ALEX BLAME

El calor y la humedad me asaltaron nada más poner un pie fuera del hotel de Varadero. El cielo estaba cargado de nubes y el mar estaba encrespado, así que decidí pasar de la playa y me dirigí a la calle principal a buscar un taxi.

Dejé pasar tres modernos taxis de marca coreana simulando no estar interesado hasta que apareció un enorme Chevrolet  del  55, rojo y blanco. El Chofer con un frenazo y una violenta maniobra aparcó sobre la acera a dos centímetros escasos de mi pie derecho. Con una sonrisa y el omnipresente  puro me invitó a entrar en la ranchera.

—Pasa, helmano ¿Dónde quieres que te lleve? —le invitó el chófer con el cantarín acento cubano, sin sacar el puro de su boca.

—Llévame al Puerto de La Habana, quiero ver El Malecón.

—A sus óldenes, jefe. —respondió el hombre llevándose la mano a su mugrienta gorra.

—Un coche precioso, —dije yo— pero suena un poco raro.

—No se le escapa nada helmano. Es un Chevrolet Nomad del 55. Todas las piezas son originales. Tengo un amigo en la embajada sueca que me consigue los repuestos a buen precio, pero cuando los rusos dejaron de dalnos petróleo saque el V8 y le metí el motor diésel de una vieja furgoneta.

—¿Aún conservas el motor?

—Pol supuesto, algún día pienso volver a ponello en su sitio.

—Tal como está, seguro que no te costaría venderlo por un pico. —dije yo pasando una mano por el brillante vinilo del gigantesco asiento delantero.

—El amigo sueco cada año me ofrece un poco más, pero  Margarita no está en venta.

—¿Lo llamas Margarita?

—Sí, golda y vieja como mi parienta, pero de una belleza indudable, helmano —contestó él con una sonrisa desdentada.

Mientras hablaban, el paisaje había cambiado. La carretera se había alejado de la costa y atravesaron durante varios kilómetros extensos campos de caña.

—Puede faltar de todo, pero el ron nunca. —me dijo el chofer al advertir mi curiosidad.

—Ya veo.

—Hasta una de las pistas de aterrizaje del aeropuerto de la Habana esta plantada con caña. —añadió el hombre esquivando por milímetros una carreta y un camión averiado. —Ni siquiera esos celdos capitalistas pueden mejorar la calidad de nuestro ron cubano. El Bacardi es una mielda.

—¿Lo has probado alguna vez?

—No, pero es americano, es una mielda. –sentenció tan convencido que me hizo sonreír.

—Me hace gracia ese odio que le tenéis a los vecinos y luego veo tantos campos de béisbol por todas partes que creo que estoy en el Bronx.

—Eso es porque se nos da mejor que a esos pendejos. El béisbol es un deporte de pillos y en eso  nosotros somos los mejores. —respondió mientras enfilaba el coche por la avenida Rancho Boyeros.

—Me gustaría ver la Plaza de la Revolución, el Castillo del Príncipe, y la Avenida del Puerto.

—Ok, helmano, te llevo a la Plaza de la Revolución y luego te espero en el coche para llevarte al puerto. —dijo el chofer.

La plaza era enorme y salvo por el obelisco que la dominaba estaba prácticamente vacía a esa hora de la tarde. Me paré en el centro e hice varias fotos, primero al parlamento y luego al ministerio del interior y el mural del Che. Cerré un instante los ojos, imaginando lo que sería estar allí, a pie firme, rodeado de gente y escuchando uno de los interminables discursos de Fidel.

En diez minutos estaba de nuevo en el taxi. El chofer me dejó enfrente del fuerte de San Salvador. Me despedí de él con una buena propina y con un beso en el capó de Margarita.

Pasé la siguiente hora paseando por la avenida del puerto, con una cerveza caliente y floja en la mano.

—Es precioso ¿Verdad mi amol? —dijo ella recreándose en el paisaje.

El pelo rizoso y oscuro de la joven flameaba con la brisa proveniente del mar. Sus ojos grandes y sus labios gruesos y rojos destacaban sobre su cutis oscuro y suave. La blusa ajustada y con escote en barco y la minifalda blanca con vuelo realzaban sus generosas curvas y sus largas piernas.

—Si precioso… —respondí yo babeando— Soy Miguel.

—Yo Shanina. —dijo ella apretando sus labios contra mis mejillas.

—¿Shanina?

—Mi padre es un comunista convencido. Me puso este nombre en memoria de una heroína soviética de la gran guerra patriótica*. Pobre, aún no se ha recuperado de la decepción de la caída de la Rusia soviética. —respondió ella con una sonrisa que iluminó todo el Parque de los Mártires del 71.

—¿Eres español? ¿No serás gallego? Los padres de mi abuela eran de la Ría de Arosa.

—Todo el mundo tiene algo de familia en Galicia, pero no has tenido suerte. Soy de algo más al sur.

—Da igual, de todas maneras me vas a invitar a un mojito ¿Verdad mi amol?

—¿Algún mortal te ha negado alguna vez algo? —repliqué dejando que me cogiese por el brazo y me guiase a un garito de la Vieja Habana.

El local era pequeño, oscuro y estaba lleno de humo. La cerveza estaba caliente como el pis y los mojitos eran bastante más que regulares, pero a la gente le daba igual.

No era un local para turistas, así que cuando entré, todos me miraron como a un bicho raro. Shanina me dijo que no les hiciese caso y en unos minutos ya estaban cada uno a lo suyo. El merengue y la salsa llenaban los pocos espacios que dejaban libres la gente y el humo invitando al personal a mover las caderas con su ritmo.

Pedí un par de mojitos que Shanina se bebió en pocos minutos haciendo honor a su nombre ruso. Con una sonrisa alegre que me reveló una dentadura blanca y regular me cogió del brazo y me llevó a pesar de mis protestas al centro del local. Yo no tengo ni la más remota idea de bailar, pero no hizo falta. Durante la siguiente hora Shanina se dedicó a frotar su cuerpo contra el mío poniéndome malísimo.

Ella cerraba los ojos y disfrutaba de la música. Acercaba sus caderas a mi cintura y se agitaba al ritmo de ella  mientras frotaba su culo contra mi entrepierna de una manera tan lasciva que hasta los parroquianos se relamían.

Finalmente nos dimos un descanso y nos acercamos a la barra. Un tipo que debía aparentar tener más de ochenta años se acercó a nosotros ofreciéndome unos habanos. Nos soltó un cuento sobre los puros lanceros  al que no atendí apenas, ya que estaba concentrado en la joven, pero de todas maneras le compré un par de ellos para que nos dejase en paz.

—¿Te gustan los puros? —me preguntó Shanina.

—¡Oh! Yo no fumo, pero me encargaron que comprase alguno. Lo que pasa es que no me fío de los que se compran en la calle. ¿Sabes dónde puedo encontrar buenos habanos?

—Estás de suerte yo trabajo en un pequeño taller familiar. Ven conmigo y te enseñare como se hacen —dijo ella cogiéndome de la mano y sacándome del local.

Callejeamos durante quince minutos por las calles de la vieja Habana hasta que llegamos al capitolio donde torcimos a la derecha y entramos en unos pequeños talleres a pocos metros de la fábrica de Partagás. Como todo en la Habana, el taller era un local de aspecto descuidado, pero su interior era amplio y luminoso y el aroma a tabaco fresco lo impregnaba todo.

—Aquí es donde trabajo todas las mañanas —dijo ella levantando el vuelo de la falda y sentándose ante un mueble viejo y oscuro que me recordaba un poco a un escritorio.

De un cajón sacó una cuchilla ancha en forma de medialuna y recortó una hoja no muy seca:

—Este es el capote,  es la hoja que da forma al cigarro.

Yo me limité a asentir con la cabeza y a mirar por encima de su hombro. Shanina se inclinó para coger tres hojas más secas de distintos cajones dándome una espléndida panorámica de sus pechos grandes y turgentes.

—El relleno se llama la tripa y lleva tres hojas; —me informó  cogiendo tres hojas de tres montones distintos  enrollándolas sobre sí mismas y cortándolas para darle la forma del puro— una hoja de seco, que da el aroma, una de fortaleza, que da el sabor y otra de volado, para favorecer la combustión.

Shanina colocó las tres hojas y  las enrolló en capote. Una vez enrollado, cogió el puro y abriendo las piernas lo puso sobre el interior del muslo y empezó a darle forma con su mano mientras me miraba con unos ojos cargados de deseo.

Mi mirada iba del puro a su cara, de su cara a su escote y de su escote al interior de sus muslos en los que atisbaba unas braguitas blancas semitransparentes.

—Ahora, para terminar, cogemos la capa que es una hoja muy fina y elástica, —dijo volviendo a poner el puro en la mesa con una sonrisa traviesa— que será la que le dará el aspecto exterior.

Con unos movimientos rápidos y precisos cortó un par de trozos más pequeños para acabar con el extremo y con un corte de la guillotina se deshizo de las tripas que sobraban en el tiro.

—Y listo —dijo ella colocándome el puro en la mano.

—¿Ya se podría fumar? —pregunté.

—Sí, pero es mejor dejarlos secar un poco. —dijo abriendo un cajón y sacando un puro —este está perfecto, mi amol.

Shanina humedeció ligeramente el extremo con su boca y luego lo cortó con la guillotina. Abrió otro pequeño cajón, sacó un mechero y prendió el puro con una fuerte calada. La visión de los labios de la joven gruesos y sugerentes rodeando el grueso puro y chupando con fuerza para  facilitar la combustión del cigarro me produjo un escalofrío y una nueva punzada de deseo.

Me acerqué lentamente y apartando su pelo, la cogí por su esbelto cuello. Ella apartó el puro y acercando sus labios a los míos me beso con suavidad mientras dejaba escapar el humo.

El calor de su boca y el aroma fuerte del habano se mezclaron en mi interior mareándome ligeramente. Sin esperar más introduje mi lengua en su boca y le di un beso largo y salvaje. La cogí por la cintura y la apreté contra mí para que fuera consciente de mi enorme erección.

Shanina sonrió y le dio otra calada al puro antes de dejarlo abandonado sobre el armario. Con la mirada velada por el deseo, me abrió los pantalones y con sus manos de dedos largos y finos exploró el interior de mis calzoncillos.

Mirándome satisfecha  se agachó, sacó mi polla, dura como un bate de béisbol  y la acarició con la punta de sus labios. Yo suspiré e intenté meterle la polla hasta el fondo de su boca  pero con un movimiento  ella me lo impidió y se dedicó a lamer y a chupar la punta mientras con sus manos me acariciaba los huevos haciendo que todo mi cuerpo hormiguease de deseo.

Con un movimiento brusco, tiré de ella y la senté sobre el pequeño armario con las piernas abiertas. Aparte sus bragas mojadas y la penetré con mis dedos mientras exploraba su cuello  y sus hombros con mis labios. Shanina empezó a gemir y a jadear. Con un gesto de impaciencia arrancó los botones de mi camisa y acarició y besó mi pecho mordisqueando mis pezones sin dejar de jadear.

Su coño suave y depilado, rebosaba de jugos impregnando mis dedos. Los saqué y se los metí en la boca. Ella los chupó con deleite mientras movía su pelvis incitándome a penetrarla. Sin sacar mis dedos de su boca le metí mi polla de un golpe hasta el fondo. Su coño deliciosamente estrecho y cálido me acogió a la vez que Shanina emitía  un intenso gemido de placer. Sin dejar de penetrarla, le quité la blusa descubriendo unos pechos bronceados, grandes y enhiestos, coronados por unos pezones grandes y tiesos. Me agarré a ellos y los chupé sin dejar de follarla.

Shanina me abrazaba y clavaba sus uñas en mi espalda gritando poseída por un intenso placer.

Con un gesto me separó y se dio la vuelta apoyándose en el mueble, quitándose la falda y las bragas y mostrándome su sexo  y sus muslos brillantes por el sudor y los flujos.

Acerqué mi boca y chupé su vulva y su ano calientes y mojados.

—Sí, mi amol, dame por detrás. —me suplicó ella  jadeando y agitando su culo negro y brillante.

Con suavidad acerqué la punta de mi polla a aquella abertura estrecha y presioné con suavidad, poco a poco hasta que acompañado por un largo gemido de la joven, logré atravesar su esfínter. Shanina se puso rígida y aguantó la respiración unos momentos  mientras se acariciaba su sexo con desesperación.

Con precaución comencé a moverme dentro del culo cálido y estrecho de la joven mientras está emitía suaves quejidos que pronto se convirtieron en gemidos de placer.

Su cuerpo se retorcía con la mezcla de dolor y placer mientras yo aumentaba la fuerza y la rapidez de mis empujones  que no  cejaron ni siquiera cuando me corrí en su interior. Seguí follando aquel culo apretado y rebosante de mi semen caliente hasta que el cuerpo esbelto y oscuro de Shanina se crispó con el orgasmo. Su grito reverberó por todo el local hasta que éste quedó sumido en un agitado silencio.

Shanina se quedó quieta, jadeando agotada,  empalada por mi miembro aún semierecto. Cuando finalmente retiré mi polla un hilillo de semen escapó de su culo escurriendo por el interior de sus muslos, tejiendo una pequeña red de caminos blancos en su piel oscura.

Shanina se incorporó y se dio la vuelta desnuda, la luz de la luna se filtraba por las claraboyas del techo haciendo brillar a la joven sudorosa, oscura y magnifica como una reina del Hades.

—Eres una fiera,  mi amol. —dijo dándome un beso

—Gracias —respondí yo sin saber muy bien que decir con su cuerpo entre mis brazos.

No quería apartar aquel cuerpo cálido y acogedor de mi lado, pero la joven tenía que irse, así que  nos vestimos rápidamente, le compré tres cajas de puros asegurándome antes de que los había hecho ella misma y me dejó en una parada de autobús que me llevaría a Varadero.

Ya en casa acerco el habano a mi boca y le doy una suave calada, el humo y el aroma de los muslos de Shanina  invaden mi boca de nuevo  con su sabor e inundan mi mente de placenteros  recuerdos, mientras tanto miro por la ventana la lluvia que no deja de golpear las ventanas de mi salón.

*Nombre que le dan los rusos a la Segunda Guerra mundial.

Un comentario sobre “El habano

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