DAVID MARTÍNEZ

¡Saludos, viejo amigo!
¡Hola, pequeño saltamontes!
¿Porqué te quejas tanto? No te veo tan mal …
No me saques las palabras de mi lengua seca …
Sigues siendo el que fuiste, algo más fuerte, algo más listo, algo más viejo, pero te queda aún mucho trecho de vida por vivir.
¡No quiero luchar más, viejo amigo! Todas las semanas son iguales, todos los días sale el sol, trabajo como puedo y nada me ilusiona ya.
¿Has pensado en cuál es el origen del dolor?
No sé …
Las cosas bonitas, las más bonitas, sólo existen dentro de ti, pequeño saltamontes. No esperes la ilusión fuera de ti, no esperes las buenas palabras de otros Gorgs … mímate tú mismo, quiérete más, respétate más … ¡y haz que esa pequeña gota de ilusión moje tu esencia, deja que llegue allí dentro, donde sólo tú decides qué entra y qué no!
Y si pensaste que ya te ilusionaste un poco, disfrútala no rato más. Deja que ella decida cuando se va …
“Malditos Silions”, piensa John. “Maldito amor”, piensa también. “Malditos amigos”, piensa en recrearse en su tortura.

Soy un ser solitario, pero necesito a la gente. Quiero creerme superior y no necesitar a nadie, pero eso siempre dura un rato. Tarde o temprano acabo dándome cuenta que también soy frágil.

“Debo abrirme al mundo”, “¿Pero para qué?”, “Debo trabajar duro”, “¿Pero para qué?” … malditas contradicciones que nos definen o nos limitan.

Tengo miedo de ti, soledad. Tengo miedo que me poseas, que me gustes demasiado, que no pueda vivir sin ti, que te necesite y que tú, a cambio, no me ofrezcas nada.

Ante el miedo hay que atreverse a superarse, a vencerse, a mejorar, a ir hacia adelante. Ante el miedo hay que cambiar, querer cambiar, querer ser diferente, porqué lo que se conoce ya aburre, porqué lo vivido ya es pasado y lo que hay delante de uno mismo está por inventar, está por crear.

Cuando las ruedas en la cabecita funcionan, todo parece más fácil, pero cuando llega la duda, cuando llega la crisis, que lejos vemos nuestra verdad, que lejos estamos de nosotros.

Ese es el momento del miedo.

Entonces John cae al suelo de forma repentina, su mente se nubla y su memoria trabaja a su antojo. Sus ojos se tiñen de rojo y nota calor en la frente. Se le suceden imágenes de antiguos amigos que son ejecutados en fila y, a su lado, un Silion vestido de militar se ríe de la circunstancia. Mientras John, siendo a penas un niño, llora desconsoladamente. “No eres tú, son ellos” – dice el Silion que sigue riéndose de sus amigos y entonces le señala y se ríe de él. John intenta deshacerse de los grilletes que le sujetan al suelo, pero no lo logra. Las venas de la paciencia se marcan con más fuerza, ese es el nombre que le pone a la presión que siente en su cabeza. “¡Malditos seres repugnantes!” – grita John. “¡Mi padre os hará pagar por ello!” – mira con ira a los ojos del Silion.

Una pequeña lágrima cae por la mejilla de John. Esta vez no es una lágrima de ira, es una lágrima de tristeza. Pues se encuentra junto a su padre que está estirado, inmóvil y sin respirar. El olor de ese lugar le recuerda a la muerte, es la imagen de un ser negro, en forma de nube que se transparenta y que transmite frío a su alrededor.

“Recordarte así es la única forma de que estés vivo” – Piensa John volviendo de la locura.

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