ESRUZA

Como tantas noches se encontraba de pie ante la ventana de su habitación observando el cielo, pero ya no le interesaba el brillo de las estrellas y la luna. El insomnio era terrible y sabía que al día siguiente unas sombras obscuras aparecerían alrededor de sus ojos, había bajado de peso nuevamente y eso la hacía sentirse mal, disminuida.

Los recuerdos se habían tornado amargos, ya no eran dulces como antes. En el aparato reproductor, en un tono muy bajo para no molestar a los vecinos, se dejaba escuchar una vieja canción que, según él le había dicho, los definía. Era una canción muy hermosa, que alguna vez había entonado para ella con su bella voz, había sido un momento mágico. Ahora aceptaba, tristemente, que todo había sido mentira y ella idealizó todo. Lo había amado como a nadie.

Los años habían transcurrido, muchos años y éstos habían dejado huellas, tanto en él como en ella. El ya no tenía ese rostro jovial, alegre y hasta pícaro, que tanto le atraía. Su modo de ser, la seguridad que le transmitía; todo en él era atrayente. Ahora, su apariencia era cansada, su rostro duro, muy duro, lo que deja vivir sin paz, sin amor y sin ternura. Sabía ser cortante, grosero, poco amable cuando dejaba salir algunas palabras. Pero lo más hiriente era su silencio, un silencio que traspasaba su corazón como una fina daga y, dolía, dolía casi físicamente.

Su actitud dejaba sentir, dolorosamente, que no le importaba absolutamente nada y no había nada que hacer. Encendió un cigarrillo para calmar su ansiedad y su tristeza, a pesar de haberse prometido no hacerlo más por el daño que le causaba, pero más daño le causaba su silencio.

La triste canción, que en otro tiempo le pareció hermosa, llegaba a su fin. Ahora le parecía triste, muy triste y la escuchaba, aunque le produjera más daño.

Todo había sido una gran mentira y ella odiaba las mentiras. Había idealizado los recuerdos. Se reconocía a sí misma que había cometido muchos errores, errores por amor. Irracionalmente se dice que el amor lo disculpa todo, pero no es así y, ahora lo entendía.

Era una bella canción que, pensándolo bien, no los definía, aunque él lo hubiera dicho, porque nada de lo que decía se había convertido en realidad. Seguiría teniendo recuerdos, pero éstos serían amargos, muy amargos y más si se agregaba el silencio.

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