GABRIELA AMAY

Como de costumbre, tomo el primer asiento libre del tren y me dispongo a leer hasta llegar a mi destino. Pero mientras saco mi libro, no puedo dejar de ver el rostro que está en frente de mí… Algo me dice que a esta chica la he visto antes, pero no recuerdo donde. Es morena y tiene el cabello largo, sus ojos son grandes y expresivos. Unas cuántas manchas de rímel en sus párpados inferiores llaman más la atención de su mirada, tal vez no se ha dado cuenta de que están ahí,  o quizás sí, pero no le importa.

Convencida de que son paranoias mías, regreso a mi libro, pero cada dos líneas mis ojos se desvían a su asiento y siguen observándola. Ya casi no entiendo lo que leo, los párrafos no me dicen nada, son como voces en mi mente en segundo plano. Su presencia se está robando toda mi atención. Sus manos delgadas están inquietas, no hay coherencia con su rostro que se mantiene estático y apagado.

Siento un ambiente tenso y no logro entender por qué. Ella no se ha percatado de mi existencia, tal vez no me conoce, quizás yo tampoco… Vuelvo a mi lectura intentando que no se sienta observada, pero esta vez ya no leo. Mis ojos solo ven un montón de letras sin sentido y mi mente intenta hacer memoria.

Es increíble cómo podemos borrar recuerdos de nuestra vida y no traerlos al presente hasta que algo o alguien nos obliga a hacerlo. A veces es el dolor de esos recuerdos los que hacen que de forma inconsciente nos olvidemos de ellos. Es como una coraza, una forma de protección para poder seguir. En cambio los recuerdos bonitos, los más gratificantes para el alma, los que con tan solo pensar en ellos nos sacan sonrisas muy difícilmente se borran, estos en cambio nos ayudan a continuar, ayudan a que la vida sea menos pesada en algunos momentos…

¡Ya lo tengo! Sé quién es. Recordarla me ha traído un dolor en el pecho, fue como si de la nada un soplo helado traspasara mi corazón al pensar en la forma en que la conocí. Con  un poco de miedo, vuelvo a mirarla y esta vez más detenidamente. Ahora tengo ganas de levantarme y bajarme del tren en la próxima parada, pero algo en mí no me deja hacerlo, así que me quedo. Pienso –de todas formas, ella no tiene idea de quién soy yo… ¿o sí?

Tomo mi libro un poco más cerca de mi rostro para evitar que mis ojos me delaten. Pero a ella parece no importarle nadie de su alrededor. Su cabeza está apegada a la ventana y su mirada está perdida, y yo cada vez tengo más la necesidad de saber qué pasa por su mente. La veo tristemente y empiezo a entenderla… ¡Sé que puedo entenderla!

Para ella, las palabras que él le dice cada día son veneno y antídoto a la vez, puedo ver en sus ojos suplicantes como espera a que él por fin deje de buscar amores en otros cuerpos y se quede con ella. Sé que espera con desespero su regreso, no le importa que tan solo se quede unos minutos, no le importa que su mente esté en un lugar distinto cuando está entre sus brazos. En cambio, prefiere soñar que sus besos son solo para ella, prefiere cerrar los ojos mientras él la acaricia y desear que el mundo entero se paralice. Pero siempre llega el final del éxtasis y aunque ella aún no se ha saciado, él sí. Así que como de costumbre se viste y deja un poco más desgarrada su alma con un adiós.

Piensa- ¿qué más da sacrificar unas cuántas puñaladas en el pecho a cambio de un poco de felicidad? ¿Qué importancia tiene la soledad si esta es desplazada con su presencia, con sus besos, con sus abrazos…? ¿Qué importancia tiene el dolor cuando se habla de amor?

Sé que eso pasa por su mente porque aún con su mirada triste y con sus ojos aguados, sonríe. No le importa ganarse unas cuántas “enemigas” con tal de defender su amor, porque aunque él le ha dejado claro que su estadía es pasajera, ella tiene demasiada terquedad en su corazón como para comprenderlo. Sé que le tiemblan los dedos y que el corazón se le acelera cada vez que escribe a sus “rivales” para saber si él está engañándole… y cuando sus sospechas se confirman sé que se quiebra un poco más.

Puedo ver en sus ojos la rabia contra el mundo, aunque su sonrisa diga lo contrario. Cuando mira a la nada, sé que en su mente tiene una batalla entre la razón y sus sentimientos, y cuando caen lágrimas por su rostro sé que su corazón volvió a ganar.

Se seca el rostro, suspira, se pasa un mechón del cabello por detrás de su oreja y sonríe para sí misma… Sé que una vez más se ha esperanzado en que las cosas cambiarán muy pronto.

De repente, nota que no he dejado de observarla y detiene su vista hacia mí. Tomo mi libro con las dos manos intentando disimular, pero ya es tarde. Sé que se ha dado cuenta, así que cierro el libro y la miro con tristeza por unos segundos y luego le sonrío esperando a que me diga algo. No lo hace. En cambio, me devuelve cortésmente una sonrisa forzada y luego regresa su vista hacia la ventana.

Por algún motivo, me siento en deuda con ella, así que sin pensarlo mucho saco un cuaderno y arranco un trozo de hoja. La veo de nuevo, su mirada sigue perdida. Me concentro en el papel. Mis manos me tiemblan un poco, pero aun así escribo un mensaje lo más legible que puedo. Me levanto rápidamente, dejo caer el trozo de papel en sus manos y me bajo del tren.

Se queda algo desconcertada por mi acción, toma la nota y la lee:

Sé cómo duele su amor mezquino, lo sé porque antes de ti estuve yo. Y sí, las cosas cambiarán, pero no como tú esperas que lo hagan. Cambiarán cuando tu prioridad seas tú y no él… Suerte.

El tren se está yendo, pero alcanzo a ver que su mirada me busca entre la multitud, me encuentra y me sonríe mientras una lágrima cae por su rostro. Ojalá sea la última.

 

Un comentario sobre “La última lágrima

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