MOISÉS ESTÉVEZ

Dormía plácidamente en su cama cuando algo la sobresaltó. Estaba siendo tan plácida en ese momento su relación con Morfeo, que no supo identificar qué… un ruido, un movimiento, una sensación…
El caso es que intentando saciar su curiosidad, plantó los descalzos pies en el frío suelo y con pesadumbre y somnolienta se dispuso a averiguar qué le había arrancado de los brazos del dios griego.
Aprovecharía el inciso en la noche para ir a la cocina y beberse un buen vaso de agua fresca – la lasaña de la cena está haciendo estragos – se dijo.
Mientras calmaba poco a poco la sed, notó algo extraño, sus hábitos perfectos en cuanto al orden en casa, le decían que no todo estaba en su sitio, que existía algún objeto fuera de lugar.
Efectivamente, observó que un par de cajones estaban semiabiertos, lo que empezó a ponerla nerviosa al comprobar sin necesidad de terminar de abrirlos que uno de ellos se trataba del que albergaba los cuchillos.
Con el corazón en un puño y haciendo un esfuerzo por no darle importancia, no cayó en la cuenta de averiguar si faltaba alguno y deshizo el camino al dormitorio para recuperar aquella relación con el sueño y tratar de relajarse, intentando no pensar en su meticulosa colocación de las herramientas culinarias – me despistaría anoche – pensó, cuando de repente y al pasar por la puerta del salón, vio que una de las ventanas también estaba semiabierta…

Un comentario sobre “40.0

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