MOISÉS ESTÉVEZ

Juliette ofrecía a su reducida pero selecta clientela una oferta gastronómica exquisita, acompañada con una buena y amplia carta de vinos, pero sobre todo, unas magníficas vistas de la isla, que gracias a su espléndida terraza parcialmente acristalada, permitía a sus comensales poder disfrutarlas casi todos los días del año.
David no lo pasó por alto y nada más le sirvieron el vino, un Burdeos del ochenta y tres, le trasladó su grata impresión por dichas vistas y la elección del local por parte de Mark, para pasar un rato juntos de manera íntima y personal.
Mark no cabía en sí y pensó que había empezado con buen pie. Contento y optimista alzó su copa para brindar por ese momento y el comienzo de algo nuevo, una amistad diferente, deseada tiempo ha y con vistas a largo plazo. David también alzó la suya respondiendo a dicho brindis con una sonrisa y mirando a los ojos a su atractivo acompañante .
– Bueno que te parece si pedimos algo para comer, estoy hambriento.
– Me parece una idea estupenda, yo también tengo hambre. – Contestó David. – ¿Quieres elegir tú que has venido otras veces? Me dejaré llevar por tus gustos culinarios.
De camino a su apartamento mientras conducía, Mark escuchaba a Michael Franks, un cantante neoyorkino de jazz que le fascinaba. Sumido en sus pensamientos y henchido de emoción, estaba convencido de que su compañero se lo había pasado al menos igual de bien que él.
La velada, romántica y divertida a la vez, había ocupado un espacio en sus vidas necesario de ser cubierto, con cariño, amistad, buenas  conversaciones sobre temas que no tratasen estrictamente de trabajo y una complicidad lejos de lo profesional.
Quedaron en mantener aquello en secreto, lo que se supone que había comenzado esa noche. Serían discretos hasta ver si la cosa funcionaba, a lo que ninguno renunciaría de ninguna de las maneras, y es que en la despedida, sin ningún acercamiento físico por cierto, y no por falta de ganas y deseo, manifestaron sus intenciones de que se fueran repitiendo las citas con frecuencia.
Mientras Mark iba de camino a casa, ya David se había desnudado y se encontraba bajo su cálido edredón. – ¡Que coño, mañana le propondré “al inspector” que nos veamos el sábado!…

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