NÁUFRAGO EN LA LUNA

Recuerdo que cuando yo era joven, todo esto de las fotos digitales “era producto de tu imaginación” y lo normal era comprarse los carretes de fotos de toda la vida (12,24 o 36 fotos, Kodak o Fujifilm), era caro comprarlos y prohibitivo revelarlos. Normalmente uno se compraba un carrete y tenía que pensar muy bien (casi estudiar, detenidamente) dónde y cuándo utilizarlo. Eso de hacer fotos a lo loco era impensable.

La idea era comprarse un carrete y que te durara un verano o dos, hacer las fotos cuando salieran todos los del grupo o cuando uno estaba seguro de que la luz era la adecuada por no decir…perfecta. Si veías al mismísimo Michael Jackson a un metro de ti, pero pensabas que con ese color de piel te iba a salir desenfocado en tu carrete de 12 fotos Kodak, te guardabas la cámara sin pestañear.

Recuerdo que me compré un carrete de 24 fotos para la Expo 92 de Sevilla y al revelarlo salían fotos de las setas de la encarnación de Sevilla (inaugurada en el 2011). Se han visto casos en que se han revelado carretes de 36 fotos viéndose vidas enteras de la misma persona, el bautizo, la comunión, la confirmación, la boda y el divorcio.

Era normal escuchar este tipo de conversaciones:

– ¿Me haces una foto?

– ¿Estarás de broma no?

– Ya te hice una el verano del 90 mamón, ¿no te acuerdas?, no abuses de fotos que eres un listo

– Hostias! Es verdad! a ver si me la enseñas, que esa foto no la he visto nunca.

–  Es que aún tengo el carrete dentro de la cámara,

– Pero si estamos en el 2000.

– Es que era un carrete de 36 y aun me quedan algunas por hacer, no me seas impaciente cojones!

El revelarlo era un proceso delicado, no tanto por el hecho de tener que hacerlo en un cuarto oscuro, sino por el hecho de que normalmente de un carrete 12 fotos por lo menos 4 (como mínimo) se quedaban en el tintero porque estaban “desenfocadas” o porque había sido una foto hecha sin querer, donde se veía un pie, el hombro de alguien, un trozo de cielo o algo indefinido.

Yo recuerdo que una vez al revelar un carrete que me costó un “ojo de la cara” (nunca he entendido esta expresión ¿tenemos otros ojos que no estén en la cara? Mejor no responder), me salieron casi todas borrosas y me dio tanto coraje que las puse todas en mi álbum de fotos bonitas y me inventaba historias: Ah sí, esa es que no se ve muy bien, pero ese soy yo soy con Jean-Michel Jarre, se puso muy pesado y tuve que hacerme una foto con él. No, no, eso no es hombro, esa es una teta de Sabrina en el especial de fin de año del 87, le dije que no quería ir, pero no hubo forma, y al final me saco una teta mientras bailaba para agradecérmelo y le hice esa foto, pero quizás se la hice demasiado cerca y no se ve bien.

Si busco seguro que encuentro algunas de esas fotos en algún álbum antiguo. Tenía varias de Nessy (el monstruo del lago Ness) y muchas con artistas del momento, tenía una con el “Equipo A” (al completo) y otra con el mismísimo Don pimpón…todas reales por supuesto, pero quizás… un poco desenfocadas.

Yo siempre revelaba las fotos en el mismo sitio del barrio la “Copistería Eduardo” donde te atendía un hombrecillo pequeño (el mismísimo Eduardo), regordete y con gafas de culo de vaso.

Había una leyenda urbana sobre este hombre que realmente no creo que fuera una leyenda y es que si le llevabas a revelar fotos donde salía la típica amiga buenorra del grupo, esas fotos nunca salían del cuarto oscuro por problemas con el revelado (aunque sí que estaban en el negativo), pero si tus padres te vestían de marinerito en tu comunión, esas fotos sí que salían del cuarto oscuro para darse conocer, ahí no había problemas con el revelado (maldito bastardo). Otra cosa que no era una leyenda es que si salías en una foto fumando o tirado en la calle cerca de tu propio vómito (foto muy normal y muy cachonda de adolescente) nuestro querido amigo Eduardo, cogía el teléfono se lo decía a tu madre (en los barrios se conoce todo el mundo) para que ella se lo dijese a tu padre y tu padre se lo contara a su mano, y esta última viniera a tener una charla “muy de cerca” contigo. Recuerdo a más de un amigo con la cara “roja Eduardo” porque al padre no le hizo ninguna gracia la foto en la que salia fumando mientras apuraba una botella de ron con los pantalones bajados meando en un matorral (desde luego como son algunos padres).

Si al pulsar el disparador un amigo se movía en el último momento para hacer una gracia y desenfocaba la foto … es como si le hubieras disparado con una escopeta de caza en medio de la frente. Lo habías perdido como amigo de por vida, estaba muerto para ti, valiente bastardo, moverse en una foto con carrete de 12, con lo que costaba un revelado (esa foto estaría en el álbum, como algún famoso borroso).

Sólo se pulsaba el disparador cuando veías que todos tus amigos estaban petrificados, que la iluminación era perfecta y que la dirección del viento era correcta, si pensabas que el aire podía llevar alguna mota de polvo que pudiera estropear la foto, quitabas el dedo del disparador, te secabas la frente y te guardabas la cámara, sin ningún tipo de remordimiento, aunque fuera la mismísima jura de bandera de tu hermano y tú tuvieras la única cámara de toda la familia.

El carrete lo ponía uno mismo y había que hacerlo bien, tranquilo, sabiendo lo que se hacía, se colocaba el carrete y se pulsaba el disparador tantas veces como hiciera falta hasta tener el carrete encuadrado perfectamente y listo para hacer la primera “gran” foto, todo estaba milimetrado, no había margen de error y aun así, siempre había pequeños detalles, como por ejemplo, revelar el carrete y ver que las primeras cinco “grandes” fotos era tus pies mientras montabas el carrete. Esas nunca salían borrosas o desenfocadas esas siempre salían bien iluminadas, enfocadas y sin motas de polvo, aunque las hubieras hecho un día de niebla, por la noche, con un viento huracanado, lloviendo y sin flash.

Luego existía la operación también complicada de sacar el carrete de la cámara para llevarlo a revelar, un fallo en este paso y te cargabas todos esos momentos elegidos a conciencia para ser retratarlos de por vida, así que… había que hacerlo bien y en un sitio oscuro, no fuera que se desvelase en un descuido. Yo elegía meterme debajo de la cama. La técnica era que ningún haz de luz pudiera estropear ese momento trágico del enrollamiento de los negativos. Cuando estaban todos enrollados ya estaba todo listo para…dejar el carrete en la estantería junto con otros tantos y empezar a ahorrar para el revelado (creo que aún tengo alguno por revelar).

Llegado el momento se iría a ver a Eduardo a que se quedara con las fotos de tus amigas  y que te devolviera esas otras fotos que no le gustaban. Cuando te juntabas con tus amigos que habían revelado también sus carretes, las preguntas eran siempre las mismas:

– ¿Y a ti cuantas te han salido?

– De un carrete de 12 me han salido 10

– Joder! Que cabrón! Eres un tío con suerte, un puto profesional de la fotografía!

– Que va, las primeras ocho fotos eran del interior de la funda de la cámara (yo también he acumulado varias de esas) y las otras dos del suelo.

El tema del flash era otro tema delicado en el maravilloso mundo de la fotografía de entonces. Ahora tenemos el botón de “flash automático” pero antes te tenías que dejar guiar por tu intuición, si había algo de luz todavía era posible no sacarla con flash, pero si ya tenías que tocar a tus amigos para saber que estaban ahí, había que poner el flash si o si, y el flash de antes no era como el de ahora, el de antes era un flash de verdad, de este que hacía pasar de la oscuridad más absoluta a parecer que se estaba soldando en tu cara , no había tonterías de esas para que no te salieran los ojos rojos, aquí todo dios salía con los ojos de Terminator. Después de una foto con flash estabas varios minutos hablando con el que estaba a tu lado en el momento de la misma por miedo a caerte, porque del fogonazo te quedabas ciego temporal.

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