JANIS MULLIGAN

La venganza.

Cristo se estaba zampando un chuletón de vaca de casi media libra, de esos que no se lo salta ni un galgo muerto de hambre. Se atareaba con tenedor y cuchillo de sierra, cortando láminas de medio grosor y embadurnando la rosada carne con salsa de queso y mostaza. En su mérito, habría que decir que no pidió patatas fritas ni ningún otro tipo de guarnición. Sólo la vaca y él, mano a mano.

Eso sí, Venzia le trajo un tintorro californiano, sin preguntar nada de nada, que ayudaba mucho a trasegar la vianda. En un momento dado, en su eterno deambular entre las repletas mesas del salón, Venzia se detuvo ante él. Se apartó el largo flequillo de un ojo y se inclinó un poco hacia el gitano, mostrando con orgullo su imponente canalillo.

―           ¿Qué tal está ese chuletón, Cristo?

―           De phusta madrre – trató de responder con la boca llena.

―           Me alegro. Le dije a Carmelo que era para ti.

―           Pues esto va a hacer un hombre de mí – bromeó Cristo, tragando y limpiándose los labios con la servilleta de hilo.

Venzia se rió con fuerza y se alejó de nuevo. Cristo se fijó en los comensales, repasando sus rostros por costumbre. Muchos eran asiduos a la reformada pizzería, pero otros eran clientes nuevos. Cada día acudía más clientela y el ristorante no perdía calidad, algo que había que agradecer al monumento ítaloamericano, Venzia.

Cristo almorzaba allí casi a diario y no se privaba de nada, todo por cuenta de la casa. Desde que tuvo aquella charla con Pablo, Venzia le tenía a cuerpo de rey, tal era su gran alegría. Por fin, Pablo había aceptado casarse con ella y ayudarla con el negocio. El cambio fue súbito y enorme, y la aún novia no podía creérselo. La actitud de su novio se había modificado día tras día, incrementando cada vez más su interés.

La verdad es que Cristo les ayudó de forma desinteresada. No buscaba ninguna gratificación, ni nada de eso. Claro está que en la naturaleza gitana no se encuentra el gesto de negarse ante una oportunidad así. Pero el hecho es que Cristo se llevó a Pablo de copas, una noche en que Venzia estaba absolutamente desesperada, y cuando le dejó a la mañana siguiente, estaba totalmente borracho y dispuesto a casarse. Lo insólito es que el deseo de contraer matrimonio se mantuvo firme al día siguiente, tras dejar atrás la resaca.

Cristo se pasó por allí dos días después, para reforzar el nuevo vínculo, y así ha seguido haciéndolo cada día, pero no sólo con su pretensión marital, sino con otros temas que el vago de Pablo obviaba siempre. Desarrolló en él un indudable amor al negocio, un tremendo respeto a su media naranja, un más que preocupante sentimiento avaro, y, por supuesto, la necesidad de cumplir sexualmente con Venzia, cada noche.

Tras descubrir estos cambios, la guapa moza tocaba las castañuelas cada mañana, ¿quién no? No sabía cómo, pero sí sabía quién era el responsable de todo esto: su amigo Cristo. Y como buena hija de emigrantes florentinos, sabía agradecérselo.

“¿De qué sirve disponer de estos dones si no ayudo a mis amigos?”, se dijo Cristo, retomando el asalto al chuletón.

Su tía y su prima se habían mudado al ático de su jefa, dejándole solo y sin vigilancia en el loft. Calenda se marchó en febrero a Brasil y aún estaría fuera un mes más. Se cansó pronto de Ekanya cuando empezó a rondar demasiado tiempo por casa, así que la convenció para meterse en la cama de May Lin, por dos motivos: uno, por quitársela de encima con delicadeza; dos, para que hiciera olvidarse a la chinita de Calenda. La cosa salió a pedir de boca, a poco que dejó caer sus “sugerencias”.

Ya lo decía Samuel: “Si el pecado duerme en el interior, el despertar será ruidoso.”

Santa máxima. May Lin era lesbiana y ardiente. Ya le había echado el ojo a la nigeriana, pero mientras estuvo calenda a su lado, no hizo nada por atraerla. No hizo falta más que un suave empujón. Ekanya, por su parte, deseaba atención y mimos en el fondo, sin que le importara de quien provenían. Et voilá, pareja interracial lésbica. Cristo sonrió, sin dejar de masticar.

El caso es que Cristo se apartó de la mayoría de sus amigas y Samuel empezó a pasar mucho tiempo en el loft, transmitiéndole sus conocimientos. Incluso le solía acompañar a la agencia, donde gustaban de hacer pequeños ejercicios de control con las modelos.

Cristo había demostrado que era todo un alumno aventajado. Aprendía los nuevos conceptos – Samuel los llamaba trucos – rápidamente, en apenas unos días. Lo que le había costado meses y años aprender a Samuel Dorman, Cristo lo asimilaba en semanas, mejorando, en algunas ocasiones, ciertos detalles.

Por ejemplo, la lección sobre invisibilidad la llevó a cabo en el piso de May Lin. Tenía curiosidad por ver a las dos chicas en la cama, así que hizo que Ekanya le abriera la puerta y luego lo olvidara. Según le había explicado Samuel, una y otra vez, no era una auténtica invisibilidad. Sólo actuaba sobre la mente de la gente con la que se cruzaba, obligándoles a mirar hacia otro lado, a no escucharle. Era como si nadie si fijara en él, como atravesar una ciudad llena de despistados crónicos.

Por eso Cristo no pudo ver bien a Samuel la primera vez que se encontraron. Su mente aún no había erigido las defensas necesarias y le veía como un borrón en movimiento. En vez de obligar a las chicas a no mirar un punto concreto, Cristo hizo que su cuerpo se fusionara con su entorno, como un camaleón – bueno, al menos eso les hizo creer. – Estaba allí, en el dormitorio, sentado en una silla frente a la cama, contemplando como las dos desnudas modelos se abrazaban y besaban. Cada cinco o seis minutos, musitaba la frase que las sumía en el engaño mental para no ser descubierto.

Hay que decir que para ser su tercer intento, le salió bastante bien, hasta que, completamente excitado, se puso en pie y se masturbó como un mono a los pies de la cama. Claro está, en aquel momento, no estaba por la labor de repetir la dichosa frasecita y May Lin estuvo a punto de pescarle, pero consiguió salir airoso. Mientras se marchaba, se hizo la firme promesa de mejorar cada truco.

En los tres meses que llevaban del nuevo año, Cristo había hecho muchas cosas con sus dones mentales. Era como rizar el rizo, hacer lo más difícil cada día y salir indemne. Un desafío diario que le obligaba a mantenerse atento y despierto. En una palabra, era una gozada.

Consiguió que el director de un banco, del que no era cliente, le diera crédito; pagó con trozos de papeles recortados un gran televisor de plasma, e hizo que una de las modelos se desnudara ante los viejos del hogar de jubilados de su barrio. Menos mal que no hubo ningún infarto.

Pero lo que más llenaba a nuestro gitano era la emoción de manipular los sentidos de sus amantes, haciéndoles creer que su miembro era mucho más grande y grueso de lo que era en realidad, o bien aumentar la respuesta de sus cuerpos sujetos al placer. Recuperar esa sensación de hombría le llenaba de orgullo y bienestar. Por una vez en su vida, se sentía todo un macho.

Sin embargo, a pesar de todas esas marrullerías mentales, Cristo era un tipo legal. No buscaba aprovecharse de nadie, por lo menos, de forma consciente. Vale que se pasara por la piedra alguna que otra chica, pero lo hacía con delicadeza y siempre procuraba que gozara. No solía imponer su voluntad, sino racionalizaba y manipulaba levemente los impulsos ajenos, que las llevaría a satisfacerle en todo. En una palabra, Cristo era muy sutil y hábil, como un viejo titiritero solía decir Samuel.

―           Es la hora de volver – dijo, echando un vistazo al reloj de su móvil. – Esta tarde tengo trabajo.

Dejó una buena propina sobre la mesa y se levantó. Aunque Venzia no le cobrara, no había por qué ser un tacaño. Saludó a Pablo que se atareaba en el mostrador y se despidió de Venzia con un par de besos, al salir.

La primavera llegaba con fuerza a Nueva York y eso le animaba a pasear hasta la agencia. Alma no estaba aún tras el mostrador. Entraría dentro de una hora, como era habitual. Se sentó a su puesto y encendió el monitor. Inmediatamente, repasó los turnos de la tarde, comprobando, una vez más, que la sesión de Morel estaba fijada para las cinco.

Se frotó las manos, complacido. Britt apareció, surgiendo del interior de la agencia. Lucía una sonrisa enorme, como cada vez que se acercaba a Cristo. Algo en él hacía que todas las células de su cuerpo respondieran con alegría. En un principio, lo había confundido con amor, pero Cristo se lo hizo entender, sólo era una buena compatibilidad.

―           ¿Te has ido a almorzar? – le preguntó Cristo, al llegar ella hasta el mostrador.

―           Me he traído una ensalada y fruta de casa. Tengo varios peinados esta tarde.

―           Sí, hay dos sesiones pendientes. Creí que estarías ocupada en tu puesto.

―           He dejado a dos modelos bajo el secador, charlando de tonterías. Tengo que volver en un minuto.

―           Ale, pues no te entretengas.

Britt se alejó con el paso juguetón de una niña. Cristo sonrió al contemplarla. Sabía cómo mantenerla feliz. Se entretuvo actualizando un par de perfiles, hasta que Alma surgió del ascensor. Lo saludó con un empujón de la cadera, mientras se quitaba una rebeca verde pistacho, y Cristo respondió con un fuerte pellizco que la hizo chillar y reír.

―           No esperaba verte aquí – le dijo Alma, sentándose a su silla y colocando su eterno micrófono sobre la oreja.

―           Tenía trabajo acumulado y quería ponerlo al día. Ya sabes como son las niñas… no quieren que las acosen, pero sus perfiles en Facebook tienen estar siempre actualizados. Es como suplicar que no las violen tratando de explicar por qué se han olvidado las bragas en casa.

―           No te pases, Cristo. No seas machista – le amonestó ella suavemente.

―           Sorry – levantó una mano, sabiendo que se había colado.

Morel, el afamado fotógrafo galo, llegó sobre las cuatro y media. Era un hombre grandote y redondo, dotado de una exquisita sensibilidad para los retratos y las sombras. Sus rubicundas mejillas se distendieron al girar el rostro hacia el mostrador y saludarles. Siempre era atento con los que trabajaban en la agencia, pero solía ser un déspota con las modelos.

Diez minutos más tarde asomó Hamil Tejure, junto con un par de compañeras. Musitó un “hola” al pasar delante del mostrador, pero no se dignó mirarles. Alma contempló su espalda de mala manera y bufó como una gata. Cristo sonrió, sin más importancia.

Apenas unos minutos después, Kasha Tejure hizo su entrada y ella sí se detuvo en recepción, acodándose sensualmente sobre el mármol.

―           Hola, querida – saludó a Alma y ésta le devolvió una cálida sonrisa. – Hola, pequeñajo.

―           Hola, maciza – respondió Cristo. Era el saludo habitual entre ellos. – Tu hermano ya ha llegado.

Ambos mellizos habían hecho las paces unas semanas atrás, más por intereses laborales que por otra cosa, pero al menos ya se hablaban. Esto trajo la oportunidad de que cristo y ella retomaran la confianza. Sin embargo, Kasha le había confesado al gitano que no podía perdonar a su hermano. Cristo no estaba tan seguro de ello. Los mellizos habían estado muy unidos en su infancia y adolescencia; habían pasado por muchas cosas, juntos, cosas malas y buenas, y habían experimentado su primer amor entre ellos. Eso era algo que unía mucho y eso acabaría tirando de ellos, seguro.

―           Vale – respondió, encogiéndose de hombros. — ¿Qué tal tu vida ahora? Me han dicho que tu prima se ha ido a vivir con la jefa.

―           Sí y se ha llevado a su madre con ella, así que me he quedado con el loft para mí – respondió Cristo, sacándole la lengua.

―           Suertudo. Yo tengo que compartir el piso con dos compañeras.

―           Siempre puedes irte a vivir con tu novio – repuso Alma.

―           Tsssk… ¿Con Denis? – la sudafricana hizo un pequeño mohín con la comisura del labio. – He aprendido que los hombres son como unos perritos, ¿sabes? Buenos para sacarlos un rato a pasear y poco más.

―           Depende del perro – terció Cristo. — ¿Qué tal un chihuahua lamedor como yo?

―           ¿De verdad te ofreces? – enarcó una ceja la deliciosa morena.

―           Siempre que sea una emergencia – repuso él, elevando las manos.

―           Lo consideraré – y Kasha soltó una risita que secundó Alma. – Nos vemos.

―           Aún no me creo que te la tiraras – musitó Alma, mirándola alejarse.

―           ¿Por?

―           Una tía así es capaz de devorarte en sueños – Alma le soltó un codazo.

―           Que bruta eres, jodía…

Cristo esperó un buen rato y entonces dejó el mostrador, encaminándose al plató, al final de la planta. Echó un vistazo a la sesión. El set estaba decorado simulando ser la sala de un museo, con grandes reproducciones colgando de las falsas paredes. Los modelos vestían trajes de gala, tanto para mujeres como para hombres. Se trataba de la colección Boris Gurin para grandes veladas.

El fotógrafo Morel daba instrucciones con su gruesa voz, ordenando a los diversos ayudantes que modificaran la emisión de luz en algún punto, que añadieran más sombras en otro, o bien que los modelos asumieran distintas posturas. A la par, los rápidos chasquidos del disparador automático casi se encadenaban. Otros dos fotógrafos, alumnos del maestro, obtenían imágenes desde otros planos con sus máquinas.

Cristo cambió algunas palabras con uno de los decoradores quienes, en aquel momento, permanecían parados. Obtuvo cierta información que le hizo sonreír, y se alejó hacia los camerinos. Quince minutos más tarde, el modelo sudafricano, el único chico que participaba en la sesión, entró en el camerino, dispuesto a cambiarse de traje y camisa. Se quitó el esmoquin bicolor que portaba y desabrochó la camisa rosa con pechera de volantes. Tomó una camisa de seda, de un rojo encarnado, que cayó como una segunda piel sobre su torso. Se enfundó unos pantalones de pinzas de un blanco hueso y finalmente se vistió con una chaqueta de frac, de un pálido amarillo con ribetes plateados.

“¡Dios, qué cosa más hortera!”, pensó Cristo, observándole desde detrás.

Cuando Hamil se sentó ante el espejo para retocar su maquillaje y su cabello, Cristo apareció reflejado en la refractante superficie. El modelo se envaró, sorprendido, pero cuando Cristo sonrió ampliamente, se tranquilizó y siguió retocándose, como si nada hubiese sucedido. El gitano se acercó y comenzó a murmurar “sugerencias” en su oído, una detrás de otra.

Minutos más tarde, Hamil posaba en solitario para Morel, centrándose en el vestuario masculino. Pero algo ocurría con el modelo que no acaba de agradar al fotógrafo. No parecía en su salsa; se movía a destiempo, las poses eran forzadas, y su sonrisa era más bien un rictus.

―           ¡Por el amor de Dios, Hamil! ¿Se puede saber qué te ocurre? – exclamó Morel, agitando uno de sus gruesos brazos.

El sudafricano tragó saliva y negó con la cabeza. No podía decirle al famoso fotógrafo que, de repente, su presencia le ponía nervioso. Sentía una comezón en todo su cuerpo que le obligaba a moverse continuamente.

―           ¡No me mires tanto! ¡Quiero miradas huidizas, lejanas!

―           Sí, sí – farfulló Hamil, desviando la mirada hacia la pared del fondo. Sin embargo, tenía que luchar con la tentación de volver a mirar al grueso fotógrafo.

No comprendía qué le ocurría, ni qué había visto en aquel hombre que llamaba su atención. A él no le iban los tíos, ni los viejos obesos como Morel. ¿Qué le ocurría?

―           ¡Maldita sea mi estirpe! ¡Hamil, cojones, tómate un descanso y céntrate de una vez. Parece que sea la primera vez que hagas esto – gritó el hombre, tapando el objetivo de la cámara.

―           Lo siento de veras, Morel – se excusó mientras marchaba al camerino para cambiarse. Caminaba algo encorvado, intentando disimular la feroz erección que se había disparado en su entrepierna al ser reprendido por los gritos del fotógrafo.

Se había excitado con la firme y autoritaria voz de Morel, por primera vez en su vida. Se sentía avergonzado y asustado, al mismo tiempo, ignorante de la causa de tal suceso. Se encerró en el camerino y lloró como un niño.

* * * * * *

Chessy dejó caer un buen chorro de aceite sobre sus manos y se embadurnó los dedos con ello. Contempló la poderosa y oscura espalda que se ofrecía para ella, sobre la camilla. Estos eran los masajes que a ella le gustaban. Tipos prietos y de músculos duros.

Se encontraba en la residencia de Handil Hedja, un receptor de los Jets que se quejaba de una distensión del hombro. Handil era un cliente habitual que gustaba de masajes en su propia casa. Era un chico negro de veintitrés años, alto y duro, con un semblante simpático.

Haciendo un banal comentario sobre el tiempo, Chessy colocó sus manos sobre el fuerte cuello, empezando por relajar los trapecios. Pero la simpática sonrisa que Chessy siempre lucía en su trabajo empezó a agriarse, sin ser ella misma consciente de ello. Atareada en distender el agarrotamiento de los músculos que rodeaban los omoplatos del jugador, la joven empezó a entender qué le estaba molestando desde hacía varios minutos.

El tacto de la piel de un hombre siempre la había agradado. Disfrutaba de los masajes por eso mismo. Le encantaba sobar y apretar los músculos de un hombre, y si era como Handil, mucho más, pero eso no estaba sucediendo en ese momento. Se dio cuenta de que tenía el vello de los brazos erizado, y un extraño picor, una comezón irritante que crecía a medida que tocaba a su cliente, la enervaba continuamente.

El extraño picor desaparecía cuando dejaba de tocar a Handil, así que Chessy hizo varios altos en su masaje con diferentes excusas, pero cuando volvía a la tarea, la comezón era mayor. A eso vino a sumársele una sensación de disgusto que se estableció en su garganta; algo que fue degenerando en una cada vez más clara sensación de asco y desagrado.

¿Cómo era posible? Nunca le había pasado con ese cliente. Era un chico joven y hermoso… Tuvo que beber agua en varias ocasiones para intentar frenar las nauseas y arcadas que subían a su garganta. ¿Cómo podía darle asco un chico así?

Chessy tuvo que dar una excusa para acabar el masaje un poco antes y marcharse. Caminar hasta la estación de metro la ayudó a serenarse. Se terminó el picor y las nauseas. Todo volvió a la normalidad. Sin embargo, los síntomas volvieron a aparecer junto con los otros dos clientes que tuvo esa tarde. No importó que uno tuviera setenta años, ni el otro pesara casi ciento cincuenta kilos. La comezón se extendió a su vientre y sus piernas, y las arcadas estuvieron a punto de hacerla vomitar.

Cuando Chessy llegó a casa, Hamil la estaba esperando. Ambos estaban deseosos de olvidar sus extrañas experiencias, pero ninguno se sinceró con el otro, aún confusos y asustados por lo que habían sentido. Así que se pusieron a hacer la cena, enfrascados en sus pensamientos. Cada uno de ellos llegó a la misma conclusión pero por distinto derrotero. Hamil tenía que volver a sentirse un macho dominante y Chessy tenía que sentir que todo estuviera bien cuando acariciara a su novio.

Así que, tras la cena, no hubo sesión televisiva. Se fueron directamente al dormitorio entre un aluvión de besos y caricias que empezó en la mesa, con el postre. Por supuesto que ambos sobreactuaban pero era por una buena causa. Sin embargo, algo no funcionaba. A medida que se daban cuenta, sus nervios aumentaban, interfiriendo en su libido. Los besos de Hamil no sabían como antes y, esta vez, el picor también se apoderó de su delgado pene. Por parte del sudafricano, su miembro no acababa de despertar. Estaba morcillón sólo porque la voz de Morel se apoderó, de repente, de sus recuerdos. Eso le animó extrañamente para seguir besando y acariciando a su chica, pero no conseguía ir más allá.

Ambos se detuvieron, quedando acostados de lado, frente a frente. Ninguno sabía qué decir.

―           Creo que algo en la cena me ha sentado mal – se excusó Chessy.

―           Sí, yo tampoco estoy muy católico tampoco. He tenido una dura sesión esta tarde.

―           ¿Lo dejamos para mañana, cariño? – propuso ella, obligándose a darle un suave beso.

―           Sí, mejor será. Buenas noches, amor.

―           Buenas noches.

Los dos giraron sus desnudos cuerpos hasta dar la espalda a su amante, pero el sueño no vino a darles descanso. Con los ojos como platos en la oscuridad, rumiaron lo sucedido y lo que podía significar, pero no llegaron a ninguna conclusión definitiva. El temor se ancló en sus corazones, como un dañino parásito.

* * * * * *

Chessy despertó con el amanecer. Sintió su vejiga llena y saltó de la cama, aún con los ojos cerrados. Caminó como un zombi hacia el cuarto de baño y entornó la puerta para encender la luz. Estaba a punto de sentarse en el váter cuando se dio cuenta de lo que ya no colgaba entre sus piernas. Con un respingo, despertó completamente, contemplando la tremenda erección que erguía su pene como nunca lo había visto.

Chessy quedó allí en pie, contemplando un pene que se mantenía tieso como si de nuevo tuviese quince años y no hubiera tomado andrógenos ni estrógenos en toda su vida. Tuvo que orinar en la bañera porque no hubo forma de bajar la cabeza de aquella dura barra y, tras eso, se dedicó a palpar su miembro, incrédula. No recordaba que fuera tan largo, pues hacía mucho que no lo sentía lleno de sangre, pero al menos medía veinte centímetros. Eso sí, seguía siendo tan delgado como una flauta, lo que lo hacía lucir extraño sobre su pubis depilado.

Chessy no supo qué pensar de ello. No sabía cómo se sentía exactamente. Ella era decididamente pasiva en sus relaciones, por su tendencia femenina y, segundo, por su hormonación que dejaba su pene flojo y lacio. Verse de nuevo firme como un soldado, removía algo en su interior, algo que creía olvidado. Tenía que asegurarse de que no fuera un fallo de sus hormonas y qué era algo pasajero, sobre todo. ¿Qué pensaría Hamil de que su novia tuviera una polla más larga que la suya? No podía ser…

Finalmente, el miembro se destempló tras la micción y ella volvió a la cama. Estuvo contemplando los hermosos rasgos de Hamil durante un buen rato. La emoción estaba en su interior, la notaba. Le quería como siempre. De hecho, había llegado a la conclusión que Hamil era su alma gemela, el hombre que siempre había esperado. Por eso mismo, tuvo la fuerza de dejar su relación con Cristo. Sí, estaba bien segura de que le amaba.

Pasó una mano por encima del costado de Hamil, acariciando su torso sin vello, aferrándose a él y pegando su propio cuerpo contra su espalda. Le besó un hombro y el hormigueo en los labios apareció. El jodido picor se inició en la punta de sus dedos, subiendo lentamente por el antebrazo. Sus pezones se sumaron a la maldita sensación y Chessy se retiró hacia su lado de la cama, apartándose súbitamente.

¡Tenía que averiguar qué era aquello! ¡Con urgencia!

Incapaz de volverse a dormir, se levantó y preparó café. Mordisqueó una galleta, sumida en las descabelladas ideas que pasaban por su cabeza y, finalmente, decidió salir a correr. El ejercicio la serenó bastante. Cuando regresó a casa, se dio una buena ducha y preparó el desayuno. Su móvil sonó suavemente. Desde que dejó sus clientes “especiales”, Chessy trabajaba a través de una agencia de contactos, que la ponía en contacto con sus clientes y manejaba su horario. Era mucho más cómodo, lo reconocía.

El mensaje tenía un nombre, una hora, y una dirección: Lorenne Sauker. 12.00h. 785, entre la 11th St. con 45th Rd., Queen.

No tenía muchas mujeres de cliente. Sólo dos. A Chessy siempre le habían ido más los hombres, sobre todo cuando tenía citas con ellos. Sin embargo, tenía que reconocer que las mujeres daban mejores propinas y sin acostarse con ellas. Sonrió con la broma. Las mujeres nunca la habían atraído sexualmente. Un masaje era soportable, tan solo era carne a moldear.

La tal Lorene no era una de sus dos clientes. Era nueva. Tendré que conocerla, se dijo, entrando en el dormitorio para despertar a Hamil.

―           He preparado el desayuno, cariño. ¿Tienes sesión hoy? – dijo Chessy mientras se despojaba de la bata que llevaba puesta tras la ducha y se vestía con su uniforme de masajista. Malla oscura, camiseta blanca de manga corta, y una sudadera roja con el nombre de la empresa.

―           No. Tengo el día libre. Dormiré un poco más – gruñó Hamil, bajo el edredón.

―           Está bien.

Chessy desayunó a solas, agradecida de este breve paréntesis. No tenía ganas de enfrentarse a la mirada de Hamil, ni tener que explicar algo de lo ocurrido la noche anterior. Mejor un poco de espacio por el momento, se dijo. Tomó su mochila y la ligera camilla plegable. Eran bultos a los que ya estaba muy acostumbrada. Podía moverse bien en el metro con ellos, siempre que no viajara en hora punta.

La dirección en cuestión se encontraba al sur del puente Queensboro, en las inmediaciones del parque John F. Murray. Se trataba de una zona de viejos almacenes reconvertidos en apartamentos para clase media. Chessy se encontró con un coqueto apartamento en el tercer piso, decorado con gusto. La señora Sauker rozaba los cuarenta y se recuperaba de un atropello que le fracturó un hombro, cinco costillas, y la cadera.

Le comentó que había acabado con las sesiones intensivas de fisioterapia y que un amigo del trabajo se la había recomendado. Chessy le sonrió amablemente. La mujer se veía un poco nerviosa y debía ser primeriza en llamar un masajista a casa. Dispuso la camilla en el salón. Pidió permiso a la señora para usar el soporte del Ipod y sintonizó una selección de música suave y relajante.

Con mirada profesional, Chessy observó el cuerpo de la señora Sauker cuando se liberó del albornoz. Estaba algo entradita en carnes, quizás por haberse tirado cinco meses en una cama, pero aún conservaba un buen tono y una bonita piel que cuidaba. La señora lucía una melenita oscura, con las puntas remetidas hacia dentro. Se tumbó boca abajo sobre la camilla, deslizando el rostro en el interior del aro acolchado.

―           ¿Ha recibido alguna vez masajes, aparte de los de su fisio? – le preguntó Chessy, más que nada para que la señora se relajase entablando conversación.

―           No, la verdad es que ésta es la primera vez.

―           Bien, entonces empezaré con suavidad. Primero, liberar la tensión de la espalda…

Lorenne Saulker suspiró y no tardó en relajarse bajo las manos expertas. A medida que Chessy se volcaba sobre su cliente, esperó a que el picor y el malestar aparecieran, pero esperó en vano. Todo era normal e incluso agradable, incluso. Notaba como los músculos de la mujer se relajaban entre sus expertos dedos, como gemía bajito cuando llegaba al punto ideal de presión, y como su piel enrojecía por el roce.

Por un momento, Chessy pensó que no había sido nunca consciente de lo suave que era la piel femenina bajo un masaje. No se había detenido a pensar en ello y compararlo con sus otras experiencias. Además, olía muy bien, a una suave fragancia frutal. Algunos de sus clientes exhalaban fuertes olores en cuanto sudaban. Su nariz se había acostumbrado a ello, pero debía reconocer que la mayoría de hombres tenían un acre aroma propio.

Le preguntó a Lorenne por su trabajo y ésta le habló de la excedencia que había pedido en las oficinas portuarias. A su vez, Chessy le comentó los casos fisioterapéuticos que había tratado. En un momento dado, le indicó a la señora que se diera la vuelta. La masajista se quedó mirando aquellos dos pletóricos pechos que se desparramaban sobre la caja torácica. Eran grandes y, al parecer, muy blandos por como se movían. Como gelatina en un plato.

Intentó disimular su impresión y se aplicó sobre el costado izquierdo de la mujer, con mucha delicadeza, pues era el lugar de las dañadas costillas. Los huesos habían sanado bien y la piel solo guardaba un suave tinte amarillento como recuerdo de los grandes hematomas que debieron surgir en la zona. Lorenne le sonrió, al notar su extremo cuidado.

―           Ya no me duele, pero hubo un tiempo en que no podía ni reírme – le dijo.

―           Sí, es el problema de las costillas dañadas. Les cuesta soldar y es muy incómodo – contestó Chessy, observando el bonito color de los ojos de la señora. Marrones tan claros que parecían miel derramada. – Bien, entonces mejor que me dedique a la cadera, ¿no?

La señora asintió y sus mejillas se tiñeron de rubor cuando Chessy apartó la pequeña toalla de sus caderas, dejando la interesada desnuda. El pubis se pudo ver parcialmente, con una buena madeja de vello oscuro. La masajista tanteó largamente la opulenta cadera. Allí sobraba un buen pliegue de grasa pero la carne estaba dura y firme debajo, lo que hablaba que Lorenne, antes del accidente, hacía bastante deporte.

Chessy se dedico a liberar tensión en la cadera, haciendo que la pierna subiera y bajara, en diferentes posturas. Con tales movimientos, la toalla acabó por dejar la entrepierna de Lorenne al descubierto, pero ninguna de las dos dio relevancia a este hecho. La mujer jadeaba y se quejaba por el esfuerzo al que era sometida. Chessy empujaba para que la rodilla llegara a la altura del pecho, o bien ayudaba a que la ingle se abriera totalmente, animándola con voz suave.

Sin embargo, algo se movía bajo la oscura malla de Chessy, motivada por aquella entrepierna peluda que se abría y cerraba bajo sus órdenes. Chessy la observaba por el rabillo del ojo mientras sus dedos se sumergían entre los pliegues íntimos, y se paseaban a lo largo del suculento muslo femenino. Se pasaba la lengua constantemente por los resecos labios.

Lorenne tampoco era tonta, aunque callaba por vergüenza. Podía ver los endurecidos pezones de la joven marcando la tela de la camiseta. Sabía que se estaba excitando por tocarla a ella, pero la joven masajista no realizaba ningún gesto obsceno, ni nada que pudiera recriminarle. Lorenne no sentía nada de eso, naturalmente, pero, tras cinco meses de cama, se sintió ligeramente orgullosa de poder calentar a alguien, aunque fuese otra mujer.

Así que las dos siguieron con la misma rutina. Una palpaba y estiraba, contraía y relajaba, notando como su miembro crecía y se endurecía; la otra, se dejaba hacer y clavaba su mirada en la guapa rubia, buscando nuevas evidencias. Chessy se pegaba todo lo que podía a la camilla para ocultar la erección que estiraba la malla. Terribles suposiciones iban y venían en su cabeza, marcando un frenético ritmo que la ponía nerviosa.

¿Cómo podía estar excitada, tocando una mujer? ¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué su cuerpo estaba cambiando ahora? ¿Tenía algo que ver con lo que sentía al tocar a un hombre?

Todo eran preguntas sin respuestas, unas respuestas que tampoco podía preguntar a Hamil. Era como si algo la obligara a dirigir su atención en una dirección totalmente desconocida. Pensó que así debería sentirse alguien maldecido con una muñeca vudú. Acabó el masaje, estirando la pierna de Lorenne, sujetándola por el pie.

―           ¿Puedo utilizar su baño? – preguntó Chessy, alzando sus manos aceitosas.

―           Por supuesto. La primera puerta del pasillo – indicó. – Prepararé unos aperitivos mientras tantos.

―           Gracias, señora Saulker.

Pero lo que Chessy hizo al encerrarse en el baño, no fue lavarse las manos, ni mucho menos. Se bajó las mallas y las braguitas, revelando el erguido pene. Se sentó sobre la tapadera del inodoro y estiró las piernas. Su mano empuñó la verga, impregnándola del aromático aceite. Hacía tanto tiempo que Chessy no se hacía una paja en aquellas condiciones, con la polla tiesa y dispuesta, que no tardó mucho en eyacular. Unas cuantas rápidas fricciones hicieron que los dedos de sus pies se curvaran en el interior de sus zapatillas deportivas. Abrió la boca y cerró los ojos. El cuerpo de Lorenne apareció ante ella, suave y cálido.

―           Diosssss… —murmuró, mientras el semen se derramaba sobre sus dedos.

Se lavó las manos a consciencia tras limpiarse con un trozo de papel higiénico, y retocó su coleta antes de salir. La señora Saulker la esperaba con una sonrisa y con un Martini en la mano. La felicitó por lo bien que la había hecho sentirse y picotearon unas aceitunas entre bromas. Quedaron para otra sesión a la semana siguiente. Cuando Chessy salió por la puerta, cargada con su camilla plegable, se sentía muy confundida y miserable.

* * * * *

Hamil tomó la ruta habitual que utilizaba cuando salía a correr. Cruzaba el Central Park desde el Upper East Side por la parte sur, bordeando todo el Estanque y remontando hasta Crime Buster Rock. Luego cortaba por el parque de atracciones infantiles y descendía paralelamente al East Drive, hasta salir a la Quinta Avenida. Era un buen sitio para correr, con mucha gente paseando. A Hamil le gustaba ver a las jóvenes madres empujando los carritos de sus bebés, charlando entre ellas. Aquellas mujeres solían sonreírle e incluso saludarle con la mano. No todos los días veían un tipo como él, en pantalones cortos.

Sin embargo, esa no era la motivación que Hamil tenía en mente para esa tarde. Necesitaba despejar la cabeza y el sol y el ejercicio le sentaban bien. Al menos eso se decía, una y otra vez. Pero la realidad era otra y estaba entrando en su mente como si fuese un clavo ardiendo.

Tan sólo tenía ojos para los tipos crasos y maduros con los que se cruzaba. Era algo superior a él, sus ojos parecían atraídos por ellos, aunque estuviesen casi escondidos, sentados en algunos de los bancos. Era como si tuviera un radar para detectarlos. Lo peor de todo era que su corazón palpitaba con fuerza, mucho más que por el ejercicio. Literalmente, estaba babeando por los pocos viejos gordos con los que se cruzó.

Tras detenerse para admirar el cansado paso de un tipo que parecía un representante, con grueso maletín y todo, intentó cortar con ello, de una vez por todas. Se sentía fatal por experimentar esos pensamientos que traicionaban a su chica. Nunca había hecho algo semejante con un hombre, ni viejo ni joven, y no comprendía a qué era debido ese extraño impulso.

Pero una cosa llevó a otra, y acabó pensando en el encuentro amoroso de la semana pasada, cuando él y Chessy decidieron acabar lo que habían empezado dos noches antes. Le había costado mucho tiempo ponerse erecto y tuvo que conseguirlo pensando en el señor Drumond, un vecino del sexto piso con el que se cruzaba a menudo, por las mañanas.

¿Cómo había recurrido a ese hombre para excitarse? No lo sabía, ni quería saberlo. Sólo sucedió. Se puso a pensar en sus torpes movimientos al bajar las escaleras del vestíbulo, en cómo olía su loción de afeitado, en su grave voz, y, sobre todo, en su vientre abultado y bamboleante. Su pene respondió bastante más rápido con esa imagen que con las difusas caricias que Chessy le hacía.

No quiso mirar los maravillosos ojos de su novia, como tantas otras veces al penetrarla. Prefirió esconder su rostro en el hueco del cuello femenino y bombear de forma casi automática, al tiempo que se le hacía un duro nudo en el esófago. En silencio, dio gracias a Dios cuando notó que Chessy se corría rápidamente, incluso antes que él, lo que era raro. Si no hubiera estado tan contento de acabar y retirarse, quizás hubiera pensado que algo pasaba y que ella parecía tan incómoda como él.

Había pasado una semana desde entonces y las cosas iban a peor. Hasta él mismo se había dado cuenta que Chessy no quería que la tocara, ni tocarle a él. No habían discutido ni nada había sucedido en sus vidas que les hubiera enfrentado. Por su parte, Hamil estaba realmente asustado a esa altura.

La noche anterior había soñado con el señor Drumond, de nuevo. Ésta vez, se había colado en el apartamento y le violaba obscenamente, restregando la gran barriga peluda por su espalda. Hamil chilló y pataleó en la escena orínica, pero despertó totalmente excitado, duro como una piedra, y jadeando. Tuvo que encerrarse en el cuarto de baño y solucionar el asunto con su mano.

Retomó su carrera y tras unos metros, se cruzó con un hombre de pelo cano que llevaba un niño de la mano, quizás su nieto. Hamil giró de repente, corriendo un trecho marcha atrás, tan solo para contemplar el hombre a placer.

“Creo que voy a tener que pedir hora al Dr. Segass. Esto me está obsesionando”, se dijo.

* * * * * *

Chessy estuvo durante casi un mes haciendo pruebas con cada cliente que tuvo. Ya conocía bien su problema en casa, con Hamil. Le quería como siempre pero no podía tocarle sin atraer las nauseas y el escozor en su piel. Eso limitaba muchísimo la relación y la estaba condicionando a perder confianza con su chico. El caso es que Hamil no parecía afectado por el hecho de llevar todo el mes sin hacer el amor. ¿Se estaría acostando con alguna compañera?

Sin embargo, en su trabajo era aún peor. Chessy había descubierto que los síntomas que padecía con Hamil, los sufría con cada cliente masculino, sin importar edad o raza. Le costaba la vida terminar una sesión, a no ser que se pusiera guantes. El problema era que no todos los clientes estaban de acuerdo con eso. Pagaban y daban buenas propinas y querían sentir unas manos suaves tocando su piel.

La joven llegó a pensar que padecía una extraña alergia a la piel masculina, aunque no encontró nada sobre algo así cuando lo buscó en la Red. Con sus escasos clientes femeninos le pasaba al contrario: su cuerpo se alegraba perfectamente con el roce, demasiado quizás, opinaba ella. Cada vez que lo pensaba en frío, se convencía de nuevo de que no le gustaban las mujeres, pero ya no estaba muy segura de que los hombres le gustaran, o fueran ya una opción. Además, no pensaba decirle a un médico que se sentía alérgica a los hombres.

Sin embargo, su pene se ponía en movimiento por su cuenta al poco de estar trabajando los músculos de una mujer, creciendo firme y más grueso que nunca. Ahora estaba segura de ello: su miembro había crecido y engordado en aquellos años de “descanso”. De alguna forma, se podía decir que su cuerpo se sentía cada vez más atraído por el tacto y el olor de una hembra, y eso la volvía más y más agresiva en sus reacciones. Su faceta pasiva, que aceptaba entregarse a un hombre, casi había desaparecido.

Por las noches soñaba con penetrar a todas las mujeres que había visto durante el día. Se había tirado a compañeras, a clientes, amigas y conocidas, modelos compañeras de Hamil, y hasta la prima de Cristo, cuando se acordó de ella. Una vez despierta, trataba de alejar esas fantasías de su mente, diciéndose que eran asquerosas, pero su cuerpo no parecía pensar lo mismo…

* * * * * *

Hamil abrió los ojos e intentó moverse para aliviar la presión que sentía contra su pecho, pero no pudo mover las manos. Asombrado, miró las ligaduras que ataban sus muñecas a la columna recubierta de mármol. Se encontraba tumbado de bruces en una estrecha camilla, con una mullida toalla blanca bajo la mejilla, que olía a suavizante frutal. Levantó la cabeza para mirar a su alrededor.

Suelo de láminas de madera, una grada de granito, vapor… ¡Estaba en una sauna! ¿Qué coño hacía él en una jodida sauna? Varias miradas se posaron sobre él. Al menos seis hombres se sentaban en sobre uno de los poyos de granito. Oscilaban entre los cuarenta y los sesenta años y todos tenían sus gruesos torsos de senos mantecosos brillantes de sudor.

―           ¡Eh! – exclamó hacia ellos. — ¿Dónde estoy? ¿Por qué estoy atado?

No obtuvo respuesta. Los tipos seguían mirándole, con medias sonrisas sardónicas.

―           ¡Vamos, esto no tiene gracia!

―           Oh, sí que la tiene. Esto es para troncharse, la verdad – una voz sonó a su otro lado, justo donde estaba la puerta de la sauna.

―           ¡¡TÚ!! – exclamó Hamil con total asombro, al girarse.

Cristo le sonrió abiertamente, con ojos chispeantes. Vestía una camiseta y unos jeans y calzaba zapatillas, así que no estaba allí para quedarse en la sauna. Se acercó al modelo, comprobando de un vistazo las ataduras de las manos y las que ataban sus tobillos a las barras inferiores de la camilla. Hamil se mantenía sobre la camilla como si estuviera cabalgando una buena moto, inclinado hacia delante y totalmente desnudo.

―           Necesitaréis que levante más el culo – masculló el gitano en dirección a los hombres sentados y estos asintieron.

―           ¿Por qué estoy aquí y qué tienes tú que ver? – repitió el modelo.

―           Verás, querido Hamil, ha sucedido algo en mi vida que me permite tomarme la revancha.

―           ¿Revancha? – parpadeó el sudafricano.

―           No creerías que te ibas a ir de rositas tras escamotearme la novia, ¿no? – alzó hombros y manos en un gesto expresivo.

―           Hombre, Cristo… – el hermoso rostro masculino quedó lívido.

―           Como habrás sin duda notado a lo largo de todos estos días, he procurado que te interesaran cierto tipo de… machos, de tendencia hedonista más bien. Creo que habrás llegado a la misma conclusión, ¿no?

―           ¿Has sido tú? ¿Cómo has conseguido…? No, no puede ser, es imposible…

―           Claro, claro – Cristo agitó una mano. – El caso es que los tipos gorditos, fofos, peludos, y mayores, te ponen como una moto sin frenos. ¿Cierto?

―           Mira, cristo, lo mejor será que me desates y…

―           Vamos, no te asustes, hombre. ¿Qué es una broma entre amigos? He reunido a seis “voluntarios” para ti solito – Cristo señaló los hombres que no quitaban ojo de él. – Después me darás las gracias. Ah, en cuanto a Chessy, a ella también le ha ocurrido algo raro, aunque, por supuesto, no soy yo quien se lo va a explicar.

―           ¿Qué le has hecho? – preguntó rabioso el modelo, haciendo un enésimo intento de romper las ligaduras.

―           He decidido que no se acerque nunca más a un hombre, ni siquiera a ti. La pobre las está pasando putas con los picores y nauseas que la asaltan en cuanto toca la piel de un hombre. Debo reconocer que es dura la chica. Ha estado siguiendo trabajando, soportando las ansias y las molestias, masajeando a su clientela.

―           ¡Es mentira!

―           Lo que tú digas, maromo. El caso es que vuestros sentimientos están intactos, pero vuestros cuerpos van por libres. No sé cuanto tiempo aguantaréis unidos con este hándicap, pero sólo depende de vosotros. Como puedes ver, he sido bueno y os he dejado una salida.

―           Pero eso no es posible… no puedes obligarnos a…

―           ¡Tátatata! Escucha, zopenco. Chessy ya no es una chica dulce con una pollita graciosa. Ahora es una hembra salida, con un pedazo de tranca que se muere por meter en un agujero. Cortesía de la casa – Cristo hizo un gesto obsceno con el puño, indicando la medida. – En el momento en que se decida a probar… bueno, ya lo verás tú mismo.

―           No puede ser… esto no es real – musitó Hamil, enterrando el rostro en la toalla.

―           Bueno, es hora de empezar. Como he dicho, no he sido tan malo y os he dejado ciertos senderos que podéis recorrer. Sólo tenéis que acostumbraros a ellos, como espero que te acostumbres a estos don Juanes que te van a poner mirando para Cuenca, uno detrás de otro – dijo como despedida, abriendo la puerta y saliendo.

Hamil, con ojos desorbitados, contempló como aquellos hombres se ponían en pie y dejaban caer albornoces y toallas que medio cubrían sus cuerpos desnudos y sudorosos. Uno de ellos metió otro par de toallas bajo el vientre del modelo, alzando sus nalgas. Otro hombre trajo un bajo escabel que sacó de alguna parte y lo situó de forma que sirviera de apoyo a los integrantes de menor altura.

Hamil se debatía y protestaba, amenazaba y juraba en su idioma natal, pero nadie le hizo el más mínimo caso. Un buen chorro de lubricante cayó sobre sus nalgas y una mano se encargó de embadurnar su ano a consciencia. El terror quebró las protestas del modelo, que intentó balbucear como pudo. Sin embargo, a pesar del miedo, su esfínter pulsaba y se relajaba por su cuenta, deseoso de ser traspasado por aquellos miembros hinchados que se paseaban ante sus narices. El miedo hizo sonar sus tripas con un ruido gorgojeante. Unas manos rudas se posaron sobre sus estremecidas nalgas y las abrieron sin consideración. El ano se abría, rojizo y húmedo, dispuesto a todo.

Antes de dejar la casa de baños que estaba controlando con su mente, Cristo escuchó el bramido que provino del fondo, el grito de un hombre violentamente enculado y humillado. Sonrió perversamente y salió a la calle.

* * * * * *

Necesitada de alguien con quien poder desahogarse, Chessy acabó armándose de valor y llamó a la puerta de su cuñada Kasha. Cuando ésta abrió la puerta, quedó muy asombrada de la presencia de la rubia en el quicio de entrada. Ni Hamil ni Chessy habían ido nunca a su apartamento, ni siquiera después de hacer las paces con su hermano. Así que verla allí, sola y con una extraña expresión en el rostro que no podía identificar, fue motivo suficiente para comprender que algo inusual pasaba.

―           Chessy… ¿sucede algo?

―           Necesito hablar con alguien – musitó la rubia, la barbilla temblorosa. — ¿Puedo pasar?

―           Sí, sí, claro. Pasa, por favor…

El apartamento era muy luminoso y Kasha mantenía muchas plantas de interiores en él. La hizo pasar hasta un coqueto salón minimalista, pero así mismo cómodo y cálido.

―           Voy a preparar un poco de té – le dijo la sudafricana, tras instalarla en un mullido sofá que la acogió como una madre cariñosa.

Chessy se quedó sola y suspiró, relajándose sobre el mueble tintado de rojo. Desde que había tomado la decisión de hablar con Kasha, se sentía algo mejor. Tenía que compartir lo que le pasaba con alguien, sólo para tener la certeza que no se estaba volviendo loca.

En un principio, no supo a quien acudir. A pesar del tiempo que llevaba en la ciudad, Chessy no contaba con muchos amigos de confianza, por lo que estuvo a punto de acudir a Cristo. Cuando se dio cuenta de lo que iba a hacer, se echó atrás. No podía acudir en busca del español después de abandonarle como hizo ella. Lo más seguro era que le cerrara la puerta en las narices. Su segunda opción fue Kasha. Asombrosamente, la idea de confesarse con Hamil nunca pasó por su cabeza. La vergüenza y el tormento somático que padecía anularon esa opción desde el principio.

Kasha apareció siete u ocho minutos después, portando una bandeja con tazas, una tetera anaranjada de diseño, y unas cuantas pastas con fibra. Chessy contempló a su cuñada avanzar hacia ella, el largo faldón de su precioso kimono oriental aleteando a su paso. Pudo vislumbrar brevemente una larga pierna morena, de piel brillante y tersa. Kasha acostumbraba a estar siempre descalza en casa. El suelo de pulida madera le permitía hacerlo tanto en invierno como en verano.

Con pericia, la modelo se acuclilló ante la mesita ratonera y depositó la bandeja con cuidado. Sirvió el té como una moderna geisha y puso una taza entre los dedos de Chessy. La miró fijamente al sentarse a su lado.

―           A ver, suéltalo…

Aquellas palabras fueron justo las que necesitaba para abrir la espita y contarlo todo. Le habló de lo que sentía cuando tocaba a cualquier hombre, de cuánto la estaba separando de Hamil, de la extraña actitud de éste, y, sobre todo, de lo que empezaba a sentir con respecto a las mujeres. Kasha la escuchó en silencio, pero sus ojos y cejas indicaban perfectamente la sorpresa que la embargaba.

―           Pero todo eso no… no tiene una explicación lógica. Nadie amanece renegando de sus gustos sexuales…

―           Lo sé – Chessy se limpió la humedad de los ojos.

―           … por no hablar de esos síntomas físicos… ¿Estás segura de que tu pene ha crecido?

Chessy asintió y, sin decir una palabra, se puso en pie y remangó la amarillenta falda tubular que vestía. El pene abultaba el estrecho tanga blanco que llevaba, sobresaliendo por los laterales debido a su estado medio erecto.

―           Está así por estar a tu lado – musitó Chessy.

―           ¡Dioses oscuros!

―           Llevaba sin tener una erección desde los dieciséis años, tras empezar a hormonarme, y ahora no hay día en que no me levante firme, sin explicación alguna. He contactado con varios especialistas y no saben darme una razón lógica – dijo Chessy, bajándose la falda.

―           ¿Hamil te ha visto así?

―           No. Hace un mes que no hacemos el amor. No puedo acercarme a él, es más fuerte que mi voluntad.

―           ¿Y qué dice él?

―           Nada.

―           ¿Nada?

―           Es como si no le importase. Sigue muy atento conmigo, pero no muestra interés sexual.

―           ¿Sabes si…?

―           ¿Si se está follando a otras? No me extrañaría. Ya sabes que tu hermano es muy fogoso. No hay otra explicación.

―           Joder, Chessy, lo siento mucho… No sé qué otra cosa hacer por ti. ¿Quieres que te acompañe al médico?

―           Por ahora no pienso visitar a ninguno. No me duele nada mientras que no toque a un tío. He cambiado mi estado de masajista para dedicarme sólo que a mujeres. Mientras tanto, seguiré anotando y examinando todos los cambios que sucedan en mi cuerpo, y consultaré la Red. Ya habrá tiempo de acudir a un especialista.

―           P-pero… ¿y tu vida amorosa? ¿Qué hay de Hamil? – parpadeó Kasha.

―           No lo sé. No sé qué hacer… Quizás se lo confiese todo. Siento que le quiero aún, pero no le deseo… no puedo desearle…

Kasha estiró los brazos hacia ella, acunándola entre ellos. Chessy se soltó a llorar, arropada por el consuelo de su cuñada, que nunca antes se había mostrado de esa manera. Estuvieron algo más de cinco minutos así, en silencio. Chessy sollozaba bajito, derramando lágrimas, y Kasha la abrazaba la mecía lentamente.

―           Kasha… suéltame… – la voz surgió apagada, la boca apretada contra el pecho de la sudafricana.

―           Sí, claro. ¿Te sientes mejor? – preguntó la modelo, abriendo los brazos.

―           No… no puedo controlarme – respondió Chessy mirando su regazo.

―           ¡Dulce María! – susurró su cuñada, contemplando el bulto que se marcaba bajo la estrecha falda.

―           Es como si tu olor a mujer o el roce con tu piel lo disparara – explicó Chessy, sin levantar la vista.

―           ¿Te pasa también con los masajes?

―           Siempre. Tengo que ponerme shorts ceñidos bajo la bata para ocultarlo.

―           ¿Y con los hombres picores y ansias de vomitar?

Chessy asintió, con las manos colocadas sobre su erección en un intento de esconderlo. Sin embargo, Kasha no quitaba sus ojos del bulto.

―           ¿Vas a probarlo?

―           ¿Probar? – enarcó una ceja Chessy.

―           Probar con una mujer. Es lo único que puedes hacer para desahogarte.

―           ¡No me gustan las mujeres! ¡Nunca me han gustado!

―           ¿Ni siquiera ahora? – los ojos de Kasha la observaron minuciosamente.

―           Bueno… no me siento atraída, pero mi cuerpo reacciona por sí mismo – balbuceó, alterada. – Una vez que estoy liada con el masaje, no me desagrada, p-pero nunca buscaría…

―           Ssshhhh… ya lo sé, tranquila, tranquila – la calmó su cuñada, pasando una mano sobre su antebrazo.

―           ¡Oh, Kasha… ¿qué voy a hacer?

―           Supongo que tendremos que meditar sobre ello largamente. ¿Otro té?

―           Preferiría algo más fuerte, ¿sí? Necesito animarme…

―           Por supuesto – sonrió la modelo, caminando hacia un pequeño mueble bar.

Dos vasos de áspero Bourbon más tarde, Chessy se encontró mucho más tranquila, charlando con Kasha de posibles consecuencias futuras. De hecho, su cuerpo parecía desmadejado y soldado al sofá, sus brazos resultaban muy pesados, y los párpados se le cerraban cada vez más seguido. Cuando se dio cuenta de que su voz sonaba estropajosa y monótona, comprendió que algo le sucedía. Chessy apenas bebía, pero este estado iba más allá de la embriaguez.

―           ¿Q-qué… me pasa? – murmuró.

―           Sshh… nada, solo es para calmarte – le contestó Kasha, acariciándole una mejilla con el dedo. – He añadido un par de relajantes musculares a la bebida.

―           P-pero…

―           ¿Sabes? He sentido mucha curiosidad hacia ti, desde la primera vez que te vi desnuda, en aquel lavabo del restaurante PER SE – musitó a su oído Kasha, acariciándole el cuello lentamente. – Me preguntaba qué se sentiría siendo traspasada por una mujer como tú, pero todo quedo en meras elucubraciones finalmente. Creí que mi hermano te compartiría pero resultó que no te gustaban las mujeres y, además, Hamil se había enamorado de ti. Así que me quedé con la duda y las ganas…

―           Yo… yo no…

―           Y ahora, aquí estás, confesándome que, por algún motivo, no puedes tocar a un hombre y que las mujeres te ponen la polla tiesa. Pero aún así, no quieres tener nada que ver con una hembra. Eso es de pecado, cuñadita, te lo digo yo.

―           ¿Qué vas… a hacer?

―           Oh, seguro que ya lo intuyes. Voy a allanar el camino, tomando por ti la decisión. Te voy a usar a placer – dijo con ironía la modelo, pasando el dedo índice sobre la tela que cubría la erección. – Está realmente duro, tenías razón…

―           No… por favor… Kaha, no quiero – Chessy hizo un esfuerzo y levantó una mano para tratar de detener la caricia de su cuñada, pero ésta apartó delicadamente la muñeca de la rubia, depositando de nuevo la palma de la mano sobre el asiento del sofá. Chessy no pudo volver a despegarla.

Con una festiva parsimonia, Kasha desabotonó la blusa de Chessy y siguió desnudándola lentamente, como si se tratase de una gran muñeca. Pronto la tuvo toda desnuda y expuesta, sentada con las piernas juntas y estiradas. El pene quedaba fuera de sus muslos, erguido y desafiante. Kasha admiró sus proporciones, evidentemente congratulada.

Entonces, se puso en pie, encarando a su cuñada, y desanudó su kimono, dejándole caer hombros abajo. Debajo de la sedosa prenda tan sólo apareció un culote de encaje negro que se adhería a sus caderas como si estuviese pintado sobre la piel.

―           ¿De veras que no te gustan las mujeres? ¿Ni siquiera para admirar un cuerpo como este? – sonrió Kasha. – No creo que tu polla piense lo mismo. Creo que podrías partir nueces con ella, ahora mismo.

Kasha se dejó caer de rodillas sobre el piso y, con una mano, abrió las rodillas de la rubia, internándose entre ellas, hasta depositar un beso sobre el rojo glande.

―           Kasha, no…

Pero Kasha abrió los labios, deslizando la cabeza del miembro al interior de su boca. Presionó con los labios y activó su lengua con maestría. Le encantó el sabor de aquel pene. Seguramente, Chessy lo mimaba y lo mantenía impoluto. En una palabra, sabía diferente al de un hombre, por muy aseado que fuera éste. Tragó hasta que traspasó su garganta y lo mantuvo allí todo lo que pudo.

―           Kashaaaa…

La modelo no pudo sonreír debido a la presión del miembro, pero supo que había vencido fácilmente. Chessy no podía resistirse a aquella caricia bucal. Llevaba un mes sin darle alegría al cuerpo, asustada por cuanto sentía y padecía. Se entregaría casi de inmediato.

Siguió devorando aquel duro pene que dejaba atrás a cualquier amante que hubiera tenido en su cama. Sentía como los muslos de la rubia temblaban, flanqueándola, como su pubis se alzaba instintivamente para introducirse más profundamente en su boca. Kasha tragaba y engullía, aquejada de unas ansias que hacía tiempo que no sentía. La saliva le chorreaba por la barbilla y caía sobre el sofá en hebras transparentes.

―           Kasha… por Dios… ¿q-qué me… haces?

Una de las manos de Chessy había conseguido llegar hasta la nuca rapada de la sudafricana, apoyándose allí con delicadeza. Un dedo acariciaba el corto vello a contrapelo, incapaz de hacer nada más, pero fue suficiente para hacer comprender a la modelo que su cuñada no deseaba que se detuviera.

Repasó a conciencia los suaves y depilados testículos con la lengua. Se introdujo las pequeñas pelotas cargadas de semen en la boca, primero una, luego la otra, hasta conseguir que Chessy alzara el rostro y gruñera. Su miembro temblaba, el glande más que enrojecido. Kasha se puso en pie e inclinada sobre su cuñada, murmuró:

―           Ahora, querida cuñadita, me voy a sentar sobre tu regazo y me la vas a meter bien adentro, ¿verdad? Mi coñito se va a tragar toda esa maravilla y vas a notar lo cálida y suave que es una vagina, de una vez por todas.

―           Oooh, Kasha… q-qué mala m-me has puesto… nadie me había… chupado así – balbuceó la masajista mientras Kasha se subía sobre ella y con una mano, guiaba la polla reverenciada a su vulva.

―           Nadie lo había hecho porque tenías una pollita de juguete. Tan sólo te daban por el culo… pero ahora tienes una polla de semental con la que se puede hacer muchas cosas. Vas a sentir el cielo, cariño…

Y se dejó caer sobre aquel miembro que tenía enfilado, que abrió en canal su vagina, haciéndola estremecerse entera. A medida que su pene entraba en reino desconocido, Chessy sintió diferentes niveles de calor y humedad, notó músculos que se adecuaban perfectamente a su propio sexo, acogiéndole como si fueran órganos nacidos juntos y separados durante muchos años. Nada la había acogido así en su vida, ni siquiera la boca de un amante.

Los labios de Kasha bajaron hasta los suyos, y una lengua ávida y caliente se paseó sobre la suave piel pintada de rosa. Chessy jadeó cuando el rostro de su cuñada se apartó unos centímetros. Contempló a placer aquellos rasgos hermosos mientras que el fuego interno crecía y crecía más abajo. Le dio paso a la lengua al interior de su boca. La lengua de una mujer, la saliva de una hembra, el aliento de una fémina…

La idea entró a reacción en su mente. ¡Se estaba follando a una mujer, y le parecía algo maravilloso! ¿Lo habría sido también años atrás o era tan sólo un producto de la consecuencia actual? No le importó. Kasha la cabalgaba con fuerza y rudeza, empalada totalmente. La fricción sobre su miembro la enervaba tanto que no dejaba de gruñir en la boca de su amante cuñada.

Las manos de ésta se aferraron a sus perfectas tetas, apretando con saña y pasión. Chessy gimió e intentó subir una mano hasta su pecho, o quizás al pecho de Kasha, pero no pudo. La mano se quedó donde estaba, sobre uno de los bien torneados muslos de la modelo.

―           Aaaahhh… Chessy… me llenas toda… hasta el útero…

―           C-cállate… calla… que me… corro – jadeó Chessy, totalmente enardecida por lo que sentía y por aquellas palabras.

―           Pues córrete… córrete dentro de mí… ya…

Kasha se agitaba ya como una loca, presta al orgasmo que se le venía encima y que se le antojaba brutal, quizás debido al puro morbo que estaba viviendo. Quería que su cuñada se corriera también, al mismo tiempo. Ni siquiera pensó en que no estaba tomando ningún anticonceptivo en los dos últimos meses. Solo quería notar el esperma derramarse en su interior.

Por primera vez en su vida, Chessy experimentó en su ser la instintiva necesidad de vaciarse en la vagina de una hembra, la satisfacción de haber realizado un deber racial, de procrear para la especie, de gozar de forma totalmente natural. Se quedó con la cabeza hacia atrás, la nuca apoyada en el respaldo del sofá, y los ojos bien abiertos, contemplando el increíble placer que se dibujó en el rostro de su cuñada. Una sonrisa estiró los labios de Chessy, a la par que la última descarga de semen se vaciaba en el interior de Kasha.

Una parte de su mente aplaudió íntimamente. Había encontrado una nueva meta, un impulso que la permitiría salir de la depresión en que estaba cayendo. Kasha se abrazó a su cuello, colocando sus menudos y tiesos senos sobre su rostro.

―           ¡Qué ganas tenía de probar esto! – se rió la modelo.

―           ¿Me llamarás otro día o me patearás el culo después de conseguir probarlo? – surgió la voz asfixiada de su cuñada.

―           ¡Tonta! – exclamó, soltándose de su cuello e inclinarse hasta besarla dulcemente. – Por mí, podrías venirte a vivir aquí, las dos juntas.

―           ¿Y dejar a tu hermano?

―           ¿Por qué no? ¡Ya no tienes futuro con él!

Chessy no respondió. Aún quedaban en ella ganas de luchar por su relación, aunque el futuro pintara mal. Era pronto para tomar una decisión, pero estaba contenta de disponer una salida como aquella. Detuvo las preguntas de Kasha con un beso apasionado, que las enzarzó en una nueva lid pasional.

Con cuidado de no hacer ruido, alguien se sirvió otro dedo de aquel Bourbon magnífico. Volviéndose hacia ellas, Cristo realizó un brindis silencioso. ¡Qué bien sentaba la revancha, cojones!

 

 

                                                                                                                    CONTINUARÁ…

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