquilidad con que nos amábamos los martes, nuestro día de novios, lo bauticé.

Pero un día a la semana nos era insuficiente. Intenso, pleno, satisfactorio, pero nos sabía a poco. Por allí comenzó el juego. Al principio, me escapaba después de cenar, salgo un momento para ir a casa de Andrés, un compañero de facultad que vivía cerca, decía, pero me escabullía escaleras arriba para amarnos en silencio o tratando de no hacer ruido para no despertar al niño.

Pero pronto aprendí que lo que volvía loca a Maite era la dificultad, el riesgo, la imprevisibilidad. Era una tarde de fin de semana. Yo había subido al ático con no sé qué excusa pero como era habitual, Iván me había acaparado, hasta que logré que se quedara plantado ante unos dibujos de la tele. Su madre había ido a la cocina para preparar la merienda, cuando entré con la excusa de ayudarla. Estaba untando pan de molde con Nocilla, así que la abracé por detrás, subiendo las manos hasta agarrarle ambos pechos y clavarle el paquete en las nalgas. Estate quieto que está Iván, pero no la solté. Al contrario, masajeé aquel par de maravillas, no deberías llevar sujetador en casa que no puedo sentirlas completamente, susurré lamiéndole el lóbulo de la oreja, mientras mi pubis se aferraba a su trasero.

-Estate quieto –repitió, pero ocupadas las manos con el pan y el cuchillo para untar, su cuerpo respondió moviéndose, aumentando la fricción. Le bajé el vestido para que sus pechos asomaran, aún cubiertos por el sostén. –Estate quieto, ¿estás loco? –protestó sin convicción, pero mi respuesta fue liberarlos para sobarlos sin compasión, pellizcándole ambos pezones. Suspiró sin dejar de protestar, pero bastó que le musitara quiero follarte aquí y ahora, para que apoyara ambas manos en la mesa, parara un poco más el culo y respondiera jadeando: -¿A qué esperas? Hazlo rápido.

Se corrió en menos de un minuto, desbocada, sin dejar de mirar hacia la puerta de la cocina. Yo tardé un poco más pero no lo suficiente para que llegara por segunda vez. Estamos completamente locos, fue su sentencia, mientras se acomodaba la ropa y salía con el bocadillo hacia el comedor.

Lo repetimos unas cuantas veces, ahora me recibía sin sujetador, actuando incluso al filo de la navaja. De nuevo en la cocina, de nuevo Iván en el comedor, de nuevo sobándonos como adolescentes, hasta que Maite se arrodilló para chupármela. La había agarrado de la cola de caballo cuando el crío se asomó a la puerta. Su madre emitió un leve chillido, amortiguado por la barra que la enmudecía, cuando Iván me preguntó por ella. La isla central de la estancia la protegía, lo suficientemente alta para que a mí me llegara a medio estómago, así que no le permití descuidar su juguete.

-Ha ido al lavabo, Iván, creo que le ha sentado un poco mal la merienda. Dale un momento que ya viene. -Fui capaz de soltar la parrafada sin despeinarme, manteniendo quieta la cintura pero obligando a su madre a reanudar el vaivén de su cuello. El niño me miró extrañado, ya que la había visto entrar en la cocina, pero más aún por haberle caído mal una comida que no había tomado. Así me lo hizo saber, creo que mamá no ha merendado. –Lo estaba haciendo hasta que ha tenido que ir al baño. Dame dos minutos que te traigo un vaso de leche y preparo otro para tu madre.

Vale, fue toda la respuesta que obtuvimos mientras Maite sorbía como nunca la había visto hacerlo, suspirando, boqueando, hasta que descargué. Por segunda vez en nuestra corta relación, me derramaba en su garganta, por segunda vez en su vida, se bebía toda la leche.

¡Qué pasada! exclamé con las piernas temblando. ¡Estamos locos! respondió falsamente indignada, con aquel brillo en los ojos que hacía unos días había detectado que la delataban.

Hasta el verano este fue nuestro modus operandi. Las tardes de martes nos encerrábamos en el ático, mientras nos convocábamos por SMS para un bocado rápido. Follamos en el terrado del edificio, en su rellano con el niño dentro del piso, en la cocina unas cuantas veces, incluso en el parque, en unos probadores o en los baños de un centro comercial próximo a su trabajo.

Después de tres meses, la relación se había ido afianzando. Iván me adoraba y su madre se sentía feliz si veía a su hijo contento. Físicamente, Maite también mejoró, pues el color volvió a sus mejillas y recuperó los tres o cuatro kilos que había perdido.

Como no podía ser de otro modo, mi madre se percató de los cambios físicos de la mujer con lo que una noche nos sorprendió con la noticia de que la vecina del ático tenía novio. Casi me atraganto. Íbamos con cuidado, nadie nos había visto enzarzados, sí juntos pues cada dos domingos venían al campo a verme jugar, pero tenía que controlar a mi madre, pues conociéndola no iba a detenerse hasta que supiera quién era el afortunado.

Los que sí se dieron cuenta de que había algo entre la madurita maciza y el delantero del equipo fueron mis compañeros. El rollo del niño aficionado al fútbol coló unas semanas, pero Germán, como ya había intuido un par de meses atrás, fue el primero en decirme que no me creía. Hoy me he estado fijando y cuando te ha cazado el lateral derecho del otro equipo, por poco no me parte la rodilla, a la tía casi le da un chungo, preocupada por su amorcito, soltó con retintín. Ni una palabra a nadie, fue mi sentencia confirmatoria. Pero no pude evitar centenares de comentarios obscenos durante los siguientes encuentros.

La vi poco las dos semanas de exámenes, aunque no pude rechazar un mensaje que rezaba, necesito que me folles, completado con un, ahora. En 5’ en el cuarto de contadores, respondí. Cuando llegué a la puerta colindante con la del terrado, la abrí y allí me esperaba mi premio. Apoyada contra la pared, brazos estirados, sin ropa interior, se había bajado los tirantes del vestido para que sus pechos colgaran hacia adelante y mostraba sus nalgas prominentes para que la penetrara. Me bajé el pantalón corto, me apoyé detrás y la ensarté, mientras mis manos se agarraban al par de asas duras y redondas para pellizcarlas.

Fue el martes siguiente cuando tuvimos nuestra primera trifulca, si es que se le puede llamar así. Al principio lo achaqué a lo poco que nos habíamos visto en dos semanas, pero pronto entendí que perderme por los estudios la había hecho consciente de la diferencia de edad.

-¿Dónde nos lleva esto? –preguntó. –Tengo 21 años más que tú, soy madre de familia, tú eres un estudiante universitario que aún no se ha incorporado al mercado laboral… ¿Qué futuro tenemos?

La verdad es que yo ni me lo había planteado, algo que la cabreó más si cabe, pues demostraba el diferente grado de madurez entre ambos, sentenció. Tenía razón, pero yo nunca me había planteado la vida a años vista, ni siquiera a meses vista, así que no pude responderle más que me gustaba estar con ella, compartir nuestros juegos…

-Una relación de pareja no es sólo follar –me escupió. No me refería solamente a eso, respondí, pues me encantaba que vinieran a los partidos, salir a pasear por el parque con su hijo, incluso pasar la tarde viendo una película de vídeo en el sofá. Estar con ella. Pero me echó de su casa.

No sabía si habíamos roto, pero me sentí mal por una mujer por primera vez en mi vida. Cuando lo dejé con Noe me sentí liberado pues cada semana me notaba más asfixiado, pero ahora… echaba de menos a Maite. Pero no le mandé ningún mensaje ni la llamé. Ella tampoco lo hizo. Así que me mentalicé para dar por terminada la relación.

Las semanas siguientes tuve opción de liarme con un par de chicas en el pub pero extrañamente en mí, no me apeteció. Que hubiéramos terminado la liga también ayudó a poner distancia entre nosotros pues Iván no insistía en venir ya que hasta septiembre no había más partidos oficiales.

Pero de nuevo la Diosa Fortuna intercedió. Era sábado, volvía de trabajar pasadas las cuatro de la madrugada cuando nos encontramos en el portal. Ella había bajado de un Audi oscuro. Al principio nos quedamos parados, sin saber cómo reaccionar. Era obvio que ella volvía de una cita, así que no pregunté. Abrí la puerta y la sostuve para que pasara. Caminé detrás de ella, estaba preciosa con un vestido ceñido que potenciaba su joven figura, pero preferí no tomar el ascensor.

El mensaje me entró diez minutos después. ¿Estás despierto? Tardé en responder, pero cedí. Sí. ¿Quieres subir? Me abrió en ropa interior, un conjunto azul provocativo pero elegante. Cerré la puerta tras de mí pero no me dejó cruzar el recibidor. Se me tiró encima felina, devorándome. No pude más que apoyar la espalda contra la puerta mientras me arrancaba la ropa desbocada. Me la follé en el sofá, en la cocina y en su habitación. A las siete de la mañana me echó de su casa. Es mejor que te vayas.

Había sido nuestro encuentro sexual más intenso hasta ese momento pero no tuve claro que fuera a tener continuidad. Menos aún viendo pasar los días sin recibir noticias. Así que fui yo esta vez el que mandó el mensaje. ¿Podemos vernos? Tardó dos horas en responder, es mejor que no.

Pero me llevé la sorpresa aquel viernes. Eran más de las dos de la madrugada, el local estaba a petar e íbamos bastante de bólido. Aún así, Carla, una compañera de facultad, estaba apostada en la barra tonteando conmigo sin disimulo. En una hora escasa saldría del pub con ella e iríamos al piso de estudiantes que compartía con dos chicas más. No estaba acordado aún, pero veía claramente por dónde iban los tiros. Cuando vi a Maite en la otra punta de la barra, mirándome fijamente. Martín, mi compañero le había servido un gin tonic, pero me acerqué a ella, notando la mirada de Carla clavada en la nuca.

-¿Cómo tú por aquí? –pregunté acercándome mucho a su oído para que pudiera oírme pues la música del local lo dificultaba.

-He venido a verte. –La miré sorprendido. –La verdad es que he venido a buscarte… a que me acompañes a casa cuando salgas del trabajo. -Ambos nos aguantamos la mirada, yo preguntándole qué quería, qué buscaba, más allá del sexo. Ella respondiéndome con mensajes contradictorios, por lo que no sabía a qué atenerme. Entonces miró hacia Carla fugazmente antes de preguntarme: -¿Quieres acompañarme?

Otra vez aquel brillo en la mirada, aquel gesto de necesidad. Asentí sin verbalizarlo. Vi que le quedaba poca bebida, así que le serví otra.

Diez minutos después Carla se largaba cabreadísima. ¿Quién es la vieja, tú madre? me había escupido con todo el desdén que fue capaz cuando le anuncié que había quedado con la chica que había venido a buscarme.

Paseamos juntos hasta casa, agarrados como dos enamorados desde la primera esquina, sin importarnos quién pudiera vernos. Hablamos poco durante el trayecto, pero me confesó que me echaba mucho de menos. Yo también quiero estar contigo pero necesito saber a qué atenerme.

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