JOANA LLÀCER

El Sol me adormece mucho más de lo que la luna lo supo o lo quiso hacer anoche. El aroma del café despierta mi conciencia y como por arte de magia afloran en mi tantos pensamientos que me lanzo a anotarlos ansiando darles un orden que los haga legibles.

La noche se mostraba confusa y se vestía de colores, bonitos maquillajes, escotes y minifaldas y hermosas promesas de dudosa veracidad, que se movían imperceptibles entre la música de los locales que visité desde la altura de mis tacones, que curiosamente, no fueron quienes permitieron que observase con una nueva perspectiva.

Locales colmados de gente vacía, llena solamente con la necesidad de ser amada. Necesidad presentada en distintas formas y mejor o peor disimulada. Esa necesidad fisiológica de la que nadie se acuerda o se quiere acordar, que estaba en todas partes a diferencia del amor, pues no lo advirtieron mis ojos ni una sola vez en la larga noche. No vino porque le tememos, porque nadie lo había invitado o tal vez lo desconocemos tanto que ni yo lo fui capaz de reconocer.

Por tanto, hablemos del amor aunque no seamos dignos. Leamos sobre él sin miedo a que nos invada y se manifieste en nosotros como tan fuertemente lo deseamos sin saberlo. Recordemos qué es, qué hace y qué somos capaces de hacer si es él quien dirige nuestros actos, solo así será él quien rija también nuestro devenir.

Basta de confundir el amor con el daño que nos hacen algunas relaciones humanas. Es hora de entender que los humanos estamos hechos para el amor, pero no sabemos amar y acostumbramos a olvidar cuan necesario nos resulta. Entendamos de una vez que el amor no duele, sino que sana y que son las faltas de amor y el no saber o poder amar bien las cuestiones que turban la paz de nuestras almas.

Basta de confundir amar con estar enamorado y de mostrarnos reacios a lo único que nos puede dar la vida. Basta de buscar la vida donde no la hay y de vivir de ilusiones de amor que solo son réplicas del concepto en si mismo, pues si vivimos de ilusiones de amor tan solo obtendremos ilusiones de vida y una vida de ilusiones, solo es “ilusoriamente” digna de ser vivida.

Yo me fio del amor más que de la propia vida, pues la vida es solo amor con un instinto más suicida y si el primero no mata, la segunda si acaba por hacerlo.

Basta de “demonizar” lo único capaz de salvarnos a todos. Empecemos a querernos y a querer querernos bien y pongamos amor en cada cosa que empecemos. Obedezcamos a los sabios. Las abuelas dicen que el AMOR es el ingrediente secreto de todas las recetas y yo exijo una vida sabrosa.

 

Un comentario sobre “Apología de un domingo de resaca

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