ALBERTO ROMERO

La Hora de las Explicaciones.

Primero desaparece dos días y ahora me llega esta carta. Ese pensamiento estuvo
toda la noche rondando la cabeza de Antonio. No durmió ni un solo segundo.
Durante horas estuvo viendo las sombras de las farolas, que se colaban a través de
la ventana, proyectadas en el techo de la habitación. Estaba agotado, pero no podía
pegar ojo. La carta era demasiado en todo lo que estaba viviendo en el último
mes y no podía asimilar más información que la que ya había recibido. Estaba confuso,
extrañado, dudaba a cada rato de que fuera cierto lo que aquella carta anónima
le anunciaba, pero su corazón tenía la sensación continua de que aquello era
cierto.
Miró el reloj marcando las 2 desde la mesilla y decidió levantarse de la cama.
Allí tumbado no hacía nada y levantado tampoco, pero al menos buscaría algo con
lo que despistar durante segundos a los pensamientos.
Salió a la terraza de la cocina a fumarse un cigarro, necesitaba respirar aire
fresco. No es que hiciese calor aquella noche, pero tampoco el frío que el iba buscando
con cierta desesperación. El humo entraba por sus pulmones como anestesia
gaseosa y se dedico a mirar al cielo y al resto de ventanas del edificio, tratando
de poner la mente en blanco. A aquella hora el silencio lo inundaba todo.
Giró la cara al balcón de la izquierda y sintió un escalofrío que le recorrió el espinazo
al darse cuenta de que su vecino Martín estaba allí observándole en el silencio
de otro cigarro de insomnio. Menudo susto.
-¿Qué, tu tampoco puedes dormir? Le dijo Martín bajito sonriéndole.
Hablaron un poco de la vida y del estado de Ana hasta que Martín decidió volver
al interior de su casa.
-Si vas a estar mucho rato abrígate Antonio, que te vas a enfriar, le dijo sonriendo
a modo de despedida.
En ese instante Antonio se puso como un tomate, avergonzado al darse cuenta
de que había salido al balcón sólo con la camiseta de dormir.
-Qué manía tienes Antonio, le reñía Ana cada vez que salía por las noches al
balcón sólo en camiseta. Te van a ver los vecinos.
A él le importaba un bledo, era de noche y estaba oscuro, pero se había cumplido
la profecía de Ana. El recuerdo de su mujer le hizo reírse para sí mismo mientras
entraba de nuevo en la cocina pensando que al vecino tampoco parecía haberle
importado su atuendo nocturno.
Pasó la noche en vela repasando la carta una y otra vez. Buscó información en
internet de las monjas Dominicas de las que tanto hablaba siempre Josefa, pero
sin encontrar ningún dato escabroso. Miró la lata de galletas y las fotos de su interior
tratando de llegar a alguna conclusión, pero cuanto más lo hacía más turbio
veía todo. ¿Qué sería aquella maldita llave?
Amaneció en Madrid un nuevo día y Antonio llamó al hospital como cada mañana
para informarse del parte médico.
-No hay cambios desde ayer, le dijo una enfermera con voz cansada.
Se preparó como cada día para ir a ver a Ana. Mientras observaba las crecientes
ojeras, bajo sus ojos, en el espejo del baño decidió hacer algo aquella jornada
diferente a su rutina. Iba a ir a casa de Josefa a pedir explicaciones, estaba decidido,
harto y cansado de toda aquella mierda. Se le pasó por la cabeza que Josefa
estuviera allí mismo escondida y revisó como un desquiciado bajo las camas y en
los armarios, pero no estaba.
Se vistió aliviado y bajó a la calle rumbo a casa de su suegra. Al torcer la esquina
recordó que la carta le pedía que se mantuviese alejado de Josefa. Decidió seguir
adelante con el plan…

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