ALBERTO ROMERO

La Huida
Antonio apenas pudo reaccionar con el cuchillo en el cuello ante la fuerza casi
inhumana que demostraba Josefa. Apenas fueron dos o tres segundos en los que
Antonio vio de cerca los ojos inyectados en sangre de su suegra clavándole la mirada.
Los dientes apretados, furiosos le parecieron los de un tiburón o un vampiro.
Su aliento fétido empañaba sus sentidos.
Josefa aflojó con rapidez el cuchillo y salió corriendo agarrando el bolso y desapareciendo por la puerta por la que habían entrado. Antonio se llevó las manos al
cuello, buscando aliviar la angustia vivida por el afilado cuchillo contra su garganta.
Se sentó en un escalón rojo de angustia y trató de coger aire. No podía creerse
que fuera cierto lo que acababa de vivir. Su suegra estaba loca del todo, esto lo
confirmaba. Y la carta también confirmaba que la amenaza era real, que corría peligro
si seguía cerca de aquella perturbada.
Subió las escaleras despacio mientras trataba de asimilar el suceso y en ese
momento sonó su teléfono móvil. Era su hermana Marta. Trató de serenarse pero
no fue capaz de coger la llamada por miedo a que notase su estado alterado.
Le escribió un whatsapp excusándose de que estaba con la médico de Ana y
que le llamaría más tarde. Su hermana le respondió que Josefa le acababa le llamar
muy nerviosa diciendo que se marchaba a Barakaldo, que un familiar había
enfermado y quería estar a su lado por si moría. Que cuidáramos de Ana en su ausencia.

Antonio sintió fuego por dentro al leerlo. No podía dejar escapar a su suegra,
porque aquello era una huida en toda regla y corrió como alma que lleva el diablo
en dirección a su casa. No podía dejar que se escapara después de amenazarle
así. Quería enfrentarse a aquel demonio y demostrarle que no iba a tolerar más
que siguieran las amenazas. Si era necesario se la llevaría a rastras a la policía para
denunciarla. Ya estaba harto de hacer el tonto con ella. Su paciencia estaba agotada.

Cogió un taxi al vuelo en la entrada del hospital y le pidió que fuera lo más rá-
pido posible a la dirección de casa de su suegra. Tan grave se puso con el taxista,
explicándole que era una urgencia, que el pobre hombre aceleró como si le fuera
la vida en ello.
Mientras llegaban al barrio Antonio no paraba de pensar en lo sucedido y en
la lata encontrada en casa de su suegra. Repasaba mentalmente el intento de envenenarle con los cafés, del corte en el brazo del día del accidente y de todas sus
mentiras… Todo se removía en su interior como un huracán. En el epicentro de
toda aquella locura mental había una frase golpeando el cerebro de Antonio: ¡No
me vas a quitar a mi hija!.
¿Qué significaba aquello?, ¿Qué había pasado para que Josefa pensase que le
quería quitar a su hija? No entendía nada.
Llegaron al portal de casa de su suegra y bajó del taxi casi rodando, sin que
terminase de parar del todo. Abrió con su propia llave y subió las escaleras de dos
en dos. Al llegar al rellano la puerta estaba entornada, sin cerrar del todo. Tomó
aire y entró valiente en busca de su suegra. Escuchó un segundo por si la oía, pero
sólo había silencio. Agarró un candelabro de la entrada a modo de arma. Pasó por
la cocina y allí no estaba, en el salón tampoco y al llegar al dormitorio descubrió
que había llegado tarde. Por encima de la cama había un montón de ropa tirada,
los cajones de la cómoda estaban abiertos y el armario empotrado también.
Antonio se paró cabreado de no haber llegado a tiempo. ¡Maldita sea! gritó
llevándose las manos a la cabeza.
Se dio la vuelta para marcharse de aquella casa pero entonces vio una especie
de caja fuerte a través de la puerta abierta del armario. Apartó unos vestidos caí-
dos que no había cogido Josefa en su huida y comprobó que la caja fuerte estaba
cerrada con llave.
En ese instante un pensamiento iluminó a Antonio como si fuera una aparición:
¡La llave de la lata de galletas!…

Un comentario sobre “Demasiado personal (32)

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