RAQUEL DÍAZ ZUDAIRE

Desde que Aingeru murió, algo había cambiado dentro de mí. No había ninguna lógica en el hecho de que yo, que jamás había estudiado música ni aprendido a tocar un instrumento, me sentara al órgano y mis manos y pies comenzaran a deslizarse por los diferentes teclados, como si tuvieran vida propia, tocando unas fugas endemoniadamente enrevesadas, de esas que solamente Aingeru era capaz de interpretar.

Pero no era este el único fenómeno extraño que experimenté, también estaba el repentino e inexplicable cariño que sentía por la madre de mi difunto novio. No era un simple afecto; no era la compasión que sientes por la desolada mujer que acaba de perder a un hijo. No. Era el mismo amor que siente un hijo por su madre. Y era porque el espíritu de Aingeru habitaba en mi interior confundiéndose con el mío propio.

Otra sensación inexplicable fue la que viví cuando me miré al espejo por primera vez desde que Aingeru había muerto. Yo siempre he sido un chico de muy baja autoestima; es más, me repugnaba mi propio rostro. Y sin embargo, cuando aquella vez me coloqué frente al espejo, me quedé completamente asombrado, pensé que no podía existir en el mundo una criatura más agraciada que yo. Me quedé prendado de mí mismo. Y era porque Aingeru, que ahora vivía dentro de mí, vio por fin mi rostro, que solamente había conocido palpándolo con sus manos de ciego, y me transmitió su más puro embelesamiento.

Por todas estas cosas y muchas otras más, llegué a la conclusión de que Aingeru y yo convivíamos en un mismo cuerpo.

Pero nadie me creía.

– Es un mecanismo de defensa – me explicó el médico –: tu cerebro te hace creer todas esas cosas para protegerte del dolor que sientes tras haber perdido a un ser querido.

En un principio pensé que tendría razón y que con el tiempo se me terminaría pasando; pero, lejos de volver a la normalidad, aquel fenómeno extraordinario se fue intensificando hasta tal punto que perdí el control sobre mí mismo, pues Aingeru se adueñó por completo de mi cuerpo.

Esto sucedió un día de noviembre, cuando Luciano, uno de los dos demonios que habían golpeado a mi ángel hasta matarlo, regresó al pueblo.

Habían pasado ya seis años de la muerte de Aingeru y yo seguía tocando el órgano. Sabía que Luci y Fer habían permanecido internados en un centro hasta cumplir la mayoría de edad y que después se habían marchado a la ciudad para estudiar una carrera universitaria. Fernando se había resocializado, o al menos eso contaba su madre, quien, en una ocasión, vino a verme y me habló en estos términos:

– Mi hijo está muy arrepentido por lo que pasó. Él no quería mat… mat… Solo era una broma, una broma que se les fue de las manos…

– ¿Una broma? – exclamé furioso –. ¡Lo mataron! ¡Lo golpearon con un bate en la cabeza sin que él pudiera defenderse! ¡Esos malditos homófobos lo asesinaron con todo su odio y alevosía! ¡Igual que los cuatro desalmados que me agarraron para que no pudiera ir a socorrerle!, ¡igual que todos los que se quedaron mirando en lugar de pedir ayuda!

– Créeme, Valentín, mi hijo se siente terriblemente culpable; desde entonces ya no es el mismo… Ha escarmentado, de verdad. De hecho, ha estudiado la carrera de Trabajo Social y ahora se va a ir al extranjero para ayudar a los más necesitados…

A mí me importaba un pimiento que Fernando se sintiese mal o que la culpa le hubiese desendemoniado, ya que eso no me devolvería a Aingeru, pero por lo menos me aliviaba saber que estaba lejos; no como Luciano, quien, como digo, regresó al pueblo un día de noviembre, el primero del mes, y no parecía haberse resocializado en absoluto.

Aquel día estaba yo tocando el órgano durante la misa de Todos los Santos y fue después de la bendición, mientras todo el mundo salía para dirigirse al cementerio a llevarles flores a sus difuntos, cuando ese diablo se acercó a mí, con aires de odio y prepotencia, y me dijo:

– Cuánto tiempo, maricón de mierda. ¿Me has echado de menos?

No contesté. De hecho, comencé a sacar registros para que el sonido del órgano eclipsase su desagradable voz. Saqué todos los flautados, el lleno, toda la lengüetería, la bombarda del pedal; acoplé los teclados para que sonara más fuerte, abrí hasta su límite máximo el pedal de la expresión, que hace que el volumen aumente en un fuerte crescendo.

Luciano siguió insultándome, pero yo ya no lo escuchaba, por mis oídos solo entraban las voces del órgano. No le gustó nada que lo ignorara, y, como no tenía voz suficiente como para hacerse escuchar por encima del más grandioso de los instrumentos, decidió escupirme en la cara.

Aquel escupitajo fue el detonante de todo. Una vivísima  rabia nació dentro de mí, sentí una ira incontrolable.

Mientras me limpiaba su sucia saliva de la cara con la manga del jersey, mi pie izquierdo se movió hasta el mi más grave del pedalero. Se fue él solito, como siempre que tocaba, escapando de mi control, pues no era yo el dueño de mis actos, sino el ángel que me dominaba.

Cuando pisé aquella nota del pedal, con todos los registros sacados, el sonido era tan grave y ensordecedor que tembló todo el suelo. Parecía que un barco monstruoso y colosal estuviese pasando junto a nosotros.

Seguidamente fueron mis manos las que, con vida propia, se posaron en el teclado para ejecutar dos fuertes acordes disonantes, tenebrosos, de esos que provocan escalofríos, y después se deslizaron muy vivamente por el teclado, con aire de fantasía, interpretando aquella fantasmagórica pieza, que no era otra que Fantômes, del compositor francés Louis Vierne. Era el preferido de Aingeru, y no porque fuera un organista ciego como él, sino por la calidad de su obra, que es sublime, brillante, estremecedora.

Tan fuerte sonaba aquella pieza por toda la iglesia, que el cura vino corriendo a ver qué estaba pasando.

Todo vibraba, desde las piedras del suelo hasta las vidrieras de las paredes. Luciano, que seguía a mi lado y me miraba como se mira a la más repugnante criatura, volvió a escupirme y esta vez acompañando el gesto con un puñetazo en el hombro. Aquel golpe hizo que tuviera que apartar por un momento la mano para apoyarla en el banco y no caerme. Pero seguidamente la coloqué de nuevo en el teclado y continué tocando, esta vez bajando las teclas con más rabia, casi con violencia.

No era dueño de mí mismo. Aingeru me había poseído por completo y yo sentía su furia dentro de mí, el odio que le tenía a su asesino, aquel que le había matado, el mismo que había destrozado nuestras vidas e impedido que se cumpliesen nuestros sueños.

– ¡Valentín! ¿Estás bien? – gritó el cura, que se había acercado a mí y me zarandeaba. Después, como vio que yo no respondía, se volvió hacia Luciano –. ¿Se puede saber qué le has hecho?

Yo no era capaz de hablar, solo de sentir, y sentía cómo las lágrimas brotaban de mis ojos con la furia de la más poderosa de las tormentas. De mi interior nacían los relámpagos, provocados por el alma atormentada del ángel que llevaba dentro, y de los tubos brotaba el sonido que retumbaba por todo como los truenos ensordecedores de la más furiosa tempestad.

Aquella tormenta de sonido terminó con el último acorde de la pieza, un acorde de do sostenido menor, el preferido de Aingeru y, según él, el acorde más fúnebre y solemne de las veinticuatro tonalidades. Cuando sonó este último acorde, que no lo interpreté suave, como indica la partitura, sino con todos los registros sacados y presionando las teclas con el peso de todo mi cuerpo, sentí que toda la desesperación que había reprimido desde la muerte de Aingeru me estallaba dentro. Todo a mi alrededor tembló como si de un terremoto se tratase. Luciano y el cura se cayeron al suelo a varios metros de mí, y todas las coloridas vidrieras de aquel templo sagrado estallaron en cientos de miles de pedazos.

Por espacio de algunos segundos reinó el más absoluto silencio. Después el cura comenzó a gritar:

– ¡Está poseído! ¡Hay que practicarle un exorcismo!

Ignoro qué pasó después. Perdí la consciencia. Solo recuerdo que pensé: «No tengo un demonio dentro, sino un ángel», y luego todo se volvió negro.

Dicen que la calma siempre llega cuando pasa la tormenta, y es verdad. Al despertar de aquel desvanecimiento, la desesperación y la rabia que había sentido en mi interior se habían disipado como la niebla, pero a cambio sentía una infinita soledad. Aingeru ya no estaba, ya no lo sentía dentro de mi cuerpo. Solo estaba yo.

– ¡Qué me habéis hecho! – grité.

El cura me miraba como se mira a quien se teme.

– Te he liberado – me dijo –. ¡Un espíritu te había poseído!

– ¡Nooo! ¡Dónde está Aingeru! ¡Dónde está!

Me levanté del suelo y busqué como loco con la mirada, como si así pudiera encontrar el fantasma de Aingeru, pero a mi alrededor solo había miles de cristales rotos. Tampoco estaba Luciano, parecía haberse esfumado.

– Su alma descansa al fin – escuché de nuevo la voz del cura, que miraba al cielo gris a través del hueco de la vidriera. Parecía aturdido, me atrevería a decir que en estado de shock.

Salí corriendo de aquel lugar, fui directo al cementerio. Por suerte ya no había nadie allí, todos se dirigían deprisa a la iglesia, alarmados tras haber escuchado el estallido de las vidrieras. Las piernas me temblaban sin cesar de tan nervioso y asustado que estaba, y todo lo veía borroso por la presencia de lágrimas en los ojos. A pesar de todo, encontré enseguida la tumba de Aingeru, pues se distinguía perfectamente en la distancia. Era de mármol, de un mármol tan blanco y resplandeciente como lo había sido su albina piel, y en la parte superior había una preciosa escultura de un ángel, también de mármol, que miraba al cielo y extendía sus alas colosales como si fuese a alzar el vuelo.

Las piernas me fallaron y me caí de rodillas frente a su sepulcro. Lloré hasta quedarme sin fuerzas.

– ¡No te vayas! – chillé de forma desgarrada –. ¡No te vayas! ¡Quédate, por favor! ¡Quédate conmigo!

Llorando me hallaba, y suplicándole a mi ángel que no se marchara, cuando de pronto sentí una mano en mi hombro. Di un respingo y me giré asustado. Era Luciano.

– ¡Vete! – grité loco de ira. Era la última persona a la que quería ver –. ¡Márchate!  ¡Vete!

Él se acuclilló frente a mí y, acariciándome el rostro sin dejar de mirarme como se mira a quien se ama, me dijo con dulce voz:

– ¿Ahora me pides que me vaya? Hace un segundo me estabas pidiendo que me quedara contigo.

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3 comentarios sobre “Fantasmas (Segunda parte de Aingeru)

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