ALBERTO ROMERO

Una Conversación Pendiente.

Antonio y Josefa bajaron a la cafetería del hospital tratando de mantener la
compostura a pesar de que la tensión entre los dos era palpable a metros de distancia,
incluso sin conocerlos. Antonio se quedó detrás de ella en el ascensor, mirando
aquel moño al que tanta manía había cogido. Su mente se había bloqueado
al completo al ver el cuchillo en el bolso de Josefa, y por más que intentaba pensar
que no era una declaración de intenciones, no podía quitárselo de la cabeza.
Para que llevaba sus suegra un cuchillo de treinta centímetros en el bolso. ¿Pensaba
matarlo allí mismo? ¿Esperaría a hacerlo delante de un montón de gente en mitad
de la cafetería? ¿O lo había llevado a afilar antes de pasarse por el hospital?.
En ese instante, que pareció eterno, en el que el ascensor tardaba tanto para bajar
tres pisos le dio tiempo a pensar todo tipo de cosas. Y fue entonces cuando le vino
a la mente la última frase de la carta anónima: Mantente alejado de Josefa, por tu
integridad física.
Se quedó blanco al pensar en aquella última frase. ¿Le iba a matar? ¿Se iba a
dejar?…
Las puertas del ascensor se abrieron y Antonio respiró aliviado. De camino a la
cafetería se cruzaron con mucha gente que iba y venía. Se sintió protegido por el
tráfico hospitalario, pero no sabía cuanto le iba a durar. Josefa agarraba con fuerza
el bolso y con el ceño fruncido no pronunció palabra hasta llegar a la barra de la
cafetería.
-¿ Qué vas a querer Antonio? Preguntó mirándole fijamente a los ojos.
-No sé. Acabo de tomar café, pero otro no me vendrá mal. Contestó Antonio
trabándose un poco al hablar, fruto de los nervios.
Se notaba el corazón palpitando a toda velocidad.
-Antonio quiero hablar contigo seriamente. Estoy muy preocupada por Ana, su
evolución es nula, y últimamente tú y yo nos comunicamos poco. -Comenzó Josefa.
Antonio la miraba sin pestañear, a ella y al bolso.
-Sé que no estuvo bien mi arrebato de rabia en tu casa el día del accidente y te
pedí disculpas. Pero desde entonces nuestra relación está fría como un témpano. -Continuó.
-No sé como quieres que esté Josefa. Me amenazaste de muerte aquel día, y
no lo puedo olvidar. Desde entonces te comportas de manera muy rara conmigo y
desapareciste tres días sin dar explicaciones….
-La verdad es que todo esto de mi hija me está superando. Decidí evadirme
tres días con mi familia de Barakaldo. Siento si mi comportamiento no ha estado a
la altura. Me gustaría arreglar las cosas contigo.
-No sé Josefa, no te reconozco. Contestó Antonio mirándole con incredulidad.
-Necesito tiempo para creerme que sea verdad que quieres arreglar las cosas. -Le
dijo Antonio escéptico ante aquel alarde de interpretación.
-De acuerdo, lo entiendo. -Contestó Josefa poniendo cara de perro apaleado,
una cara ensayada que le salía a la perfección.
Terminaron el café y decidieron volver a la habitación de Ana. Esperando al ascensor
Antonio no se creía nada de lo que le acababa de decir sus suegra, pero se
sentía algo más aliviado de haberle soltado algo de lo que llevaba pensado para
decirle.
-Vamos por la escalera, -dijo Josefa arrancando impaciente por la tardanza del
ascensor.
Antonio siguió a su suegra y los dos entraron en el recinto de las escaleras.
Según se cerró la puerta y estuvieron solos Josefa le pegó un empujón a Antonio
con el bolso que pilló a este totalmente desprevenido y casi le tira al suelo.
-¡No vas a quitarme a mi hija, hijo de puta! Le dijo poniéndole el cuchillo en
un rápido movimiento de manos en el cuello.
-¡Sé quien eres, cabrón! ¡Y sé lo que quieres! -Gritó Josefa con los ojos inyectados
en sangre y una mueca monstruosa.

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