JANIS MULLIGAN

Un regalo para Alma

Cristo se detuvo ante la expendedora de refrescos yusó un par de monedas para sacar una lata de cola. Giró el cuello hacia la sección de peluquería, donde Britt se atareada con la melena de Calenda, haciéndole una miríada de trencitas finas y largas, bastante parecidas a las que usaba su prima Zara. Al parecer, el nuevo promotor publicitario buscaba looks muy puntuales y definidos, así que las modelos escogidas debían pasarse unas cuantas horas en las manos de Britt y sus compañeras.

El gitano alzó una mano, saludando a la hermosa modelo, la cual respondió enseguida, con una gran sonrisa. Sin embargo, la joven peluquera frunció el ceño y aplicó más fuerza de la necesaria en el trenzado que estaba realizando. Cristo sonrió por ello. En vez de volver al mostrador directamente, se dio una vuelta por el set, bebiendo de la fría lata. Aquella mañana, se sentía un tanto haragán. Si hubiera estado en Algeciras, hubiera dado un paseo por el puerto o por la playa, pero Nueva York era demasiado dinámica como para recorrer sus calles en plan tonteo, y no disponía de tiempo para ir a Central Park o a los embarcaderos del Hudson. A veces, trabajar era un fastidio, tenía que reconocer. Ya se lo dijo el pápa Diego en una ocasión, que eso era pa los payos.

Pero, por muchas responsabilidades y faenas que le cayeran encima, Cristo se sentía muy afortunado de haber venido al Nuevo Mundo y haber conocido a su “innombrada” tía, así como a toda la gente que llenaba su nueva vida. ¿Quién podía vanagloriarse de ser íntimo de una de las mujeres más bellas del planeta? Él, por supuesto.

Pero no sólo estaba Calenda en su vida. Últimamente, el círculo se había ampliado con nuevas amistades que acogía bajo sus protectoras alas. Le gustaba pensar que velaba por todos ellos, y, en cierto modo, así era. Desde el descenso al Reino Sádico, había transcurrido más de un mes. Había pasado muchos días reunido con toda la gente que había sacado de allí, puliendo los recuerdos que les dejaba conservar y enterrando profundamente los que podían ser problemáticos.

No quería que ninguno fuese a la policía a denunciar un crimen del cual no quedaba ningún culpable con vida. Sin duda, estarían flotando en aquella habitación, todos ahogados. No pensaba bajar a comprobarlo, por supuesto, pero estaba seguro de que había ocurrido así. Hiló un bonito relato para que todos quedaran contentos y, sobre todo, agradecidos de haber escapado de aquella esclavitud.

Durante dos semanas, se dedicó a modificar los recuerdos de May Lin, que era sin duda la más problemática de sus amistades. Ekanya se convirtió en una cómplice involuntaria, a su llegada. Él mismo le contó que su chica fue secuestrada en una boutique por un tipo algo loco, y que la tuvo encerrada en un calabozo dos días. Entre lo que Cristo le susurraba a la chinita y lo que Ekanya le preguntaba y relataba, por otro lado, May Lin acabó aceptando la versión nueva, mucho más simple y light.

En una de las visitas, May Lin sorprendió a todos, echándose en manos de Cristo y besándole repetidamente en las mejillas, expresando su gratitud por haberla rescatado. Calenda y Spinny sí retenían mucho más detalles, pero estaban condicionados para no interesarse en las capacidades mentales de Cristo. Para ellos, todo había sido una loca aventura en los abandonados túneles primarios del metro neoyorquino. Habían tenido suerte y encontrado a su amiga y a quien se la había llevado. El Reino Sádico, como tal, se esfumó de sus recuerdos.

Claro estaba que Samuel Dorman le había ayudado en la tarea. El anciano era consciente de lo importante que era para su pupilo mantener todo aquello bajo control y estaba totalmente de acuerdo. Ahora, todo estaba bien atado y controlado. Lo que más le había costado fue llevar a May Lin a una tienda de tatuajes y retocar la marca del hierro en su nalga. El artista hizo un buen trabajo, disimulándola con unos sensuales labios fruncidos, a punto de depositar un beso sobre el glúteo. Para descubrir la marca, había que acercarse mucho a su piel.

Finalmente, Cristo manipuló la impresión que Calenda tenía de sus recuerdos, magnificando su presencia. Para la modelo, el gitano se convirtió en el héroe por excelencia, el que había salvado su amiga, el que los había protegido a todos. El abigarrado aspecto de Cristo, pasó a convertirse, en la mente de la modelo en el estereotipo de un caballero andante. Para ella, Cristo ya no era escuálido y bajito, sino flexible como un junco y de tierna estatura, ideal para abrazar. Sus rasgos aniñados tomaron la prestancia de una belleza prístina, casi élfica, y el carácter mediterráneo se fusionó con atractivos ideales hasta convertirse en una personalidad arrolladora y adictiva.

Nuestro gitano era perfectamente consciente que todos estos cambios en su amada debían ser asimilados con lentitud y discreción, para que germinaran a la perfección. Así que no tenía ninguna prisa por pasar a mayores. El cariño y amistad que Calenda ya le tenía, fue reforzado y aumentado superlativamente, permitiendo que, a cada día que pasaba, la bella chica le buscara con más ansiedad.

De regreso a su puesto en recepción, Cristo sacó de la máquina una botella de agua que Alma le había solicitado. La opulenta pelirroja le sonrió al colocar la botella delante de ella. Quitó el precinto del tapón con aquellas uñas perfectamente lacadas y tomó un corto sorbo que hizo brillar sus bien delineados labios.

―           Tengo un problema, roja – le dijo Cristo, al sentarse.

―           ¿Qué te pasa?

―           No tengo ni zorra idea de qué comprarte por tu cumpleaños.

―           ¡Cristo! ¿Qué quieres, que te lo diga yo?

―           Pos claro. ¿Qué trabajo te costaría? Así iría sobre seguro.

―           Pero entonces no sería un regalo sorpresa, tonto – le dijo ella, atizándole un suave golpe en el hombro.

―           ¿Qué tal un bombo? ¡No hay mejor sorpresa que esa!

―           ¿Un bombo?

―           Sí, ya sabes, nos metemos en la cama y te dejo preñada…

―           ¡Capullo! – esta vez el tortazo fue más sonado.

―           ¡Osú! ¡Que era broma!

―           Con ellos no me importaría – musitó Alma, clavando la mirada al fondo del pasillo.

―           ¿Con ellos? – Cristo alzó las cejas, buscando a quienes se refería su compañera.

Dos chicos jóvenes se acercaban al mostrador, charlando entre ellos. Vestían con ropa deportiva y no parecían haber cumplido los veinte años, aunque sus cuerpos eran espigados y flexibles. Uno de ellos era moreno, con el pelo algo largo y lacio, el otro poseía un tono arenoso y lo llevaba muy corto en la nuca.

―           ¿Son los nuevos? – preguntó Cristo, usando solo un lado de la boca.

―           Sí – musitó ella.

Los chicos llegaron ante el mostrador y Cristo les miró a la cara. Sí, sin duda eran muy jóvenes. En sus rasgos aún se perfilaban trazos aniñados. El rubio había dejado crecer algunas zonas de vello facial, llevando las patillas muy largas y una pelusa en la barbilla. Tenía los ojos del color del cielo en verano y una sonrisa muy franca. En cambio, su compañero parecía más irónico en su expresión y sus ojos verdosos chispeaban con astucia.

―           Señorita Alma, nos gustaría reservar sesión para mañana en el solarium – dijo uno.

―           Claro – contestó ella. El nuevo solarium, instalado en lo que antes era fue el almacén, estaba teniendo un éxito tremendo. Había sido idea de Zara y la jefa aceptó enseguida.– ¿Para qué hora?

―           A primera hora de la tarde, por favor – habló el otro.

―           Ajá, pues ya está – anunció ella, anotando la hora en la agenda de su ordenador.

―           Muchas gracias. Hasta luego – se despidieron.

―           Jesucristo, están como un queso – jadeó ella, mirando cómo se metían en el ascensor.

―           Hay que reconocer que son muy guapitos, aunque no me gusten los tíos.

―           Llevan dos semanas viniendo todos los días y me tienen loquita – se rió ella. – El moreno se llama Fran Duchanne y el rubio Gregor Taliwski. Diecinueve añitos… ¡Yogures!

―           ¿Qué esperas para tirarles los tejos?

―           Joder, me da en la nariz que les va otro rollo… algo más gay…

―           Alma, cariño, te estás haciendo vieja. Antes eso no hubiera supuesto un problema. Te los habrías llevado a cualquier sala con una excusa y hubieras sacado el tuétano de sus huesos.

―           Ya no hago esas cosas – repuso ella, frunciendo la nariz.

―           ¡Y una mierda! – los dos se rieron.

―           En verdad, tener a esos dos en la cama tiene que ser una delicia, incluso siendo gays. Buuuuffff… se me acelera el pulso en sólo imaginarles besándose entre ellos…

―           ¡Puuaaggg! Tía, que no he comido aún.

―           Mira qué hipócrita se nos ha vuelto éste. Bien que te tirabas a Chessy y no hacías ascos.

―           Es diferente.

―           Claro – respondió ella con ironía.

Cristo se quedó mirando hacia el ascensor, pensativo. Pasados unos segundos, sonrió. ¿Por qué no? Sería el regalo de cumpleaños perfecto, ¿no?

* * * * * * * * *

Se dijo que el momento y el lugar eran ideales. Ambos chicos se estaban desnudando en el pequeño vestuario cortado con mamparas de madera, justo a la entrada del antiguo almacén. Anteriormente, allí se guardaban todos los afiches publicitarios, carteles, y spots acartonados de las campañas publicitarias. Pero desde que todo se hacía mediante imágenes digitales y se había contratado una agencia exterior para ocuparse de los afiches, el almacén ya no tenía razón de ser.

Cristo, sentado en una banqueta, esperó a que Gregor y Fran se desnudaran. A pesar de sus constantes referencias a su condición homofóbica, contempló los cuerpos desnudos con curiosidad. Gregor, el rubio, estaba más fibroso que su compañero, con músculos más definidos, aunque nada ostentosos. Fran era más esbelto y suave, con una piel pálida que le embellecía.

Pos sí, hay que reconocerlo, pa una tía están de rechupete. Vamos allá.”, y les siguió al interior del solarium. El lugar en sí no era más que cuatro cabinas individuales de rayos UVA, que podían separarse con mamparas rodantes, pero había sido todo un acierto. Las chicas y chicos de la agencia se las rifaban, teniendo lista de espera para las sesiones.

 

Los dos modelos dejaron caer las pequeñas toallas que ocultaban sus genitales, y dispusieron sus cremas solares, los antifaces y los botellines de agua sobre una silla. Entonces, abrieron los dos sarcófagos y los conectaron. Las barras ultravioletas se encendieron con un zumbido. Bromearon entre ellos y se empujaron como adolescentes. Sus sexos bailoteaban entre los muslos, con el vello muy recortado. Apenas tenían pelos en las axilas y aún menos en el pecho o piernas.

 

―           No te vayas a meter en ese ataúd sin darme un beso – previno Fran a su amigo.

―           Tío, ni que fueras a enterrarme – sonrió Gregor, pero se acercó al otro y le puso una mano en la suave mejilla, atrayendo su rostro para besar largamente su boca. — ¿Contento?

―           Mucho mejor – contestó Fran, tumbándose en su sarcófago.

 

Una vez tumbado, Gregor se arrodilló a su lado, echándole un buen chorro de crema. Embadurnó, friccionó, y masajeó el cuerpo de su compañero, hasta ser evidente que ambos se estaban excitando. Sus penes ya lucían morcillones, medio desplegados. La de Fran parecía más larga, pero la de Gregor era, sin duda, más gruesa. Fue el turno del moreno de untar el cuerpo del otro con crema, dejándole su sitio para tumbarse.

 

Sin pensárselo, Fran se tumbó al lado de su compañero, y éste le dejó un poco de sitio. Ambos se colocaron de costado, mirándose, y finalmente, se besaron profundamente, dejando que sus lenguas explorasen sus cavidades bucales.

 

Cristo torció el gesto. No esperaba que esos dos se enrollaran así. De hecho, ni siquiera creía que fuesen gays. No les veía pluma por ninguna parte y siendo unos tíos tan guapos, no tenían perdón de Dios si no les iban las mujeres, aunque sólo fuera un poco.

 

―           Vale, vale – gimió Fran, apartándose un poco de su amante. – Ya está bien. Vuelve a tu sitio que se nos pasa la hora.

―           Aguafiestas – musitó el otro, poniéndose en pie.

 

Cristo suspiró al verle tumbarse en el otro sarcófago abierto. Los dos chicos se pusieron los antifaces y se relajaron. Al cabo de unos diez minutos, Cristo tomó una silla y la colocó entre los dos sarcófagos, se colocó sus propias gafas oscuras y se sentó, inclinado hacia delante, en actitud conspiradora. Instintivamente, dejó de irradiar su mensaje para ser invisible. Los tenía donde quería.

 

―           A ver chicos, escuchadme – empezó el gitano. — Me pregunto si tendréis inconveniente en hacerle un favor a una amiga mía…

 

* * * * * *

 

 

―           Un café con leche desnatada, tostada con paté y algo de fruta, Max – pidió Calenda.

―           Zumo de lo que pilles y algo dulce, un croissant por ejemplo – dijo Cristo, a su vez.

 

Estaban sentados en la terraza del 52’s, disfrutando de la buena temperatura de la mañana. Calenda, como casi cada día del último mes, recogía a Cristo en el mostrador para desayunar juntos. A veces iban hasta la cafetería del campus del BMCC, en TriBeKa, por eso de conectar con un ambiente joven y dinámico. Cuando esto sucedía, siempre regresaban tarde a la agencia.

 

―           Llevas días sin hablarme de tus compañeras de piso – comentó Cristo, tomándola por sorpresa.– ¿Os lleváis bien?

―           Sí, claro – el encogimiento de hombro de la modelo le hizo saber que había algo que no iba bien.

―           A ver, comadre, cuéntame lo que se cocina en esa cabecita tuya.

―           No es nada, Cristo.

―           Bueno, pues si no es nada, resultará ser algo gracioso con lo que podamos reírnos, ¿no?

―           Lo que pasa es que… me siento sola. Estaba acostumbrada a tener a May a mi alrededor, durmiendo conmigo, y compartiendo casi todo.

―           Duerme con un peluche – sentenció Cristo, mientras Max traía el café y el zumo. — ¿De ciruela?

―           Sí, ¿te gusta? – preguntó el camarero.

―           Estando dulce me da igual.

―           El problema es otro. Ekanya y May… hacen el amor a todas horas. Las escucho perfectamente y me cuesta mucho dormirme.

 

Cristo sonrió cuando comprobó que la modelo enrojecía al confesarle aquello.

 

―           Así que te excitas escuchándolas…

―           ¡Cristo!

―           ¿Qué?

―           No seas guarro.

―           Pero si no soy yo el que se excita.

―           ¡Dios!

―           Veamos, princesa. Eso es algo de lo más normal. Estabas tan acostumbrada a que la chinita te… en fin, eso… que ahora lo echas mucho de menos. ¿A qué se te pasa por la cabeza meterte en la cama con ellas?

―           ¿Estás loco? – dijo ella, a punto de escupir el café que sorbía.

 

Cristo puso un semblante serio y cruzó los brazos, mirándola.

 

―           Vale, sí, está bien, lo admito – susurró ella.

―           ¿Y por qué no lo haces?

―           ¡Eso estaría mal! Ellas tienen una verdadera relación. No pienso inmiscuirme.

―           Ya, tienes razón. A veces soy tan simple…

―           No, que va. Eres la persona más inteligente que conozco, solo que…

―           ¿Qué?

―           Que a veces no le das a la manivela de pensar – dijo la modelo, con un giro típico de su país.

―           Eso es porque me quedo pillado, contemplándote. Ya sabes, contigo no puedo hacer dos cosas a la vez…

―           Idiota – musitó ella, encantada con el piropo.

―           Ya sabes que tengo sitio de sobra en el loft. Podrías mudarte, sin compromiso alguno – replicó Cristo, observando como Max volvía con el resto del desayuno.

―           Me… – Calenda estuvo a punto de aceptar, pero supo frenarse a tiempo. – M-me temo que no sería una buena idea. Ya sabes, la prensa…

―           Ya –dijo él, pegándole un buen bocado al tierno croissant. — ¿Comentáis algo del secuestro, entre vosotras?

―           No – dijo ella, moviendo la cabeza con énfasis. – Es como un tema tabú y por mí vale. No quiero que May Lin se estrese más. Yo aún tengo pesadillas y eso que iba acompañada. Fue simplemente impresionante la forma en cómo te desenvolviste allí, cómo los arrastraste a todos para sacarlos.

―           Tuvimos suerte y estaba cantidad de acojonado de que Spinny me pegara un tiro con ese jodido cañón que llevaba.

 

Calenda se rió, y mordisqueó su tostada.

 

―           Para mí, eres un héroe… mi héroe – susurró ella, mirándole con sus impresionantes ojos verdes.

 

“Esto funciona cada día mejor. Sus sentimientos se intensifican, sin dejar trauma alguno. Estoy impaciente por declararme”, pensó Cristo, mojando el croissant en el zumo.

 

Terminaron de desayunar y tomaron el ascensor hasta la agencia. Nada más asomar las narices, Alma les hizo un gesto con la mano para que se acercaran rápidamente. Tenía los ojos chispeantes y sonreía de oreja a oreja. Cristo puso los codos sobre el mostrador, frente a la pelirroja, y Calenda se apoyó en su hombro, como siempre hacía cada vez que caminaban juntos.

 

―           Tu prima me ha dicho que ha conseguido la azotea del edificio donde vive la jefa para mi fiesta de cumpleaños. ¡Va a ser apoteósico! – exclamó Alma, radiante de alegría.

―           Bien, fiesta patrocinada – torció el gesto Cristo.

―           ¿Qué dices, chalao? ¡Es genial, Alma! – lo amonestó la venezolana. – Entonces, ¿será este sábado?

―           Sí, todo el mundo de traje, ya sabéis.

―           No sé yo si será una buena idea eso del traje de gala. ¿No sería mejor hacer una fiesta nudista? La idea de mi cumpleaños también estuvo muy bien… fetichistas…— protestó el español.

―           A callar, retaco – gruñó Alma. – Iremos todos elegantes y guapos y ya se verá cómo acabamos – terminó con un guiño de ojo.

―           ¿Vendrás conmigo? – preguntó Calenda, presionándole en un hombro.

―           Hecho.

―           Entonces sólo me queda buscarme un modelito sugerente – respondió Calenda, con otro guiño. – Me marcho. Zara debe de estar esperándome…

―           Hasta luego – se despidieron Alma y Cristo.

 

Cristo rodeó el mostrador y se sentó en su silla. Alma se giró hacia él.

 

―           Os veo cada vez más unidos. ¿Hay algo? – preguntó la roja.

―           Aún nada, pero todo puede suceder…

―           Pues me alegraría un montón por los dos.

―           Ya se verá. En cuanto a ti, parece que la noticia de la azotea te ha revolucionado bastante. Estás a punto de salir volando, coño.

―           No es por la azotea – una sonrisa torcida se pintó en su rostro. – Han venido… – susurró la rojiza recepcionista con complicidad.

―           ¿Quiénes han venido? ¿Los Testigos de Jehová? ¿Las chicas del Folie Bèrgere? ¿Aliens de Alpha Centauri?

―           Nooooo… los chicos nuevos, Fran y Gregor – dijo con otro de sus famosos golpes en el hombro.

―           Chica, es que lo has dicho con un tono… ¿Y qué?

―           Han estado hablando conmigo. Son muy simpáticos… y gays.

―           ¡Vaya! ¿Te lo han dicho ellos?

―           Sí, son pareja y comparten apartamento, desde hace poco. Gregor es canadiense, pero de ascendencia rusa. Fran es… de una rancia familia del sur de Louisiana. Llevan poco tiempo viviendo en Nueva York.

―           Interesante. Entonces, ¿habéis estado cotilleando como locas? – se burló el gitano.

―           No, nada de eso. Me han invitado a cenar, el viernes.

―           ¡Coño! – la boca de Cristo se abrió, asombrado. — ¿Así, por la cara?

―           Según ellos, no tienen amigos aún y, sobre todo, necesitan una amiga. Al parecer, les resulto simpática y de confianza…

―           Que poco te conocen – dejó caer como pulla.

―           ¡No seas cafre! Sólo vamos a cenar los tres.

―           E Hitler era pintor de acuarelas – siguió bromeando Cristo.

 

Al parecer, la charla en el solarium había abierto las miras e intereses de ciertos chicos…

 

* * * * * * *

 

 

El móvil de Alma vibró cuando se estaba dando el último retoque sobre los labios, de color rojo sangre. Se encontraba vestida y esperando ante el espejo de la entradita de su apartamento. Con un sensual contoneo, tomó el teléfono.

 

―           ¿Sí?

―           Estamos esperando abajo, Alma – le dijo una ronca y sensual voz que reconoció como la de Fran.

―           Bajo enseguida.

 

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, los chicos tuvieron que reconocer que la pelirroja no tenía nada que envidiar a las chicas que trabajaban para la agencia. A pesar de sus gustos sexuales, pudieron apercibir la sensualidad que emanaba de aquel cuerpo rotundo, enfundado en un apretado vestido negro y violeta, con el escote semioculto por pedrería. Se miraron entre sí y se sonrieron. Por su parte, Alma se olvidó de respirar al verles en el vestíbulo de su inmueble, con aquellos trajes satinados y anchos. Fran vestía totalmente de blanco, con una corbata púrpura. Gregor portaba una chaqueta color chocolate con un polo amarillo limón debajo, y unos pantalones de tergal negro. La esperaban con las manos metidas en los bolsillos, con una pose indolente y una sonrisa en los labios. Consciente de todo ello, Alma contoneó sus caderas al acercarse a ellos.

 

―           Estás guapísima, querida – la alabó Fran.

―           Gracias, vosotros también, chicos. ¿No vamos demasiado arreglados para la noche de un viernes?

―           Depende de adónde vayamos – puntualizó Gregor.

―           ¿Se puede saber dónde me vais a llevar?

―           El taxi espera, madame – le contestaron, tomándola cada uno de un brazo.

 

El destino fue un pequeño y coqueto restaurante llamado Paulo’s, en Little Italy. El maître, un tipo relamido de madura edad, saludó a los modelos como si fuesen íntimos. Aquellos tres, a ojos de Alma, cojeaban de la misma pierna.

 

―           Benvenuto a questa casa – les dijo, con una sonrisa que parecía un anuncio dental.

―           Gracias, Pietro – respondió Gregor, dándole un abrazo.

―           Se devono o mi camminare al vostro tabolo – expuso con media reverencia, antes de echar a andar hacia el interior del local.

―           ¿Qué ha dicho? – preguntó Alma en un susurro a Fran, quien venía detrás de ella.

―           No tengo ni idea. Es Gregor quien le entiende – se encogió de hombros.

 

El comedor estaba medio oculto por unos biombos de arpillera, recubiertos a su vez de bejucos y flores pequeñitas, de diferentes colores. Al estar más cerca, Alma descubrió que los elementos florales estaban hechos de tela y alambre. Ingenioso, se dijo. Tan sólo habría una docena de mesas en el amplio comedor, todas en forma de herradura y dispuestas ante cómodos divanes semicirculares de grandes dimensiones. Al menos cabrían seis personas en cada uno.

 

La iluminación era indirecta y bastante tenue, que mejoraba en la mesa al disponer de lamparitas anexionadas a la cara interna de la herradura. Pietro les sentó a una de estas mesas, casi pegada a la pared de la izquierda, alejada del camino de los camareros. Alma se preguntó cómo unos recién llegados a la ciudad eran tratados tan deferentemente por el maître de un restaurante de alto caché. ¿Se conocerían de antes? ¿Habrían tenido algún lío amoroso con Pietro?

 

“¡No seas tan curiosa, Alma!”, se regañó ella misma.

 

Gregor pidió que les trajeran unos Martini calabreses para hacer boca, antes de pedir. Alma, sentada entre los dos chicos, se sentía un poco su madre. No es que hubiera tanta diferencia de edad, pero Alma tenía diez años más que ellos, seguro. Se obligó a no pensar en ello. Ninguno de los comensales que allí había, iba a darle importancia a eso. Además, ya hacía bastante tiempo que no disfrutaba de la compañía de chicos tan guapos y jóvenes como estos.

Alma era una mujer algo complicada en cuanto a sus elecciones de amantes. Habitualmente, los hombres hechos y derechos no le decían nada, sexualmente hablando; prefería a las mujeres y no era la primera vez que se iba a la cama con alguna de las modelos del trabajo. Sin embargo, los jovencitos la atraían poderosamente; sentía debilidad por ellos. No es que fuera una asaltacunas, ya que cuando se refería a jovencitos, quería decir chicos de dieciocho a veintiún años –también había habido unos cuantos de diecisiete, para que engañarse—, aún bisoños e inexpertos.

Por todo esto, Gregor y Fran habían llamado tan poderosamente su atención desde su llegada. Los Martini calabreses resultaron ser Martini semiseco, con un chorreón de Frangélico y una ramita de enebro en vez de aceituna, acompañado de pequeñas porciones de quesos de Calabria.

“Otra cosa a aprender, Alma”, se dijo, mientras degustaba la contraposición de sabores.

Brindaron un par de veces, ellos por el inicio de una buena amistad, ella, mentalmente, para que la noche acabara entre sábanas. Se inició una ronda de preguntas por parte de los chicos. Le preguntaron si era de Nueva York, y cómo había entrado a trabajar en Fusion Models. Ella le contó parte de su vida, sus pinitos como modelo, su imposibilidad por guardar una talla apropiada, y la oportunidad de conseguir el puesto de recepcionista. Confesó que no era una chica ambiciosa y que le gustaba mucho su vida, tal y como estaba.

―           ¿Y tu vida sentimental? – preguntó Fran, alzando sus ojos del elaborado menú que les habían entregado.

―           En dique seco últimamente – se rió ella.

―           No puedo creerle. Alguien como tú… será voluntariamente – meneó la cabeza Gregor.

―           Bueno, la verdad es que no he puesto empeño alguno. Me ha ido muy bien dejando que sea el destino el que me traiga la gente adecuada –“Coño, que poético me ha salido”, se dijo. – He tenido ciertos líos con modelos de la agencia…

―           ¿Chicas? – enarcó una ceja Fran.

―           Ajá.

―           ¿Nada con hombres? – preguntó el rubio, a su vez.

―           Los hombres me parecen un tanto burdos y posesivos. No me atraen sexualmente – los chicos se miraron. – Mis relaciones más intensas han sido con mujeres.

―           Así que estamos en el mismo bando – se rió Gregor.

―           Puede – sonrió Alma – aunque debo decir que, a veces, me demarco con algún chico que me guste.

―           Pero… has dicho que no te gustan los…

―           Hombres. Sí. Pero me refiero a chicos, a jóvenes de vuestra edad – Alma enrojeció un tanto al confesar sus gustos.

―           Mira, por donde – susurró Fran. – He aquí un tema interesante.

―           ¿Interesante? No entiendo…

―           Sentimos curiosidad, eso es todo – dijo Gregor, con un suspiro. – Nunca hemos tenido una experiencia con chicas, ninguno de los dos.

―           Sí, nos hemos estrenado con hombres y ahora estamos juntos. Nada de chicas, y eso nos lleva a ciertas preguntas.

―           Oh – exclamó Alma, esperanzada.

Una joven camarera, con el pelo rubio recogido en una ceñida cola de caballo, vino a tomarles nota. Alma pidió linguinis a la crema de gambas, Fran un taco de atún rojo con mermelada de tomate, y Gregor, que era un carnívoro total, pidió un buen filete de entrecot de buey, con dos salsas.

―           Volviendo a ese interés que sentimos hacia las mujeres. Debo confesar que ha surgido de repente, hace relativamente poco tiempo – repuso Fran.

―           Concretamente, hará un par de días – puntualizó el rubio. — ¿Pedimos vino?

―           No tenéis edad para beber – sonrió Alma.

―           Pietro no hace mucho caso de eso. Él acata la ley europea – bromeó Fran. — ¿O es que no sabes que los Martini tienen también alcohol?

Alma alzó una mano. Era una ley hipócrita, lo sabía. Gregor llamó a la camarera y pidió una botella de Cabernet blanco y suave.

―           Bueno, si tenéis dudas, puedo intentar solucionarlas – dijo ella, mirándoles alternativamente. Se encontraba en medio de los dos, aunque separados por medio metro cada uno.

―           Bueno, nos sabemos toda la teoría, por supuesto. Es más bien un tema de comparaciones – Fran abrió las manos con elegancia.

―           Sí, nos preguntamos si las sensaciones serían iguales con un sexo y con el otro – añadió su compañero. — ¿Cuál es tu experiencia, ya que has probado ambos sexos?

―           Para mí ha sido experiencias diferentes y únicas. Al igual que cada amante aporta algo nuevo, o algo diferente, pasar de un género a otro es muy distinto.

―           Algo de eso sospechaba – asintió el moreno.

―           Normalmente, las mujeres son mucho más suaves y lánguidas en su manera de hacer el amor. Los hombres suelen perseguir más su propio placer. Claro que yo hablo desde mi experiencia con jóvenes, en su mayoría, poco habituados a estas artes.

―           Que bien habla, ¿eh, Fran? – murmuró Gregor, con una mano sosteniendo su mejilla, el codo sobre la mesa, y los ojos clavados en ella.

―           Gracias – respondió Alma, sintiendo un suave escalofrío recorrer su espalda. – Siempre he dicho que si necesitas un momento de pasión exaltada, de furor amoroso, hay que llevarse a un joven a la cama. Lo dará todo y después se dormirá. Pero si lo que quieres es que te mimen, que te adoren, y que te mantengan despierta toda la noche, entonces búscate una amiga…

―           Inteligente.

―           Echaba de menos estas conversaciones – dijo Gregor, jugando con su copa.

La conversación derivó hacia ellos. Le contaron que se habían conocido en una pasarela en Santa Bárbara, en California, donde coincidieron en unas jornadas para amateurs. Los dos trabajaban para pequeñas agencias locales. Pasaron un par de noches, juntos, e intimaron realmente. Aunque cada uno volvió a su hogar, pues aún eran menores de edad, siguieron en contacto y decidieron enviar sus currículos a Nueva York, en cuanto cumplieran los dieciocho. Tuvieron la suerte de que Fusion Models los escogiera a ambos y Fran se mudó el primero a la gran ciudad.Gregor vino unos meses después y, desde entonces, no se han separado.

Mientras cenaban, cada uno de ellos le contó de qué manera se involucraron en el mundo gay. Alma intentaba disimular que las historias la estaban poniendo tan cachonda como una mona en celo. Sus muslos no dejaban de juntarse bajo la mesa y estaba segura de que cuando se levantará del diván, éste estaría mojado con sus jugos.

Gregor estaba en un colegio católico, sólo para chicos, en Canadá. No es que estuviera internado, pues la escuela se encontraba en la misma ciudad donde vivía, pero sus padres eran muy religiosos, católicos muy practicantes, y no querían saber nada de otra escuela. Le habló del club de Jóvenes Practicantes, de su compromiso con la fe y la Iglesia, de sus horas de recogimiento, y de las orgías que organizaban, todos desnudos en el suelo enmoquetado de la pequeña capilla que habían consagrado para sus ritos.

Alma se puso mala al imaginarse un montón de chicos de apenas quince años, desnudos y retozando en el suelo; un montón de cuerpos blancos y suaves, retorciéndose alrededor de los demás cuerpos, con sus enhiestos penes aún faltos de madurez frotándose enloquecidos; interminables besos y lengüetazos a diestro y siniestro, sin orden ni pudor. Tuvo que meterse un tenedor lleno de pasta en la boca para no gemir, descontrolada.

Fran no se quedó rezagado con su propia historia. Él debía su iniciación a un tío político. Tenía cuarenta y un años y era el contable de los negocios familiares. Estaba casado con tía Geraldine, su tía carnal, hermana de su madre. Su tío era muy atractivo, viril, y muy pulcro. Le atrajo con sus juegos, halagos, e historias, siendo un crío. Se dejó desvirgar cuando tuvo catorce años, pero antes ya habían jugado a tocarse en el desván y en muchos otros lugares. Durante dos años, estuvieron follando como conejos homosexuales en cualquier lugar que tuvieran a mano, incluso su tío pasaba algunos días a recogerle en la escuela y se detenían en un hotelito de carretera del que también era contable, para echarle un polvo rápido.

Un día, entraron en el hotelito y su tío no volvió a salir de él. Un infarto le dejó muerto en la cama mientras Fran le cabalgaba. Una historia con final dramático, pero que hizo que Alma se tocara entre los muslos con todo el disimulo posible.

―           Quiero ver cómo… os amáis… ¿Me dejaréis? – susurró ella, tomándolos por sorpresa, aunque todos tenían las mismas intenciones en mente.

―           Claro que sí, Alma – sonrió Gregor, poniendo su mano sobre la de ella.

―           Es lo que pensábamos proponerte al final de esta cena – dijo Fran, colocando su mano sobre la rodilla de la chica.

―           ¡Pues olvidémonos de los postres! – exclamó Alma, soltando el tenedor y limpiándose la boca en la servilleta.

Los chicos vivían relativamente cerca, al otro lado del parque Sara D. Roosevelt, en Ludlow Street. Ni siquiera tomaron un taxi. Alma se colgó de los brazos de los chicos y, bien encajonada entre sus cálidos cuerpos, caminaron varias manzanas. Las bromas y los besos se sucedieron. Cada uno quería una ración de lengua y, por ese motivo, se detuvieron muchas veces, aprovechando portales oscuros y callejones. La humedad ya se deslizaba por los muslos de la pelirroja. Nunca se había sentido tan caliente y dispuesta como esa noche. Estaba dispuesta a realizar cualquier cosa.

Muy cerca de su destino, Alma, apretujada contra las chapas de una obra, tomó las barbillas de ambos y los impulsó a que se besaran largamente. Contemplaba cómo las lenguas masculinas se entrelazaban, poderosas y lascivas, animadas por la pasión y la urgencia. Las manos de los chicos se apoderaron de sus senos, estrujando uno cada uno de ellos. Alma cerró los ojos y gimió, impulsando su pelvis hacia delante, con la intención de ser acariciada. Pero las manos no descendieron de sus senos, atareadas en sobar y pellizcar el pezón con delicadeza. Acabó tirando de ellos para continuar andando. Quería intimidad y una cama, necesitaba una cama…

Alma no se fijó en el apartamento, si era grande o pequeño, nuevo o viejo, ni siquiera fue consciente en qué inmueble se encontraba. Venía siendo desnudada desde que entró en el ascensor, acariciada y estrujada por cuatro manos ávidas. En aquel momento, los chicos no tenían demasiado de gays, o eso pensaba ella.

Fueron dejando un reguero de ropas al entrar en el apartamento. Unas chaquetas en el pequeño vestíbulo, unas camisas en la sala de estar, un vestido violeta en el pasillo, unas braguitas y unos pantalones en el suelo del dormitorio… Cayeron los tres sobre la cama, envueltos en suspiros, besos húmedos, y caricias exasperantes.

Pronto Gregor estuvo tumbado boca arriba, su amante le besaba con extenuante pasión mientras que le masajeaba el endurecido pene. Alma se acercó, avanzando sobre las rodillas, y las manos de Gregor la atrajeron hacia él. Compartió el beso con ellos, introduciendo su lengua entre las de ellos. Descendió por la masculina garganta y lamió el lampiño pecho. La mano de Fran acomodó el glande de su compañero entre los grandes pechos de ella.

―           Huummm… que suavidad – murmuró Gregor, obteniendo una experiencia nueva. – Quiero frotarme con ellos…

Alma usó sus manos para apretar los laterales de sus tetas, formando un estuche que atrapó el miembro del chico. Fran se rió, divertido, y ayudó con la espontánea cubana, manoseando los testículos con habilidad. Gregor estaba demasiado quemado para aguantar más tiempo y con un quejido se vació sobre los macizos pechos, salpicando de esperma el cuello de Alma.

―           Ahí va – se rió ella.

―           Le has exprimido muy rápido – se burló el moreno, inclinándose sobre los senos y lamiendo el semen.

Alma alzó sus senos con las manos, para poder degustar también el esperma que chorreaba. Fran atrapó todo un reguero de lefa con la lengua y lo llevó a la boca de ella, compartiéndolo con un largo y profundo beso.

―           Ahora te toca a ti – le dijo Alma al oído de Fran, haciéndole sonreír.

Deseosa como estaba, no se entretuvo con preliminares ni juegos. De un empujón, lo tumbó al lado de su compañero, quien los miraba, divertido, y lo cabalgó con un experto movimiento. Se empaló en el erguido miembro como si hubiera nacido para ello. El chico dejó escapar el aire en casi un silbido y empujó con sus caderas, hasta clavarse en lo más profundo. Ella le miraba, inclinada sobre él, el pelo rojo sobre el rostro ansioso. Le puso los senos sobre la boca pidiéndole que los mordiera.

Fran tuvo que reconocer, interiormente, que el juego sexual con una mujer también tenía sus buenos momentos. Quizás era debido a quien era la mujer… Gimió cuando ella empezó a moverse, a cabalgarle, cada vez más rápido, agitando los músculos vaginales con maestría. Gregor no podía hacer aquello con su ano, ni mucho menos.

Sentía el pene pulsando en el interior de aquel horno de carne que era la vagina de Alma. El rostro de la mujer expresaba su lujuria y deseo, con los ojos cerrados, la boca entreabierta, y las manos en su nuca. Parecía la representación de la danza de la pasión, con su cuerpo ondulando por el placer.

No pudo resistir más. Sus riñones se crisparon en un espasmo que llevó a clavar su sexo lo más adentro posible. Un largo gemido surgió desde su vientre, acompañando al escalofrío que recorrió todo su cuerpo.

―           Dios… me corro… Alma…

Ella no respondió, sólo le colocó las manos sobre el esbelto pecho sin vello, y meneó el trasero en círculo, aceptando el semen que depositó en su interior. No abrió los ojos, disfrutando ella misma de un merecido orgasmo. Pero necesitaba más, mucho más. No se había pasado la noche mojando el sillón como para tener un solo orgasmo. Se dejó caer hacia atrás, dejando el pene de Fran libre, y tomó de la mano a Gregor, atrayéndole.

Como si fuera un niño, dirigió su rubia cabeza hasta sus abiertos muslos.

―           Ahí dentro está el esperma de tu chico. Sácalo con la lengua, vamos… lame a fondo – musitó ella, antes de abandonarse a la lengua del muchacho.

Se notaba que Gregor no tenía experiencia en comerse el coño de una chica, pero ella le guió con suaves apretones en sus cabellos y con susurradas indicaciones. Le enseñó a titilar la lengua sobre el sensible clítoris, a introducirla en la vulva y recoger el esperma, en lamer entre las nalgas, punteando el esfínter… En suma, a llevarla al éxtasis rápidamente. Alma se corrió entre botes sobre la cama, apretando la rubia cabeza con los muslos.

―           Dame un minuto, que me matas – murmuró, apartando la boca de Gregor, quien la miró con picardía.

Fran ya tomaba el relevo, dejando caer un buen chorro de aceite en las nalgas de su compañero, quien agitó el trasero con alegría, sin apartar el rostro del pubis femenino. Fran se colocó un condón sobre su renacido miembro y lo embadurnó con el aceite que manchaba sus manos. Alma no se perdía un detalle de aquella operación, llena de morbo.

Con un gruñido, Fran se adentró en el interior de su amante, separando los glúteos con las manos. Gregor apoyó la frente en el bajo vientre de Alma, quejándose quedamente. Ella le acarició el cabello con ternura.

―           ¡Joder! Te la ha metido toda – indicó ella, asombrada.

―           Sí… me llena totalmente, el cabrón…– respondió Gregor, con voz dolorida.

―           Le encanta que se lo haga duro… sin apenas dilatarle – dijo Fran, comenzando a moverse.

―           N-nadie me lo ha hecho… así – jadeó ella, imaginándose lo que sentiría.

―           Nosotros… te lo… haremos, cariño – dijo con dificultad el moreno, aumentando el ritmo de su sodomía.

Gregor empezó a gemir y a contonearse. Finalmente, hundió la boca de nuevo en el coño de Alma, quien lo recibió con inmensa alegría. De vez en cuando, Gregor tenía que dejar de mordisquear su clítoris para exclamar su gozo, cosa en la que ella también participaba. En un momento dado, el vecino golpeó la pared, disgustado, pero ninguno de ellos hizo caso.

Dos horas más tarde, Alma estaba tumbada sobre Gregor, besándole lánguidamente. La polla del chico traspasaba su coño, sin apenas moverse. Ella estaba casi dormida, rendida por las sensaciones, pero no estaba dispuesta a retirarse del lado de aquellos dos chicos maravillosos. Tumbado sobre la espalda de ella, Fran la sodomizaba suavemente, imponiendo el único ritmo que animaba a los tres. Lo había hecho con mucho acierto, causándole un poco de dolor al principio, pero el pene con protección sabía perfectamente moverse en esa situación, y un placer nuevo y diferente pronto se apoderó de ella.

Nunca se había sentido tan colmada como en esta ocasión. Uno en su culito y otro en su coñito, los dos guapísimos y primerísimos con una mujer. Un sueño hecho realidad, al menos para ella.

―           Oh, queridos… me vais a… matar… estoy a punto… de c-correrme… de nuevo… joder – balbuceó, los labios sobre la boca de Gregor.

―           Te lo has ganado, amor – musitó el rubio. – Nos has hecho descubrir otro mundo…

―           Espero… que ésta no… sea la última ocasión… en que… follemos juntos…querida. Tengo muchas más… fantasías que…cumplir juntos – dijo Fran, aumentando sus envites. – Fantasías muuuuy…guarras…

Alma se dejó ir al escuchar aquellas palabras que prometían más lujuria y decadencia. Los dedos de sus pies se engurruñieron con el placer que la embargó mansamente. Su mejilla se pegó a la del rubio, quien pudo oír el estertor que surgió con el último orgasmo de la mujer. Alma se quedó quieta, jadeando, mientras Fran se salía de su trasero y se deslizaba por su espalda hasta colocar su oloroso miembro sobre las bocas de ellos dos. Un par de sacudidas y un poco de semen surgió, apenas unas gotas, pero que el moreno restregó a placer sobre sus rostros, como triunfo.

Los tres estaban agotados, pero felices. ¿Quién sabe? Incluso podía surgir una extraña historia entre ellos tres, sobre todo si se encargaba de ello un maquiavélico gitano.

Continuará…

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