JANIS MULLIGAN

El reino sádico

Cristo alzó las manos en un gesto tranquilizador. Calenda cerró la espita en la que se había convertido su boca y le miró duramente.

―           Frena un poco, comadre. A ver, repítelo otra vez, más que nada para ver si te has dejado algo atrás – le dijo el gitano.

―           Pffff… – pero, a pesar del bufido, la modelo empezó de nuevo, esta vez más despacio. – May Lin salió del apartamento ayer por la tarde y aún no ha vuelto. La he llamado medio millón de veces y su móvil sigue apagado o fuera de cobertura.

―           ¿Se ha llevado ropa? ¿Has mirado entre sus cosas?

―           No se llevó más que el bolso, nada de maleta o bolsa. Y he estado mirando, claro. El pasaporte sigue ahí y la American Oro también. Se fue de compras, Cristo, como otras tantas veces – Calenda ahogó un sollozo, pues no quería darse por vencida tan fácilmente. – Si no hubiera llegado anoche tan tarde, me habría dado cuenta antes.

―           Está bien. ¿Cómo lleváis lo vuestro? ¿Se lo ha tomado… bien? – Cristo tragó saliva, ya que él tenía la culpa de que el romance de la chinita y Calenda hubiera acabado.

―           Ya que lo mencionas, debo darte las gracias por llamarme y avisarme de lo que ocurría entre May y Ekanya…

―           Bueno – se encogió de hombros Cristo –, estabas en Brasil… es lo menos que podía hacer.

―           Nunca fue una relación seria la que tenía con May Lin. Más bien, nos dábamos fuerzas mutuamente. Estamos solas en Nueva York… En cuanto llegué del viaje, May me lo confesó. La pobre Ekanya estaba muy nerviosa por el asunto, pero las tranquilicé.

―           Fuiste muy comprensiva, Calenda.

―           No es culpa de nadie que ambas se hayan enamorado. Son cosas que pasan. No puedo decirte que no me fastidiara, pues me sentía muy cómoda con los términos que teníamos, pero May es mi amiga y me alegro por ella, por las dos.

―           Sí, claro – Cristo movió los pies disimuladamente, sintiéndose aliviado por cómo se había resuelto su intromisión. Sin embargo, apenas había tenido que presionar para convencerlas, tanto para enrollarse como para seguir con sus vidas, de forma civilizada. Se podría decir que las cosas se habían solucionado casi solas.

―           Es gracioso… ni siquiera hemos tenido que mudarnos de apartamento. Tan sólo May Lin se ha cambiado de cama – dijo la modelo, con una sonrisa y un tono realista. Cristo cabeceó pues él mismo les había inculcado esa idea.

―           Volviendo a May… ¿Sabes si ha estado hablando con alguien nuevo? ¿Algún acosador?

―           May Lin es una modelo, pero no se encuentra en ese nivel de acoso de admiradores, desgraciadamente. Además, hace tiempo que sigue todas mis pautas con respecto a ese tema. Si es bueno para mí, lo es también para ella. No tenemos problemas con fans locos, al menos que yo sepa, pero si quieres, puedes echarle un vistazo a su portátil. Me sé la contraseña.

―           Está bien.

Cristo contempló a Calenda cuando se movió en busca del ordenador. Hacía ocho días que había regresado de su estancia en Brasil, una estancia que se había alargado a dos meses y medio. La modelo había vuelto más hermosa que nunca. Su piel estaba tostada por el sol, haciendo que destacaran aún más las pecas de su nariz. Había cambiado de peinado, teniendo ahora mucho más volumen y siendo algo más claro gracias a las mechas californianas que lucía. Cuando la recogió con Spinny en el JFK, Cristo bromeó un buen rato al verla.

“¿Has estado haciendo el Rey León o qué? ¿Eso se consigue metiendo los dedos en un enchufe?”

Calenda no contestó a las pullas, sólo se rió con ganas, contentísima de verle. Le abrazó y casi lo levantó en vilo, desbordante de alegría. En este instante, llevaba la leonina cabellera recogida en una alta cola, dejando su sinuoso cuello y su deliciosa nuca al descubierto. Ambos se habían puesto al día durante los almuerzos y en unas cuantas charlas de mostrador, en la agencia, pero no habían podido salir a cenar, como era la intención de Cristo, hasta la noche anterior, el viernes. Calenda tenía muchos compromisos de trabajo con los que cumplir. Cenas con promotores, una gala a la que asistir, y varios asuntillos que la Dama de Hierro le tenía en reserva.

Finalmente, el viernes salieron a cenar, los dos solos. Cristo se sentía en la gloria, dispuesto a llevar a cabo lo que tanto tiempo llevaba ideando. La llevó a un buen restaurante del Upper East Side, en el que cenaron gloriosamente, y luego a un nuevo club en la Quinta Avenida, en el que estuvieron bebiendo y riéndose hasta bien entrada la madrugada. Sin duda, ese fue el motivo por el que Calenda no se diera cuenta de la ausencia de su compañera. Ekanya se encontraba en Detroit, asistiendo a una campaña de promoción de General Motors, y supuso que May estaría acostada en la cama de la negrita. Así que, medio tocada por el alcohol consumido, se quedó dormida nada más caer en la cama.

Sin embargo, esta mañana descubrió lo que ocurría y empezó a preocuparse. A las cinco de la tarde, llamó a Cristo, casi histérica. El gitano conocía también a la chinita y sabía que no era una persona que se ausentara sin comunicarlo. May Lin era muy responsable con esos temas. Aunque no lo había dicho en voz alta, se sentía tan preocupado como Calenda.

Encendió el portátil y revisó rápidamente los contenidos. Nada que pareciera extraño. Miró el Historial de sus contactos y tampoco sacó nada de ello. Finalmente, con una súbita inspiración, decidió recuperar lo que May Lin hubiera borrado de su correo en esa semana. Mucho spam y correo basura, dos comunicados bancarios que la propia May había desechado, y otros tantos correos personales.

―           Espera… ¿qué es eso? – preguntó Calenda, quien se encontraba de pie y apoyada en uno de los hombros del gitano.

―           ¿El qué?

―           Un correo de Selene’s, la boutique. ¿lo ves?

―           Sí, ¿y qué? Es mera publicidad.

―           Selene’s es una boutique exclusiva, de alta costura. Las modelos compramos muchas veces allí – explicó Calenda mientras ella misma pulsaba la tecla para abrir el correo. – Hasta la fecha, nunca he recibido publicidad de ellos, ni sé que lo hayan hecho alguna vez… y ni con una pistola conseguirías que ofrecerían una rebaja así a ninguna modelo.

Cristo miró el dedo de la chica que apuntaba hacia la pantalla. Si ella no hubiera estado a su lado, no lo habría visto. Para él, era algo normal, un correo publicitario de una boutique, ofertando nueva temporada y haciendo un generoso descuento a la titular de la cuenta, o sea, May Lin.

―           ¿No hacen descuentos para las modelos?

―           Ni un centavo. Ya te he dicho que sólo tienen marcas exclusivas.

―           Esto tiene todo el aspecto de un gancho.

―           ¿Un gancho?

―           Sí, un reclamo de estafadores para atraer a sus víctimas. Debería pasarme por esa boutique y preguntar si han visto a May Lin.

―           Iré contigo.

                                                                                                    24 HORAS ANTES.

May Lin cerró el Skype tras charlar con Ekanya. La nigeriana llevaba dos días en Detroit, paseando su esbelta figura por el Salón General Motors, y la había llamado en uno de sus descansos. La verdad era que Ekanya aún estaba preocupada por la reacción de Calenda al conocer la relación que habían iniciado. May Lin la había tranquilizado de nuevo, diciéndole que todo iba bien y que nadie se movería del apartamento.

Mientras charlaban a través de la cámara, la chinita abrió su correo electrónico y repasó lo que había llegado nuevo. Leyó unos comunicados bancarios de rutina, desechó bastante publicidad y se interesó por un correo de Selene´s, la exclusiva tienda de la Segunda Avenida. Había comprado cosas allí y pagado con su tarjeta, así que no le extrañaba que tuvieran su dirección de correo. Sonrió al leer un treinta por ciento de descuento que la boutique le ofrecía en todos sus artículos, al presentar su tarjeta.

Miró el reloj de la pantalla. Apenas eran las cinco de la tarde y no hablaría de nuevo con Ekanya hasta bien entrada la noche. Así que, motivada por el aburrimiento, decidió visitar Selene’s. Afuera lucía el sol y la primavera se podía oler cerca del Central Park. Se vistió y entró en el cuarto de baño para arreglarse un poco. Calenda estaba sentada en el banquillo, con el pelo envuelto en una toalla y otra anudada sobre su pecho. Se estaba pintando las uñas de los pies con un tono bermellón brillante.

―           Bonito color – alabó May enfrentándose al gran espejo.

―           ¿Sales? – preguntó Calenda, viendo su ropa.

―           Sí, daré una vuelta por el parque y puede que compre algo. ¿Y tú? ¿Cita esta tarde?

―           Tan sólo he quedado con Cristo para ir a cenar y contarle lo que he hecho en Brasil.

―           ¿Vas a ponerle celoso? – se rió May Lin, retocando sus pestañas.

―           Nooo… ¿por qué dices eso? – Calenda la miró, alzando las cejas.

―           No me digas que has estado dos meses en Brasil y que no has tenido ningún rollo. No me lo creo – May se calló para aplicar la barra rosa a sus labios.

―           Pues no te lo creas. Fui a trabajar. No estuve con nadie, May – Calenda retomó su tarea, enfurruñada.

―           Lo siento – musitó la chinita, girándose. – Te pido perdón nuevamente.

―           Está bien, May. Ya lo hemos hablado. Os deseo lo mejor, de veras…

―           Gracias, encanto – May Lin le tiró un beso y salió del baño.

La asiática se cansó pronto de pasear, como era habitual en ella, y se dirigió hacia la boutique. Como si tuviera un detector en la cabeza, la gerente, una madura mujer con más arreglos que la bicicleta de un gendarme, supo enseguida que ella era una de las privilegiadas en los descuentos. Le ofreció probarse algunas faldas y vestidos que habían llegado el día anterior y encaminó a la modelo, cargada de ropa en los brazos, hacia la puerta de un probador.

Al igual que la tienda, el probador era amplio y lujoso. Un gran espejo cubría completamente la pared junto a la puerta, sobre el que se abría el batiente. En la pared de enfrente, un largo perchero clamaba para que colgase toda la ropa que portaba en él. En la pared frente a la puerta, había un estrecho mueble con algunos cajones y un par de estantes, así como un cómodo butacón.

May Lin se quitó los jeans lavados a la piedra que llevaba y los dejó sobre el butacón. Tomó una de las faldas y se la abrochó, levantando un tanto el fino jersey que vestía. Se contempló en el espejo, adoptando diversas poses para ver cómo le caía la prenda. No acabó de convencerle y se la quitó, tomando otra, y luego una tercera. Después, se despojó del jersey y empezó a probarse vestidos.

May Lin dejó resbalar uno de los vestidos hasta el suelo enmoquetado y sonrió, contenta por cómo le quedaba la última prenda. Con un chasquido, el mueble y los estantes se hundieron, junto con la mayor parte de la pared. En un principio, la modelo no fue consciente de ello, hasta que dos hombres surgieron por la abertura que había quedado en el sitio del mueble.

May gritó e intentó salir corriendo, pero el pomo de la puerta no se movió lo más mínimo. Una mano le tapó la boca y otras la atraparon de las muñecas. Uno de los hombres la abrazó con firmeza, conteniendo sus gemidos y la arrastró hacia el oscuro hueco. El otro tomó la ropa que estaba en el butacón, así como el bolso y los zapatos, y siguió a su compinche.

En silencio, el mueble y los estantes volvieron a aparecer y tan sólo quedó unos vestidos colgados del perchero y uno en el suelo, lo que daba la apariencia que la persona que lo llevaba puesto se hubiera desencarnado.

                                              

                                                                                                 EL PRESENTE.

Lo primero que no le cuadró a nuestro gitano cuando él y Calenda entraron en la amplia boutique, fue que no hubiera cámaras por ningún sitio. Aunque la tienda se encontraba en el Upper East Side, un barrio muy tranquilo y controlado, y su clientela fuera de alto standing, Winnona Rider había demostrado que los ricos y famosos también roban, aunque por placer, eso sí. Las cámaras se instalaban en todos los negocios por igual, tanto para controlar a la clientela como a los empleados. ¿Por qué no había cámaras allí? ¿Estarían camufladas? Tras un buen rato de buscar evidencias de ellas, mientras Calenda preguntaba a las empleadas, teléfono en mano, enseñando una fotografía de May, tuvo que admitir que no podía verlas.

Ante tantas preguntas, la gerente acabó acercándose a ellos y preguntarles directamente. La madura mujer presentaba una sonrisa muy profesional y asentía a todo cuanto Calenda le preguntaba, pero Cristo reconoció las huellas inherentes de quien está fingiendo y mintiendo. En primer lugar, la sonrisa no cambiaba de registro. Solía mostrar sus blancos dientes apretados, subiendo mucho las comisuras. En segundo lugar, parpadeaba con frecuencia y sus ojos derivaban a la derecha al final de cada frase. Cristo estaba bastante acostumbrado a tratar con mentirosos y cuentistas y sabía reconocerlos.

―           Sí, la recuerdo. Una asiática muy bonita y pequeñita. Se probó varios vestidos y compró unas cuantas prendas. Después, se marchó – dijo la encargada.

―           ¿Pagó en efectivo o con tarjeta? – preguntó Cristo, sólo por mantenerla hablando.

―           Tarjeta, creo.

―           ¿Podría enseñarme el recibo?

―           Por supuesto que no – se ofendió la gerente. – No tiene ningún derecho a pedírmelo.

―           Cristo, déjalo – musitó Calenda.

―           Mira, sigue preguntando o mira ropa, lo que quieras, pero déjame charlar un rato con la señora – le contestó el gitano, empujándola suavemente para que se marchara.

―           P-pero…

No le quedó más remedio que hacerle caso y Calenda siguió preguntando a alguna dependiente que aún le quedaba, mientras Cristo se llevaba a la encargada a la trastienda. Nadie se dio cuenta de que la mujer andaba tan tiesa como si se hubiese tragado un andamio, empujada por la voluntad de Cristo. Tras tranquilizar a la mujer, que empezaba a respirar con agitación, y dar cierto rodeo lingüístico por las playas de Acapulco y los galanes latinos para relajarla, Cristo no tardó en convencerla de contarle lo que supiese de la chinita.

―           Entró en el probador D, con varios vestidos. Es lo que debo hacer cuando llega una persona de la lista – dijo la mujer, en un tono tan poco apasionado como una muñeca parlanchina.

―           ¿Qué lista?

―           La lista que ellos me dan cada semana.

―           ¿Quiénes son ellos?

―           No lo sé – los ojos pintados de la mujer parpadearon aún más. – Siempre han sido ellos y mejor no saber más. La tienda es suya y también la manzana entera. Puede que hasta todo el Upper East Side sea de ellos.

―           ¿Y ellos te dan una lista de gente que debes hacer que entre en el probador D? ¿Y una vez allí? – Cristo notó como sus tripas se congelaban. No le gustaba el cariz que estaba tomando el asunto.

―           Ya no salen – atajó la mujer, mientras retorcía nerviosamente sus dedos. – La mayoría son chicas, muy guapas y jóvenes, pero también hay chicos de buena figura, y hasta hombres maduros.

―           ¿Has mirado alguna vez en el probador?

―           Sí, claro. Yo me encargo de recuperar la ropa y cualquier cosa que quede en la habitación, pero es sólo eso, una habitación. supongo que debe de haber alguna entrada secreta o algo así, pero no quiero que me vean husmeando… no quiero desaparecer yo también…

―           Bien – Cristo dejó transcurrir un minuto mientras pensaba en cuanto le había dicho aquella mujer. – Veamos ahora la trastienda, encanto…

 

                                                                                                     21 HORAS ANTES.

May Lin estaba realmente asustada. La habían dejado encadenada a una pared, las manos atrapadas en unas argollas de recio cuero que mantenía sus brazos doblados y pegados a un húmedo muro, los puños hacia el techo. No podía gritar pues una mordaza de bola mantenía su boca abierta, sin parar de salivar. Suponía que llevaba allí tres o cuatro horas, aunque la semipenumbra que reinaba la había hecho perder el concepto de tiempo.

La habían bajado por un montacargas que se ocultaba detrás de la pared del probador, seguramente un par de pisos. Los tipos se mantenían callados, no hablaban entre ellos, ni le dijeron nada. La bajaron en volandas por unas escaleras y entraron en aquella habitación, dejándola inmovilizada antes de marcharse. Desde entonces, le había dado tantas vueltas a todo lo ocurrido en su mente que le dolía la cabeza. ¿Qué querían de ella? ¿Un rescate? ¿Violarla? Peor aún, ¿matarla? Rezo para que alguien la encontrara o para morir rápidamente, sin dolor.

En el rincón más oscuro del calabozo, la puerta se abrió, dejando paso a un hombre con una bata blanca sobre su ropa de calle. Sin una sola palabra, sacó un medidor de tensión que abrochó al brazo de May. Con profesionalidad, metió el estetoscopio que colgaba de su cuello en el hueco del codo femenino y comprobó la medición. Tras esto, le sacó sangre con una jeringa que extrajo de un envoltorio higiénico. Una vez acabado esto, le quitó los grilletes de cuero y la obligó a caminar hacia otro punto de la habitación.

May intentó rebelarse, pero la fuerte presión sobre el músculo del trapecio la hizo ver estrellas. Aún llevaba la mordaza de bola por lo que sólo pudo exhalar un fuerte gemido. El hombre accionó un conmutador y una gran lámpara quirúrgica se encendió sobre una camilla. Pudo ver los grandes azulejos que cubrían las paredes y el cemento pulido del suelo, de ahí la frialdad en su espalda. La camilla tenía unos pedales obstétricos levantados y el hombre, con un gesto, le indicó que se subiera a ella. Con rapidez y energía, afianzó muñecas y tobillos con cinchas médicas que colgaban del cabezal y de los pedales, así como dos cinturones, uno sobre el pecho y otro sobre el vientre, hasta quedar la modelo bien sujeta.

Entonces, el supuesto médico cortó limpiamente las braguitas de la chica utilizando una pequeña navaja o quizás un bisturí. Trayendo un pequeño taburete, se sentó entre los abiertos muslos y se colocó un frontal de gran luminosidad. Alargando la mano, atrajo un soporte con ruedas donde descansaba diverso material médico. A pesar del miedo y de la vergüenza, May supo quedarse bien quieta mientras el hombre le hacía un frotis vaginal y otro anal. Apretando los dientes por el dolor, se preguntó para qué quería aquellas muestras íntimas. Lo que pensó no acabó de gustarle.

Cuando el médico se levantó del taburete y precintó las muestras, sacó un móvil y dio una corta llamada. Dos fornidas señoras entraron y se hicieron cargo de ella. Llevaban delantales impermeables y vestían unas túnicas entalladas que se pegaban a sus fuertes cuerpos. Debían de rondar entre los cuarenta y cincuenta años y se mostraban risueñas. Con una en cada brazo, la llevaron a otra habitación donde se encontraban unas duchas comunales. La despojaron de la rota ropa interior y la sentaron en un sencillo escabel de plástico. El agua caliente cayó mansamente sobre ella y las mujeres, sin pronunciar palabra, se ocuparon de lavarla enterita, hasta el cabello.

A la hora de enjabonarla, usaron las manos y, por un momento, May las vio sonreír aún más, divertidas por los soeces y brutales tocamientos a los que la sometieron. Una vez seca, la volvieron a sentar y depilaron pubis, trasero y piernas, meticulosamente. Secaron su cabello, untaron de aceite la piel y, finalmente, le colocaron un ancho collar de cuero en el cuello, evidentemente perruno. De nuevo la llevaron a la sala de la camilla, y la subieron a ella, atándola y dejándola sola en la penumbra. Miles de preguntas saturaron la mente de la asiática hasta que se quedó dormida por el cansancio.

EL PRESENTE.

―           No deberías venir. Puede ser peligroso – dijo Cristo, negando con la cabeza también.

―           Sí iré. Es mi amiga – dijo Calenda, con vehemencia. – Puedo ayudar.

―           Ya viene Spinny conmigo.

―           ¿Por qué puede ir él y yo no? – se enfurruñó la hermosa modelo. – Porque es un hombre, ¿verdad?

Cristo estuvo a dejar salir su vena machista y responder afirmativamente, pero supo callarse a tiempo. Podría darle una orden y que se quedara en el apartamento, pero no estaba seguro de lo que iban a encontrar. La lógica le decía que cuantos más fueran, más posibilidades de éxito. Así que, finalmente, se rindió y Calenda, con un gritito, se inclinó y le besó en la mejilla.

―           Voy a cambiarme – anunció ella, saliendo disparada hacia su dormitorio. – Hay que usar ropa de infiltración…

Cristo se tapó la cara con una mano al escuchar la broma. A saber lo que ella entendería por infiltración… El móvil del gitano vibró. El mensaje del pelirrojo decía que estaba abajo con una camioneta, esperando. Cristo tecleó rápidamente: “2m Calen se viste.” La modelo tardó tres minutos, casi un record para ella, pero asomó llevando una camiseta oscura, de manga larga, unas mallas también oscuras, y unas zapatillas deportivas.

“Po zí que zabe lo que é una infiltrasión urbana. Está un rato güena con esas mallas, coño.”

―           Noches, Spinny – dejó caer Calenda al subirse al asiento trasero de la camioneta.

―           ¿Qué tal, maciza? – respondió el pelirrojo, que ya había estado admirando sus largas piernas por el espejo lateral.

―           ¿Te has traído el detector? – preguntó a su vez Cristo.

―           Sí, pero más nos vale devolverlo sin un arañazo. Me juego el pescuezo.

―           Sí, sí. Vamos, arranca ya.

La camioneta giró despacio hasta meterse en el callejón trasero de la boutique. Allí se encontraba una gran puerta de garaje que se utilizaba para las descargas de prendas y bultos diversos, y que llevaba directamente a la trastienda. Cristo saltó del vehículo y tecleó el código correcto en la cerradura electrónica. La puerta se alzó con demasiada lentitud, pero escaso ruido.

―           ¿Dices que la tía esa te dio la contraseña? – preguntó en un susurro Spinny, asomando la cabeza por la ventanilla. — ¿Por qué?

―           Porque ella también estaba escamada por este rollo. Prometí que investigaría y que la libraría de toda culpa – mintió el gitano con todo descaro, antes de deslizarse dentro y anular la alarma.

―           Ah.

Spinny aceptó completamente aquella excusa banal y Calenda, en el asiento de atrás, ni siquiera se interesó por lo que hablaban. Los dos estaban nerviosos por lo que estaban a punto de hacer y el suave control mental de su compañero disipó completamente las posibles dudas. En cuanto hubo espacio suficiente, el vehículo se introdujo completamente en la trastienda y Cristo volvió a bajar la puerta.

Spinny encendió una buena linterna halógena, que podía llevar plana en el pecho, dejando sus manos libres. Entregó otras linternas más pequeñas a sus amigos y tomó el detector profesional. Rápidamente, se dirigieron hasta el probador D y entraron dentro, manteniendo la puerta abierta. Spinny conectó el cable del detector a su tableta y fijó el emisor al espejo. Se enfundó el guante sensor y paseó la palma de la mano por la superficie de cristal. En la pantalla de la tableta, aparecieron los datos, junto a un pequeño diagrama en 3D.

―           Está hueco. Sólo indica el grosor del espejo. Tiene que ser uno de esos de una sola dirección, como los de una comisaría – masculló Spinny. — ¿Lo rompo?

―           No, sigue buscando. Lo dejaremos como último recurso.

Calenda no dejaba de pasear el haz de su linterna a través de la puerta del probador, los nervios de punta. Cristo la tranquilizó acariciándole el brazo. Spinny no tardó en encontrar los diversos cables y el brazo mecánico que accionaba la puerta. Sin embargo, pronto supieron que no encontrarían la forma de accionar esa puerta desde el exterior. Así que Cristo, armado de una fuerte pata de cabra, arremetió contra el espejo, que resultó ser más duro de lo que creía. Al quinto porrazo, se rajó y pudieron sacar los grandes trozos sin demasiado escándalo.

Spinny medió el detector y la tableta en la mochila, y sacó una intimidante Smith & Wesson de gran calibre, que se metió en la cintura.

―           Por si acaso – musitó a la muda pregunta de los ojos de Calenda, penetrando en el oscuro hueco que ha dejado el espejo.

―           ¡Hay un montacargas! – exclamó Cristo, alumbrando con su linterna.

―           No hay más salida que el elevador – comprobó el pelirrojo.

―           Vamos – propuso Calenda, abriendo la rejilla de entrada del ascensor.

Arma en ristre, Spinny salió el primero cuando llegaron abajo. Se quedó estático en las escaleras que descendían, en varios rellanos. Cristo contenía la respiración, tratando de escuchar algo más que su alocado corazón rumboso. Calenda le tenía aferrado por un hombro, clavándole las uñas a través de la tela del chaleco de pescador que llevaba.

Descendieron con mucha cautela, tratando de no hacer ningún ruido, y se toparon con una puerta que les llevó a una sala vacía, de suelo cementado, con grilletes colgando de una pared y una camilla de “parturienta”, como la llamó el pelirrojo, en un extremo. Antes de que Spinny acabara de entrar, Cristo le detuvo y señaló con el haz de su linterna hacia una esquina.

―           ¡Mierda! ¡Cámaras! – gruñó Spinny, rebuscando en la mochila. Sacó un spray de pintura y lo agitó fuertemente, varias veces. – No nos verán, pero sabrán qué algo está pasando.

―           Mientras que la sorpresa esté de nuestra parte, todo irá bien – le susurró Cristo.

Spinny avanzó despacio, comprobando que la cámara no le enfocase y que no hubiera otras repartidas. Se situó debajo y la llenó de una capa de oscura pintura. Hizo una señal para que la pareja le siguiera y se desplazó hasta la otra puerta que había en la sala. Contemplaron el largo pasillo embovedado, salpicado de tenues bombillas. Una puerta se abría a su izquierda. Una sala de duchas comunitaria. Vacía.

Cristo miró su reloj. Las doce y media de la noche.

26 HORAS ANTES.

Un hombre distinto entró en la sala. Traía una bandeja con comida. Desató a la chinita de la camilla y la encadenó de nuevo al muro, pero esta vez por un tobillo. La obligó a colocarse de rodillas y puso la bandeja delante de ella. Había un bol con agua y un gran plato con pedacitos de pollo y patatas fritas.

―           Come – le dijo simplemente, y May, hambrienta, tomó los pedazos de pollo con los dedos, regodeándose con las patatas, aunque estuviesen frías.

Intentó tomar el bol para beber, pero el hombre la golpeó suavemente en los dedos. Cuando ella le miró, él negó con la cabeza. “Sin manos”, articuló sólo con los labios. Enrojeciendo, May Lin se inclinó sobre el receptáculo y lamió el agua como un animal. El hombre se la quedó mirando, los brazos cruzados, hasta que acabó el plato y la mitad del agua. Entonces recogió de nuevo la bandeja y se marchó, dejándola dolorosamente arrodillada y sola.

A los diez minutos escasos, el doctor apareció de nuevo. Acuclillándose a su lado, le desató el tobillo y le entregó un cepillo dental, indicándole que se limpiara la boca. Mientras tanto, abrió una carpeta con los resultados de las pruebas médicas que le habían hecho anteriormente. Las repasó con ella, tranquilamente, como si estuviesen en su consulta.

―           Buena salud, en general. No tienes venéreas y pareces resistente. Eso es bueno.

Al quedarse a solas, una vez más, pensó en qué significaría eso de “resistente”. Sin embargo, no dispuso de más tiempo para pensar. Un nuevo individuo apareció, esta vez fornido y rechoncho. Vestía botas de caña alta y unos pantalones de dril remetidos en ellas. Se inclinó y enganchó una fina cadena al collar, obligándola a caminar detrás de él, manteniendo las manos a la espalda, pero libres.

Tomaron un largo pasillo de techo embovedado con grandes ladrillos y caminaron en silencio, escuchando las duras suelas de sus botas. May, quien estaba desnuda y descalza, ponía mucha atención donde pisaba. Todo era cemento, ladrillos rojizos y manchas de humedad. La llevó ante una puerta hermética, de esas que se pueden ver en las mamparas de buques y submarinos, con rueda de apertura. Estaba entreabierta y el hombre tiró de la cadena para que entrase.

Penetraron en una habitación redonda y sin muebles. En el centro, una extraña urna rectangular se alzaba, como un gran ídolo fálico. Parecía hecha de cristal con flejes metálicos en sus esquinas para fortalecerla. En su interior, chapoteaban dos chicas desnudas. Una de ellas estaba sentada en el suelo, una tensa cadena tiraba de su cuello conectada a una argolla de la base –que no parecía de cristal—, e impidiéndola levantarse. La otra está libre y en pie, sin saber muy bien qué hacer. May no quería saber qué era el amarillento líquido que llegaba ya al vientre de la que estaba sentada.

El hombre tiró de su cadena, llevándola hasta un lateral de la urna, donde había una escalerilla que conducía a la parte superior. Con un empujón, el hombre la obligó a subir y May se encontró con un urinario japonés en el techo de la urna. Sin subir pero tironeando de la cadena, la obligó a acuclillarse en la extraña taza y orinar. La verdad es que May sentía necesidad de evacuar y su orina comenzó a caer en el interior de la urna, salpicando a las chicas.

―           ¡Perfecto! – exclamó el hombre, con una risotada. – Verás, aquí deben venir todos los servidores del Reino a dejar su “gotita”. Cada media hora, el sistema deja entrar varios centímetros cúbicos de agua, los cuales elevan el nivel de los orines acumulados, como puedes ver. Las chicas pueden luchar contra eso, obteniendo orgasmos, bien solas o entre ellas. Por cada orgasmo que registra el sistema, se retiran dos centímetros de líquido.

 

                                                                                                   EL PRESENTE.

Cristo giró muy despacio la rueda de acero de la puerta hermética. Suspiro de alivio cuando comprobó que no estaba obturada desde el interior. Las engrasadas bisagras giraron sin un ruido. Con cuidado, asomó la cabeza por el hueco y espió al otro lado. Enarcó una ceja al ver que era una sala redonda con una especie de cabina iluminada en el centro. Un hombre, más viejo que maduro, se regodeaba mirando el interior, los brazos cruzados sobre el batín de seda que cubría su cuerpo.

Se giró hacia sus acompañantes y les hizo la señal de silencio antes de entrar él primero. Pegado a la circular pared, Cristo avanzó de puntillas, presionando la mente del hombre para que no girase la cabeza hacia ellos. A medida que se acercaba pudo ver el interior de la cabina, que por un momento le recordó aquella en la que murió Houdini en la gran película interpretada por Tony Curtis, sólo que más grande.

―           ¡Vamos, putas! ¡Dadle más ritmo a eso para no tragar! – exclamó el anciano, con una gran risotada.

Cristo no quiso fijarse en los detalles de la urna, ya que debía sorprender al hombre, pero era consciente de que había dos chicas allí encerradas. Alargó la mano y tocó la nuca del anciano, al mismo tiempo que susurraba “Duerme”. Sin embargo, el hombre no se durmió, sino que se giró sobresaltado. Al verles, comenzó a bramar, manoteando para intentar apartarle de su lado. Con una agilidad impropia de un hombre de su edad, salió corriendo hacia una cercana barandilla. Cristo se vio forzado a atizarle con la pata de cabra que llevaba en la mano. El anciano se derrumbó en el suelo, chillando de dolor.

―           ¡Cállate! – le ordenó, pero el viejo no parecía responder a su control.

Se giró hacia sus compañeros, en busca de consejo. Calenda estaba acurrucada contra la pared, las manos tapando su boca, quizás para no gritar ella también. Spinny, en cambio, levantaba su pulgar, diciéndole que todo estaba bien, y agitaba el spray en la otra mano tras cegar otra cámara. Cristo inspiró, calmándose. Volvió a intentarlo con su víctima y, en esta ocasión, el hombre se envaró y se quedó callado.

Calenda se acercó a la urna, los ojos desorbitados. Una de las dos chicas desnudas del interior se encontraba obligada a mantenerse sentada. El líquido seroso y ambarino mojaba su barbilla que ella mantenía levantada cuanto podía. Sus ojos se entrecerraban, humedecidos con las lágrimas. Sus labios se curvaban por el asco que sentía. Aún sin saber si aquel líquido era agua u otra cosa, los tres testigos sintieron compasión por las chicas atrapadas.

La otra chica, que se mantenía en pie y al parecer libre de movimientos, se atareaba en meter su propio pie entre las piernas de su compañera. Ni siquiera la miraba ni levantaba cabeza, completamente decidida en hallar algo entre aquellas piernas. Al observar con atención, Cristo descubrió que estaba metiendo su dedo gordo en el coño de la otra chica. Ésta no dejaba de mover su pelvis y abrir los muslos, como invitándola a hacerlo más rápido, mientras que apartaba la mirada de su compañera. Por otra parte, ésta última se acariciaba íntimamente al mismo tiempo que manejaba su pie en el bajo vientre de su amiga.

―           Creo que son meados, tío – musitó Spinny, con las manos apoyadas en el cristal.

―           Dios… – susurró la modelo.

―           ¡Ey, guarras! – exclamó Cristo, aporreando el duro cristal con la pata de cabra. — ¿Cómo podemos sacaros de ahí?

Las chicas aprisionadas levantaron la mirada y se sorprendieron al ver que eran chicos jóvenes. La que estaba en pie señaló la parte superior de la urna. Su voz llegó muy apagada hasta ellos.

―           Nos metieron con un arnés por arriba. ¡No le queda tiempo a Ketty! ¡Va a entrar más agua!

Cristo no comprendió lo que la chica quería decirle, pero la vio redoblar sus esfuerzos, cayendo de rodillas e intentando llevar su mano al coño de su amiga. Pero, para ello, debía inclinarse bastante, lo que amenazaba con meter su rostro dentro del desagradable líquido. Cristo dio la vuelta a la vitrina y al ver la escalerilla, envió arriba a Spinny para que buscara la forma de abrir la cubierta.

―           Pobrecillas – gimió Calenda. – Pero… ¿por qué se acarician continuamente? ¿Estarán drogadas?

―           No lo sé, pero creo que está relacionado con el nivel del agua o lo que sea eso.

Las muecas de asco de las chicas no podian ser más auténticas. La que se había arrodillado pasó una mano por el cuello de la otra, intentando mantener su barbilla alejada del nauseabundo líquido que lamía ya su propia mejilla, al llevar su mano lo más abajo posible. Sus dedos estimulaban frenéticamente el clítoris de la que permanecía atrapada, en una desesperada carrera que los testigos aún no entendían muy bien. Sin embargo, el miedo y el asco que sentían no era lo más ideal para excitarlas.

―           Aquí arriba hay un raro váter y un montón de tuberías, pero no veo bisagras ni cerradura – resonó la voz de Spinny.

―           ¡Sigue buscando! – respondió Cristo, dirigiéndose hacia el anciano, quien les miraba con los ojos desorbitados. – A ver, amigo, ¿cómo se abre esa lata? Puedes hablar…

―           Se abre sola… cuando se vacía todo el líquido del… interior – balbuceó. – Hay unas llaves en la habitación de abajo.

―           ¡Spinny, baja! – gritó Cristo. – Tú, levántate.

El viejo se puso en pie con un gesto de dolor. Spinny se reunió con ellos y, al ver al hombre erecto, sacó su pistola. Cristo agitó la mano, apurándole para que la guardara de nuevo.

―           No hará falta. Le controlo – advirtió.

―           ¿Cómo que le controlas? – se asombró el pelirrojo.

―           Ahora no, pero te diré que es parecido a una hipnosis.

Spinny le miró fijamente, las cejas enarcadas por la sorpresa.

―           ¡Qué chulo! ¿Cuándo has aprendido eso?

―           Hace unas semanas. Aún estoy practicando – dijo, haciéndole un gesto al anciano. – Llévanos hasta esas llaves.

Ante la atónita Calenda, las chicas de la urna habían cerrado los ojos, concentradas en su meta, las mejillas juntas, las bocas a unos centímetros del agua residual. Los muslos de la que estaba aprisionada se movían, temblorosos. Su mano se posó sobre la de su compañera, dándole el impulso necesario para correrse de una vez. Una sonrisa cambió la mueca de su boca, al escuchar un fuerte sonido de succión. El nivel del líquido bajó al menos un par de dedos. Aliviada, besó la mejilla de su compañera con gratitud y llevó sus propias manos a la entrepierna de la que se encontraba arrodillada.

―           No llego bien. Levántate y ponme el coño en la boca – le susurra.

―           No soy lesbiana – niega la otra chica, asqueada por la idea.

―           Yo tampoco, pero no creo que sea hora de ponerse mojigata, ¿no? Hay que bajar más el nivel…

La chica se puso en pie, dejando que regueros de agua y orina gotearan de su cuerpo desnudo.

―           P-pero… estoy llena de… esto. No puedo ponértelo en la boca…

―           Ábrete el coño con los dedos… hazlo ya… siento el agua correr de nuevo – la impelió su compañera. – Déjame el clítoris al alcance, solo eso…

Tragando saliva, la chica se abrió la vagina con los dedos y cabalgó el rostro de la otra, quien sacó la punta de su lengua para titilar sobre su botón ya enardecido. Las nalgas de la primera temblaron en respuesta. No sería lesbiana, pero no pensaba ponerle pegas a esa lengua. A pesar de la tensión, del lugar y del momento, Calenda notó como sus bragas se humedecían al contemplar aquello. La situación era sumamente morbosa, aunque llena de peligro.

Cristo contempló la habitación a la que les había conducido el anciano. Era como un cuarto de máquinas, con grandes tuberías aceradas que subían y se repartían. Había manómetros e indicadores, así como diferentes llaves de paso. El anciano señaló un botón rojo bajo una cubierta de plástico.

―           Ese activa la bomba que drenará la urna – señaló una rueda de gran tamaño, en la tubería de al lado. – Esa mete agua directamente, pero se puede controlar también con el temporizador – señaló otro control, debajo.

―           Vale – dijo Spinny, accionando el botón rojo.

Cristo miró la sala, que debería tener unos tres metros de ancho por cuatro de largo, sin muebles y llena de tuberías. La puerta era sólida, metálica. Pensó que sería un buen sitio para encerrar a posibles prisioneros, como el anciano.

Calenda presionó su pubis con disimulo, en el momento en que la chica se corrió con la lengua de su compañera. Estuvo a punto de caerse de rodillas, pero se recuperó. Cuando se apartó, estaba ruborizada, al igual que su amiga. Con lo que podía intuir, Calenda comprendió que disponían de algo de tiempo para recuperarse y seguir obteniendo placer si querían bajar el nivel de pis. Un nivel que sin duda había llegado tan arriba porque una, o quizás las dos chicas, había sido un tanto mojigata y renuente, desperdiciando el tiempo que disponían. Quien hubiera ideado ese suplicio sabía lo que se hacía. Sin embargo, a causa de sus prejuicios, las chicas ya no tenían tiempo para recuperarse de sus orgasmos, a no ser que fueran multiorgásmicas, claro.

El ruido de succión volvió a sonar, pero esta vez no se detuvo. El nivel fue bajando a ojos vista, para gran alegría de las víctimas. Calenda sonrió. Cristo lo había logrado. Un minuto más tarde, el gitano y el pelirrojo asomaron subiendo por unas escaleras disimuladas, tras la barandilla del fondo. Venían solos y Calenda no se sintió impulsada en preguntar por el anciano. Spinny se subió de nuevo al techado de la urna, el cual se abrió con un chasquido al vaciar todo el líquido. El arnés con poleas estaba sujeto a una de las gruesas tuberías y lo manipuló hasta aprender a bajarlo y subirlo.

―           Cristo, uno de nosotros tiene que bajar ahí. Una chica está encadenada y hay un candado.

―           Voy.

Finalmente, fue Cristo quien bajó con su pata de cabra. Al poner los pies en el fondo, puso cara de asco al pisar los charcos que quedaban. Un fuerte olor a orines flotaba en la urna. Las chicas lo abrazaron cuando se arrodilló para romper el candado con el hierro, locas de gratitud. El arnés los sacó a todos, de uno en uno.

―           ¿Cuánto lleváis ahí? – preguntó Calenda a las chicas, al descender las escalerillas.

―           Desde el viernes por la tarde.

―           ¿Habéis visto a esta chica? – les enseñó la fotografía de May que llevaba en el móvil.

―           Creo que la vi pasar por delante de la vitrina, pero no estoy segura.

―           ¿Eres Calenda Eirre? – preguntó la otra, fijándose mejor en el rostro de la modelo.

―           No, no es Calenda Eirre – contestó Cristo, presionando sus mentes. No estaba dispuesto a tener chismorreos cuando salieran de allí. – Vamos, tenemos que…

La puerta del otro extremo, una puerta normal aunque de sólida apariencia, se abrió de repente, dando paso a varios hombres, sin duda alertados por las cámaras que no funcionaban. Dos de ellos eran altos y fornidos, y portaban látigos. Se movieron rápidamente hacia ellos, uno por cada flanco. Las chicas desnudas comenzaron a sollozar y se abrazaron. Su suerte no había durado demasiado. Otros dos hombres se quedaron observando al lado de la puerta; uno de ellos sacó un táser del bolsillo. Cristo alzó las manos, como si se rindiera, atrayendo la atención del más cercano a él.

Spinny retrocedió y desenfundó su arma. Su enemigo se volvió cauteloso, pero balanceaba el látigo con maestría. Si Spinny no se decidía a actuar, perdería su ventaja. Sorprendiendo a todos, un látigo se enrolló en la muñeca del hombre, frenándole. Levantó la vista y miró a su compañero con sorpresa. Éste no se movía del sitio, con el brazo extendido y el látigo enrollado en su compinche. Cristo se deslizó rápidamente hasta acercarse al atónito hombre. Un par de palabras le calmaron, un roce con los dedos le dejó esperando, con los ojos turbios.

Todos estaban asombrados, la que más Calenda, ya que Spinny seguía achacando todo a esa famosa hipnosis de la que Cristo le había hablado. Pero el gitano no estaba por las explicaciones en aquel momento. Se giró hacia los dos hombres que quedaban junto a la puerta y avanzó hacia ellos con decisión. Spinny le siguió, arma en ristre, mirando a los tipos de los látigos de reojo al pasar por su lado. El hombre del arma eléctrica dio un par de pasos hacia delante, como para proteger al otro, y se quedó muy quieto, temblando. Finalmente, dejó caer el arma al suelo. El otro se dio la vuelta e intentó abrir la puerta, pero ésta parecía atrancada. Arañó la madera con furia y dio varios golpes y patadas, sin ningún resultado.

Spinny le colocó el arma en la nuca, aquietándolo. Cristo le tomó de la muñeca, murmurando palabras de tranquilidad. Pero el hombre no se aquietaba. Era delgado y con el pelo cano, con cierto aire digno y autoritario. Vestía con ropas deportivas pero de apariencia cara. Cristo presionó más, pero no consiguió efecto alguno. El hombre estaba tan asustado que se volvió histérico. Poco a poco, bajo la amenaza de la pistola de Spinny, consiguió que el hombre le prestara atención. De nuevo intentó manipular su mente, pero acabó rindiéndose. El tipo parecía inmune a su control.

Cristo, meditabundo, llegó a cierta conclusión. El anciano también se le había resistido aunque acabó controlándole. ¿Quiénes eran estos tipos con tanta voluntad? Sus mentes no se dejaban convencer por las buenas. ¿Es que acaso eran ciegos a la frecuencia del Haz?

―           No puedo controlarle, Spinny – gruñó entre dientes, el entrecejo fruncido por el esfuerzo.

―           Déjamelo a mí. ¿Qué quieres? – susurró su amigo.

―           Primero, información.

―           Vale.

El culatazo rompió la nariz del hombre, salpicando sangre sobre su blazer Cardigan. El tipo soltó un alarido digno de un tenor y cayó de rodillas. El pelirrojo le atrapó del cano pelo y tiró con fuerza, obligándole a tumbarse de bruces en el suelo. Metió el cañón de la pistola entre las nalgas, topando duramente con los genitales.

―           Todo tuyo, Cristo.

 

                                                                                                           24 HORAS ANTES.

May, tras dejar la sala de la urna, fue conducida a través de varios pasillos que descendían en las profundidades. Perdió su orientación y acabó en una enorme sala con una larga mesa en su centro. Alrededor de ella, había una docena de auténticos y engalanados tronos, al menos. Nada más entrar, el hombre que la conducía de la cadena la obligó a ponerse a cuatro patas y caminar como una perra, hasta quedar postrada ante uno de los tronos. Durante ese corto trayecto, May fue incapaz de levantar la cabeza y mirar los sufrimientos de las chicas que colgaban de estacas, cruces de San Andrés, poleas y grilletes, al otro extremo de la sala. Tan sólo escuchaba los gemidos de dolor y los sibilantes golpes de fustas que se estrellaban sobre las carnes. Era como un espectáculo medieval, algo propio de la Inquisición.

La mujer que se sentaba en el trono poseía una madura belleza y una expresión cruel que casi podía sentir irradiar. Vestía una lujosa túnica, de fastuosos bordados y sutil tejido. El hombre tiró de la cadena, obligándola a sentarse sobre sus talones. La mujer la miró unos minutos, admirativamente.

―           Bienvenida al Reino Sádico, May Lin — ésta alucinó al comprender que la mujer la conocía. – Bienvenida a la tierra de la perversión y del infortunio. ¿Quieres besar mis pies?”

May se estremeció, las rodillas bien juntas, y negó con la cabeza al mismo tiempo que sus labios se abrían intentando posar algunas preguntas. La bofetada que recibió la cadena la calló súbitamente.

―           Responde cuando se te pregunte, sino calla – barbotó el hombre.

―           Veamos si esta niña quiere conocer su destino – dijo la mujer, con una media sonrisa que asustaba. – Cinco bastonazos, diez paletazos, veinte fustazos, o el comodín… doce latigazos… ¡Elige!

May Lin frunció el entrecejo, intentando comprender a qué se refería. Un gesto de la señora hacia las demás víctimas que estaban en pleno trance de dolor, hizo que sus tripas se removieran.

―           Puedo revelarte lo que te espera, pero tú deberás escoger cuanta información precisas. A cambio de ella, recibirás varios golpes. Cuantos más golpes o dolor, mayor información obtendrás. Es fácil, ricura. ¿Cuánto estás dispuesta a sufrir?

―           Euuuh… esto… ¿diez paletazos? – su voz sonó meliflua entre tantos aullidos.

―           Demasiada prudencia, querida, pero, en fin… Primero te contaré qué es el Reino Sádico…

May Lin se sobresaltó al resonar un aullido realmente escalofriante y no quiso mirar el origen. Sentía los ojos de la mujer clavados en ella y luchó por no llorar.

―           Creamos el Reino Sádico en 1987, después de que Henry Tamper III y Theodore Marson-Gewal fueran arrestados y acusados de esclavitud, tortura y asesinato con el caso de la residencia Elyseum. Fue un duro golpe para nuestra pequeña logia. Pero disponíamos de varias manzanas en propiedad y un buen día descubrimos este mundo bajo ella. Se trata de los túneles de las primeras obras del metro, a principio del siglo XX; túneles ya olvidados y perdidos que hemos acondicionado a nuestro antojo y necesidad. Sí, como ya supones, nadie te va a encontrar aquí.

May Lin tragó saliva y no pudo contener más las lágrimas. Se derramó en silencio mientras la cruel dama seguía desgranando datos. El hombre, sin una palabra, la puso en pie y la hizo apoyar sus senos sobre la larga mesa. Sus pequeñas nalgas quedaron expuestas, temblando como flanes recién hechos. La voz de la mujer siguió con la historia, ahora a su espalda.

―           Este es nuestro reino, nuestro santuario, en donde podemos dedicarnos a nuestras perfidias y caprichos, sin que nadie nos moleste. Conseguimos nuestros esclavos directamente de la ciudad. Nueva York es una devoradora de gente. Cada día desaparece alguien. Adolescentes problemáticos, viejos despistados, sin techo que nadie controla, callados ilegales… Cuantos esclavos necesitamos están a nuestro alcance. Sus cuerpos, una vez nos han divertido, también son fáciles de hacer desaparecer.

May gritó cuando el primer paletazo se estrelló sobre sus frías nalgas. A pesar del miedo, las palabras de la mujer la atrapaban, olvidándose de que estaban a punto de azotarla. Se mordió el labio y esperó el segundo golpe, que parecía tardar.

―           Pero, de vez en cuando, uno de nosotros, los Duques de la logia, se encapricha de alguien como… tú.

El golpe cayó, más fuerte que el primero, sobre el otro glúteo. May cerró los ojos y mordió con saña, haciéndose sangre. No podía verlo pero las dos nalgas estaban encendidas y le hormigueaban cosa mala. Aún así, dijo:

―           ¿Cómo yo?

―           Sí, pastelito. Uno de nuestros hermanos te habrá visto en alguna revista y se ha encaprichado. Te ha mandado seguir y vigilar. Sabemos todo sobre ti, por supuesto, y en este momento, están borrando tus pasos y andanzas, hasta que desaparezcas socialmente.

May quiso protestar pero el tercer paletazo hizo surgir un largo gemido, nada más. La señora se relamió al contemplar cómo los siguientes golpes convertían la piel en algo carmesí, antes de mutar a violáceo.

―           Ahora, te llevaran a una sala privada donde te espera tu amo, y de ti depende exclusivamente que sobrevivas. Cuanto más sumisa y obediente te muestres, cuanto más complaciente y entregada seas, más confianza ganaras de tu amo y señor. Con el tiempo, si te portas bien, esa confianza te llevará al estado de liberto, en el que serás una servidora apreciada, como lo son otros tanto – hizo un gesto, abarcando a los verdugos que maltrataban a las chicas del fondo. – Pero eso, como he dicho, depende de ti. Ya te imaginaras a lo que podemos llegar en nuestra perversión.

El último paletazo la hizo chillar. Su carne era tan solo fuego y piel oscurecida. Jadeaba con fuerza y sobre la pulida superficie, bajo su boca, se concentraban grandes goterones de baba.

―           Y ahora… ¿vas a lamerme los pies?

May Lin se tiró al suelo, tomando un pie con su mano, descalzándolo y pasando la lengua con todo cuidado sobre la piel delicada. Hubiera hecho cualquier cosa tras el dolor y eso que sólo había elegido la paleta…

EL PRESENTE.

―           Este debe ser el Salón Real – cuchicheó Cristo, deteniéndose ante la gran puerta doble.

―           Si no nos ha engañado – repuso Spinny.

―           No lo creo. Se deshizo en explicaciones cuando le saltaste los dientes delanteros.

―           Brutos – murmuró Calenda, detrás de ellos. — ¿Creéis que las chicas han llegado hasta la tienda?

―           Chica, hasta un ciego podría salir de aquí con lo que les hemos explicado – se rió Spinny. – Lo peor es que llamaran a la policía y eso puede ser malo para nosotros.

―           Tranquilo, tío. No llamarán a la poli. Estarán demasiado contentas de haber salido vivas como para pasarse la noche en una comisaría. Lo que ahora les obsesiona es darse un largo baño…

Spinny sonrió, recordando las palabras que su amigo había inculcado en las dos chicas. Después de eso, se marcharon corriendo, sin importarles estar desnudas. Habían desarmado a los demás tipos y los habían encerrado con el anciano, tan suaves como corderos. Cristo apoyó sus manos en la puerta doble y se quedó de esa forma, llenándose de valor.

―           No ha venido nadie más detrás de nosotros. Creo que esos tíos eran los que se encargaban de la seguridad – susurró Spinny, tranquilizándole.

―           No lo sé, pero esto me tiene acojonado. Los que parecen mandar no acatan mis órdenes y eso puede ser un problema, ya que no sabemos cuantos hay.

―           ¿Qué cuchicheáis? – preguntó Calenda, colocando sus manos sobre sus espaldas.

―           Nada, sólo queremos echar un vistazo aquí dentro – repuso Cristo, empujando suavemente un batiente y arriesgando un ojo.

La sala era muy grande, con zonas en penumbras pero en las que pudo distinguir diferentes aparatos de tortura vacíos. Varios altos sillones de alto respaldo rodeaban una inmensa mesa, revestida de un largo mantel blanco que caía a sus costados. Varias mujeres recogían los restos de una cena y otras fregaban el suelo con ahínco, de rodillas.

En uno de los seudo tronos, una mano aferraba el brazo de madera. El alto respaldo impedía ver de quien se trataba, pero pudieron ver que una mujer se hincaba de rodillas delante del sillón, en una actitud inequívoca. Estaba lamiendo el sexo de la persona que estaba sentada, sin duda. De pie al lado del trono y girado hacia él, un tipo orondo vestía tan sólo unas calzas oscuras. Era un hombre muy velludo, con montones de pelos sobre los hombros, en el pecho y en la espalda. Golpeaba suavemente las posaderas de la chica arrodillada, con un lento ritmo, armado de una larga caña. En el otro extremo de la larguísima mesa, haciendo un coro alrededor de la cabecera, cinco tipos parecían jugar a las cartas. Estaban vestidos con camisas y pantalones negros y tenían toda la pinta de ser escoltas.

Cristo sopesó las posibilidades. Había demasiadas personas en la sala como para hacerse con ellas al instante. Por ello, no se atrevía a usar la “invisibilidad”. Además, si alguno de ellos se parecía a los “inmunes” que habían dejado atrás…

―           Es a causa de sus parafilias. Sus propias obsesiones perversas les amparan del control mental – dijo el anciano Samuel Dorman, apareciendo a su lado, metiendo la cabeza por uno hueco.

Con un reniego, Spinny echó mano a su Smith & Wesson pero descubrió, con absoluto horror, que se encontraba paralizado. Ni él ni Calenda podían siquiera hablar.

―           Te haces esperar – susurró Cristo, sin mirarle.

―           Me he entretenido abriendo el grifo de la pecera gigante – dijo con una sonrisa.

―           ¿Qué piensas hacer?

―           Inundar todo esto y ahogarlos a todos – el tono del viejo era seco.

―           ¿No sería mejor denunciarlos? – preguntó Cristo, con las cejas alzadas.

―           ¿Cómo piensas explicarles por qué estamos aquí abajo? ¿Cómo supiste de la entrada del probador? No, no podrías hacerlo sin dar demasiadas explicaciones. Además, esta gente es rica y poderosa, combatirían el sistema con dinero y abogados. Eso no es pasar inadvertido, muchacho.

Cristo asintió con la cabeza, sabiendo que su mentor tenía toda la razón. No podía dejar escapar a nadie, no sin un total control.

―           Es la Caballería – se giró hacia sus amigos, presentando al anciano. – Samuel.

―           ¿D-de dónde ha salido? – balbuceó Calenda.

―           Os he estado siguiendo. Cubriendo vuestras espaldas – musitó Samuel, acariciando un hombro de la modelo, la cual se estremeció de repulsión.

―           Este tío… este es el que salía en mi sueño – le señaló Spinny con el dedo, recuperado de su parálisis y totalmente asombrado.

―           Ahora no es el momento – barbotó Cristo. – Lo único que debéis saber es que confío en él y punto – la influencia mental de ambos prodigó que Calenda y el pelirrojo asintieran dócilmente.

―           La mayoría de esas personas son esclavas, gente muy condicionada a obedecer. Podemos subyugarles fácilmente – le susurró el anciano al oído. – Ocúpate de ponerlos de rodillas, con la frente contra el suelo. Yo me las veré con los tipos del fondo. Dile a tu colega que se haga cargo del que está sentado en el trono. Sin duda es un Duque y podría dar la alarma.

Como un organismo perfecto, los tres entraron y tomaron rumbos distintos. El cerebro de Cristo bullía como un volcán, en total consonancia con las ondas electromagnéticas que formaban el Haz. “¡Postraos, inclinaos! ¡Así lo quiere vuestro amo! ¡La frente en el suelo!”, no dejaba de emitir con toda su voluntad y a cinco metros de él, los sirvientes, mujeres en su mayoría, se doblaban y se postraban de hinojos, como si estuviesen orando en una mezquita.

Spinny se dirigió en línea recta hacia el único trono ocupado. El tipo peludo seguía machacando las nalgas de la chica con su caña, casi con gesto aburrido. Fue el primero en verle y antes de que dijera nada, el pelirrojo le plantó el arma ante los ojos, los cuales se desorbitaron bastante, dicho sea de paso. Spinny le rozó la nariz con el cañón y le pidió silencio con un dedo sobre los labios. En su posición sí podía ver al ocupante del trono. Se trataba de una mujer de unos cuarenta años, rubia y con el kimono abierto, mostrando sus generosos senos. Tenía los ojos cerrados y suspiraba. En una de sus manos, sostenía una copa de balón que oscilaba con sus pequeños espasmos de placer. La chica arrodillada vestía una túnica que llevaba remangada para aceptar los cañazos y tenía expresión de trance al introducir su lengua en la vagina de su ama. No parecía ser la primera vez, ni siquiera la décima.

Con una mueca burlona, el pelirrojo apoyó suavemente el agujero del cañón sobre la sien femenina, haciendo que la Duquesa abriera los ojos, sorprendida.

―           Ni se mueva, señora. Deje que la perrita le siga comiendo el mondongo y todo irá bien – susurró el pelirrojo con su clásico lenguaje coloquial.

Samuel, por su parte, sí usó su forma invisible, ya que era mucho más veterano que Cristo, al menos hasta acercarse más a la cabecera de la mesa. Pudo ver las armas enfundadas en las sobaqueras e incluso sobre la mesa, y se concentró en ello. Al minuto, uno de los jugadores se puso en pie, lleno de ira, y acusó a un compañero de robarle las ganancias. Se inició una discusión en la que todos culpaban a los demás, en medio de una fuerte algarabía.

Samuel obligó a uno de los escoltas a echar mano a su arma y los demás reaccionaron instintivamente. Resultaron ser marionetas en sus manos, disparándose mutuamente, a bocajarro. Incluso cuando ya estaban en el suelo, moribundos, siguieron vaciando los cargadores en el que tenían más cercano. Samuel sonrió, feliz.

Calenda se unió a ellos, contemplando con asombro el cuadro general. Unas ocho personas apoyaban su frente sobre las baldosas, incapaces de moverse. Los guardaespaldas yacían en el suelo, desangrándose, casi al otro extremo, y llegó justo a tiempo para escuchar el suspiro que anunció el goce de la Duquesa, quien no había podido sustraerse al propio empuje morboso de la violencia para correrse.

―           ¿Qué coño ha… pasado? – musitó.

                                                                                                             23 HORAS ANTES.

May fue sacada de la sala de los tronos y conducida a través de largos pasillos y escaleras laberínticas hasta una sala nueva. La puerta era muy gruesa y encajaba a la perfección, con un ruido de succión al cerrarse, lo que indicaba que aquella habitación estaba perfectamente insonorizada. A su alrededor, la decoración resaltaba el lujo y el confort que su dueño buscaba. El aposento era vasto, con una zona decididamente considerable como dormitorio, donde reinaba una enorme cama con un magnífico cobertor. Sin embargo, otras zonas estaban dedicadas a otros menesteres: sillones, un escritorio, un caballete con un cuadro a medio terminar, una mesita de ajedrez, una Doncella de Nuremberg, un potro oscilante…

May tembló al ver todo aquello. Una pared estaba decorada con látigos y fustas de todos los estilos, y bajo ellos, un hombre la esperaba en pie. Estaba bien metido en la cincuentena, con camisa de seda azul y unos pantalones claros. Llevaba el ralo pelo bien engominado y olía a una cara fragancia masculina. Con un gesto, despidió al acompañante de May y le indicó que se acercara. Con parsimonia, la hizo girar sobre sí misma, examinando y palpando las amoratadas nalgas, que apretó con verdadera ansia.

La hizo sentarse en uno de los sillones y extrajo de una cercana cajonera un pequeño cepo que cerró sobre sus tobillos. Después, ató meticulosamente sus muñecas a los brazos del sillón. Justo entonces, cuando la tuvo inmovilizada, habló:

―           Para ti seré Duque M., ¿entendido? Te referirás a mí con ese título siempre.

―           Por favor… – un feroz gesto del hombre la hizo callar, asustada.

―           Las protestas no sirven de nada. Te he elegido y eres mía, punto. Te llamas May Lin Shuan, tienes veintidós años, eres modelo, no tienes familia en Estados Unidos, y mantienes una relación lésbica con tu compañera de piso, lo cual no es ninguna excusa para lo que yo pueda desear. Eres sólo un cacho de carne con buen aroma. Pienso ponerte a prueba hasta sacar tus mejores condiciones a la luz.

Las lágrimas volvieron a aflorar de los ojos femeninos, impresionada por el duro tono y lo que ello implicaba. El Duque tomó un trago de la copa de vino que mantenía sobre el escritorio y tomó algo de un estante. Se acercó a ella y May sintió el frío metal sobre los labios. No podía ver lo que el hombre hacía en su boca, pero pronto sus mandíbulas se vieron forzadas a abrirse por el separador que le introdujo. El Duque pareció satisfecho con la apertura y se alzó, desabrochando su bragueta. Un pene morcillón apareció, de tamaño mediano. May trató de echarse hacia atrás, pero su cuerpo estaba aprisionado. Agitó la cabeza en vano. El hombre la aquietó, tomándola brutalmente del pelo y acabó colándola la polla hasta la garganta.

Las arcadas y movimientos rebeldes de la modelo sólo sirvieron para endurecer el miembro del Duque, que embestía en su boca sin consideración alguna. Debía de estar ya excitado porque acabó corriéndose enseguida, vaciándose en el esófago femenino. May tosió repetidamente cuando consiguió tragar aquella crema amarga. Los mocos se deslizaban también por su garganta, debido a su propia histeria.

Con una sonrisa de satisfacción, el Duque se abrochó el pantalón y desató a May Lin, susurrando palabras de ánimo. Le señaló un cuarto de baño anexo.

―           Puedes enjuagarte y lavarte la boca.

May Lin lo hizo y contempló sus rasgos en el espejo, los ojos hinchados de llorar. Se lavó la cara y se arregló inconscientemente. Su aprendizaje de modelo tomó el control. Cuando salió, el Duque la llevó a la cama, encadenó una de sus muñecas, la tapó con el cobertor y se marchó. May durmió toda la noche a solas.

                                              

                                                                                                                  EL PRESENTE.

 

Varios sirvientes y uno de los Duques, al menos discernible por su elegante traje, asomaron al escuchar los disparos, pero Samuel y Cristo ya estaban preparados para controlarles. Tomados por sorpresa, fueron rápidamente inducidos a dormir o a revolcarse de dolor. Samuel quiso probar a dominar a los dos dominantes que tenían en custodia, pero tan sólo la Duquesa cayó bajo su influjo tras un forcejeo mental. Samuel tuvo que reconocer que eran inmunes al control mental, pues ellos mismos controlaban, de alguna manera, su entorno.

Sin embargo, los sirvientes estaban disponibles para ser interrogados y así lo hicieron. No pudieron dar otros nombres que aquellos con los que sus amos querían ser designados, pero sí hablaron sobre las instalaciones subterráneas, donde se encontraban los aposentos de cada Duque y Duquesa, y que éstas estaban insonorizadas, principal motivo por el cual no debían de haberse enterado de todo aquel barajuste.

Confesaron que las noches de los sábados, todos los Duques se daban cita en el Reino, para dedicarse a sus vicios. A esas horas, la mayoría ya que se había retirado a sus habitaciones privadas, dispuestos a divertirse en la intimidad. No existía más personal de seguridad que el implicado en el tiroteo, aunque si había más sirvientes.

―           Esta gente se sentía muy segura aquí abajo. No han debido tener nunca un fallo de seguridad como este – dijo Samuel.

―           Sí, es una suerte para nosotros – contestó Cristo.

―           No estaba seguro de que fuera una buena idea cuando me llamaste – alzó un dedo el anciano. – Jugarse el pellejo por una chica no es lo más adecuado. Hay muchas para escoger.

―           Se trata de una amiga – protestó el gitano.

―           Pero al final me he divertido. Nunca había usado mis dones como armas – Samuel le palmeó el hombro.

―           Pues ya has aprendido otra cosa más – rezongó Cristo, girándose hacia Calenda que estaba a punto de colocar unas esposas a la Duquesa y el Duque que tenían como prisioneros, mientras el pelirrojo les apuntaba con el arma. – No les pongas esposas, Calenda. Esos joputas saben abrirlas – la advirtió Cristo.

―           Usa las esposas con los sirvientes, que los vamos a dejar aquí quietecitos – la informó Samuel. – Nos llevaremos a uno para que nos acompañe en nuestro recorrido por este inacabable subsuelo.

 

                                                                                                                     16 HORAS ANTES.

El Duque despertó a May, quitándole las esposas. Ella se frotó las muñecas, marcadas por el acero. Había perdido el sentido del tiempo. Ya no sabía si era de día o de noche, fuera de allí, aunque era consciente que no llevaba aún veinticuatro horas secuestrada. Llamaron a la puerta y una esbelta rubia entró, contoneándose, tan desnuda como ella. La obligó a ponerse en pie y la condujo de nuevo a la sala de la urna donde orinó otra vez sobre las chicas, quienes no parecían cogerle el ritmo a su tortura. Allí acuclillada, tuvo ganas de defecar, sin embargo, por suerte, los excrementos no cayeron al nauseabundo líquido.

Cuando regresó a la sala privada, una bandeja con un cuenco de cereales con leche y un sándwich troceado se encontraba en el suelo, al lado del escritorio. En un bol de pesada cerámica, había zumo de naranja. El Duque la hizo comer y beber, sin manos, como parecía gustar a los amos, mientras él la contemplaba. Cuando May acabó de comer, la rubia la llevó al cuarto de baño anexo, la duchó, la peinó, la dejó que se lavara los dientes y, después, la acompañó hasta la cama.

―           Quiero veros – anunció el Duque. – Quiero ver cómo amas a Valerie. Es una de mis mejores esclavas.

Tragando saliva, May no tuvo más remedio que prestarse a ello. Al menos, Valerie era atractiva y parecía dulce. Empezaron besándose con cortos piquitos y rápidas miradas hacia el Duque M, quien se había sentado en uno de los mullidos sillones, con las piernas cruzadas. Después, los besos se hicieron más intensos y largos, las lenguas profundizando. Valerie resolló, abrazándola con fuerza, arrimando su cálido vientre al cuerpo de la chinita. A pesar de ser algo mayor que ella, Valerie no parecía demasiado ducha en encuentros sáficos.

May se relajó, jugando largamente con los enhiestos pezones de la rubia, torturándolos tan dulcemente que Valerie acabó emitiendo un gemido revelador. Se había corrido sólo con esos toqueteos. A pesar de su desgracia, May sonrió y deslizó su lengua hacia el ombligo, dispuesta a hacer botar a su compañera.

Cuando el juego tomó una nueva dimensión, ocupando dedos, lenguas, y movimientos de pelvis, el Duque M se levantó del sillón y tomó una larga fusta. Se acercó a la cama y dejó caer espaciados golpes sobre ellas, obligándolas a incidir más en sus caricias para contrarrestar el dolor. El Duque era todo un experto cortando los orgasmos con un buen golpe, haciendo que ellas tuvieran que comenzar de nuevo con el cúmulo de sensaciones, subiendo en la escala de placer hasta ser de nuevo impedidas.

El Duque, después de horas de malsana diversión, las permitió obtener un largo y anhelado orgasmo, que las hizo abrazarse con fuerza. Aún jadeantes, las obligó a lamer su erguido pene, ambas a la vez, batallando con sus lenguas. Para May fue mejor que la vez anterior, porque Valerie estaba allí con ella y podía atrapar su lengua cada vez que se unían en la cúspide del miembro. El hombre acabó colocando sus manos sobre las cabezas femeninas, indicando el momento preciso de su descarga que ellas compartieron como hermanas esclavas.

EL PRESENTE.

Cristo penetró el primero en una sala pintada de oscuro, donde un tipo mantecoso y de piel blanca como la nata, más desnudo que un fakir pobre, estaba entretenido en dejar caer, mediante varias poleas, el cuerpo desnudo de una chica sobre un somier de puntiagudos clavos.

La chica berreaba y se retorcía, intentando apartar, de alguna manera, la espalda ensangrentada de aquellos pinchos. El grueso hombre se reía groseramente y bebía largos tragos de una botella de oscuro Cuervo. Justo en el momento en que le estaba comentando a su víctima que iba a girarla para empezar a picotearle los magníficos pechos, Cristo decidió usar su don para iniciar un fuerte dolor de vientre en el Duque. El hombre se dobló sobre sí mismo, soltando el aire de sus pulmones y aferrándose la oronda barriga.

Levantó los ojos y los clavó en el gitano. Eran dos ojos pequeños, oscuros, y algo porcinos, llenos de odio. Apretando los dientes, Cristo diversificó el dolor del tipo, haciendo brotar un nuevo foco detrás de las rodillas. Con un ronco quejido, el Duque cayó al suelo y se sujetó, con una mano, a un mueble con anaqueles. Se quedó de rodillas, respirando con dificultad; era la misma imagen del sufrimiento. Sin embargo, su mano se movió velozmente y abrió uno de los cajones del mueble, extrayendo un chato Colt 38 especial. Con un rugido de rabia, levantó el arma, apuntando a Cristo que, en ese momento, notó como sus tripas se agitaban, dispuestas a vaciar todo su contenido. Tan sólo pudo levantar las manos y taparse la cara.

―           ¡QUIETO! – restalló la voz de Samuel, justo a su lado.

Esa fue la ocasión en que Cristo pudo comprobar el poder físico de la palabra de Samuel. Era un estallido de energía que rebotó en el hombre, haciendo que su nariz y oídos sangrasen como si le hubiera alcanzado un proyectil físico sin forma, ni tamaño. Cayó hacia atrás, soltando el arma. Tosió y se removió en el suelo, intentando ponerse en pie de nuevo, o, al menos, de rodillas. Pero no podía moverse y, por ello, su rostro enrojecía de furia.

―           Cuanto más luche, más daños recibirá su cerebro, hasta tener una embolia o un ictus, o cualquier cosa parecida – comentó Samuel, mirando fijamente al hombre que se retorcía.

Algo de eso tuvo que ocurrir porque tras un par de minutos, el hombre se quedó quieto, en una postura fetal, mortalmente quieto. Cristo no sintió el más mínimo remordimiento y se dedicó a liberar a la chica, ayudado por el anciano. La joven, una bonita morenita de ojos avellana, no cesaba de darles las gracias y de besarles las manos cuando tuvo los pies en el suelo. Cristo señaló la camisa que su verdugo se había quitado y depositado en una percha.

―           Ponte la camisa y síguenos – le dijo.

                                                                                                           13 HORAS ANTES.

El Duque se metió en la cama, entre May y Valerie y pidió que las chicas se besaran entre ellas, apoyadas sobre el pecho masculino. De esa manera, recuperó su excitación. Entonces apartó a su esclava más veterana y tomó bajo su cuerpo el de la asiática. Al principio, ella se debatió, asqueada al sentir el miembro del hombre en su vagina, pero cuando más se quejaba, más penuria conseguía, así que acabó aceptando todo. Llevó una mano al cuello del Duque y ladeó el cuello para mirar a los ojos de Valerie, extrayendo la comprensión y el consuelo necesario para pasar el trago.

                                                                                                     EL PRESENTE.

La razia que Samuel desplegó, ayudado por Cristo y Spinny, junto con uno de los sirvientes más veteranos, tuvo un éxito sin precedentes. El ala norte y este del complejo subterráneo quedaron revisadas, y despojadas de moradores. Tres Duques, una Duquesa, cinco sirvientes, y siete esclavos fueron encontrados. Cuatro chicas, una niña de apenas doce años, y dos chicos jóvenes fueron rescatados por el grupo.

Retrocedieron sobre sus pasos, volviendo al salón de los tronos, donde Calenda estaba esperándoles. La modelo se ocupaba de vigilar los prisioneros que estaban encadenados a la pesada mesa. También había dispuesto ropa para los desnudos esclavos que pudieran traer sus amigos. Armada con una de las pistolas de los escoltas, se sentía mucho más segura a medida que pasaba el tiempo.

                                                                                            5 HORAS ANTES.

Tras una frugal comida – un batido vitamínico y un cuenco de fruta troceada— y una corta siesta, el Duque retomó la doma de May. Antes de que Valerie se fuera, la chinita le preguntó qué hora era o qué día. Así supo que era la tarde noche del sábado. Ya llevaba veinticuatro horas allí abajo.

El Duque trajo otra chica, esta vez de etnia negra y cuerpo voluptuoso. Le hizo el encargo de dilatar todo lo que pudiera el estrecho esfínter de May, quien se puso histérica al escuchar aquello. A pesar de los pataleos, las negativas, y el llanto, May acabó tumbada en la cama, de bruces y con las piernas abiertas. La cálida lengua de la negra estuvo mucho tiempo hurgando en su ano, ensalivando el músculo hasta conseguir meter varios dedos en su interior.

May no dejó, en ningún momento, de quejarse y sollozar, a pesar de que sus nalgas se contraían y agitaban de forma involuntaria. Cuando el Duque estimó que había llegado el momento, la sodomizó sin miramientos, entre verdaderos aullidos de dolor que crispaban el rostro de la mujer negra.

―           ¡Puta china de los cojones! – exclamó el amo, tras correrse sobre las temblorosas nalgas. — ¡Todo este escándalo por nada! Koko, llama a Manett… que venga inmediatamente.

Koko, la negra, se marchó y al poco, un hombre maduro y delgado, con rostro de galgo famélico entró.

―           Manett, quiero que entrenes a esta puerca. No hace más que quejarse cuando le doy por el culo. ¡Entrenamiento intensivo! Un sirviente detrás de otro, todos por el culito hasta abrirlo como la puerta de un garaje.

―           Comprendido, Duque M.

―           ¡Empieza ya! – exclamó el amo, vistiéndose.

                                                                                                   DOS HORAS ANTES.

Koko entró en los aposentos de su Duque. Los sollozos y gritos habían terminado, pero aún subsistía un débil gemido de fondo, que procedía del cuerpo tirado de bruces sobre la cama. La negra traía un tarro de pomada en la mano y se estremeció cuando vio los estragos hechos a aquel bonito culito. El esfínter salvajemente dilatado, no tenía fuerzas para cerrarse, dejando al descubierto un boquete de entrada al intestino.

―           Ssshhh… vamos, no llores más – la consoló Koko, sentándose a su lado. – Voy a ayudarte a asearte y después te pondré una crema en el trasero. Te ayudará a sanar, ya lo verás.

Tras estos cuidados, May se recompuso parcialmente, y con la cara limpia de lágrimas, acompañó a su amo a la sala de los tronos, donde la hizo arrodillarse a su lado mientras él cenaba.

―           Creo que la has iniciado totalmente, mi querido M – comentó la dama que tenía a su lado, señalando a una May arrodillada e inmóvil, con los ojos puestos en el suelo.

―           Oh, sí. Ha sido algo intenso para ella, pero creo que ha pillado lo básico – sonrió él.

―           Fui yo quien le di la bienvenida y me ha gustado lo que he visto. ¿Podría probarla?

―           Por supuesto, Duquesa H. Cuando gustes.

―           Gracias, M. Ven, niña, súbete a la mesa. Veamos a qué sabes…

May no protestó, pues no servía de nada. Se puso en pie y, ágilmente, se subió a la mesa. Apartando platos y fuentes, la Duquesa la tumbó de espaldas, abrió sus piernas y le metió un dedo en la vagina, expertamente.

―           Apretadito – comentó con una sonrisa.

―           Es lesbiana. Ahí no ha entrado más que algunos consoladores y yo, claro – repuso el Duque M.

―           Buena elección. Lo más parecido a una virgen.

―           Por supuesto.

Los dedos de la Duquesa seguían frotando, hurgando, y acariciando, con tanto esmero que, a pesar de todos los excesos y vejaciones que May había padecido, empezó a mojarse sin pretenderlo. Cuando la vulva estuvo bien húmeda, la mujer comenzó a introducirle pedazos de frutas que retiraba para tragarlos o bien dárselos a la propia May.

En poco rato, May se contorsionaba tumbada sobre la recia madera, completamente entregada a los juegos de la Duquesa. Entonces, ésta la hizo girar sobre su espalda, cambiando la cabeza de sitio. Ahora, la nuca de May se apoyaba en el borde de la mesa, con la cabeza colgando un tanto. La duquesa se puso en pie y abrió el oscuro kimono, revelando sus desnudeces, entonces colocó su coño en la boquita de la chinita.

―           A ver lo que sabes hacer, niña…

Una esclava veterana se situó tras su ama, pasando delicadamente sus dedos sobre los senos, pellizcando los duros pezones con pericia. Con los pómulos encajados entre los muslos de la mujer, May lamía y sorbía con toda su alma, no sólo excitada por ello, sino deseosa de agradar para no ser castigada. Tenía el coño en llamas, pero no se atrevía a tocarse sin permiso. Frotaba sus muslos, remediando así una situación inconclusa.

La Duquesa H no tardó en colocar sus manos sobre la mesa, a ambos lados de los hombros de May, e inclinó su cabeza hacia delante. Se mordía los labios y gemía bajito, como si no quisiese que los demás Duques que la miraban no conocieran el intenso placer que estaba recibiendo. Sus rodillas estuvieron a punto de traicionarla, sus muslos temblaban, ocultos bajo la sedosa tela. La esclava que se atareaba con sus senos nunca había visto tan inflamados los pezones de su ama.

La explosión placentera obligó a la Duquesa a dejarse caer sobre el estómago de la chinita, perdiendo sus fuerzas con el orgasmo. Sus entrañas parecieron abrirse de golpe, dejando manar un intenso goteo de lefa que May recogió diligentemente hasta limpiar totalmente a la Duquesa.

La esclava ayudó a su señora a recomponerse y sentarse de nuevo. Con el rostro arrebolado, la Duquesa H se giró hacia su compañero de logia y le dijo:

―           ¿Estarías interesado en cedérmela o cambiarla?

―           Veo que te ha llegado muy dentro – se rió. – Pienso marcarla esta misma noche, H. Llevo muchos meses detrás de ella.

―           Comprendo – pero el gesto de desencanto de la Duquesa fue evidente para todos los presentes.

May temblaba, aún tumbada sobre la mesa. Estaban hablando de marcarla, ¡marcar su cuerpo! Intentó calmarse mientras se bajaba y se colocaba de nuevo de rodillas. Quizás se trataba de un simple tatuaje y con eso podía, se dijo. Pero… ¿y si era una verdadera marca? Una de esas marcas a fuego…

Quince minutos más tarde, cuando el Duque M regresó con ella a sus aposentos, los temores de May se hicieron realidad. En un rincón, un brasero de gas enviaba ondas de calor por toda la estancia. Dos hierros sobresalían del círculo metálico exterior, con mangos de cuero. May se negó a dar un paso más y su amo lo notó enseguida. La atrapó de los pelos y la arrastró hasta una sólida mesa baja. La obligó a arrodillarse y apoyar el torso en ella. Unas esposas encadenaron sus muñecas al pesado sofá de enfrente. Con un par de patadas, el hombre le abrió las piernas, pegando cada rodilla a una pata de la mesa. Entonces, usando unas presillas largas que May no sabía de dónde había sacado, ató cada pierna a la madera. May estaba apresada y lista para ser marcada.

―           No pienso dejar que ninguno de mis hermanos te reclame por no llevar mi logotipo – le dijo, excitado.

―           Por favor… no me queme… se lo suplico…

―           Serán unos segundos, el dolor pasará. Voy a marcarte una nalga. Puede que no puedas ponerte bikini en algún tiempo – se rió groseramente.

                                                                                                         EL PRESENTE.

El sirviente los condujo por las grandes salas que formaban el ala sur, la última que les quedaba por inspeccionar. Había una sala de trofeos, que parecía un museo de la tortura, un gimnasio que podía convertirse en una gran mazmorra, y hasta una sala de baile. Cristo calculaba cuanto dinero habría allí invertido y no pudo calcularlo, ni grosso modo. Dos sirvientes más se les habían unido, presentándose voluntarios para ayudarles. Se notaban sinceros y Cristo los había dejado a cargo de los prisioneros que arrastraban con ellos.

Cuando abrieron aquella puerta, todo estaba en silencio y a oscuras. Parecía que no había nadie, pero el sirviente insistió que el Duque M estaba en el reino y ese era su aposento. Así que entraron a por él. Las linternas descubrieron dos cuerpos en la gran cama, a la que se acercaron con cuidado.

May estaba durmiendo de bruces, apoyada sobre el pecho del hombre maduro que dormía bajo ella. Cristo repasó su cuerpo desnudo, las muñecas encadenadas al cabecero de la cama, y la quemadura redonda de la nalga, recubierta de crema cicatrizante. El gitano soltó un reniego, acercándose a la cama y Spinny le secundó, apuntando al Duque a la cabeza.

El movimiento de los haces de las linternas despertaron al Duque, que se vio rodea de extraños y deslumbrado. Pataleó, intentando quitarse el peso de May de encima, pero el cañón del arma se hundió más en su pómulo, y se quedó laxo inmediatamente, evidentemente acojonado. May no dejaba de parpadear, incrédula al ver a sus amigos rodearla.

―           Ya ves, mucho amo y tal, pero en cuanto le metes una pipa por el culo, se desinflan – masculló el pelirrojo. — ¿Dónde están las llaves de las esposas?

―           ¡Oh, Cristo, dulce Cristo! — exclamó la chinita, echándose en sus brazos, una vez liberada. — ¡Me has encontrado! ¡Has venido a por mí!

―           Claro, claro, y Calenda también. Ahora la verás – le contestó acariciando su suave cabello para calmarla. – Venga, busca algo de ropa para ponerte, aunque sea una manta.

Le hizo una seña a Samuel para que le ayudara y los dos se inclinaron sobre el asustado Duque.

―           Spinny, enciende el gas del brasero y ponlo fuerte – indicó Cristo a su amigo.

―           ¿Vamos a hacer una barbacoa? – se rió.

―           Algo así – escupió Samuel por un lado de la boca. – Mete los hierros dentro.

Cristo atrapó la barbilla del hombre para mirarle a los ojos. Samuel se preparó para seguir lo que pensaba hacer su pupilo.

―           Como veo que te encanta tu marca, pienso que deberías estar aún más orgulloso de ella, ¿verdad? – dijo Cristo, con mucha suavidad. – Por eso mismo, deberías ponerla en tu cuerpo, como un trofeo. Una y otra vez. Cuantas más marcas tengas en ti, más aumentara tu ego, a pesar del dolor. Sólo importa tu poder, tu arrogancia, tu egolatría… no creo que debas detenerte a menos que no te quede un centímetro de piel sin marcar. Todo tu cuerpo será un logotipo hecho con cientos de marcas… tu propia marca…

May Lin se llevó las manos a la boca, horrorizada por lo que Cristo y aquel misterioso viejo no dejaban de murmurar a la cara del Duque. Ella sabía cuanto dolor le había causado aquella quemadura, la ardiente sensación del hierro apretándose contra su piel, el terrible hedor de la carne quemada… no podía imaginar que alguien soportase cientos de veces ese suplicio. ¿Cristo sería tan temible de hacerlo él mismo?

Los ojos del Duque se nublaron y su respiración se serenó. Tanto Samuel como Cristo se apartaron de la cama y éste acercó una silla al lado del brasero. El Duque M se levantó de la cama y avanzó como un zombi hasta la silla, donde se sentó, desnudo como estaba. Cristo estaba al lado, comprobando la temperatura de los hierros. Miró a May por un momento y asintió.

―           Puedes empezar – musitó al Duque.

Éste alargó la mano, tomando el mango de goma del hierro, completamente decidido. May Lin apartó la vista cuando lo acercó a la pierna. La carne siseó y humeó. El hombre dejó escapar un sonido áspero, mitad grito, mitad sollozo. Metió de nuevo el hierro en el brasero y esperó unos segundos, serenándose. Repitió la operación, esta vez en la otra pierna. Otro grito, mucho más descontrolado, surgió. Le costó algo más de tiempo recuperar la respiración. Un auténtico aullido estalló cuando todos salían del dormitorio. Sin duda, aún le quedarían muchos aullidos aquella noche, hasta que perdiera el sentido y la razón.

―           ¿Qué le habéis hecho? – susurró May, caminando con un brazo de Cristo por encima de la manta que cubría sus hombros.

―           Lo que se merecía, ¿no crees?

La chinita asintió, no queriendo preguntar nada más a sus salvadores. Se quedó algo atrás cuando les vio “recolectar” unos pocos sirvientes y dos Duques más, pero llegaron tarde para salvar a dos chiquillas a las que habían torturado salvajemente. Al llegar a la sala de los tronos, se lanzó al cuello de Calenda y ambas se pusieron a reír y a llorar al mismo tiempo. Las palabras salían atropelladamente de la boca de May, queriendo contarle a su amiga íntima cuanto había sufrido y visto, pero cuando llegó a la parte en que Cristo hacía algún tipo de brujería, Calenda la besó para callarla.

―           Ssshhh… no lo digas. No vamos a hablar de eso ahora… no quiero pensar en eso – susurró Calenda, despegando los labios de los de su amiga.

―           Está bien. Tienes razón. Por cierto, ¿quién es el viejo?

―           Un amigo de Cristo y le he visto hacer brujería también…

―           ¡Qué locura!

Ayudados por algunos sirvientes que demostraban confianza, Cristo y los demás condujeron una auténtica reata de sirvientes y Duques encadenados hasta la sala de la urna, la cual estaba casi llena de agua. Cristo parlamentó unos minutos con Samuel y encaró a los prisioneros.

―           ¡Este sitio se cierra! Este terror y aflicción se termina aquí. Sé que muchos de ustedes están aquí en contra de su voluntad, condicionados por los maltratos y por años de esclavitud, pero ahora tenéis la oportunidad de volver a la sociedad. Vuestros amos no volverán a ordenaros nada – no hubo murmullos, ni comentarios. Todos esperaban. – Tenéis la posibilidad de elegir, de recobrar vuestra antigua libertad, o bien de seguir al servicio de vuestros amos. De ustedes depende. Aquel que quiera marcharse, nos seguirá a la superficie. Los que deseen seguir con sus amos, se quedarán aquí. Pero debo avisaros de que puede que la policía se persona aquí, o algo peor. No es seguro quedarse aquí.

Bajo las indicaciones de Spinny, los grupos se fueron separando y en el reducido conjunto de los Duques tan solo quedaron algunos sirvientes demasiado viejos como para reincorporarse a la vida normal. Los amos se quejaban, maldecían, y amenazaban, pero nadie les hacía caso. Fueron obligados a descender las escaleras que conducían a la sala de máquinas y encerrados allí. Cristo los contó antes de cerrar la puerta y bloquearla con la pata de cabra. Nueve Duques, cuatro Duquesas, y cinco sirvientes. Dieciocho personas encerradas en una habitación pequeña. Dieciocho personas apiñadas y asustadas.

Una vez descuidados, Samuel y Cristo se concentraron en los sirvientes y en los esclavos rescatados. A dos voces, hicieron hincapié en que todo debía quedar como un mal sueño, una fase de su vida que era mejor no recordar. Les impusieron que no se acordarían de ninguno de ellos y que si debían recordar algo de todo esto, pensaran que se habían escapado por sí solos de tal locura. Acudir a la policía no era recomendable, demasiados problemas e incomodidades. Lo repitieron una y cien veces, hasta que sonaba como algo sin sentido, machacón y aburrido. A Cristo le dolía la cabeza horrores, unos profundos latidos recorrían su nuca y el cuello. Estaba harto de la aventura y sólo quería regresar a su loft y acostarse.

Finalmente, salieron al pasillo y Cristo echó un último vistazo a la sala de la urna. El agua rebosaba y caía por los paneles iluminados, buscando la mínima pendiente del piso. El agua comenzó a caer escaleras abajo. Con un suspiro, Cristo cerró la puerta estanca y giró la rueda hasta el final, echando el cierre de seguridad. Nadie abriría esa puerta. En la cabeza de la fila, Spinny levantó la mano y arengó a todos para que le siguieran.

Cuando llegaron a la boutique, Cristo permitió a los esclavos casi desnudos que tomaran la ropa que quisieran, vistiéndose decentemente antes de salir a la calle. Mientras tanto, Spinny arrancaba los cables y controles del montacargas para inutilizarlo.

Samuel se situó al lado de Cristo. Detrás de ellos, Calenda les miraba, abrazando aún a su amiga.

―           La inclinación del suelo llevará rápidamente el agua escaleras abajo, como pensaba – dijo el viejo.

―           ¿Cuánto tiempo tendrán? – suspiró Cristo.

―           Alrededor de cinco horas, calculo. Puede que menos.

―           Podrían salvarse…

―           Lo sé – rezongó el anciano. – No disponía de otra forma. Si son listos y conservan la calma, pueden salvarse, supongo. ¿Qué vas a hacer con tus amigos? ¿Quieres que te ayude a borrarles todo recuerdo?

―           No lo sé, tengo que pensarlo – dudó Cristo.

―           Es peligroso, deberías al menos deformar lo ocurrido. Darle algunos visos de normalidad…

―           Sí, puede que lo haga. Bien, es hora de irnos. Aprovechemos que es de madrugada para escabullirnos – Cristo empezó a llamarlos a todos.

―           Me he divertido esta noche, muchacho, y ha sido una magnífica prueba de graduación.

―           ¿Graduación? ¿A qué coño te refieres?

―           A tu graduación, tontorrón – el anciano dejó escapar una risotada mientras se dirigía hacia la puerta trasera de Selene’s.

CONTINUARÁ…

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s