AURORA MADARIAGA

«Paul nació para la música» dije en un suspiro al encontrarme de sopetón con un concierto suyo transmitido por el canal ORF III al hacer zapping. Era la transmisión que Medici.tv había hecho de aquella noche en Carnegie Hall en Enero del año pasado. Ya conocía el concierto de memoria, había perdido la cuenta de las veces que lo había visto en línea. De inmediato apagué el televisor y me fui a la cama. No debía romper la promesa que yo misma me impuse el año pasado tan pronto llegar de esa semana en Nueva York. «Está casado. Una noche loca estuvo bien pero sácalo de tu mente. Huye de él como de la peste desde ahora en adelante». Más de un año ha pasado desde que lo conocí y como la mala hierba, sigue creciendo dentro de mí. Incrustado en mi corazón. Maldito tenor de ojos tristes ópalo. Apagué las luces de mi departamento y me metí bajo las cobijas de mi cama. Me abrazé el abdomen y cerré los ojos.

El agudo chirrear del timbre y la luz primaveral de principios de Mayo me despertaron a la mañana siguiente. Era el cartero. Un correo certificado. Al abrirlo y leer el contenido debí buscar una silla. Una notificación del bufete de abogados que Thomas y yo habíamos contratado hace más de un año para llevar nuestro divorcio. Nada mejor que la masiva factura de sus servicios para comenzar un nuevo día. El hecho de ser de nacionalidades distintas hizo el trámite más engorroso y caro de lo que en un principio pensamos. Era justo y lógico. Compartiríamos los gastos de la asesoría legal de nuestro divorcio, así lo acordamos cuando decidimos poner término a doce años de matrimonio. Fui a la cocina a hacerme un café el doble de cargado para pasar el trago amargo. Volví a leer la suma de cuatro cifras y tragué saliva. Mi cuenta bancaria quedaría cerca de los números rojos. La poca estabilidad económica que había conseguido como recién divorciada y mi nueva vida en Viena se iría al carajo. Abrí el notebook y revisé mi correo electrónico. Entre las muchas ofertas de tiendas en línea, algunas notificaciones de redes sociales y unos correos de los pocos amigos que tengo, no encontré ninguna oferta nueva de trabajo. Es lo que pasa cuando trabajas de forma independiente. Soy traductora e interprete de idiomas. Llevo más de una decada construyendo mi nombre. Mi nombre es mi marca y soy buena en lo que hago. Sin embargo luego de las últimas conferencias en las que trabajé como interprete, un foro sobre medicina preventiva en Berlín y un seminario sobre física cuántica aquí mismo en la capital austriaca, las ofertas habían cesado en llegar. Sin más demoras corrí a buscar el teléfono de red fija y marqué el número de Olga, mi colega con quien trabajo en la cabina de interpretes en la mayoría de los eventos. Tomamos turnos en interpretar y anotar conceptos claves a la par que el experto dicta su charla. Ella debía tener de seguro algún dato. Lo que fuera. El tono marcó ocupado. Corté la llamada y dí un salto cuando el teléfono sonó todavía en mi mano. Era Olga. Sonreí y me sonrrojé al escuchar su voz. No hablabamos desde aquel desastrozo seminario de física cuántica a fines del año pasado. Había sido culpa mía. Todavía desconocía dónde había estado mi cabeza por los últimos meses. Olga fue la que tuvo que salvar el momento. Le conversé sobre mi situación y le imploré que me consiguiera algo pronto para equiparar mi cuenta corriente. «¡Cuánta telepatía, Cármen! Justo he pensado en tí» dijo entusiasmada desde el otro lado. La habían invitado como interprete a una serie de charlas a llevarse acabo en el Conservatori del Liceu de Barcelona, su ciudad natal y de residencia. «Hasta ayer noche mi participación estaba confirmada pero Luis se ha accidentado en el trabajo y debo hacerme cargo del papeleo con la aseguradora más otros trámites que no puedo delegar a nadie más como su cónyuge» me confidenció con cansancio en la voz. Le expresé mi pesar por tal desgracia cuando ví llegar un correo electrónico a mi bandeja de entrada. «Te he mandado toda la información sobre la jornada de charlas. Comienza el Lunes próximo» dijo. Miré el calendario y bebí el resto de mi café. Debía entonces volar a Barcelona en cosa de tres días. Mi estómago se contrajo con la ansiedad de saltar así de rápido en un proyecto sin información previa siquiera sobre los temas a tratar. Como la inyección de adrenalina que un cantante ha de sentir segundos antes de caminar hacia en escenario y enfrentar al público. «¡Desaparece de mi cabeza!» Olga se disculpó y, sin escuchar mi confirmación, me agradeció por cubrirle la espalda. Cortamos la llamada. Mientras masticaba mi sandwich de mantequilla de maní y plátano, leí los pormenores del evento. Se trataba de una serie de exposiciones sobre el período musical conocido como Wiener Klassik – Viena Clásico – y el nacimiento del período Romántico en la música y literatura del siglo XIX en los imperios Austro-Húngaro y Prusiano. La gran mayoría de los conferencistas eran de origen alemán o austriaco y unos pocos, americanos e ingleses. Y leí su nombre entre uno de ellos. «Paul Stutte, tenor: El ciclo de Lieder ‘An die ferne Geliebte’ de Beethoven y la importancia de la biografía del compositor al analizar su obra”». Pestañeé repetidas veces y leí su nombre una y otra vez. Mi celular vibró sobre la mesa y giró sobre su eje. Lo desbloqueé y leí un mensaje de Whatsapp de Olga. Se había olvidado mencionarme el honorario a pagar por los pocos días de trabajo en la hermosa Barcelona. Sentí los globos oculares salirse de mi cara. Volví a leer su nombre. Y la cifra. «Está casado. Es padre de familia. Está prohibído» grité en mi cabeza. Resolví asistir al evento. Se trataba de trabajo. ¿Qué más podría ser? No necesitaba verlo otra vez más y perder los estribos como esa noche de invierno en Nueva York, mas necesitaba el dinero. Además, entre la docena de expertos que asistirían al evento, ¿Cuáles serían las probabilidades de toparme cara a cara con Paul? Iría a hacer mi parte, pues se lo debía a Olga luego que ella salvara nuestros pellejos cuando yo hube experimentado algo parecido a un ataque de pánico en plena interpretación de un profesor en física experimental. Antes de ponderarlo más, ya estaba reservando mi pasaje de avión hacia Barcelona y la habitación de hotel.

El día en Barcelona me recibió con el calor de pleno verano. Apesar que la bella y masiva urbe española tiene una cantidad similar de habitantes que Viena, siempre que la visitaba, sus calles atestadas de turistas y su ritmo vertiginoso me ponía los nervios de punta. Como Viena, la ciudad es una joya digna de admirar. Yo también fui una de sus turistas cuando la visité por vez primera muchos años atrás y boquiabierta caminé por sus calles históricas. Exhalé aliviada al llegar al vestíbulo del hotel y sentir la brisa helada del aire acondicionado refrescarme la cara sudada. Reclamé mi habitación y luego de refrescarme para cambiarme a un vestido y calzado fresco y cómodo, partí al conservatorio donde el rector me esperaba. Apenas entré en el vestíbulo del edificio lo divisé y me saludó de fuerte apretón de manos. Se deshizo en agradecimientos por cubrir a Olga y de inmediato comenzó a contarme detalles sobre la jornada de charlas. «Por suerte el primer conferencista que requiere de su interpretación llega esta tarde. Su libro sobre las Lieder compuestas por Ludwig van Beethoven es uno de los tomos de nuestra biblioteca más consultados en los últimos años por nuestros alumnos de canto lírico. Su charla es mañana a las diecinueve horas. Apenas llegue el Sr. Stutte le avisaré para presentaros y así podrá usted entrevistarlo». Tragué saliva por mi garganta apretada. Fue como tragar un puñado de arena. Vería a Paul en cuestión de pocas horas. Una onda expansiva me recorrió de pies a cabeza como un sismo. Detuve mis pasos y debí reanudarlos en el acto si no quería llamar la atención del señor rector con mi comportamiento errático. «Es sólo trabajo» me dije a mí misma.

Fueron las cuatro horas más largas de mi vida. Recorrí el barrio del conservatorio hasta recitar cada detalle de memoria, almorzé en un café y me colgué a su wifi gratuito para adentrarme en el agujero del conejo que son las redes sociales hasta que por fin mi celular recibió la llamada del señor rector. Paul había recién llegado al conservatorio. Mis tripas se revolvieron con ansias dentro del abdomen. Pagué la cuenta y partí a su encuentro. Entré en el vestíbulo y lo ví. Sonreí. Antes de tener la oportunidad de contemplarlo a la distancia sin que él se diera cuenta, el señor rector parado a su lado apuntó hacia la puerta y lo miró hacia arriba para hablarle. Cuando dirigió su atención hacia mí sentí como si el suelo se abría para tragarme en un vacío infinito. Una puñalada me atravesó desde la entrepierna hasta mi pecho agitado. Apreté la mandíbula y los puños casi como una orden para controlar mi cuerpo. Se veía más guapo que nunca con sus pantalones caqui y su camisa blanca arremangada abrazando su elegante silueta esbelta y alta. Respiré ondo y erguí los hombros a la par que elevaba el mentón con toda la dignidad y auto control posible. El señor rector nos presentó y de inmediato recitó todo mi curriculum profesional a Paul. Él sólo me miraba mientras asentaba con la cabeza a la información recibida. Estrechamos nuestas manos en un apretón digno de compañeros de negocios. Tan burdo contacto con su piel mandó una corriente eléctrica a recorrerme la espina dorsal. Luego de intercambiar palabras de buena educación y de preguntarle a grandes rasgos sobre su charla a presentar al día siguiente en frente del rector, éste por fin nos dejó solos. Paul lo vio alejarse y luego clavó sus ojos en mí. El sol de la tarde primaveral española volvió sus iris celestes casi trasparentes y sus pobres pupilas apenas se distinguían al estar cerradas a su máxima de capacidad. Sonrió a lo ancho de su cara y un rosaseo se apoderó de repente de sus pálidas mejillas. Era su virilidad embriagadora mezclada con su estampa de aparente fragilidad juvenil lo que me volvía loca de Paul. ¿A qué más podría haberse dedicado sino al arte? Sus manos de pianista lo delataban. Paul no había empuñado una herramienta en su vida. Era un artista, y ahora a la luz de la jornada de charlas organizada por el conservatorio de música en el que nos encontrabamos, tambíen un académico.

Fuimos a un café en las cercanías del conservatorio y traté por todos los medios de mantener la conversación en términos profesionales. Luego de preguntarle el típico «¿Cómo has estado?» de rigor y que me respondiera el «bien» más mentiroso de todos, le pedí que me familiarizara con el tema de su charla del siguiente día. De inmediato sus ojos se avivaron. «“An die ferne Geliebte”, A la amada lejana—Paul tradujo—de Beethoven es el primer ciclo de Lieder que se tenga registro y data de 1816. Pavimentó el camino hacia la tradición de este género en los años venideros y produjo gran impacto e influencia en los compositores del período romántico como Robert Schumann, Gabriel Fauré, Johannes Brahms y sobre todo en Franz Schubert, quien llevó esta expresión musical al máximo con sus dos ambiciosos ciclos de Lieder “Die schöne Müllerin” y “Winterreise”, La bella molinera y Viaje de invierno—Paul tradujo—que compusiera en la decada siguiente. Fue Beethoven quien acuñó el término Liederkreis, “círculo de canciones” traducido literalmente y las seis que conforman este ciclo están conectadas musicalmente de tal forma, que es un desafío interpretar a una sin la otra. Sería como sacarlas de contexto, pues cuentan un sentir íntimo, un torrente de pensamiento, un monólogo interno lleno de añoranza, dolor y esperanzas rotas por una amada lejana de la que por alguna razón, está separado. Oficialmente Beethoven dedicó este trabajo a su mecenas de años el Conde Joseph von Lobkowitz y se cree que el mismo aristócrata habría comisionado el ciclo de canciones al compositor como un Requiem para su recientemente fallecida esposa. Beethoven comisionó los seis poemas a un joven médico llamado Alois Jeitteles, quien solía publicar poemas como pasatiempo en la prensa local Vienesa. Apesar que algunos historiadores concluyen que los seis poemas pueden referirse a una amada que se encuentra en los cielos, algunos biografos de Beethoven relacionan la composición de este ciclo con la llamada “Amada Inmortal” de Beethoven, la misteriosa mujer a quien en 1812 el compositor escribiera la que se considera una de las cartas más románticas de todos los tiempos. La carta no incluye el nombre de la destinataria y su identidad sigue siendo uno de los tópicos más disputados en la actualidad. Debido al gran secretismo que rodea esta misiva se cree que la misteriosa mujer podría haber sido una aristócrata con quien Beethoven habría mantenido una relación clandestina por años. La distancia de la que el ciclo de canciones habla, sería entonces no sólo una física, sino también una social, pues Beethoven era un plebeyo sin mayores posesiones materiales ni estatus alguno».

Paul estaba hablando en piloto automático. Me percaté de ello cuando comenzó a traducir los términos en alemán, sabiendo bien que soy fluída en el idioma. Estaba recitando su charla frente a mí. Yo también hecho mano a mi archivador mental de palabras y expresiones específicas tanto en español, inglés, francés o alemán cuando, al interpretar, me topo con ellas trenzadas en complejas ideas. Sé que puedo confiar en mi base de datos mental con el léxico necesario cuando lo que me ocupa en ese momento es hacer llegar el mensaje intacto al oyente. Es una especie de memoria muscular adquerida luego de interminables horas de estudio y práctica. Tener ese colchón dónde dejarse caer en caso de meter la pata quita un poco de estrés al hecho de estar interpretando en vivo y a la par del conferencista. Paul estaba haciendo exáctamente lo mismo. Y evitando a toda costa el contacto visual conmigo. «Colchón». Su grave voz se evaporó entre la bulla de la transcurrida avenida. Quedé mirando su boca mientras seguía exponiendo su tema como si fuera yo toda su audiencia. Y volví a escuchar sus gemidos roncos en mi oído, el roce de nuestros cuerpos sudados. Volví a verle a contra luz de madrugada, despeinado y con la mirada oscura de deseo encima de mí, recorriéndome toda, lamiendo todo a su paso, pellizcando, mordiendo, besando, tocando, oliendo. Volví a sentirlo invadiéndome con fuerza, encerrándome en sus brazos hasta quitarme la respiración. Volví a desgustar el salado de su piel, olí otra vez esa cálida esencia tan suya. Mi abdomen bajo se retorció con violencia y sentí las mejillas arder. Dejé escapar un suspiro que más sonó como uno de mis gemidos de aquella noche en Nueva York. Paul calló en el acto como si hubiera tirado del freno de mano de su discurso y sólo entonces me miró directo a los ojos. «Mierda». Mordí mi labio inferior casi para evitar que otro quejido lujurioso escapase de mi boca. «¿Tendrías la amabilidad de…—tosí para aclarar la garganta y bebí de mi batido de frutas—digo, podrías facilitarme tu discurso, digo, la copia de tu charla de mañana, por favor?» Pestañeó varias veces y dubitativo alcanzó su bolso de mano, lo dejó sobre su regazo y con la cabeza casi metida en él, hurgó entre todo un ejercito de carpetas, libros y cuadernos hasta dar con lo que le había pedido. Me acomodé en mi silla y maldije para mis adentros. Ese recuerdo fugaz me había derretido la entrepierna. Estaba sentada sobre un charco resbaloso. Genial. «¡Está casado! ¡Deja ya de putear y ponte a trabajar!» grité en mi mente como un maldito mantra. Paul elevó la cabeza y me alcanzó una carpeta con la mano izquierda. «Si no me equivoco, todo lo referente a mi charla, incluyendo las referencias bibliográficas y notas varias, están aquí. Espero te sea útil» dijo con la mirada clavada en la carpeta para luego bajarla a su tasa de té. Murmuré un «gracias» y la recibí a milímetros de distancia de los dedos de su mano izquierda. Un hielo me recorrió fugaz y se anidó en la boca de mi estómago. Su dedo anular izquierdo, donde el año pasado se encontraba una gruesa argolla de oro, estaba ahora desnudo. Busqué su mirada y volví a mirar su mano izquierda. Paul estaba demasiado ocupado ordenando su bolso de mano como recogiendo sus cosas para pronto dar por terminado nuestra reunión y marcharse. Produjo una tarjeta y me la alcanzó con la mano derecha. «Si tienes alguna duda sobre la charla» dijo y tomó su celular en la mano para enseñarlo en el aire, «o si quieres hablar de lo que sea». «No tengo nada que decirte» dije con el mejor tono de bruja que pude emular mientras guardaba la carpeta en mi cartera. Paul no se inmutó a mi esfuerzo. «Yo sí» dijo y volvió a conectar sus sublimes ojos ópalo con los míos.

Pasé el resto del día encerrada en mi habitación de hotel estudiando la charla de Paul para el día siguiente. Por suerte el evento estaba programado para las siete de la tarde, por lo que tenía un poco más de un día para prepararme. El material era denso y mayoritariamente tomado del libro de su autoría. Apesar de estar acostumbrada a trabajar con tópicos complejos y altamente académicos, no pude evitar sorprenderme con el exquisíto uso del léxico inglés en la escritura de Paul. No debería, pues ya sabía lo bien letrado e inteligente que era, pero no me imaginé que podría llegar al nivel de un profesor universitario o un historiador. Al llegar al aula de conferencias del conservatorio puntualmente una hora adelantada, el señor rector me informó que estaría sola en la cabina de interpretación y mencionó al vuelo que el señor Stutte había manifestado querer conversar conmigo al término de su charla. Le agradecí por avisarme y empujé esa información fuera de mi mente. Debía concentrarme. En cosa de media hora la sala comenzaba a coparse de los asistentes que entre murmullos y balbuceos inentendibles buscaban sus asientos y pululaban por los pasillos. Bebí un sorbo de agua mineral sin gas y tomé asiento en mi puesto. A través del ventanal tenía vista directa al escenario. Todavía su podio estaba vacante. Consulté la hora en mi celular. Las dieciocho horas y cincuenta minutos. Ya no quedaba ningún asiento libre en la sala y los asistentes hojeaban el programa de la charla entre conversaciones a nivel de susurro. Pronto el rector entró en el escenario y dio la bienvenida a todos. Prosiguió a recitar el impresionante curriculum de Paul al público y finalmente lo presentó. Paul entró en el escenario vestido de traje de dos piezas azul marino, zapatos negros de acabado de cuero y una camisa blanca sin corbata. El aula estalló en un aplauso estruendoso. Ví a Paul agradecer al rector y tomar su lugar en el podio. Me puse los audífonos y ajusté el micrófono frente a la boca. Deseé no tener que verlo todo el tiempo para poder concentrarme mejor pero la experiencia me dictó que, cuando he privado a mi cerebro de la información visual y sólo me he confiado de la auditiva para interpretar al unísono, el resultado ha sido peor que mediocre. El lenguaje corporal dice tanto o más que las palabras y me avisa cuando el conferencista quiere acotar algo más o ha terminado de exponer un punto. Exhalé hasta vaciar los pulmones e inspiré a toda su capacidad. Paul bebió un sorbo de agua de su vaso y se enconrvó para alcanzar el micrófono del podio y pobrar su sonido con un torpe «buenas noches». Hora de trabajar.

Respiré aliviada cuando el rector del conservatorio dio por terminada la charla luego de una ronda de preguntas. La audiencia aplaudió otra vez con entusiasmo y Paul sonrió tímido para hacer una corta reverencia y retirarse del escenario. Había acabado la primera parte de mi compromiso con Olga y para mi alivio, la imponente presencia de Paul sobre el escenario no me había distraído tanto como en un principio hube temido. Creí haber hecho un buen trabajo y recolecté mis cosas en la cabina para partir al hotel y descanzar. Al día siguiente debía conocer a un profesor austriaco en musicología con especialización en el siglo XIX quien daría una charla sobre la música religiosa para voz y orquesta compuesta en el período Romántico. Al salir de la cabina encontré a Paul parado en el pasillo con las manos en los bolsillos de su pantalón y apoyado a la muralla. Me regaló una sonrisa demasiado dulce de resistir. «¿Ha salido todo bien? ¿Te ha servido el material que te dí?» dijo con tono entre preocupación y curiosidad. Tragué saliva al verlo tan cerca de nuevo. ¿Por que no llevaba su argolla de matrimonio el día anterior? ¿Sabía acaso que sería yo quien lo interpretaría? ¿Quería acaso que me convirtiera en su vil amante? «Es un hombre con demasiado equipaje a cuestas» pensé. Hija, esposa, una agenda profesional ajetreada. Me limité a responderle que todo había salido bien y sin más comenzé a enfilar el pasillo para salir de allí lo más pronto posible. «¿Quieres acompañarnos a cenar?» dijo tras mío. Volteé. «¿Acompañarnos?» repliqué. «El rector y su señora esposa han insistido en que los acompañe a un restaurante típico español para conocer las bondades culinarias locales. Como si fuera mi primera visita» dijo en tono sarcástico. Como si adivinaran el tema de conversación, mis tripas reclamaron dentro de mi abdomen. Acepté aliviada que no estaría sola con Paul durante la cena.

Luego de una generosa y surtida paella más postres y delicioso vino tempranillo, la señora del rector comenzó a sentirse mal y en cosa de minutos se marcharon a su hogar. Miré a Paul sentado frente mío. ¿Estaba acaso insinuando una mueca de satisfacción? «Me he divorciado» dijo sin más y bebió un sorbo largo de su vino, «el año pasado», acotó. Elevó su mano izquierda y me enseñó su dedo anular desnudo. Todavía se insinuaba en su piel la marca donde la argolla de matrimonio había estado por años. Miré mi mano izquierda y giré el anillo de plata con detalles de enrredadera con el que había suplido la ausencia de mi propia argolla de matrimonio. Luego de semanas sin ella no me pude acostumbrar a no sentirla. Su hija. «Tu hija, ¿Millie? ¿Cómo se lo ha tomado?» pregunté y respiré ondo para tratar de ralentizar los latidos de tambor dentro de mi pecho. «Me odia, nos odia a los dos. Tiene catorce años, odia al mundo entero y ahora le hemos dado razón para odiarnos a nosotros también» Paul dijo con tono seco y una risa amarga resignada, casi como si hubiera atropellado sus palabras debajo de las ruedas de un camión. Por un segundo sus ojos se cristalizaron y las lágrimas se agolparon en las comisuras. Inhaló con fuerza y mató el resto de tempranillo de su copa. ¡¿Qué había hecho?! Todo esto era culpa mía. Yo le seducí sabiendo que era casado. Me lo llevé a mi suite de hotel esa noche fría de Enero en Nueva York. ¿En qué me había convertido? ¿En una rompehogares? Durante meses me había preguntado el porqué de mi accionar y las posibles consecuencias de esa noche de pasión habían enlodado el recuerdo de lo que fue el mejor polvo que había tenido en años. Sé muy bien porqué lo hice. Paul me hizo sentir de nuevo como una mujer deseada cuando ya había olvidado cómo se sentía hacer perder los estribos a un hombre. Todo esto era culpa de mi propio ego. Durante doce años de matrimonio nunca puse los cuernos a Thomas, lo que no significa que la idea no se me cruzase por la mente en más de alguna ocasión. Pero no lo hice por respeto hacia él. No, no lo hice porque no hube conocido a Paul antes. Así de simple. Cuando pensé que los caballeros de verdad ya eran una especie extinta, una casta de otra época, aparece él en mi horizonte y la vida se encaprichó con nosotros. Me lo topé tantas veces hasta rendirme al destino. Y ahora, en este restaurante barcelonés un tanto mareada por los taninos del tempranillo y con él en frente, me sentí la mujer más bajera e indigna de todas. Paul se sentó en la silla libre hacia mi izquierda y me ofreció un pañuelo deshechable. Sonreí cansada y sorbí la nariz mientras el salado de mis lágrimas se colaba por entre mis labios sellados. Lo acepté y sequé mis ojos y nariz. «Perdoname, todo esto es culpa mía. Tu hija…» susurré entre sollozos. Paul me encerró en sus brazos y me estrujó el llanto con la fuerza de su abrazo. «Escuchame bien Cármen» susurró a pocos centímetros de mi cara mientras la tomaba en ambas manos, «nada de esto es tu culpa, ¿entiendes? Mi matrimonio iba directo al precipicio desde mucho antes que yo te conociera». Volvió a abrazarme, enrredó sus largos dedos entre mi cabellera suelta y me encajó en la curva de su cuello y hombro. «¡¿Por qué le contaste a tu ex esposa?!» dije a su oído en un grito susurrado. «Como si hubiera hecho falta» Paul resongó a mi oído y nos separamos para vernos a la cara. Quede desnuda y desprotegida sin sus brazos conteniéndome. «No puedo mentir. Llegué de Nueva York, me vio la cara y sacó sus conclusiones. Y luego proseguió a contarme que ella también había encontrado diversión en Londres. Hace meses que se veía con un tipo. Ya ves». Quedé boquiabierta y las palabras me abandonaron. Bebí el resto de mi vino, busqué sus manos y las apreté fuerte en las mías. «¿Cómo estás tú con todo esto?» dije mirandolo a los ojos. ¡Dios mío! Su mirada se oscureció bajo la sombra de su ceño apretado y esforzó una mueca cínica con los labios. Paul no quería dejarme ver lo herido que estaba, le estaba costando un mundo ocultar su dolor, como si todavía quisiera posar como el perfecto caballero fuerte para mí. «Bueno, me mudé a un departamento en las cercanías de la escuela de Millie. El poco tiempo que paso en Londres trato de estar presente para ella, apesar que no quiera verme la cara. Ha bajado el rendimiento escolar y desarrollado un gusto preocupante por la vestimenta negra». Fue como escuchar la narración de mis propios años adolescentes. «Mis padres se divorciaron cuando tenía quince años» dije. «Por años odié a mi padre por habernos abandonado y odié a mi madre por hablarme pestes de él todos los días. Me envenenaba la cabeza con sus propios celos de esposa mal herida. Estaba en el medio de una guerra en la que no quería estar. Me costó años darme cuenta que, quien era mi padre como hombre no debía incumbirme a mí como su hija. Sólo debía exigirle en su rol de padre. Nadie me explicó esto, debí descubrirlo yo sola y en el proceso, perdí años preciosos sin su compañía. No lo invité a mi fiesta de graduación. Mi madre seguía pintando su imagen como el peor hombre del planeta». El nudo apretado en la garganta me impidió continuar. Miré la mesa pero todas las copas estaban vacías. Pau atrajo la atención de un mesero y pidió otra ronda de vino. Luego volvió a concentrarse en mí. «Toma mis palabras como experiencia personal, por favor no cometas el error de involucrar a tu hija en tus problemas matrimoniales con tu ex esposa. Es la peor decisión. A ella sólo debe interesarle que ustedes sean buenos padres, más allá de lo que hagan en sus vidas privadas». El mesero llegó con dos copas nuevas llenas de tempranillo, bebí un sorbo y mi garganta de inmediato lo agradeció. El calor de trece por ciento de alcohol se anidó en mi estómago y por un segundo me invadió de alivio. «¿Pudiste reconciliarte con tu padre al final?» Paul preguntó y mató con su pulgar el camino de una lágrima que me rodaba por la mejilla izquierda. «Si. Con los años comprendí lo equivocada que había estado y con mi propia experiencia de mujer casada, ví con perspectiva lo difícil que es la vida conyugal. Él es un caballero, nunca una mala palabra hacia mi madre ha salido de su boca. Pero a su propia manera me ha hecho entender que la situación entre ellos entonces era insostenible. Dale tiempo a tu hija. Es demasiado niña todavía para comprender». Paul besó mis labios con sabor a lágrimas y vino. Cerré los ojos y me dejé llevar por la ola de calor que me asaltó al degustar de su boca otra vez. Peiné sus finos cabellos rubios ceniza con mis uñas y rasqué su cuero cabelludo mientras lo atraía hacia mí. Rompimos el beso concientes de dónde nos encontrabamos. Paul sonrió. «Te quiero en mi vida. Esa noche en Nueva York…—Paul miró nuestros dedos entrelazados y exhaló, subió la mirada para encararme—no fue cosa de una sola noche. No para mí por lo menos. Nunca antes había engañado a mi esposa. Ex esposa—se corrigió y frunció el ceño mientras negaba con la cabeza—disculpa, todavía no me acostumbro». Bebió un sorbo de vino y respiró profundo como si estuviera juntando todo el valor posible. «Sé que en este momento quizás pienses que no soy otra cosa que un problema. Te saco más de diez años de diferencia, estoy recién divorciado y tengo una hija adolescente que me dará más de alguna pesadilla en los años venideros. Podrías estar con cualquier hombre que quisieras, uno sin todos estos líos. Pero te quiero en mi vida. Quiero esperarte en algún aeropuerto con un ramo de rosas rojas como un veinteañero ingenuo y embriagado de amor. Quiero pasar mis pocos días y noches libres contigo. Quiero despedirte en algún aeropuerto del mundo con un beso profundo para que no me olvides. Quiero sentir cosquillas en la barriga cuando me llames y vea tu número en la pantalla de mi móvil». Solté una risa nerviosa y de inmediato un manto oscuro me cubrió de sombra. «¿Y si te decepciono? ¿Y si no te gusta lo que descubrirás cuando me conozcas bien? ¿Y si no puedo amarte con la fuerza que amé a mi ex esposo en mis veintes? ¿Y si tu hija me conoce y me declara la guerra? ¿Y si nuestras agendas nos impiden siquiera vernos más que sólo un par de veces al año?» Paul volvió a besarme casi para detener mi torrente de pesimismo que sin quererlo había recién vomitado. «¿Y si por una vez le hacemos caso a la vida y al destino que sigue haciéndonos topar una y otra vez?» dijo y acarició mis mejillas a la par que me apartaba un mechón de cabello.

Llegamos a la suite de hotel de Paul en algún momento pasada la media noche. Todo se sintió distinto esta vez. La culpa, la urgencia, la clandestinidad con la que habíamos tenido que lidear esa noche de pasión en Nueva York ya no nos acompañaba. Ambos respiramos aliviados y nos permitimos amarnos con libertad. Fue hermoso y sentí como si el peso del arrepentimiento y las conjeturas de los últimos meses caía al suelo al fin. Decidí darnos una oportunidad, pues si no lo hacía, no sólo me arrepentiría cada día del resto de mi vida, sino que, como ya había quedado demostrado en más de una ocación, el destino nos pondría en el mismo lugar y momento una y otra vez hasta rendirnos a las coincidencias. «Quizás ya te amo» pensé en español en un susurro luego de una maratón de sexo. Paul dormía a mi lado ido en su mundo onírico. Acaricié sus mejillas con los nudillos casi rozando su piel para no despertarlo. No me importaba el surco de pensador compulsivo que dividía su ceño, ni sus patas de gallo o los profundos pliegues nasolabiales a cada lado de su boca. Eran las huellas digitales de su alma, contaban de su historia de vida, una sumida en el estudio de su disciplina y golpeada por la risa, el llanto y las preocupaciones. Para mí Paul era el hombre más guapo del mundo y no podía esperar a conocer su alma tan clara con ese momento admiraba su rostro durmiente.

Al aterrizar en suelo vienés luego de cinco días en Barcelona, conecté mi celular a la red de mi proveedor de telefonía móvil austriaco. Mientras caminaba hacia el área de reclamación de equipaje, mi celular vibró dentro del bolsillo de mis jeans. Lo desbloqueé y sonreí como una chica de diecisiete. «El próximo mes estaré en Berlín por unos días. Concierto, entrevistas y un poco más. ¿Alguna conferencia que interpretar en la capital alemana para entonces, señorita Baeza? Ya te extraño un inmensidad y cuento los días para volverte a ver. Paul». «Cómo cambia la vida en cosa de unos pocos días» dije para mis adentros mientras abordaba el tren hacia la estación central de Viena.

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3 comentarios sobre “72 horas (2ª parte)

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