GINÉS CARRASCOSO

Se escuchaba lejano el sonido de un tren. Abrí los ojos, o eso creí estar haciendo, porque mi cerebro no terminaba de ejecutar aquella sencilla tarea. Tenía la cabeza embotada y sentía dolores por todo el cuerpo. El mero hecho de percibir sensaciones, de sentirme despierta, me fatigaba. Era como ascender por una interminable escalera desde el fondo de mi conciencia hasta la total percepción, hasta la vida.

¡Vaya! realmente hoy tenía el sueño pesado. Por fin, pude abrir los ojos, apenas una rendija. Los sentía pegados y me dolió el intento. Busqué a mi izquierda, donde debería estar mi despertador. No estaba. Aturdida, comprobé que la mesita de noche tampoco era la mía. No estaba en mi habitación. Poco a poco caí en la cuenta de que aquello era un hospital. No sabría decir que parte de mí se encontraba peor, pero sobre todo el brazo izquierdo, el cuello y la cabeza. ¡Dios! la cabeza. El dolor era como un martilleo incesante. Intenté moverme sin éxito. Enviaba señales de todo tipo a mi cerebro, pero éste parecía, adormilado, drogado… El sueño me venció otra vez, y me quedé sin fuerzas para nada más. De nuevo bajaba por aquella vieja escalera hacía mi subconsciencia.

Otra vez, sin determinar si pasado o presente, escuchaba un tren, y al mismo tiempo me veía avanzar por los pasillos de un vagón. Tenía la sensación de estar en la primera fila de un cine, contemplando la película reciente de mi vida. En la pantalla, aparecía ahora pegada a las ventanillas intentando no chocar con el resto de viajeros. Atravesaba con aire cansino los pasillos y deseaba como nada en el mundo,  sentarme a leer la prensa que acababa de comprar. Por fin, 47 D. Comprobé mi billete y entré. Me alegró ver que no había nadie. Prefería estar sola, y tenía la vaga esperanza de continuar así el resto del viaje. El tren ya anunciaba su salida y todavía no se había abierto la puerta del compartimento. Quizás, esta vez sí, la suerte fuese la única acompañante hasta mi destino.

El vagón comenzó a moverse. El trasiego de pasajeros por el pasillo disminuyó hasta que prácticamente no se oía nada al otro lado de la puerta. Observé por la ventana como cada vez más rápido el paisaje  lanzaba su frenética carrera en dirección opuesta. Acomodé el equipaje y me dispuse a leer.

Al cabo de unos minutos me pareció escuchar pasos apresurados. No presté más atención, hasta que tuve la certeza de que alguien recorría el vagón arriba y abajo prácticamente a la carrera. De pronto, la puerta se abrió violentamente y un hombre joven entró y cerró tras de sí, para volver a abrir lentamente asomándose al pasillo en actitud de comprobar si alguien le había visto. No era muy alto, moreno, desaliñado, vestido con una especie de uniforme. Es un recluso –pensé-. Asustada,  me retiré instintivamente, al rincón más alejado junto a la ventana. En ése momento, el hombre pareció recordar que no estaba sólo. Se giró cerrando despacio, a la vez que me tranquilizaba.

  • No tenga miedo, y sobre todo no grite…-dijo

¡Dios! ¡Vaya mierda de suerte!, -pensé-. Paralizada, observé en su mano derecha un brillo metálico. El hombre me miró y se dio cuenta de mi desasosiego. Esbozó algo parecido a una sonrisa y, en la medida en que la peculiar situación lo permitía, se esforzó en tranquilizarme.

  • No le va a pasar nada… solo necesito ocultarme aquí unos minutos, ¿le importa? – preguntó-

No podía articular ni una sola palabra, la garganta se me había secado por completo y tenía la lengua pegada al paladar.

  • He dicho que si le importa…-me inquirió nuevamente, y pude advertir como el tono de su voz cambiaba y se volvía impaciente, nervioso, amenazador.-
  • No, no,… no me importa- acerté a balbucear
  • Mejor –contestó quedamente

Volvió a abrir la puerta, muy despacio, y miró hacia el pasillo. Por un momento, pude ver como su cuerpo entero se  ponía tenso. Cerró despacio con la espalda pegada a la puerta. Me miró fijamente. En el pasillo comenzaron a oírse voces, pasos y el ruido de las puertas del resto del vagón mientras se abrían y cerraban.

-Policía – dijo alguien en voz alta.

Se abalanzó sobre mí, y me sentí desmayar.

-En pie –dijo- sólo será un momento y no pasará nada si haces lo que te digo

Me resultó gracioso aquel tuteo repentino mientras me sujetaba la mano izquierda a la espalda y con la otra me rodeaba el cuello hasta apoyar en mi garganta algo punzante.

-Andando, – esta vez casi gritó.

Abrió la puerta y salimos al pasillo, escudándose detrás de mí, giró a la izquierda en el momento en que dos agentes de uniforme salían de uno de los compartimentos y al vernos sacaron sus armas mientras gritaban…

  • ¡Sánchez, no seas capullo, esto solo te va a complicar más las cosas… suéltala…!
  • ¡Y una mierda! – contestó el tal Sánchez, mientras tiraba de mí con fuerza, tanto que tuve la sensación de que un hilillo de sangre se deslizaba por mi cuello.
  • ¡Suéltala, ya Sánchez! – insistió uno de los policías

Continuamos avanzando hacia atrás, cada vez más apresurados. Perdí un zapato. Sánchez continuaba tirando de mí, y empecé a notar que me faltaba la respiración. Alguien abrió una puerta a mi izquierda, y casi inmediatamente volvió a cerrar. Estábamos llegando al vestíbulo entre los vagones. Noté que su brazo izquierdo sujetaba con más fuerza mi mano,  mientras amenazaba a los agentes.

  • ¡Vale!, ni un paso más o la rajo aquí mismo, ¡He dicho quietos! –gritó.

¡Dios mío, dios mío! Era lo único que acertaba a pensar. Los policías no dejaban de apuntar hacia nosotros justo en mitad del pasillo, mientras Sánchez cada vez más nervioso miraba a derecha e izquierda como buscando algo. De pronto pareció encontrar lo que buscaba y entrando conmigo en el vestíbulo del vagón se dirigió hacia la puerta que da al exterior.  Los agentes avanzaban lentamente, mientras Sánchez se veía en un dilema. No podía abrir aquélla puerta y sujetarme al mismo tiempo.

  • Maldita puerta, ¡ábrela! – me ordenó-
  • No, no puedo, no puedo…-contesté
  • Que abras, te digo – ¡está loco!, pensé, va a saltar.
  • ¡Abre, de una puta vez! -gritó mientras me soltaba la mano de la espalda…

Se acercó a la puerta y estirando los brazos conseguí accionar el pestillo de emergencia, activándose al mismo tiempo varias señales de alarma.  En ese instante, el tren ya había alcanzado una velocidad considerable así que la puerta entreabierta dejaba paso a un viento huracanado y ensordecedor que invadió el vagón. Miré hacia afuera y sentí náuseas, me fallaron las piernas y quedé colgada del brazo de Sánchez. Todavía no sé si me desmayé, solo recuerdo que fui resbalando hasta el suelo, y era incapaz de moverme. Totalmente aturdida, oía voces en la lejanía y con la cara en el suelo como a través de una mirilla, veía a Sánchez. Se apoyaba en la pared junto a la puerta de emergencia, y observaba el exterior. Miró a los guardias y se asomó con medio cuerpo fuera. El viento agitaba su camisa y  le arremolinaba el pelo. Miró otra vez a los guardias, y desapareció.

– Sánchez, ¡qué coño haces!… ¡espera!… – gritó uno de los agentes.

Después se escuchó un extraño sonido, como cuando se arruga un papel que tiras a la papelera. Luego algo viscoso me salpicó por completo cubriendo el suelo junto a mi cara. Uno de los agentes hablaba por radio con voz histérica

  • ¡Dios santo! ¡Central, central!.. ¡Ha saltado! ¡Sánchez ha saltado junto a las balizas del túnel! ¡Me cago en la leche, el hijo de puta está más dentro que fuera por Dios!

Pude oír como cortaba la comunicación y se retiraba tosiendo hacia un rincón donde su estómago no pudo más. Alguien cogió mi mano. Sentía náuseas y no quería ni pensar que era aquel charco sobre el que estaba tumbada. Seguía teniendo sed. La cabeza, ¡Dios! como me dolía. ¿Por qué no me sacan de aquí? ¿Por qué no me desmayo? Quise gritar.

  • Agua, por favor –creí decir.
  • ¿Elena, puede oírme? –alguien hablaba junto a mi cara.
  • Me alegro de que esté con nosotros, no se preocupe se pondrá bien.

 ginescarrascoso.wordpress.com

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