DANIEL GODINO

El viaje hasta Salamanca en coche se me hizo más largo de lo que esperaba. Juno se había pasado a recogerme a mi apartamento demasiado temprano, antes siquiera de que el sol comenzara a teñir el cielo de Madrid, cuándo tan sólo los trabajadores de los servicios de limpieza y algún que otro transeúnte somnoliento recorrían las calles.

Al salir del portal, me acerqué a su berlina de color azul marino, observando cómo las hileras de farolas se iban apagando ordenadamente. Abriendo el maletero, deposité la pequeña maleta que llevaba cargando desde casa, y acto seguido, me senté junto a ella en el asiento del copiloto. Le había dado tiempo a maquillarse, a recogerse el pelo en una coleta y a abrigarse con una chaqueta oscura.

−Todavía tenemos que pasar por la comisaría de Retiro. Al menos para dar parte de salida y coger las cosas que nos faltan.− apreté su brazo, en forma de saludo.

−Sí, yo también he dormido bien, Lucas, muchas gracias.− Juno me sonrió, mientras volvía a poner en marcha el vehículo.− He cogido lo imprescindible. Espero que podamos estar de vuelta a casa para esta noche.

−Llamé a Laura y nos ha dejado la documentación pendiente en el segundo cajón de la recepción, por si no hay nadie cuando lleguemos. Yo también he cogido sólo lo necesario.

−Te he visto salir con la maleta, inspector. Es el doble de grande que la mía. Parezca que vas a coger un avión y a tomarte unas vacaciones a una isla paradisíaca. O piensas que vamos a tardar días en acabar el trabajo o tienes alguna clase de complejo que no conozco.

−Créeme, por mi parte, todo está en orden.− sonreí sin mirarla.− Y confío en que sea rápido. ¿Llevas algún arma?

−Sí, sólo la de nueve milímetros. ¿Tú?

−También. Aunque dudo que las vayamos a necesitar.

−Cada vez que dices eso, tengo la sensación de que las vamos a necesitar.

Tal y cómo me había especificado Laura el día anterior, dentro del segundo cajón de la derecha, en el mueble de la recepción de la comisaría del Retiro, se encontraba un sobre blanco, algo abultado, lleno de información y documentos específicos del caso que estábamos tratando de zanjar la inspectora Villalón y yo.

Hacía menos de una semana que se nos había asignado el caso de la desaparición de una mujer madrileña, la señorita Amelia Ruescas. Tras analizar su apartamento con cuidado, y haber interrogado a algunos de sus vecinos, el único hilo del que habíamos podido tirar era el de una rencilla familiar con su hermano, Pablo Ruescas, que además había comenzado a vivir con ella tras salir rehabilitado de una clínica psiquiátrica, después de varios meses ingresado por un cuadro de esquizofrenia paranoide. Por motivos obvios, este se había convertido inmediatamente en el principal sospechoso, y que tras la desaparición de su hermana viajase a la casa de su madre, en Salamanca, no hacía más que reforzar la sospecha.

Durante los últimos tres días, habíamos estado en contacto con los equipos de búsqueda de ambas provincias, sin llegar a tener noticia alguna, al haber encontrado la casa de la madre completamente vacía. Sin embargo, tras indagar entre los registros de hacienda de la familia, mi compañera, la inspectora Juno había encontrado que la madre poseía una antigua finca en las afueras de la ciudad. Antes de seguir contando con los equipos de búsqueda, Juno me convenció para investigar por nuestra cuenta la finca en la que podía haberse refugiado el señor Ruescas, con su hermana como rehén, y detenerle en caso de dar con él.

A las nueve y once de la mañana, Juno estaba aparcando su coche en una pequeña cuesta de arena en las afueras de la ciudad de Salamanca, varias calles lejos de la entrada de la finca privada, como medida de precaución. Tras bajar, sacamos nuestras respectivas maletas de la parte posterior de la berlina y nos equipamos con algunos utensilios. En nuestros cintos tan sólo había un par de esposas, el arma reglamentaria, una pistola UMP de 9mm con el seguro puesto, una linterna y un intercomunicador ligero, con el que mantener el contacto en todo momento.

−No tenemos permiso para entrar. ¿Crees que deberíamos esperar a ver si alguien entra o sale? ¿O tratamos de llamar?− Juno esperó cerca de la gigantesca verja de metal. Más allá, podía verse un descuidado camino de piedra que se dirigía al porche de la casa. A simple vista, no parecía haber nadie.

−Tardaríamos demasiado. O alertaríamos a quién estuviese dentro.− caminé frente a ella.− Vamos a dar un rodeo. Si vemos algún paso, avisamos al otro.

Juno asintió seriamente, y comenzó a bordear el lado izquierdo de la verja, mientras yo me dirigía al lado derecho.

La cerca metálica ocupaba un terreno en pendiente, frente a la carretera. Por el lado derecho, tenía pegado un camino de tierra que atravesaba un pequeño bosquejo con un riachuelo. A través del empalizado oxidado, podía ver el patio delantero, cubierto de hierbas altas, con algún que otro utensilio de jardinería abandonado a su suerte. La puerta delantera había sido cerrada por una serie de tablones de madera clavados en el marco. La mayoría de ventanas del primer piso parecían haber sido cegadas del mismo modo desde el interior de la casa, y muy pocas conservaban sus cristales o sus cortinas.

Me pareció ver algo moverse en la cocina del primer piso, a través de los tablones. Pegué mi cuerpo contra la verja para intentar averiguar qué era, sin resultados.

−Eh, aquí hay un paso.− la voz de Juno se coló débilmente a través del intercomunicador, desde mi cintura. Aligeré el paso para encontrarme con ella en la parte trasera de la finca.

Efectivamente, a su lado, una pequeña abertura en la cerca permitía el posible acceso a un adulto agachado. Las placas metálicas habían sido cruelmente retorcidas, y en sus bordes se veían las marcas del óxido, probablemente corroídas por el riachuelo cercano.

−Espera, no des ni un paso más.− la inspectora hizo un gesto firme con la mano, mientras se acercaba al punto de inserción. Antes de señalar una de las arandelas cercenadas de la verja. Sobre ella, colgaba el jirón ensangrentado de una camisa a cuadros.− ¿Deberíamos llamar a la científica?

−No. Deja eso ahí, no lo toques. Tenemos que entrar.− con cuidado, me agazapé al lado de Juno y crucé por la abertura. En el fondo del hueco, pude notar cómo las suelas de mis botas se empapaban de cieno. Ayudé a Juno a cruzar, tendiéndole la mano desde el interior del patio.

−¿Es la primera vez que entras sin permiso?− Juno había moderado el tono de su voz, conforme cruzábamos el patio trasero de la finca. Las malas hierbas se habían apoderado de la mayor parte de la superficie del terreno, y apenas se entreveían algunas herramientas de jardinería salpicadas por ahí, en torno a una piscina vacía, con gran parte de los azulejos destrozados.

−No. ¿Tú?

−Tampoco. Pero seguro que lo he hecho menos veces que tú.

En ese momento exacto, pudimos oír un grito de socorro provenir desde el interior de la casa. El alarido, probablemente de mujer, se perdió entre una serie de murmullos apagados, sofocados por el grosor de las paredes. Tanto la inspectora como yo nos vimos sobresaltados por aquel quejido, y nos llevamos las manos a la empuñadura de nuestras armas, al tiempo que avanzábamos con rapidez y cautela, hasta llegar al porche y a la puerta de atrás de la construcción. Juno se había quedado detrás, cubierta de la vista de las ventanas, tras una pequeña valla blanca.

−Tienes que volver y pedir refuerzos, Juno.− seguía viendo movimiento en los pasillos del interior de la casa.

−Estás loco. Hay alguien en apuros, vamos a entrar. Te cubro.− ante sus palabras, no pude hacer más que una mueca de disgusto. Cada uno de nosotros se cubrió a un lado de la puerta trasera.− A la de tres. Uno. Dos. Tres.

En un rápido movimiento, ambos golpeamos con una potente patada la puerta de madera, haciéndola ceder con un estruendoso choque, mientras apuntábamos con nuestras armas al interior de la casa. Tan sólo fuimos recibidos por el polvo que flotaba en los pasillos, por la penumbra y por un silencio sepulcral.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s