MARIA LAURA DE PIANO

Amalita Fuentes Youth  guardaba un secreto que ni siquiera bajo tortura hubiera sido capaz  de confesar. Un secreto más sagrado  que el monto de sus  plazo fijos, que el nombre del único heredero de su testamento e incluso que la manera en que perdió la virginidad. Aunque para los tiempos que corrían, no le importaba contar en su círculo de amigas,  que dejó de ser señorita en el asiento de atrás de un carro parqueado a un costado de la carretera.

Lo que Amalita guardaba tan celosamente era su edad. Y a pesar de que estaba convencida de que los números en un documento no tenían ningún valor, porque ella se veía eternamente joven y bella, sabía que no podía dejar pruebas de su misterio. Por eso sin mucho esfuerzo y gracias a una morena a la que premio con cierta cantidad de dinero y entradas para un recital de salsa, pudo cambiar el año de su nacimiento en la cédula. No logró lo mismo con el pasaporte y luego de un par de intentos fallidos en pos de resguardar la tan preciada cifra, cuando llego a cierta edad sacrificó sus viajes al exterior. “Panamá tiene todo que ofrecer, playas, compras, casinos. A mí no se me ha perdido nada afuera” era uno  de sus  comentarios preferidos cuando de viajes se trataba.

La fuente de la  juventud  eterna la encontró en  tratamientos y cirugías. Más  quirófano que cremas. La lista  de procedimientos a los que se sometió era interminable, como lo era la de los médicos visitados. Si le decían: Señora Fuentes, no puedo practicarle otro estiramiento o ya no tenemos más grasa que  quitar,  Amalita buscaba en el directorio un nuevo galeno y para allí partía.

Su cuerpo también  conservaba en parte las formas originales. Claro,  durante el día., porque en las noches cuando se quitaba una  costosa  faja…  plop…plop…plop… las carnes cogían nuevamente su volumen y  consistencia. Pero eso era solo por las noches y en completa intimidad luego de embadurnarse el rostro con pomadas y ungüentos multicolores.  Gracias a todos esos artilugios y sacrificios su edad era  un verdadero misterio entre amigas y conocidos.

Ese medio día  subió al taxi  llena de entusiasmo. Los hilos coreanos eran el  último invento de la ciencia. Prometían ser  milagrosos; y combinados con un retoque de relleno en los labios, le darían un verdadero refresh a su expresión. La asistente le entregó una planilla para completar y le hizo un par de preguntas antes de pasarla al quirófano. Estaba feliz. Se tendió en la camilla y con un suspiro cerró los ojos.

Cuando salió del consultorio  se sentía radiante. Se miró en el espejo del elevador. Otro milagro. Ahora sus  labios tenían una turgencia sobrecogedora  y los pómulos se elevaban resaltando dramáticamente  el  óvalo facial. Su imagen le sonreía satisfecha. Pero apenas un instante después,  se percató de que la sonrisa se mantenía inmune, estática,  aun cuando ya su deseo no era sonreír. Intentó ponerse seria. Qué extraño, aunque se esforzaba seguía sonriendo. Lo mejor era regresar donde el médico. O tal vez no. Siempre le habían dicho que su mejor arma era su sonrisa. Cautivante. Provocadora. Misteriosa. Entonces por qué no tenerla en todo momento aun malhumorada, triste o deprimida su rostro reflejaría felicidad, juventud y alegría. En ese momento  el elevador se detuvo. Antes de quedar a oscuras alcanzó a ver en  el indicador el número 34 y el botón de la alarma que  presionó varias veces. Después de  largo rato,  una voz del otro lado de las puertas le informó que se había saltado un fusible y que los técnicos venían en camino. Chequeó la hora en el celular. Las seis. Maldición –  pensó – No llegaré a tiempo  al torneo de canasta.

Amalita no solo no llegó al torneo sino que tampoco a la cena de premiación. En vano gritó, lloró, pataleó  y amenazó. Cinco  horas después seguía atrapada en el elevador. Ahora varias voces le llegaban del otro lado. El tranque, la pieza no aparece, el técnico está en otra emergencia, los del noticiero están abajo, la portezuela del techo  está dañada.

Sentada en el piso, sedienta,  agotada, con la ropa pegada al cuerpo  por el sudor y  el celular sin batería  sentía que iba a desmayarse cuando  escuchó rugir al motor y la cabina a oscuras comenzó a moverse muy, pero muy  lentamente. El descenso le pareció eterno. En la mitad del trayecto, con  esfuerzo, se puso de pie e  intentó sin éxito volver a colocarse la faja, que se había quitado horas antes para respirar mejor. Supuso que su aspecto  sería calamitoso y trató en vano peinarse con las manos. Vaya suerte la de ella. Al fin el elevador se detuvo. Escuchó gritos, aplausos  y cientos de  voces del otro lado. Las puertas se abrieron y una potente luz llegó desde afuera iluminando el cubículo. Las piernas le temblaban. Intentó caminar antes de caer desvanecida en brazos de un rescatista.

Las cámaras de televisión captaron en vivo el momento del rescate. Lo curioso  para la mayoría de los televidentes,  fue la increíble sonrisa que lucía el  rostro de la desafortunada mujer después de tantas horas de  angustia  y agotamiento. No dejó de sonreír en ningún momento, ni  siquiera cuando sufrió un desmayo y fue introducida en la ambulancia.

 

El retrato de Amalita Fuentes Youth , forma parte de la antología De un tiempo a esta parte ( Foro / Taller Sagitario Ediciones , 2016 )

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