XAVI ALTA

 

Ha perdido peso. Seis kilos según la última revisión médica. No es liviana, pero me cuesta poco moverla. No es que antes no pudiera con ella, también la había tomado en brazos, meciéndola como ahora; o en vertical, con sus piernas rodeando mi cintura e, incluso, cargándola sobre los hombros en juegos infantiles.

Ahora la tomo en brazos para levantarla de la silla, sentarla sobre la cama, ayudarla a desvestirse, sobre todo de la parte inferior del cuerpo, vestirla con un pijama mío (desde la primera noche que pasamos juntos siempre ha tomado prestado uno de mis conjuntos nocturnos), tomarla de nuevo, meciéndola, para acostarla en su lado de la cama, el derecho, y arroparla.

Sus suaves manos me rodean por la nuca en un medio abrazo que cesa cuando se estira sobre el colchón, pero se completa cuando me acuesto a su lado. La beso suavemente en los labios, le acaricio la mejilla, le recuerdo cuánto la quiero y le deseo buenas noches. Sus labios, sus manos y sus ojos responden automáticamente, menos contentos que antes, más felices que últimamente.

Entre antes y ahora hay un mundo. Un mundo de diferencias, de pequeñas necesidades cotidianas, de mínimos gestos ordinarios que nunca más podrán repetirse. Un mundo que engloba miles de momentos, que se rompió en un par de segundos.

El Audi Q3 blanco patinó al pisar la línea divisoria entre los dos carriles, húmeda del rocío invernal, invadió poco la calzada opuesta, demasiado para poder evitar al VW Polo azul de Mia que tomaba la curva en ese momento. Según el atestado policial, mi mujer conducía rápido, pero no superaba el límite de velocidad; el veterinario del que voluntariamente he olvidado el nombre tampoco lo sobrepasaba, sin embargo la tonelada y media de acero, aluminio y plástico fue demasiada fuerza para evitar que el pequeño utilitario saliera despedido contra la cuneta.

Mia no perdió el conocimiento, pero tardó un instante en darse cuenta de que algo se había roto. Algo tan indispensable como una vértebra, algo tan importante como buena parte de sus planes futuros.

La cara nerviosa del veterinario cuyo nombre he querido olvidar apareció presurosa para socorrerla, lo siento, lo siento, me ha patinado el coche, pero su tez mudó del rojo al blanco, sus ojos del blanco al rojo, cuando la mujer de ojos almendrados y cabello rubio le avisó: no puedo mover las piernas.

La rabia es uno de los primeros sentimientos que asoman en tu cuerpo cuando los médicos te confirman lo que ya sabes desde un primer momento. ¿Por qué a mí? ¿Por qué yo, si no hice nada mal? Llegas, incluso, a desear la muerte al pobre veterinario que tampoco se recuperará del golpe en su vida.

En el caso de Mia, el estado de ira duró poco, horas. Una profunda depresión fue el pozo en que se sumió a medida que los exámenes médicos y los tratamientos prescritos desestimaban cualquier posibilidad de recuperación. Suerte de Lara, nuestra hija de seis años, que la reconfortaba con sus carantoñas, abrazos y arrumacos. Consciente de su indispensable influjo, abusé de sus inocentes artes tanto como pude.

Las primeras noches en casa fueron durísimas. Fue difícil volver al hogar, cruzar el portal sentada en una silla, fue difícil aprender a sortear muebles, marcos, esquivar juguetes, pero lo peor, lo más difícil, fue tumbarse en la cama para dormir. Una de las pocas cosas para las que tu cuerpo no necesita movilidad, echarse, amplificó la confirmación del nuevo estado de Mia.

-¿Por qué sigues conmigo? -preguntó entre lágrimas muchas veces cuando me tumbaba a su lado para desearle las buenas noches-. Deberías buscarte a otra.

Mi respuesta era sencilla aunque sincera. Un beso en los labios y un te quiero, no te librarás de mí tan fácilmente.

Adaptar la logística familiar fue lo más sencillo de todo el proceso. Cambiar la distribución de las habitaciones, reformar el baño, rebajar la altura del mobiliario, sobre todo de la cocina, pues Mia es una cocinera vocacional, uno de sus mayores hobbies, es engorroso, aunque fácil. Caro también, pero el seguro nos pagó una morterada, que bien podían haberse metido por el culo… eso sentí cuando me entregaron el cheque de 6 cifras.

Costó mucho más hacerla salir de casa, casi dos meses, como si haber quedado postrada en una silla de ruedas fuera una deshonra. Quiero que te dé el sol, me gusta cuando te pones morena. ¿De verdad te gusto? Más que nada en esta vida.

Para mí fue una auténtica victoria, mérito compartido con Lara, una joya. Sin el empuje infantil no sé si lo hubiera logrado, pero los niños tienen la virtud de descolocarte, afirmando verdades como templos, contenta de “ir en carrito” a todas partes, sentada sobre el insensible regazo de su madre. Sólo yo tengo una mamá con una silla, proclamaba orgullosa, además de sentar sus muñecas al lado de su madre porque también quieren subirse en tu “carroza”.

El proceso de recuperación de Mia fue lento pero sostenido. Cuando de noche, en nuestra alcoba, me apremiaba a buscarme a otra, que pueda satisfacerte, yo siempre respondía igual, aunque sabía que la fogosa, activa y exigente mujer con la que compartía mi vida necesitaba sentirse útil.

-No necesito a nadie. Quiero hacer el amor contigo. -Me miró incrédula. Su cerebro trabajaba a pleno rendimiento tratando de desentrañar mis intenciones. ¿Lo dirá por pena? Pero no le permití ir más allá de medio lamento, no puedo…- Ayer hablé con la doctora y me confirmó que no hay ningún impedimento en que tengamos relaciones. ¿Quieres hacer el amor conmigo?

Tardó unos segundos en reaccionar, pero alargué la mano y le acaricié la mejilla, bajé por su cuello, tomé su pecho, la besé suavemente, sin pasión aún. Me tienes a dos velas últimamente, bromeé repitiendo un juego habitual entre nosotros si llevábamos más de tres o cuatro días sin sexo. Ahora llevábamos varios meses, algo que no verbalicé. Opté por besarla, con ganas, abriendo los labios y buscando su lengua. Tardó en reaccionar, pero respondió entregada, abrazándome con fuerza, para que no escapara, para que no la abandonara.

Sin prisa, con mimo, desvestí mi pantalón de pijama de sus piernas, tiré de la sencilla braga blanca que cubría su feminidad sin dejar de mirarla a los ojos, diciéndole con la mirada lo mucho que me gustaba, lo mucho que la quería. Sus piernas cayeron inertes, hacia los lados, abriéndome la puerta a un manjar que había degustado cientos, miles de veces. Me zambullí en él, a sabiendas de que no notaría mis esfuerzos, consciente de que una mujer cuya columna se ha roto no desprende flujo. Así que lo humedecí, tratando de encharcarlo, pero poco rato pues temí que la propia ausencia de respuesta la desesperara.

Me incorporé, quitándome camiseta y bóxer, afirmando famélico no sabes el pedazo de pibón que me voy a follar, en otra broma nuestra que logró arrancarle una breve sonrisa.

Entré. Besándola, acariciándola. Sentí placer, abrigado por su feminidad, pero no sentí la calidez acostumbrada. No me detuve, no aceleré para culminar la conquista. Ahora era yo el que me mecía en su interior, con calma, con pausa, besándola, amándola.

Te quiero, te quiero, salía de sus labios pegados a mi oído, pues se había agarrado a mi cuello como a un clavo ardiendo, cuando aceleré suavemente mis acometidas. Lloró a moco tendido, silenciosamente, mientras mis testículos inundaban de nuevo aquella conocida gruta. No le pregunté la razón de tanta lágrima porque me pareció obvia, no he sentido nada. Opté por besarla, repetir cuánto la quería, felicitándola por haber dado un paso más en la huida del pozo.

El sexo volvió a ser importante en nuestra vida de pareja. Mia nunca más tendría un orgasmo, ambos éramos plenamente conscientes de ello, pero aprendió a disfrutar de las limitaciones que su cuerpo le imponía. Sintiéndose útil, posiblemente el mayor piropo que puedes dedicar a una persona impedida.

Hicimos el amor varias veces hasta que ella tomó la iniciativa. Nuestra rutina nocturna siempre era la misma. Antes de apagar la luz, acercaba a Mia a mi vera, rodeándola con el brazo para que apoyara la cabeza en mi pecho, cerca de mi hombro. Su mano solía moverse, por mi torso, por mi estómago, mientras comentábamos cualquier nimiedad, mientras permanecíamos en silencio escuchando el corazón del otro.

Así fue como alargó la mano y la coló en mi bóxer, tomando mi dormido músculo, acariciando mis olvidados testículos. No sonrió aquella primera vez. Se mantuvo concentrada hasta que le manché la mano. La noche siguiente y la siguiente y la siguiente me miraba de reojo, pícara, con aquella media sonrisa infantil, traviesa para alargar la mano y hacerme el amor ella a mí. Sintiéndose útil.

El último paso era lograr que volviera al trabajo. Se negaba. Le aterraba la mirada de pena de sus compañeros, para los que había sido una colega muy eficiente, una jefa muy exigente. No la presioné, pero la animé en una dirección de obligado sentido. Dame tiempo, por favor, dame tiempo.

Confirmé que la colina estaba siendo coronada un sábado a media mañana. Volvía de jugar un partido de fútbol con mis amigos de la adolescencia, un ameno hábito semanal de obligado cumplimiento, cuando me las encontré en la cocina, a mis niñas, preparando un delicioso ragout de ternera. Lara se volvió hacia mí risueña, mira papi, mostrándome las manos llenas de harina, encaramada al pequeño taburete que utilizaba para llegar al hoy rebajado Silestone. Mia se mostraba contenta, entretenida, anunciándome que nuestra hija quería ser cocinera de mayor, así que le estaba enseñando algunos trucos.

-Eso se llama raút, papi ragout, corrigió su madre- en el horno tenemos lasagna y hoy comeremos Nuggets rebozados.

Con razón tenía las manos llenas de huevo y pan de tempura, no harina como había pensado en un principio. No sabéis cuánto os quiero, a las dos, verbalicé, acercándome a besarlas. Lara me rechazó, ¿no ves que estamos muy ocupadas? La mirada de satisfacción de Mia fue el preludio de su salida del pozo.

Logré que saliéramos a cenar. Me costó convencerla, pero llevarla a un nuevo restaurante japonés que me habían recomendado, cercano a mi trabajo, lejano a nuestra comunidad de amigos y conocidos, obró el milagro.

Además, le compré un vestido de noche de una sola pieza, gris con ribetes morados que te sienta como un guante, acompañado de un conjunto de gargantilla y pendientes plateados para que seas la mujer más guapa de la velada.

Se sintió muy incómoda cuando entramos en el local, cuando los camareros y algún comensal la miró un segundo más de la cuenta, pero se acabó acostumbrando a ello. Disfrutó de la cena más de lo que esperaba, menos de lo que disfrutaría las siguientes ocasiones que procuré multiplicar.

Pero la sorpresa llegó en casa.

Despedimos a la canguro, Lara se ha portado muy bien, como siempre, y nos encaminamos a nuestra habitación, ligeramente achispados.

No me quites el vestido aún. -Sonreí, te queda genial, acercándome para tomarla en brazos y tumbarla en la cama. Pero me detuvo. -Espera. Hoy te mereces algo especial.

Alargó las manos hasta mi cinturón, que desabrochó, así como el pantalón chino azul, que deslizó, y tiró de mi bóxer hacia abajo para que mi pene se presentara para revista. Hace tanto tiempo que no te lo hago con la boca, se lamentó más risueña que apenada, tomándola con la mano, acercándome a su silla.

Fue la primera de una larga retahíla. Nuestra sexualidad, la sexualidad entre un hombre capacitado y una mujer semi-capacitada, me niego a calificarla de discapacitada, no tiene tantos límites. Tiene limitaciones, pero puede ser variada, amplia, aunque no sea plena. Darme placer era el clímax al que Mia aspiraba, la meta que la ayudó a lograr escalar montañas más altas.

Comprarse ropa fue otra fue otra gran victoria. Entrar con ella en las tiendas, elegir prendas que le sentaran bien, con las que se sintiera guapa, normalizaba la situación y aumentaba su confianza como mujer. Además de obligarla a estrenar ropa en cada nueva cena a la que la invitaba.

Pero no solamente el exterior expresa el estado de ánimo de una mujer. El interior también dice mucho, a menudo mucho más. No se lo dije cuando la llevé, es una sorpresa que te gustará. Su mirada me fulminó cuando detuve la silla delante del centro estético, pero no llegó a quejarse.

Depilarse las piernas, las axilas, incluso buena parte del pubis, era algo que había hecho toda su vida. No vas a dejar de hacerlo ahora. Quiero seguir tirándome al mejor pibón de la ciudad, le recordé en voz baja.

Qué suerte tienes con un marido tan atento, oí que la esteticién le decía en voz baja. Mia se volvió hacia mí. Al confirmar que lo había oído, afirmó: sí, nos queremos mucho.

Cinco meses y medio después del día que nos cambió la vida, dejaba a Mia en la puerta de las oficinas de la agencia de publicidad en la que ejercía de directora creativa. No quiso que la acompañara hasta el interior del edificio, donde Germán, el portero, la esperaba sosteniéndole la puerta. No vi pena en la mirada del espigado hombre, más bien alegría.

Me sentí como un padre dejando a su hija en el colegio por primera vez, como me sentí el día que Lara fue engullida por las grandes puertas metálicas de la escuela. Te irá bien, animé aquel día a Mia, nerviosa como cualquier madre. Le irá bien, me repetía a mí mismo ahora, más nervioso que feliz.

Ésta, la felicidad, fue aumentando a medida que la jornada avanzaba y no sabía nada de mi mujer. Buena señal, me dije. Hasta que me llamó pasadas las seis de la tarde para saber cuándo podría ir a recogerla.

Salió acompañada de un par de colegas, Carla y Julián, ambos de su equipo, charlando animadamente de una nueva campaña que estaban “pariendo” (usando argot típicamente publicitario) para una empresa japonesa de moda. Sí, la que todos tenemos en mente. Se despidieron con un par de besos, saludó a Germán que la controlaba desde la puerta y subió al coche, con poca ayuda por mi parte.

-No sabes lo orgulloso que me siento de ti.

Esa noche salimos los tres a celebrarlo. Esa noche hicimos el amor con ternura. Esa noche dimos el paso definitivo para que sus piernas salieran del pozo.

Se readaptó con rapidez a su puesto de trabajo. Fue muy bien acogida por compañeros, colegas, directivos, accionistas y becarios, y tomó el mando de las cuentas asignadas a su equipo con la solvencia acostumbrada.

Mia volvía a ser mi Mia. O, al menos, se le parecía cada vez más.

Activa, exigente, entregada, cariñosa, inteligente, amable, pícara, risueña… especial, pero faltaba un último ingrediente.

Organicé la fiesta sin su consentimiento, pero tampoco oposición. No se cumplen treinta y seis años todos los días. No quise abrumarla, así que solamente invité a unas treinta personas. Hija única sin padres vivos, casi todo eran amigos comunes y compañeros de trabajo. Alquilé la sala de un restaurante donde comeríamos de pie, para que todo el mundo pudiera moverse y Mia no quedara enclaustrada en la mesa. Se la veía feliz, abriendo regalos, repartiendo besos y sonrisas, aparentemente acostumbrada ya a su nuevo estado, si es que ello es posible.

Dejé mi regalo para el final. Me postré ente mi dama, hincando una rodilla cual caballero medieval, mientras Mia se reía llamándome payaso, pues estaba exagerando mi actuación tanto como podía, bajé la cabeza sumisamente y alargué ambos brazos tendiéndole la pequeña caja plateada. Para vos, mi princesa.

Desenvolvió el lazo morado, abrió el tesoro y sus ojos se abrieron antes de que lo hiciera su sonrisa. No tuvo tiempo de pronunciar ningún vocablo. Me adelanté.

-Princesa Mia, ¿quieres casarte conmigo?

 

 

4 comentarios sobre “Historia de amor en breves bocados metálicos

  1. Realmente hermosa historia.
    Gracias por escribir sobre una realidad que un montón de gente vive pero que pocas veces se ve reflejada en el mundo de la ficción.

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