XAVI ALTA

-Los del ático se han separado.

Mi madre, como de costumbre, era la fuente informativa de la comunidad. No se le escapaba nada. Que si el del cuarto se había roto un pie jugando a fútbol, que si el del segundo había tenido humedades, que si la madre de no sé quién estaba ingresada, que si la tienda de la esquina había cambiado de dueños. Tanto mi hermana como yo estábamos en la universidad, mientras mi padre dirigía una oficina bancaria en un pueblo vecino, así que no solíamos enterarnos de los cuchicheos del barrio. Mi madre, en cambio, ama de casa desde hacía más de una década cuando traspasó la peluquería que regentaba, lo sabía todo. Voluntariamente, además.

Estábamos sentados a la mesa los cuatro, cenando, cita ineludible para todos los miembros de la familia impuesta por mi madre años atrás. Durante esa media hora larga, ella solía ponernos al día de cualquier novedad que considerara de interés, amén de interrogarnos por nuestro devenir diario, amigos, compañeros de trabajo en el caso de mi padre, etc.

-¿Sabes qué ha pasado? –preguntó mi hermana que también compartía con su progenitora la misma debilidad por los cotilleos ajenos, así que solía escucharla ávida, mientras mi padre y yo nos lo decíamos todo con la mirada. ¿A mí qué más me da?

-La verdad es que no. He intentado hablar con Maite pero no he logrado sacarle mucho.

Esta frase define perfectamente a mi madre. No un pensamiento del tipo he ido a hablar con ella para ayudarla o animarla, por ejemplo. No. He subido a sacarle información. Conocer los detalles, saberlo todo, era mucho más importante que ofrecer ayuda. No entiendo cómo no te hiciste periodista, con lo que te gustan los cotilleos serías la reina de los programas de marujas de la tele, le he dicho más de una vez. Su respuesta, airada, es que uno tiene que saber dónde vive y a qué atenerse.

Como era habitual en mí cuando el tema no me interesaba, desconecté, hasta que entablé una conversación de fútbol con mi padre, pues es forofo a niveles enfermizos. No llevábamos ni cinco minutos charlando cuando mi hermana se quejó, ¡ya estáis con el peñazo del fútbol, qué pesados!

-¡Coño! ¿Y vosotras? –reaccioné. Mi padre era incapaz de levantar la voz en presencia de mi madre. Curioso en un profesional que dirigía una oficina grande de un banco importante con catorce personas bajo su mando.

Pasaron un par de semanas sin que hubiera grandes novedades. Al parecer, Miguel se había marchado de casa dejando a la mujer y al hijo de ambos, de unos diez años. Mi madre trinaba porque no conocía las razones, cuernos, seguro, afirmaba, aunque al hombre no lo veía capaz. Tampoco a ella, pues es un trozo de pan.

Mi percepción de la familia era similar. Miguel siempre me había parecido un tipo gris. Educado y agradable, pero sin ningún tipo de carisma. Desconozco en qué trabajaba pero me recordaba a algún oficinista de los que mi padre se queja que le mandan de Central para cubrir vacaciones y vacantes.

Maite era, es, una administrativa de multinacional más abierta que su marido, más comunicativa, con la que creo que nunca había cruzado más que frases tópicas de ascensor. Debía rondar los cuarenta años y siempre me había parecido atractiva. Aquel día, coincidimos en el portal, yo salía, ella entraba con su crío, y ciertamente la vi desmejorada. Más pálida, un pelín chupada de cara, pero el abrigo de invierno me impidió confirmar cuánto peso había perdido. Se ha quedado en los huesos, sentenció mi madre en la cena de aquella noche.

Es curiosa la vida de un vecindario. A parte de haber de todo, como en la Viña del Señor, también hay roles, hábitos, horarios y costumbres muy arraigadas que parecen inmutables. Incluso las coincidencias parecen escritas de antemano. Supongo que la vida de cada persona también se rige por esos mismos hábitos que te llevan a una vida diaria más o menos ordenada, por no decir tópica.

En mi caso puedo usar el mismo patrón, pues siendo estudiante de Administración y Dirección de Empresas, iba a la universidad cuatro días por semana de 8 a 4 normalmente, entrenaba tres tardes y jugaba un partido de fútbol cada domingo, además de trabajar sirviendo copas en un pub bastante concurrido del centro, las noches de viernes y sábados.

Fue coincidencia que compartiéramos ascensor un lunes a primera hora de la tarde. Viaje de tres plantas salvado con un par de frases tópicas. Otra vez el martes y de nuevo el miércoles. Lo curioso es que ocurrió en horas distintas, como si uno de los dos hubiera esperado la llegada del otro para provocar la coincidencia. No fue mi caso. Tampoco me pareció el suyo, pues las tres veces parecía muy ajetreada, además de un poco distante. Aún así, el tercer día no pude evitar el comentario, ¿otra vez? al que respondió, parece que lo hagamos a propósito.

No volví a verla en semanas, mientras su separación subía y bajaba como una montaña rusa en los “índices comidilla” de mi madre que puntualmente nos relataba cada noche. Siguiendo al dedillo las pautas de cualquier agenda periodística, una novedad o un nuevo chismorreo volvía a poner el tema en primer plano de actualidad, hasta que era sustituido por otra noticia de mayor calado o cierto interés.

Así, nos informó que Miguel vivía en la ciudad con un amigo, que visitaba a su hijo periódicamente, creía que un par de veces por semana, y que Maite seguía sumida en una depresión de caballo, pues la había dejado él. Sobra decir que yo seguía a lo mío, igual que mi padre, mientras mi hermana escuchaba atenta con los ojos abiertos como platos, acompañado de comentarios infundados, suposiciones, que trataban de aportar la opinión en la línea editorial del medio, pero que partían de la más absoluta desinformación, pues no dejaban de ser conjeturas. Pero la sentencia era inapelable. La ha dejado por otra, estoy segura, ya que todos los tíos sois iguales.

La siguiente vez que la vi acababa el invierno. Era sábado a medio día, el sol apretaba, razón por la que entró en el portal con la chaqueta en la mano. De la otra, tiraba de su hijo que no sé qué le decía de un juguete o del parque o algo por el estilo. No le estaba montando ninguna rabieta pero parecía que no quería volver a casa aún. Yo salía pues había quedado para comer con Pol, un compañero de la facultad, que me esperaba después de llamar al interfono para que bajara.

Saludé sin intención de detenerme cuando oí, para acallar al crío, a Maite prometiéndole comprar el balón a final de mes, que ahora no le iba bien. Por respuesta se encontró con unos gemidos agudos reclamándole ahora, ahora, la quiero ahora.

La mujer tenía cara de cansada, supongo que un niño percutiendo ha de ser agotador, y el hijo, Iván, parecía desconsolado. Normalmente no hubiera intervenido, pero sin saber por qué me detuve. Si todo el problema era un balón, yo tengo media docena en casa, así que le ofrecí uno mío. El niño paró de golpe el berrinche, mirándome curioso, mientras su madre me indicaba que no hacía falta aunque su triste mirada me agradecía el gesto.

-Quiero el balón de la Eurocopa. Un niño me lo ha colgado en el parque –reclamó Iván afligido.

-No te preocupes, te doy el mío. Esta tarde te lo subo que tengo muchos balones.

-No hace falta, discúlpanos –intervino la madre mientras el crío insistía en que tenía que ser el de la Eurocopa 2008, un balón Adidas gris con grandes topos negros.

-No me importa, de verdad. No lo uso.

Lo que para mí había sido un gesto sin mayor trascendencia, de escasa dificultad, para la mujer supuso un alivio importante, que me agradeció profundamente, mientras su hijo brincaba.

-¿Quién es la madurita? –preguntó Pol cuando salí a la calle.

-La vecina del ático. El hijo ha perdido la pelota en el parque y se la estaba liando, así que le he prometido darle una de las mías. –Tampoco le dio más importancia, pero me miró sorprendido, así que amplié las explicaciones. –Se ha separado del marido hace poco y no anda fina. Parece buena tía así que no me cuesta nada. Luego subiré a llevársela.

La mirada de Pol cambió drásticamente.

-Así que la madurita se acaba de separar. Pues está bien buena, la tía. Aprovecha.

-¡Qué va, tío! Si me debe sacar veinte años.

-¿Y eso qué más da? ¿Has visto qué tetas? –Bufé, joder tío, siempre estás igual. –Además, ya sabes qué pasa con las divorciadas. Rima con desesperadas.

Otro tópico más sobado que la pipa de un indio. Que si todos los hombres somos iguales, que si una divorciada es una gata en celo… ¿Cuál iba a ser el siguiente? ¿Que todas las mujeres son unas guarras menos tu madre y tu hermana? ¡Qué cansino! Preferí cambiar de tema.

Llamé al timbre del ático a media tarde. Me abrió Maite embutida en un vestido de estar por casa, de una sola pieza, informal pero cómodo, ligeramente entallado, mostrando una bonita figura. Llevaba el cabello recogido en una cola y me hizo pasar, agradeciéndome que le regalara la pelota que sostenía en la mano, aunque no hacía falta, no debías hacerlo.

Iván apareció al final del recibidor, sonriendo de oreja a oreja cuando vio qué portaba. Se la entregué, disculpándome por tenerla un poco gastada, es que he marcado muchos goles con ella, así que estoy seguro que tú también marcarás un montón.

Hacía mucho calor en aquel piso. El crío también vestía fresco, pantalón corto y camiseta de fútbol, del Arsenal. Le pregunté por qué los Gunners, ¿es tu equipo favorito? No, tengo más, ven, te las enseño, respondió tomándome de la mano para llevarme a su habitación dónde abrió un cajón de debajo de la cama para mostrarme orgulloso cerca de una docena de camisetas de equipos de primera línea.

-Por diseño, mi favorita es la del PSG –contesté a la pregunta que me hizo –pero no es un equipo que me caiga demasiado bien.  Mi equipo favorito de las que tienes aquí es el Ajax de Amsterdam.

Me sorprendió que no tuviera ninguna camiseta de equipos de la Liga española, por lo que le pregunté por ello, además de interesarme por su equipo del alma. Como muchos niños barceloneses me respondió, del Barça, en tono extrañado, como si no hubiera más equipos en la ciudad.

-¿Dónde la tienes?

Lavándose, respondió su madre que nos observaba desde el quicio de la puerta con aquella sonrisa de pseudofelicidad adornada de orgullo cuando ves a tu hijo contento.

Estuve en aquel hogar casi dos horas en los que Iván me explicó que las camisetas eran regalos de su tío, cada vez que viaja a una ciudad europea me trae una. También le pegamos cuatro chuts al balón en una amplísima terraza que tenía el mismo tamaño que el piso. En cada rellano había dos viviendas, mientras el ático solamente tenía una, por lo que la terraza ocupaba el espacio del segundo piso.

Maite no perdía detalle, sentada en el sofá ladeada con las piernas dobladas debajo de las nalgas, sin perder la sonrisa ni un segundo. Acepté sediento el refresco que me ofreció pues el crío agotaba, hasta que abandoné el piso pues debo cenar e ir a trabajar.

Ambos se despidieron de mí en el rellano, con la propuesta de repetirlo, agradeciéndome de nuevo el regalo.

No le hubiera dado más recorrido a la relación con los vecinos, pues a diferencia de mi madre no soy dado a ello, si no hubiera vuelto a coincidir con Maite el lunes siguiente, de nuevo cruzando el portal. Yo entraba, volviendo de la facultad. Ella salía pues iba a buscar a Iván al cole.

Aguantándome la puerta para que pudiera entrar, reiteró agradecimientos, con aquella amplia sonrisa de dientes perfectos. Pero la casualidad quiso que hora y media más tarde, dirigiéndome a entrenar, coincidiéramos de nuevo, esta vez Iván incluido, lo que me obligó a detenerme pues el niño quiso contarme cuántos goles había marcado con su nueva pelota y lo bien que iba.

-Lo importante no es la pelota, es el pie que la chuta –respondí para hincharlo más aún, despeinándolo con la mano en un acto cariñoso de felicitación.

-¿Vas a entrenar? –preguntó mirando mi bolsa de deporte. Asentí, anunciando que llegaba tarde. -¿Puedo venir a verte?

Los niños tienen estas virtudes, dejarte con la boca abierta, sin palabra, ya sea porque sus inocentes preguntas tienen respuestas complicadas, ya sea porque te meten en un brete sin ser conscientes de ello.

Su madre negó, es tarde, tienes que ducharte, tengo que hacer la cena… Otro día será, respondí, buscando una salida prometiendo algo que sabía que no se cumpliría. Pero el crío insistió, ¿cuándo?, dejándome otra vez mudo. Así que opté por el camino de en medio.

-¿Qué te parece si vienes a verme a un partido? –Vale, exclamó excitado. Repitió el cuándo, sin preocuparse de la opinión de su madre. –No sé. Este domingo jugamos en casa. Siempre jugamos a las 12 del mediodía.

Se giró hacia su madre, ¿podemos ir, podemos ir? usando la típica cantinela infantil. La mujer asintió, aunque me pareció que buscaba acallarlo y liberarme más que confirmar su presencia en el evento.

El sábado a mediodía, llegaba a casa de realizar un par de compras, cuando me lo encontré en mi rellano, excitado pues había bajado los dos pisos corriendo. Por lo que su madre me explicó a los pocos segundos, cuando apareció detrás, desde que me había visto salir por el portal desde el balcón, que estaba asomado a él esperando mi vuelta para bajar a preguntarme dónde jugaba al día siguiente. Les di las señas, despidiéndonos con un hasta mañana que el chaval celebró como si ya hubiéramos ganado el partido.

Entrando en el vestuario diez minutos antes de empezar el partido, después de la hora preceptiva de calentamiento, les vi, sobre todo debido a los insistentes aspavientos de Iván, muy cerca del túnel de vestuarios. Sonreí, dedicándole un gesto de OK con el dedo pulgar levantado, mientras Maite me miraba con cara de circunstancias.

Varios compañeros me preguntaron por el crío, pues a parte de mi padre, mi único aficionado fiel, no solía traer a nadie más para que nos apoyara. Cuando respondí, un vecino, Germán, el portero, me preguntó por la vecina. Varios se habían fijado en ella, así que su presencia fue la comidilla del pre partido. Afortunadamente, el entrenador lo cortó en seco, pues la charla táctica era lo único importante en ese momento, pero al finalizar el encuentro, en las duchas, tuve que aguantar de nuevo los chascarrillos de mis compañeros.

Si no había tenido bastante, la guinda la puso Iván al acabar el partido. Orgullosamente feliz, me cortó el paso cuando salía del vestuario abrazándome contento, felicitándome por la victoria y por el gol marcado, el que nos había dado el triunfo.

Media hora después estaba sentado con ambos en un sencillo restaurante de tapas cercano al campo. Normalmente hubiera ido con la mayoría de mis compañeros a comer, pues era lo habitual, pero viendo la excitación del crío que no me soltaba, acabé invitándolos. Maite se negó al principio, no molestes más cariño, pero acabé imponiendo mi criterio. Os invito.

Igual como había pasado en su casa, Iván era un torbellino que no se callaba ni debajo del agua, comentándome lances del partido, jugadas, momentos importantes según él, casi con memoria fotográfica, mientras su madre se mantenía en un segundo plano.

Aquel martes por la tarde cumplí una promesa que había hecho el domingo comiendo. En el entrenamiento del lunes, había comprado una camiseta de mi equipo en talla infantil, así que a media tarde, cuando supuse que ya habrían llegado a casa, subí los dos pisos que nos separaban para regalársela a Iván.

-Gracias, no debías haberlo hecho, pero hoy está con su padre –me atendió Maite desde el quicio de la puerta. El mismo vestido informal cubría su cuerpo, la misma cola de caballo, la misma sonrisa triste. –Pero qué mal educada soy. Pasa por favor –me invitó haciéndose a un lado.

-No, no hace falta, no quiero molestar.

-No es molestia. ¿Te traigo un refresco o una cerveza? –preguntó dándome la espalda y enfilando hacia el interior del piso. Me tendió la cerveza en el comedor, invitándome a sentarme en el sofá. –No sabes lo contento que está Iván. Lleva dos días que no habla de otra cosa.

Ella también se había abierto una cerveza. Sentados uno al lado del otro, charlamos amistosamente con Iván como protagonista principal. Era un buen crío y la mujer se sentía orgullosa de él.

Involuntariamente, cambié de tema. Después de media hora alabando al hijo, percibí que la mujer también necesitaba reforzar un poco su autoestima, pero creo que no utilicé las palabras adecuadas.

-Algún mérito tendrá la madre si el niño crece tan listo y decidido. –Sonrió suavemente, esbozando un gracias, pero la cagué al continuar. –No debe ser fácil, en vuestras circunstancias.

Su semblante se ensombreció. Mi nulo conocimiento de la psicología femenina me acababa de meter en un brete. Me disculpé automáticamente, lo siento, sólo quería decir que aún tiene más mérito, pero ya estaba hecho. Los ojos de la mujer se humedecieron, aunque logró contener las lágrimas, mientras yo no sabía dónde meterme.

A una amiga de mi edad, la hubiera abrazado, hubiera sabido qué decirle, pero Maite tenía veinte años más que yo. ¿Debía reaccionar igual?

La mujer se levantó súbitamente, alisándose el vestido en un gesto más nervioso que práctico, con lo que comprendí que me estaba invitando a marchar. La imité, despidiéndome, tomando el camino hacia la salida, mientras me agradecía de nuevo el regalo, Iván se pondrá muy contento.

Abrí la puerta, pero no llegué a cruzarla. Me giré para disculparme por última vez, cuando las primeras lágrimas comenzaban a brotar. Instintivamente la abracé. Al principio me recibió tensa, sorprendida, hasta que relajó la columna y se dejó consolar. Estuvo llorando varios minutos en mi regazo mientras yo permanecía callado, dejando que liberara su necesidad. Paulatinamente se fue calmando, soltándose de mi abrazo, disculpándose, pero no la abandoné. Cuando la noté recompuesta la conminé a pasar al baño a lavarse la cara mientras yo le preparaba cualquier cosa, ¿una infusión, otra cerveza, un vaso de agua?

Apareció detrás de mí, en la cocina, a los pocos minutos, disculpándose de nuevo, te habré parecida una tonta, claro que no, lamento haberme comportado como una cría, no lo has hecho, te lo dice alguien acostumbrado a las crías. Logré arrancarle una sonrisa, triste, pero ya no eran lágrimas. Le tendí la infusión, té Rooibos, mientras me ofrecía para ayudarte en lo que necesites.

La siguiente hora, ambos de pie en aquella moderna cocina, hubiera hecho las delicias de mi madre, pues Maite se desahogó conmigo, algo que no había podido hacer aún pues era hija única y no tenía ninguna amiga con suficiente confianza como para desnudarse completamente. Esto lo fui entendiendo a medida que me contaba su vida.

Como los medios periodísticos vecinales habían intuido, Miguel la había dejado. Conocía a su marido desde la infancia, pues eran vecinos del mismo pueblo pirenaico, amigos al principio, pareja, bien entrada la adolescencia. Lo describió como a un buen hombre, reservado, pero muy acomplejado, pues una educación religiosa muy invasiva lo había tenido muy reprimido. Tanto, que la mujer no vio venir de dónde le caía la bofetada. El drama no era solamente que su marido la hubiera abandonado por otra pareja, lo hiriente era que lo hubiera hecho por alguien llamado Marcelo.

Dejé el piso después de un último abrazo, este de amistad más que de consuelo, mientras me ofrecía por enésima vez para ayudarla en lo que necesitara. En mí tenía un buen amigo con el que podía hablar cuando quisiera. Gracias, de verdad.

Sobra decir que no conté nada en la cena, pues mi madre y hermana me hubieran ametrallado a preguntas. El tema, además, hacía días que había dejado de ser trending topic familiar, así que un lío en la pescadería del barrio se llevó la portada aquella noche.

Cuando llegué a casa de entrenar la tarde noche siguiente, pasadas las nueve, mi madre me avisó que el niño del ático había bajado a agradecerme no sé qué. Sí sabía qué, pues seguro que lo había interrogado, pero esperaba que yo le diera los detalles. No lo hice, preferí meterme en la ducha para cenar juntos. Fue entonces cuando someramente expliqué que al niño le gustaba mucho el fútbol, que habían venido a verme el domingo y que yo le había regalado una camiseta del equipo para añadir a su colección. Mi madre quería más información, preguntó por ella, extrañada que me relacionara con el hijo y no con la madre, pero no entré en su juego. Sólo se trata de un crío que quería ver un partido de fútbol, mamá.

Subí al ático la tarde siguiente. El niño estaba exultante. Había llevado la camiseta al colegio, fardando de que se la había regalado el mejor del equipo. No soy el mejor, Iván.

-Eres la estrella del equipo –terció su madre divertida, -tendrás que lidiar con ello.

Pasó un buen rato hasta que el chico me liberó, no recuerdo con qué se entretuvo, cuando pude acercarme a Maite interesándome por ella. Es bonito verte sonreír. Gracias, de verdad. Me ayudaste mucho.

No pude abandonar el ático sin otro compromiso. Iván quería vernos jugar de nuevo, pero esa semana jugábamos a 50 km de casa así que no podían venir pues su madre no tenía coche. El chaval insistió, sin ser consciente de la peripecia que suponía esa distancia en transporte público, así que me acabó arrancando quedar el sábado por la tarde para pegar cuatro chuts en un parque.

No hay mucho que contar del parque. Iván era bastante bueno para contar con sólo 8 años y mostraba a raudales la energía propia de un crío de esa edad. A las dos horas aproximadamente, di por finalizada la tarde pues había quedado con Pol, así que nos encaminamos a casa. La sorpresa vino cuando me di cuenta que al niño se le habían acabado las pilas y se arrastraba de la mano de su madre. Lo tomé en brazos, poco antes de que cayera rendido. Así, entramos en su piso para posarlo sobre su cama y que pudiera dormir tranquilo la tardía siesta.

Maite me cortó el paso tendiéndome una cerveza cuando me dirigía a la salida. Iba a rechazarla, pero ya estaba abierta, así que no me quedó otra que agradecerla. Nos sentamos en el sofá, siendo ella la que tomó la iniciativa. Verbal,  preguntándome si tenía novia. Negué.

-¿Y eso?

-Lo dejé con una chica hace meses, pero no suelo tener pareja estable. -Aún eres muy joven. Sonreí. -Tú también eres una mujer joven.

-No, -exclamó complacida, -ya no soy joven.

-¿Qué edad tienes?

-Eso no se le pregunta a una mujer, -me riñó fingidamente.

-Te echo 35 pero pareces más joven.

-Eres un mentiroso –respondió coqueta. –Me echas muchos más, pero quieres alagarme.

La cerveza había sido un indicio, pero el juego en el sofá no me dejó duda alguna. Maite quería algo más y yo debía decidir rápidamente qué hacer, así que seguí el juego mientras deshojaba la margarita.

-Ya les gustaría a mis amigas de la universidad estar tan bien cómo estás tú. –Ahora sí tenía el orgullo hinchado.

-¿De verdad te parezco atractiva?

-De verdad. Mucho.

Ya no hubo nada por decidir. Mis hábitos de ave nocturna, mi hábitat de caza pues un camarero de pub de éxito lo tiene bastante fácil, actuaron casi por inercia avanzando mi cuerpo hacia el suyo. Ella respondió de la misma manera, hasta que nuestros labios se encontraron.

Tardé un rato en mover las manos. Maite vestía una camiseta fina de manga larga con mallas oscuras, lo que me permitió notar perfectamente las formas de aquella atractiva mujer. Primero el muslo, duro, hasta que ascendí por su costado recorriendo con cautela el joven contorno de la madura mamá. No acaricié su pecho hasta que no la noté entregada, devolviéndome con intensidad el morreo que yo proponía, lengua buscando lengua. Su brazo rodeaba mi cuello mientras mi mano, abandonaba el seno cubierto para adentrarse en el bajo de la tela, buscando intensificar la exploración. Cuando ésta llegó al pecho, acariciándolo por debajo a través del sostén, abandonó mis labios para rogarme, trátame con cariño, por favor, es todo lo que necesito.

La besé con suavidad, abrazando el pecho completamente, mientras ella apoyaba la nuca en el sofá dejándome hacer. Colé la mano dentro del sujetador, acariciando una amplia masa de carne dura, hasta que mis dedos pellizcaron el pezón, despierto, sensible. Suspiró en mi garganta, entregada. Recorrí su cuello con los labios, levanté la camiseta, aparté el sujetador y lamí su corazoncito. Ella misma se quitó la prenda por encima de la cabeza, momento que aproveché para halagarla de nuevo. Eres una joven muy guapa. ¿Te gusto? Mucho.

Reanudamos el morreo mientras mis manos tomaban ambas mamas, descubiertas después de que las tiras de la ropa interior bajaran por sus brazos. Volví al cuello, de allí a sus pechos, mientras mis manos bajaban a sus caderas para tirar de las mallas hacia abajo. Tuve que arrodillarme en el suelo para quitárselas. Cerró las piernas pudorosa, pero me colé entre ellas para separarlas, mientras mis labios volvían a los suyos, recorrían de nuevo sus senos, bajaban por su estómago hasta que se encontraron con el tanga blanco que cubría su tesoro. Lo aparté y me zambullí.

No estaba especialmente mojada, húmeda solamente, por lo que me entregué en cuerpo y alma a llevarla al clímax. No tardó. En menos de cinco minutos sus caderas se convulsionaban al ritmo de profundos suspiros. Ascendí de nuevo por su cuerpo, sin dejarla descansar, besándonos de nuevo mientras me acomodaba entre sus piernas.

No tengo preservativos, anuncié. Tranquilo, llevo un DIU, respondió acercando su pubis al mío. Tomé mi miembro para apuntar en la dirección correcta, lo encajé y empujé. Ahora el suspiro sí fue intenso, acompañando mi gemido, pues me pareció una de las vaginas más estrechas en la nunca había entrado. No fui brusco, ni violento. Entraba y salía lentamente, sintiendo cada milímetro de aquel necesitado conducto, mientras besaba sus pechos, mal cubiertos por el sujetador, chupaba sus pezones, erizados.

Si hubiera acelerado las embestidas me hubiera corrido antes, pero preferí no cambiar de ritmo, prolongando el acto, intensificando mi orgasmo. Cuando llegó, seguí percutiendo unos minutos pero era evidente que ella no iba a correrse de nuevo. En cuanto me detuve, abrió los ojos contenta, sonriendo, preguntándome si me había gustado. Mucho. A mí también.

La pregunta que me hice al poco rato, duchándome antes de ir a trabajar, fue ¿y ahora qué?

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s