NÁUFRAGO EN LA LUNA

“Te vas a harta de reír” me dijo el novio de mi prima cuando me regaló lo que según él, era el “cigarro de la risa”, una especie de cigarro gordo con muy mal gusto liado, un cigarro con forma de trompeta. Yo tendría unos 15 años y fui directamente a buscar a mis tres mejores amigos para compartir mi tesoro: No hagáis planes para este fin de semana, tengo algo que nos hará llorar de risa.

Cómo no sabíamos si una trompeta para cuatro se quedaba “corto de humor”, ideamos una técnica perfecta, meternos en una tienda de campaña y cerrar hasta el último orificio para que no se escapara ni una carcajada de humo. Mi amigo Luis le pidió a su hermano su tienda. Una canadiense para cuatro personas que le costó 10.000 pesetas de los 90. Otro de los invitados se encargó de diseccionar la trompeta y quitarle casi todo el tabaco para que fuera más divertido. Nos hicimos con una cachimba y elegimos el día. Sábado por la tarde en el campo de fútbol abandonado del barrio. Llegamos y montamos la tienda. Cuando vi la tienda montada pensé lo mismo que pienso ahora cuando vuelo con Ryanair ¿El que diseñó esto sabía que los humanos tenemos piernas? ¿Quizás las considera equipaje de mano?

Una vez dentro nos sentamos en círculo y empezó el espectáculo. Encendimos la cachimba y la íbamos pasando haciendo el “trenecito” que no es otra cosa que aspirar el humo y aguantarlo hasta que llega a tus manos otra vez y en ese momento, si aun sigues vivo, lo sueltas y vuelta a empezar. Cuando mi tren no había llegado a la estación por tercera vez saqué la cabeza de la tienda y empecé a vomitar como si me hubiera comido una plantación de Ayahuasca. No pasaron más de dos segundos para que otro de los integrantes de “el club de la risa” empezara a hacerme los coros sin necesidad de salir. Acto seguido los otros dos sacaron la cabeza por la parte superior de la puerta. Cosa rara porque la tienda tenía por mi lado las dos cremalleras (después de esta experiencia la tienda nunca fue la misma). Cuando los dos sopranos acabamos el repertorio, nos habíamos dado la vuelta como un calcetín y parecía que no nos podíamos “reír” más, vinieron los sudores fríos, los parpados caídos en modo sospecha, el cuerpo pesado y las caras pálidas (sería este el The End del que hablaba Jim morrison). Llegados a este punto pensé que el novio de mi prima y yo teníamos conceptos muy distintos de lo que era la diversión.

Los walking dead necesitábamos comer y nos arrastramos a la pizzeria del barrio como pudimos. Me tocó entrar a mi (siempre he tenido la misma suerte). La expresión: “ir ciego” tomó significado y los ojos se me pusieron rojos como si me hubiera pasado el último mes sin parpadear o hubiese estado buceando en el mar muerto sin gafas y con los ojos abiertos. Cuando llegó el turno de pedir, mi cuerpo se quedó y yo me fui. A los 10 minutos (quizás más) volví y me agobié tanto de mi propia ausencia que pedí sin ver el menú: Dos pizzas familiares del número 3 (al azar, así arriesgando). Mientras tanto la boca se me transformó en un corcho, se me secó tanto que la sensación era como si me estuviera comiendo un albornoz y me sentía los labios como los bordes de una Zodiac.

Salieron las pizzas…dos marineras con anchoas y aceitunas negras. Hijo de puta el porro! Las aceitunas negras no las puedo ver y con esa sed comerse unas anchoas era un suicido. Al salir, uno de mis amigos estaba llorando y el otro estaba dormido en el escalón (al tercero ni lo vi) me senté cerca de ellos. Fiestón! (Los Bob Marley estaban en la ciudad). Uno llorando, otro dormido (o quizás muerto) y yo con cara de asco, sudando y con la bocacorcho quitándole aceitunas negras y anchoas a las pizzas. Cuando por fin nos recuperamos un poco de esta “pechá de reír” fuimos a por la tienda de campaña. Al llegar nos habían robado todos los palos de la estructura, (mi amigo volvió a ponerse pálido) pero habían dejado la lona (no había duda que eren unos profesionales).

Cuando le contamos a su hermano lo ocurrido se le cayeron las orejas al suelo. Nos han robado la tienda. Unos tipos a punta de navaja nos habían hecho salir y se habían llevado la tienda (esta era la versión oficial) a lo que yo añadía desde atrás: (mirando al suelo como para que no supiera de donde venía la información). Hemos encontrado la lona, pero los muy cabrones han vomitado dentro antes de dejarla a modo de desprecio absoluto hacía la propiedad ajena.

¡Hay que ser hijos de puta! Habíamos sido victimas del primer y quizás único robo de estructura de tienda canadiense de la historia de la humanidad. Aun poniendo nuestra mejor cara de pena tuvimos que pagarle 2.500 pesetas por barba (eso si que fue un robo). Pensando que la cosa no podía empeorar me fui a mi casa (Craso error). Mi madre siempre nos ha dicho (a mis hermano y a mi) que a ella no le podemos mentir, que ella con sólo vernos la cara sabe lo que nos pasa, así que nada, fue entrar por la puerta, me vio la cara y supo que me pasaba sin ningún tipo de dudas. Estás blanco… tienes anemia, y me tiré una semana comiendo lentejas e hígado a la plancha. ¡Cojonudo! Me río yo de House y sus diagnósticos.

Cuando el novio de mi prima se enteró de la película si que se hartó de reír, pero reír de verdad, sin vomitar, con los ojos normales y sin sudores fríos.

Un comentario sobre “Todos no podemos ser Bob Marley

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