DANIEL GODINO

A Isaías le habían destrozado la vida. Hacía un año, el ex−novio de la chica con la que llevaba viéndose hacía un tiempo, John, le había desfigurado el rostro y arrancado uno de los dedos de la mano izquierda en un altercado, dentro de la discoteca en la que estaban celebrando el cumpleaños de la muchacha.

Había tenido que pasar meses en el hospital, pasando de las manos de un cirujano a otro, sometiéndose a decenas de operaciones para reconstruir su cara de la mejor manera posible. A su agresor le habían metido en uno de los centros penitenciarios de la autonomía. El juicio fue corto, y la sentencia por agresión y tentativa de homicidio apenas había llegado a los tres años de reclusión.

Al salir del hospital, tras tantos dolorosos meses, cuyo recuerdo se formaba de inconexas operaciones y largas esperas, Isaías se miró al espejo, nada más llegar a su apartamento.  Las cicatrices poblaban ahora su rostro, hinchado, cruzándolo de un lado a otro con feas coseduras y gasas. Se acarició cada una de sus cicatrices con la mano herida, sin poder notar el dedo que le habían arrancado. Isaías gritó, pero sin gritar. Cómo si su alma, todo lo que había de humanidad de él, hubiese caído en un limbo. Sería difícil reconstruir su vida a partir del accidente. Sin conocidos que se preocupasen por él, con la familia demasiado lejos de casa. Algo tenía que hacer.

De ese modo, Isaías fue a visitar a John al centro penitenciario, una mañana cualquiera. Este se sorprendió cuándo, después de tanto tiempo, alguien hubiese pasado a visitarle. Al entrar a la sala de visitas, John se quedó congelado al ver que el que había venido a charlar con él era la misma persona a la que había destrozado la cara, al otro lado del cristal blindado. Durante unos instantes, pensó en irse, no atenderle, pero no lo hizo. Se sentó frente a él, reprimiendo las ganas de vomitar al ver el rostro desfigurado de su víctima, y descolgó el teléfono.

−Quiero que sepas que te perdono.− Isaías respiró tranquilamente a través del intercomunicador.

−¿Por qué?

−Porque eso es lo que creo que debo hacer. He venido a ayudarte.

−Entonces sácame de aquí. Habla con el fiscal. Este sitio es una mierda.

−No puedo hacer eso.

−¿Por qué?

Isaías se tomó unos instantes, y resopló, antes de volver a pegarse el teléfono al oído.

−Porque estas cicatrices no se irán de mi cara porque tú hables con el fiscal. De ese modo, tu problema no se irá porque lo haga yo. Pero tranquilo, vendré a verte todos los días.

Y así lo hizo Isaías. Al principio, John se negaba a volver a atenderle, pero con el tiempo se volvió el único pasatiempo para ambos. Isaías no llegaba nunca tarde a su cita, y siempre tenía algo nuevo de lo que hablar con John. El recluso, rindiéndose a las circunstancias, también comenzó a abrirse más y más a la compañía de Isaías. Solían hablar de sus días a días, del modo en que a John le preocupaba el modo en que le trataban los demás reclusos, y del modo en que a Isaías le molestaba el que su nuevo rostro no agradara en las entrevistas de trabajo. Ambos se sentían completamente ninguneados por la sociedad, apartados del mundo que les había criado. Las visitas diarias a la prisión autonómica forjaron una fuerte amistad.

Pronto, los dos años restantes de condena llegaron a su fin, y una mañana, John fue puesto en libertad. Como todos los días anteriores, desde hacía dos años, Isaías llegó puntual a la salida del centro penitenciario. John fue acompañado al exterior por dos guardias, después de que la gigantesca verja metálica se hiciera a un lado. Una vez fuera, Isaías y John se abrazaron, cómo dos buenos amigos que llevaban mucho tiempo sin verse. Mientras le abrazaba, Isaías abrió los ojos para observar a los guardias desaparecer de vuelta al interior del edificio.

−Es un placer verte aquí fuera.− el rostro de Isaías había mejorado mucho, con el tiempo.− Vamos. He aparcado el coche cerca.

John acompañó a Isaías hasta el automóvil que se encontraba estacionado en el aparcamiento de la prisión, sin decir palabra alguna. El hombre le había prometido acercarle a su hogar y ayudarle a remendar su vida una vez cumpliese su condena, ayudándole en todo lo necesario.

Antes de llegar al coche, las manos de Isaías temblaban. Se detuvo un momento, dejando que John se adelantase, llegando a uno de los lados del vehículo. Al percatarse de que algo le ocurría a su amigo, se dio media vuelta.

−Eh, Isaías. ¿Qué te ocurre?

El hombre retiró un revólver del interior de su abrigo, y abrió fuego contra la pierna izquierda de John. La bala, acompañada por un potente estruendo, atravesó la piel, el músculo y la articulación de la rodilla del recién liberado, dejando un reguero de sangre y humo. En un golpe sordo, John cayó al suelo, soltando un potente alarido de dolor, pidiendo ayuda a alguien cercano. Trató de arrastrarse lejos del Isaías, que mantenía el arma en la mano de manera firme.

Tras acercarse al hombre herido un par de pasos, volvió a abrir fuego, esta vez, contra su rostro. La bala cruzó de forma perpendicular uno de los lados de su cráneo, atravesando parte de la mandíbula, destrozando los dientes y arrancando la piel y el músculo, y rebotando contra el asfalto tras salir por la abertura del oído. El ruido era ensordecedor. John ya no podía hablar, con la mandíbula destrozada, así que se quedó paralizado por el shock, observando los ojos nebulosos y aliviados de Isaías.

−Quiero que sepas que te perdono. He venido a hacer lo que debía hacer. Y mis problemas no se irán porque tú hagas nada.

Isaías vació el cargador del revólver en el pecho de John, acabando finalmente con su vida, dejando un reguero de sangre sobre el suelo del aparcamiento. El asesino subió a su vehículo, y se alejó del lugar con prisa, suponiendo que pronto las autoridades comenzarían a perseguirle. Que pronto le abatirían si se resistía a entregarse. Que pronto su vida llegaría a su fin. Pero nada de eso le importaba.

Al fin y al cabo, tan sólo la venganza era lo que había mantenido a Isaías vivo durante todos esos años.

 

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