JANIS MULLIGAN

LA DECLARACIÓN.

Calenda terminó de poner la mesa y se llevó un largo mechón de pelo detrás de la oreja, al par que llenaba su taza de café. Era una de las cosas que había aprendido a hacer desde que se había mudado a Nueva York: poner una mesa y hacer el desayuno.

Para lo demás, era una negada. Calentaba un plato en el microondas y hacía una ensalada, punto. Nunca había aprendido a cocinar ni a llevar una casa; no tuvo tiempo para eso. Su padre la ponía a follar con hombres en cuanto tenía un momento libre.

 

Vivir con May Lin había sido de lo mejor que le podía ocurrir, apartando que la chinita sí sabía ocuparse de un hogar. Calenda estaba muy falta de una amistad sincera y en aquella mítica ciudad, había encontrado los mejores amigos del mundo y una nueva oportunidad. May le había brindado esa comprensión femenina que jamás tuvo, y le abrió su cama para consolarla, sin pretensiones, sin presión emocional, sin pedirle nada a cambio. Jamás podría agradecérselo.

 

Se alegraba muchísimo por ella, que hubiera encontrado junto a Ekanya el sentimiento que faltaba entre ellas.

 

En ese momento, May Lin apareció en la cocina, vestida con el clásico pantaloncito de ositos que solía ponerse para dormir. Ahogó un bostezo, alisó su negro pelo con una mano, y antes de murmurar un “buenos días”, contempló a placer a su compañera de piso. Calenda, enfrascada en sus pensamientos, ni se dio cuenta de que la chinita la estaba mirando desde la puerta.

 

May sonrió. A pesar de su intensa relación con la senegalesa, echaba de menos a su “compi” de confidencias, y más viéndola así, con ese saltito de cama que apenas le cubría la braguita, dejando sus largas y torneadas piernas al aire.

 

―           Buenos días, Cal – dijo May, tomándola de la cintura y empinándose sobre la punta de sus dedos para besarla en la mejilla.

―           Hola, May. ¿Se ha levantado Eka?

―           Sí, está en el baño – contestó la chinita, tomando la cafetera con una mano. — ¿Cómo es que te ha dado por preparar todo esto?

 

May señaló el plato de tostadas que se encontraba sobre la mesa y todo lo demás. Calenda encogió un hombro y se sentó a la mesa.

 

―           Es sábado y ayer saliste… ¿por qué te has levantado tan temprano? – inquirió la chinita, entrecerrando los ojos.

―           ¡Si son las diez y media de la mañana! – exclamó Calenda, levantando las manos.

―           Lo que he dicho, temprano – masculló May.

―           Si es tan temprano para ti, podría preguntarte lo mismo – le sacó la lengua la venezolana.

―           Pregúntaselo a Eka… me ha tirado de la cama – barbotó la asiática, bebiendo un trago de café.

―           Porque tenemos que visitar la ciudad. ¡Me lo prometiste! – la señaló Ekanya con un largo dedo oscuro, entrando en la cocina.

 

El corto batín de seda anudado sobre su sinuoso cuerpo desnudo no ocultaba demasiado a la imaginación. Saludó a Calenda y se sentó con ellas, tras servirse café y añadirle leche.

 

―           ¿Tenía que ser hoy? – gruñó May.

―           ¡Pues claro! La semana que viene salgo para Miami con la colección Prime. ¡Quiero ver Nueva York y besarte en los lugares más románticos! En la Estatua de la Libertad, en la azotea del Empire State, pasear por Central Park cogidas de la mano… – se entusiasmó la negrita.

―           ¿Y todo eso, qué tiene de romántico? – bromeó May. – Que el viento te despeine a tanta altura, o que te duelan los pies por la caminata, ¿eh?

 

Calenda estuvo a punto de espurrear el café que estaba bebiendo, lo que hizo que todas se rieran.

 

―           ¡Vale, vale! – se rindió May, alzando una mano. – Nos patearemos la Gran Manzana hoy. Así que ropa y zapatos cómodos, ya sabes, pero bien guapa…

―           ¿Y tú? ¿Qué vas a hacer hoy? – preguntó Ekanya, mirando a Calenda.

―           He quedado con Cristo para almorzar. Me ha estado hablando de un sitio especial en Harlem, una taberna antigua, creo.

―           Anoche salisteis también, ¿no? – sonrió May.

―           Bueno, salimos en grupo. Spinny, Rowenna, Alma… y ese bombonazo de madrileño, Roberto Roquedal – comentó mientras atacaba una tostada tras untarla de crema de queso.

―           ¿El español nuevo? – se interesó Ekanya.

―           Sí, Cristo pretendía dar la bienvenida a su paisano y creo que Alma fue la encargada de rematarlo – sonrió Calenda con picardía.

―           La buena de Alma. Siempre dispuesta a ayudar – ironizó May.

 

Calenda asintió, pero ya no prestaba atención. Su mente había saltado a los recuerdos de la noche anterior. Aunque todos eran amigos, también fue una salida de “parejas”. Todos estaban emparejados, aunque sólo fuera coincidencia. Spinny y Rowenna eran amigos “especiales”, a saber lo que eso significaba, aunque Cristo aseguraba que era una relación simbiótica más bien. Alma era el regalo de bienvenida de la última adquisición de la agencia, el morenazo Roberto. Durante hora y media, la jefa y Zara también les acompañaron, como parte oficial de la noche, aunque se marcharon tras la cena. Y luego estaba ella y Cristo, una pareja ya demasiado asidua según algunas voces críticas.

 

Pero, ¿cómo podía explicar lo que Cristo significaba para ella? ¿Cómo podía hacerles entender los huecos que llenaba ese hombre en su interior?

 

La había acogido, protegido, y respetado desde el primer día que se presentó en la agencia. Era su confidente, su paño de lágrimas, su mejor amigo, y muchas veces pensaba que, de alguna manera, su salvador.

 

No estaba nada segura del modo en que su padre fue atrapado y condenado, con todas aquellas pruebas incuestionables. No es que ella dudara de la culpabilidad de su progenitor. Se merecía aquello, sin duda, pero también sabía que su padre era un cobarde y un inútil. Organizar un robo así, él solo, le resultaba muy extraño… no era, en absoluto, el estilo de su padre.

 

Sin embargo, aquella situación llegó en el momento más adecuado, en el intervalo necesario para que ella se sacudiera de sus estigmas y floreciera de una vez. Y, aunque no tenía pruebas, sí le embargaba una poderosa intuición de que Cristo tenía mucho que ver con lo sucedido a su padre.

 

Jamás le preguntaría sobre ello; no era tan desagradecida. Lo pasado, pasado está. Pero si no se equivocaba, era consciente de que el gitano habría hecho por ella algo que nadie más había realizado.

 

Sin embargo, aquello no era lo único que sentía por Cristo. Con el paso de los meses, el gitano había tomado una dimensión desconocida a sus ojos. Se divertía a su lado, riéndose sin complejos con él. Podía hablar de cualquier tema, de cualquier problema, o bien divagar de la forma más ridícula, sin sentir pudor alguno.

 

Era como si pudiera ver en el interior de su ajada alma, que supiese qué heridas podía curar y cuales sajar para extraer la ponzoña que anidaba en ella. Era él quien la había animado a mantener la extraña relación con May Lin, mientras la hiciera sentir bien. Sin prejuicios, sin hipocresías.

 

Y ella le devolvió el apoyo cuando supo de la traición de Chessy. Trató de absorber el dolor que roía el pecho del gitano, pero la puñalada era profunda, casi imposible de llegar a ella. Estuvo tentada de meterse en su cama, atrapada por esa íntima amistad que sentía por él, quizás mezclada con un poquito de compasión, pero supo frenarse a tiempo. Era algo que no les hubiera hecho ningún bien, a ninguno de los dos, y supo verlo a tiempo.

 

No supo cuando dejó de verle como niño, cuando su aspecto infantil y apocado, sus rasgos dulces, y su corta estatura dejaron de significar una barrera para ella. Aún cuando sus ojos detallaran la figura de Cristo, ella le idealizaba sin tapujos, otorgándole una dimensión y una prestancia casi heroica. Ya no fue Cristo, el chico tierno, sino Cristo, el hombre, el… macho.

 

Y luego sucedió el incidente con May, el secuestro. Entonces aquel hombre adoptó un nuevo papel que ella jamás imaginó, el rol de héroe, de salvador, y rellenó todos los arquetipos que no vio en el cabrón de su padre durante su infancia. Junto a ella y Spinny, Cristo se internó en aquel laberinto de subterráneos para rescatar a May, por el simple hecho de pedírselo ella. No fue hasta semanas después que Calenda admitió haberse sentido como una princesa de cuento, disponiendo de su caballero particular.

 

Ni siquiera le dio importancia a la crueldad que hizo gala Cristo con aquella gente malvada. Para ella estaba bien así. Alguien tenía que tomar aquellas decisiones, en el momento. Intuía que esas personas no eran de las que comparecían en un juicio.

 

Tras aquello, su confianza en él llegó a un nuevo nivel, a un extremo que jamás tuvo con otra persona. Por las noches, cuando se acostaba, repasaba una y otra vez las conversaciones que habían tenido, los gestos cariñosos que le había brindado, el ardiente movimiento de sus manos al expresarse, las cómicas muecas que componía para ella… Tenía que reconocerlo: Cristo llenaba su mundo completamente. Si quisiera, no necesitaría a otra persona más que a él para ser feliz.

 

Calenda estaba deseando dar ese paso decisivo, encaminarse en el sendero que conducía a una relación aún más estrecha, más íntima, un camino arduo y a veces abrupto, pero exquisitamente placentero, lleno de arcos iris, de flores y unicornios, de picnics con manta de cuadros, y veladas tranquilas ante el televisor, acurrucados en silencio, con las manos unidas.

 

Pero Cristo no parecía decidirse y eso la atormentaba, llenándola de dudas. Había días en que el gitano parecía querer comérsela a besos, a estrujones, días en que Calenda estaba absolutamente segura de que la amaba también. Pero había otros en que negras nubes oscurecían el resplandeciente arco iris, y en que los demonios usurpaban el lugar de los unicornios. Días en que Cristo no le hacía el más mínimo caso, indiferente a ella, consiguiendo que le doliese el vientre, que la bilis subiera a su garganta, y que las lágrimas quemaran en sus ojos.

 

En este momento, la modelo se debatía entre el impulso de lanzarse al vacío y confesarla al gitano su pasión, y la seguridad de mantenerse reprimida, a cubierto detrás de la gran roca de la “amistad”.

 

―           ¡Cal!

―           ¿Qué? – parpadeó, atendiendo a May. — ¿Qué decías?

―           ¡Que la próxima vez que te vayas a una sesión, lo metas en tu maleta y te lo lleves! – estalló May, arrancando una risita de Eka.

―           Pero… ¿a qué viene eso? – alzó las gruesas y perfiladas cejas Calenda.

―           A que estás totalmente encoñada, cariño. Tienes que follártelo de una vez… arrastrarlo hasta la cama, ya sabes…

 

La venezolana lanzó una patada bajo la mesa y la chinita respingó. Ekanya se rió con más fuerza.

 

* * * * * * * *

 

 

Calenda cerró con llave la puerta del piso y pulsó el botón del ascensor. Soltó un reniego al comprobar que aún seguía estropeado. Tres días sin ascensor, viviendo en un sexto. Bien que luego cobraban el alquiler completo…

 

Descendió por las escaleras en medio del pequeño escándalo que sus zapatos de alto tacón emitían. Avisado por tal acompañamiento, el conserje del edificio, que estaba limpiando el suelo del vestíbulo, se aprestó a contemplar a placer las largas piernas de la modelo que la breve falda con vuelo dejaban al descubierto.

 

―           Hasta luego, señorita Eirre – la saludó, los ojos fijos en aquellas fantásticas extremidades. Calenda no le contestó siquiera, sabedora del entusiasmo erótico del hombre.

 

Descendió los tres escalones que la dejaban en la calle y escuchó uno de esos inconfundibles silbidos de admiración. Se giró, con una sonrisa en los labios. Cristo estaba encaramado a la reja que cerraba los sótanos, los pies enredados en los barrotes para mantener el equilibrio.

 

―           ¿Cómo puede ser posible? ¡Una modelo suelta por las calles de Nueva York! ¡Hay que llamar al National Geografic! – surgió de la boca del gitano.

―           ¡Anda calla, tonto! – exclamó ella en español, llena de secreto orgullo.

 

Cristo saltó con agilidad e hizo una delicada reverencia ante ella.

 

―           Bien, milady, vuestro carruaje espera.

―           ¿Un carruaje? – enarcó ella una ceja.

―           Bueno, es amarillo y huele a comida rancia, pero… a estas horas… – se encogió de hombros Cristo, luego alzó una mano y un taxi se despegó de la acera, un poco más arriba.

―           Repíteme dónde me vas a llevar a almorzar.

―           Nos vamos a Harlem, a un club privado llamado Avalón. Mi prima me comentó que nuestra jefa se le declaró allí.

―           ¿Sí? ¿Con anillo y todo? – abrió ella mucho los ojos. Aquellos detalles eran preciados pues Zara no había contado absolutamente nada de la ocasión.

―           Con anillo y todo, pero no se puso de rodillas, la muy… esnob – finalizó Cristo, abriendo la puerta del vehículo.

―           Bueno, es Candy Newport, algo de pija tiene que tener – contestó ella, subiéndose al taxi. Era cierto que olía a comida rancia.

 

Cristo le dio la dirección al tipo indio con turbante que conducía, y se arrellanó con un suspiro al lado de la modelo.

 

―           ¿Cómo les va a… ellas? – preguntó suavemente Calenda.

 

Con “ellas” se solía referir a su tía, a su prima, y a Candy, la jefa. Cristo no solía hablar de esos asuntos. Quizás la modelo era la única persona con la que comentaba ciertas intimidades y sólo cuando ella se decidía a preguntar.

 

―           Bueno, bastante bien según tengo entendido. Comparten casa y cama… eso cuando mi tía no duerme en el suelo, sobre la alfombra, claro.

―           Aún no me creo que sea la esclava de su nuera y de su hija – musitó ella, mirando al conductor.

 

Cristo había acabado contándole el secreto de Faely, necesitado de confesarse con alguien.

 

―           Creo que la más feliz de las tres es mi tía – estuvo a punto de añadir “por lo que he podido ver”, pero se mordió la lengua a tiempo. – Es como uno de los cuentos obscenos de Grimm…

―           Aún no me hago a la idea que madre e hija se… acuesten juntas.

―           Cuestión de perspectiva, supongo. El morbo suele ser un gran aliado – dijo él, tomándola de la mano y palmeándole suavemente el dorso.

 

Calenda lo pensó durante un momento y acabó asintiendo en silencio. Casi podía entenderlo, aunque suponía que le faltaba motivación.

 

―           Me lo pasé estupendamente anoche – cambió ella de tema.

―           Yo también.

―           ¿Qué pasó con Roberto, al final?

―           Lo previsible. Alma se lo llevó a casa para matarlo como a las cucarachas, ¡a polvos!

―           ¡Dios, qué bruto que eres!

 

Cristo se estremeció con una risita que le hizo parecerse a un personaje animado.

 

―           Me pareció buena gente tu paisano.

―           ¿Tú crees? – ironizó Cristo. — ¿Qué viste en él, aparte de que es un engreído, un vaciao y un tocapelotas?

―           ¿Por qué dices eso?

―           Naaa, cosas mías, encanto.

 

Pero Calenda empezaba a comprender el disgusto de su amigo. A principio de la velada, el modelo madrileño se había mostrado bastante interesado en ella, haciéndole cumplidos e intentando sacar un tema que ambos compartieran. Ahora se daba cuenta, pero Cristo estuvo siempre atento a cortar los temas que Roberto le proponía y desviaba la conversación para que Alma pudiera entrar a matar. Calenda sonrió. Así que celosillo, ¿eh?, se dijo.

 

Sin apenas darse cuenta del viaje, el taxi se detuvo ante la mimetizada fachada del club Avalon. Mientras Cristo pagaba, Calenda, de pie en la acera, miró las letras de la pequeña marquesina. “Avalon”. Nunca había escuchado aquel nombre…

 

Cristo introdujo su tarjeta en el lector de la entrada. Se había hecho socio de unos pocos de clubes exclusivos en cuanto se hizo cargo de la fortuna de Samuel. Uno fue Avalon, el otro The Patricians. Nunca hubiera creído que el viejo tuviera tanta pasta y bienes, pero no se había quedado cruzado de manos en la vida. Tenía unas cuantas propiedades en Nueva York y otras repartidas por Estados Unidos y el resto del mundo. También había participaciones en empresas y acciones de bolsa, así como bastante dinero en efectivo, del orden de las siete cifras. Nada era suyo ante las autoridades, para no sufrir ninguna inspección fiscal. Él era sólo el albacea de la voluntad del viejo Dolman, pero en realidad podía hacer, deshacer, cambiar, y gastar cuanto quisiera, siempre y cuando respetara las dos normas del anciano. De hecho, ya había puesto en marcha la beca, dejando que el señor Flattberg enviara las condiciones a cada instituto del estado y del país.

 

―           Buenas tardes, señor Heredia – dio la bienvenida la voz automática.

 

Cruzaron el vestíbulo y se subieron al ascensor. Cristo explicó rápidamente de qué iba aquel club y le propuso visitarlo con más detenimiento tras el almuerzo. Al igual que Zara, Calenda se quedó estupefacta al abrirse las puertas del elevador a otra época. Todo era impactante, desde los detalles, la misma iluminación y el mobiliario, hasta los olores, los sonidos, y, finalmente, el gusto.

 

―           ¡Dios Santo! Esto… esto es… ¡La bomba! – exclamó la venezolana.

―           ¿Te gusta?

―           ¡Ya lo creo! ¿Cómo…?

―           Te dije que te traería a una taberna medieval, ¿no? Aunque adecuada a nuestros días, por supuesto. Pero no podrás ver la modernidad aunque la utilicen, te lo garantizo.

 

Una chica con sonoros suecos de madera y corpiño ajustado vino a atenderles y los condujo a una mesa, no muy lejos de la que usaron su prima y su novia. Brindaron con un buen vino, cataron los aperitivos de la casa, consistentes en pequeñas conchas de hojaldre rellenas de carne y queso y un cuenco con aceitunas partidas, aliñadas al estilo griego.

 

Calenda pidió faisán en cazuela y Cristo se decantó por un buen tajo de buey con patatas ahogadas en mantequilla y caramelo. La modelo alucinó con el instrumental que había como cubiertos. Cucharas de palo, una puntiaguda daga pequeña y un cuchillo de dientecitos minúsculos y punta bifurcada.

 

―           ¿Y los tenedores? – preguntó Calenda.

―           No hay, pero te pueden traer uno si ves que no puedes comer sin él.

―           ¿Qué no hay tenedores? – se asombró.

―           El tenedor no empezó a usarse hasta el siglo XVIII, de forma generalizada. Antes, tan sólo algunos reyes y cortesanos lo utilizaban, y no siempre. Incluso Luis XIV comía con los dedos o pinchaba con la punta del cuchillo. La Iglesia llegó a calificar este instrumento, en sus comienzos, como “instrumento diabólico”.

―           ¿Y? – Calenda se quedó esperando.

―           Y… ¡que no había tenedores en la Edad Media, así que aquí tampoco los hay! – exclamó el gitano.

―           Pues no sé comer con los dedos, pazguato.

―           Coño, ¿qué es eso de pazguato?

―           Un pasmarote, alguien que se queda pasmao con cualquier cosa, como tú – se rió ella.

―           ¿Yo? Pero si soy el Einstein de los recepcionistas. Sé decir bienvenido a catorce idiomas, incluido el caló.

 

Finalmente, Cristo pidió dos “fourchettes”, así llamó la moza los tenedores, para alegría de la modelo. Atacaron sus platos con ganas cuando los trajeron. Eran apetitosos y enormes. Calenda se hartó de mojar en la salsa aquel pan delicioso y con cuerpo, que podía alimentar, él solo, a toda una familia. Intercambiaron bocaditos que se ofrecían en la punta de las puntiagudas dagas, y siguieron brindando y brindando, hasta vaciar dos botellas de un exquisito Merlot californiano.

 

Calenda se sentía en la gloria, extasiada por el vino, por la agradable conversación que ella y Cristo mantenían, y, sobre todo, por la inestimable presencia del gitano. Tenerle así, volcado tan intensamente en ella, atento a cada una de sus palabras, a cada gesto, a cada balbuceo… era un sueño, algo que pocas veces sucedía. Cuando trajeron el postre, consistentes en rodajas de manzana asada envolviendo un grueso barquillo de hojaldre, con el centro rellanado de crema Chantilly y trocitos de chocolate negro, Calenda tenía los codos apoyados sobre la mesa y la barbilla descansando en una mano. Mantenía los ojos fijos en las oscuras pupilas de Cristo y una sonrisa en sus labios. Como hubiera dicho algún coetáneo calé: “con los guarros perdios”.

 

Ni siquiera se había cuestionado qué la había enamorado de todo cuanto componía a Cristo. Ni siquiera había pensado en las diferencias que les separaban, en lo que podría pensar sus conocidos, sus amigos. Poco a poco, el gitano se le había metido en la sangre, en sus sueños, en su alma… y ya no había vuelta atrás. Calenda no podía, no quería imaginarse un futuro donde no estuviera Cristo a su lado. Incluso estaba dispuesta a compartirle con otra chica si no podía tenerle para ella sola, aunque esas palabras jamás saldrían de sus labios conscientemente.

 

Cristo miró a su alrededor, levantando la cabeza. El amplio comedor de la taberna se había llenado de comensales y muchos no quitaban los ojos de la modelo. Descubrió cuchicheos entre varios hombres y parejas. Sin duda, la habían reconocido. Es lo que solía pasar con una modelo tan famosa como Calenda; no había intimidad.

 

Llamó a la camarera, le entregó una tarjeta para que se cobrara la comida, y puso las manos alrededor de la muñeca levantada de Calenda.

 

―           ¿Qué te parece dar un paseo para bajar todo ese pan que han engullido, preciosa?

―           Estaría bien, pero… ¿dónde?

―           En el lugar por excelencia para pasear, mujer… ¡Central Park!

―           ¡Sí!

 

Se levantó y la tomó de la mano, sin esperar a que la moza regresara con su tarjeta. La pescó al vuelo, pasando delante de ella, y bajaron hasta la calle, Calenda riéndose por las prisas que le habían entrado a su amigo.

 

Otro taxi, esta vez mejor perfumado, los dejó en la entrada de Lenox Avenue. Desde allí, sin soltar sus manos, pasearon bordeando Harlem Meer hasta llegar a la gran pista de hielo. Calenda le contó muchas confidencias de su relación con May Lin, algo que jamás se le había ocurrido hacer antes.

 

―           ¿Has tenido muchas novias en España? – le preguntó Calenda, esta vez seriamente. Esta pregunta se la había hecho muchas veces, pero Cristo se lo tomaba siempre en broma.

―           ¿Por qué quieres saberlo? – la miró tranquilamente.

―           Nunca me cuentas nada de tu vida allá.

―           No es muy glamorosa, chiquilla.

―           Tampoco lo es la mía y te la he contado.

―           Tienes razón – dijo él, apoyándose en un murete de cemento. – Ven, tomemos el sol como lagartos – y ella se recostó sobre la caliente superficie, a su lado. – Toda mi familia, el clan Armonte, son unos redomados manguis

―           ¿Manguis? – preguntó ella, sin entenderle.

―           Chorizos, maleantes, criminales…

―           Oh…

―           Pos sí. Contrabandistas, traficantes, especuladores, ladrones… hay un poquito de todo, ¿sabes? Yo me especialicé en estafas, sin violencia, de guante blanco…

―           ¿Tú?

―           Yo, y era muy bueno. Ya lo creo. Si hasta tenía engañados a todos en el clan, hasta mi madre. Todo el mundo creía que estaba tan mal que no podía dar ni un paso. Llevaba una bonita y cómoda silla de ruedas.

―           ¡Joder, Cristo! – Calenda se llevó una mano a la boca.

―           Ya ves. Tenía mis propios acólitos, primos y allegados, que me obedecían y me ayudaban en mis timos. Pero entonces, la cosa se jodió. Una noche, hubo una gran redada y todos acabaron con sus huesos en la cárcel, salvo algunos niños, unas pocas de mujeres mayores, y yo. Me salvé, pero me quedé solo, indefenso, y El Saladillo, mi barrio natal, no es demasiado bueno para quedarse indefenso, te lo digo yo.

―           Oh, pobrecito.

―           Así que hice la maleta y me vine aquí, donde se encontraba la única familia que me quedaba, mi tía Faely, la cual había sido desheredada y expulsada del clan por… diversos motivos que no vienen al caso – no era cuestión de añadir el racismo al relato, ni tampoco las papas a lo pobre, llegado el caso. – Sin embargo, en algo debo estar agradecido a esta ciudad de locos. En ella, abandoné mi antigua personalidad y desperté a la realidad. Me vi obligado a sobrevivir por mis propios medios. Eso hizo que potenciara mi intelecto o mi astucia, aún no sé muy bien qué, y entré a trabajar en la agencia, donde, al final, te conocí.

―           ¿Así que eras un chico malo? – sonrió ella, sin importarle lo más mínimo aquella confesión.

―           Nunca mejor dicho lo de chico – sonrió él.

―           Ya decía yo que había algo en ti que me atraía. Siempre me han ido los chicos malos… — Calenda compuso un gesto de picardía.

―           Ah, ¿así que yo te atraía? – bailoteó él, despegándose del murete.

―           Un poquito. Pero te hacía más delicado, como una porcelanita…

―           Tú sigue así que te va a tocar toda la tómbola – masculló el gitano.

―           No te enfades. Lo digo con todo cariño – dijo ella, mimosa. Se puso en marcha detrás de él.

―           Así que, volviendo a tu pregunta original. No, no salí con nadie en veintisiete años que viví en Algeciras. Nadie hubiera querido salir conmigo. Era poco más que un paria, salvo por el cariño de mi madre – confesó él, muy serio.

―           No lo sabía, Cristo – Calenda le puso el codo en el hombro, como acostumbraba.

―           No soñé con tener una relación hasta que no conocí a Chessy. Solía tocarles el culo a mis primas, y echar un casquete con la puta de turno los sábados, y ya está. A eso se remontaba mi vida sexual y sentimental. ¿Contenta?

―           No, para nada, tonto. ¿Cómo voy a estar contenta con eso?

 

Pero sí lo estaba en el fondo. Cristo había tenido también una vida desgraciada, como ella. En eso, estaban los dos empatados y eso la animaba en secreto. Eran almas gemelas aunque sus cuerpos fueran tan distintos.

 

Entre confidencias de uno y otro, descendieron hasta Huddlestone Arch, ese puente rocoso que forma una especie de caverna por debajo de la carretera y que ha salido en tantas películas. Se sentaron debajo, sobre una de las grandes rocas que bordeaban el pequeño estanque del interior, casi invisibles a todo el que pasaba en las cercanías. Calenda tomó las manos de Cristo y las puso sobre sus muslos desnudos mientras le miraba a los ojos.

 

―           ¿Y ahora? ¿Tienes alguna chica en mente? – le preguntó ella, muy seria.

―           Puede. Llevo tiempo preparándole el camino a alguien – el gitano pintó media sonrisa en su cara.

―           ¿A qué te refieres?

―           No puedo proponérselo yo porque la pondría en un compromiso. Sé que ella lo desea, pero no sería justo por mi parte comprometerla a ello. Tiene que decidirlo ella, decidir que mi compañía no afectará su importante carrera.

 

Calenda parpadeó, sorprendida. ¡Lo había dicho por fin! ¡Cristo se refería a ella, aunque sin nombrarla directamente! Así que por eso no se lanzaba… no quería dañar su reputación. ¡Cómo si eso le importara a ella!

 

―           ¿Y si ella te aceptara? Si diría que sí, ¿qué harías? – preguntó Calenda, sin atreverse a mirarle a los ojos.

―           No lo sé aún. Es como si me preguntaras qué haría si un ángel descendiera y se posara sobre mi almohada. ¿Que qué haría? Cualquiera sabe por dónde saltaría mi mente. Seguramente me desmayaría, o saldría corriendo como un imbécil.

―           ¿Acaso ella es un ángel? – miles de mariposas aletearon en el vientre de la modelo.

―           El más puro de todos ellos, dotado de la más divina de las bellezas – susurró Cristo, mirándola esta vez fijamente.

―           ¿Y desde cuándo te interesa esa chica? – Calenda quería mantenerse inexpresiva, pero sentía como sus mejillas ardían, que sus ojos se volvían acuosos. No osó mover ni una pestaña, esperando la respuesta.

―           Desde el primer momento en que la vi y me sonrió. Fue toda dulzura y comprensión. Por primera vez, en mi vida, supe que alguien me hablaba sin sentir curiosidad o lástima.

―           ¿Cómo puedes estar seguro de eso?

―           Porque sus ojos son limpios, sin malicia, sin hipocresía. Ella es realmente hermosa porque en su interior, su espíritu está exento de maldad.

 

Calenda tuvo que parpadear, impidiendo que las lágrimas se derramasen, incontenibles. Su corazón martilleaba el pecho con ferocidad, como Sansón intentando tirar abajo las columnas del templo. Nadie le había dicho algo tan bonito y maravilloso.

 

―           ¡Dios! ¡Qué envidia! – jadeó, agitando una mano ante sus humedecidos ojos, como si fuera una chanza.

 

Notaba las cálidas manos del gitano posadas sobre sus muslos temblorosos. ¿Por qué las había puesto ella allí? ¿Con qué motivo, oculto en su mente? Cristo la miraba intensamente, esperando que ella siguiera con su tonto interrogatorio.

 

―           Y esa chica… ¿sabe lo que sientes por ella? – murmuró, casi sin atreverse a continuar.

―           Oh, yo creo que sí. Le he dado mil pistas, la he escuchado lamentarse en mil ocasiones, la he ayudado cada vez que ha tropezado, sin nunca pedirla nada a cambio. La intensidad de lo que siento por ella debe de haber traspasado mi cuerpo mil veces, para hormiguear sobre el suyo, intentando deshacer su coraza. Un amor así se sabe, se conoce, se experimenta…

―           Pero… ¿algo más concreto?

―           M-metí a su padre en la cárcel – jadeó Cristo, la barbilla temblorosa, confesando sus pasos más oscuros. – Le incriminé en un robo para que ella quedase libre y a salvo…

―           ¡Santa Madre del Purgatorio! ¡Lo sabía! ¡Cristo, sabía que fuiste tú! – Calenda le echó los brazos al cuello, apretándose contra él. La nariz del gitano quedó enfundada entre los numerosos collares que cubrían la camisa de la modelo y los pechos encumbrados y libres de sujeción. – Oh, Cristo… mi dulce pretendiente, mi hermoso elfo…

―           Mmmm… — no es que no pudiera contestar, pero el gitano estaba muy a gusto apoyado en aquellos senos como para retirarse.

―           ¡Te quiero con locura, tonto! ¡Te quiero conmigo, a mi lado, aunque me despidan de ese mundo elitista! ¡Te quiero por todo lo que has hecho por mí y por May! ¡Siempre te he amado, aunque no siempre de la misma forma!

 

Las manos de Cristo se colaron entre los cálidos muslos, los dedos remontando aquellas esbeltas columnas del más puro mármol de carne sensual, hasta llegar al tesoro más codiciado del mundo.

 

―           oh, Dios mío… Cristo… espera, por tu madre… espera… Crisstooooooo…

 

Pero Cristo ya no estaba para esperar, bastante lo había hecho ya. Encomendándose a la Virgen de las Ánimas y a su mamaíta, introdujo un dedo bajo la prenda íntima que podría subastar en cualquier momento, con gran beneficio.

 

Sonrió antes de besuquear el sensual y largo cuello de la chica que se acaba de declarar, haciéndola estremecerse. ¡Se había declarado a él! Cristo había cumplido su sueño más extremo y estaba loco de alegría, de felicidad merecida. ¡Había conseguido a la mejor MODELO DEL MUNDO! ¡ÉL! El gitano más pajillero de Cádiz… Ay, si su mamaíta pudiera verle ahora…

 

En el momento en que sus bocas se unieron, en que su lengua alcanzó la de Calenda, gozando de su tibieza y de su suavidad, Cristo dio las gracias a dios, a su dios…

 

¡GRACIAS POR TODO, SAMUEL DORMAN!

 

 

FIN.

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