XAVI ALTA

No sé decir que no

Ese es mi principal problema. Desde siempre, desde que comencé a jugar en el patio del colegio y me pedían que les dejara la pelota, desde que mi hermana se encerraba con algún rollo en su habitación y me postraba en la puerta de casa para avisarla si llegaban mis padres, desde que me convertí en el colega paga-copas de un montón de amigas que no quisieron llegar más allá, desde que Luis me pidió que estudiáramos juntos la carrera, desde que Romi eligió el ático de la calle Parma donde edificar nuestro futuro familiar, desde que mi mujer quiso quedarse embarazada y yo la fecundé, desde que le pareció divertido dar a luz a un cuarto hijo cuando a mí el tercero ya me había parecido excesivo.

Desde que Eva me ha exigido tener un hijo conmigo. Nunca he sabido decir que no.

Aún no he cumplido los 40 y puedo dar fe de haber vivido una vida bastante completa. Creo haber pasado todas las fases que un adulto aún joven puede vivir, haber quemado todas las etapas previstas o previsibles según los tópicos que la sociedad occidental nos permite, plantea u ofrece.

He formado parte de un equipo de fútbol escolar, he suspendido alguna asignatura, he copiado y me han pillado copiando en un examen, he realizado tres viajes de fin de curso, cada vez más lejos según mi edad avanzaba, me he licenciado, he confraternizado con el sexo opuesto, he podido hacerlo con el propio pero opté por rechazar las propuestas, he tenido novias formales, me han dejado, me he enamorado, me he casado, he formado una familia… incluso he sido infiel. Y me he incorporado al mercado laboral desempeñando una labor productiva tan o tan poco importante como cualquier otra.

Soy cámara de televisión. Ha sido aquí, en la cadena privada que me paga el sueldo, donde he conocido a Eva, una atractiva periodista de las que relatan los sucesos en directo, desde el corazón de la noticia.

En la redacción nos comportamos como simples compañeros, agradablemente anodinos. Ese es mi espíritu público y esa es la actitud con la que interactúo en el medio laboral. En cuanto suena el silbato, cuando salta la noticia, Eva y yo salimos disparados para montar en el Ford Focus serigrafiado según la imagen pública de nuestra cadena de televisión, enfilamos hacia el corazón del suceso, yo conduciendo agresivamente, mi reportera tomando notas y preparándose la pronta intervención, y hacemos nuestro trabajo.

Fue así como surgió. Eva es una periodista vocacional, de las “antiguas” suele definirse a sí misma, de las que huelen la noticia y la persiguen cual sabueso, rara avis en un sector en el que se han aburguesado los afortunados, precarizado hasta niveles humillantes la inmensa mayoría.

Llegamos los primeros al lugar del crimen, una agresión con arma blanca de una mujer maltratada a su marido maltratador, logramos hablar directamente con la agresora, a la que convertimos en una víctima, y le pasamos la mano por la cara a toda la competencia. Eva estaba eufórica. Tanto que, finalizada la conexión en directo, me arrastró al asiento trasero del Focus y me montó con la misma energía con la que nuestra víctima había apuñalado a su marido. Como tantas veces en mi vida, no supe decir que no.

Lo que inicialmente pareció una travesura, un contacto esporádico entre dos compañeros de trabajo, se ha acabado convirtiendo en una relación de pareja estable, clandestina pero muy sólida, paralela a mi matrimonio.

 

Romi es mi mujer y madre de mis cuatro hijos, con la convivo y sigo manteniendo una supuestamente ejemplar vida de pareja. Sexo incluido, algo que desagrada a Eva, pero que comprende.

No es fácil desempeñar el doble rol. Has de mentir constantemente a tu mujer y a tu familia, siendo lo más importante ser capaz de recordar las mentiras para no contradecirte. Transcurridos tres años puedo afirmar que he pasado el trago con éxito, pero mis esfuerzos me ha costado.

Con Eva, en cambio, todo ha sido siempre más sencillo. Comprendió y se adaptó a la situación sin demasiadas dificultades, celosa de mantener su propio espacio, sin más voluntad que tener un compañero afectivo, una pareja estable que la colma física y emocionalmente, pero no la agobia.

O eso creía yo, hasta hace unos meses cuando comenzó mi periplo. Nada hubiera acontecido si supiera decir que no.

Desconozco los condicionantes químicos que accionan el interruptor de la maternidad en una mujer, pero en los dos casos que me afectan éste se ha encendido sin previo aviso. Es aquí y ahora.

Con Romi tenía su lógica. Llevábamos seis años juntos, cuatro de los cuáles compartiendo ático, ambos teníamos trabajos estables, muy bien remunerado ella, y podía permitirse una excedencia de un año en caso de necesitarla.

Con Eva, el proceso no ha sido tan estándar. Pero, en resumidas cuentas, ante la llamada de la Madre Naturaleza decidió dar un paso al frente. Contigo, te quiero y quiero que seas el padre de mi hijo. No supe decir que no.

Hacer hijos es muy divertido. Es el principal placer de la humanidad, es barato, tan cansado como desees y puedes repetir tantas veces como el cuerpo aguante. El problema viene cuando ya lo has consumado. Puede dejar de ser tan festivo.

-Me ha venido la regla esta mañana -anunció Eva con cara de pena tres semanas después de haber pegado el pistoletazo de salida a nuestra Operación Fecundo. No pasa nada cariño, al principio no es tan fácil, la animé amoroso, aunque con Romi había sido llegar y besar al Santo. En cuatro ocasiones.

Si el primer mes Eva me había perseguido como Mesalina atacando a sus criados, el segundo y el tercero el acoso fue demoledor. No le hago ascos al sexo, obviamente, menos con mi compañera que une su belleza y buen cuerpo a un savoir faire muy por encima de la media, pero llegué a sentirme como las esclavas griegas en un mercado persa.

Después de la tercera regla, Eva comenzó a preocuparse. Afortunadamente, haber ingerido pastillas anticonceptivas durante 6 años, los dos últimos consecutivamente, me permitió tranquilizarla pues los ovarios se han vuelto perezosos, me encantó la expresión la primera vez que la oí, y necesitarás algún mes más de lo normal para quedarte embarazada.

Logré una pausa en su depresivo estado de ánimo, pero el que ya comenzaba a estar agobiado de verdad era yo. El sexo con Eva se convirtió en obligatorio, pues obsesivo era un adjetivo que había quedado corto. Con el agravante de que se trataba de un acto, un proceso, fabril, productivo, sin ápice de pasión, entrega, divertimento. Ponte encima y penétrame, me pongo encima y me penetro.

A los seis meses, Eva pidió hora en un especialista. Su ginecóloga le había confirmado que no existía ningún impedimento fisiológico en su cuerpo, así que la mamá en ciernes decidió coger el toro por los cuernos para lograr su objetivo ya.

Supongo que es el estilo deontológicamente apropiado, pero el ginecólogo que nos atendió en la primera visita nos dio esperanzas pero fue prudente, además de preguntarme directamente qué urólogo me estaba tratando. Al responder que ninguno, me miró con gesto de suficiencia, agriamente sorprendido, pues estábamos dando por hecho que el problema era femenino cuando, estadísticamente, dos terceras partes de los casos de infertilidad tienen al hombre como único culpable.

Aguanté el chaparrón, prometiéndole que nuestra próxima visita sería al urólogo que él nos recomendara en aquella cara clínica, pues no quería ser tildado de machista empedernido, pero cómo iba a decirle que Eva no era mi mujer legal y yo no tengo problemas de fertilidad pues con mi esposa he tenido cuatro hijos, fecundados puntualmente cada vez que mis mini yos habían salido de conquista.

Mi novia salió encantada de la visita. El médico era de los mejores de Barcelona, también de los más caros, y tenía una tasa de éxito superior al 60%. Además, remató, a los 36 años aún se es joven para procrear y fisiológicamente no presentas ningún impedimento. Es más probable, se giró hacia mí, que nos hallemos ante un caso de mala calidad seminal, factor cada vez más habitual en la actualidad debido a malos hábitos alimenticios, estrés laboral o la propia ansiedad por ser padre. No quise contradecirle.

Dos nuevos factores entraron en escena. El primero, un urólogo que se dedicó a tocarme los cojones como ningún hombre me los había tocado nunca, literalmente. El segundo, eso sí debo agradecérselo al obstetra, Eva volvió a preferir un sexo más trabajado, pasional, placentero, pausado, juguetón, buscando el placer más que la fecundación, pues mi estrés podía ser el causante de la disfunción. Otra palabra a unir al nuevo vocabulario familiar.

La tormenta se desencadenó con toda su agresividad al cumplirse el noveno mes de fracaso tras fracaso. No podía ser. Eva sumaba 6 visitas al ginecólogo, yo 1 al urólogo. Para acallarla, pues la tensión provocada por la situación amenazaba con despeñar nuestra relación por el precipicio, concerté la segunda cita para realizar todas las pruebas que podían descartar o confirmar mi supuesta infertilidad, aunque los dos galenos nos habían recomendado ayuda psicológica pues de confirmarse mi aptitud inseminadora, otra palabreja odiosa, habría que buscar el modo de desatascar nuestro bloqueo mental.

No es tan fácil como parece donar una muestra de semen. Por lo que me habían explicado, pensaba que el procedimiento era el mismo a seguir para una muestra de orina. Miccionas de buena mañana, llenas el vaso y lo traes a la consulta. Pues no funciona así, nos aclaró el facultativo. Debía aportar mi muestra aquella misma tarde en aquel centro médico.

Empujado por mi novia, me encerraron en un pequeño habitáculo parecido a un baño para minusválidos, con una pantalla de televisión que escupía escenas supuestamente eróticas de mujeres neumáticas devorando o siendo devoradas, acompañadas de revistas para adultos aún más vulgares. Fui incapaz de excitarme. Quince minutos después, solicitaba la ayuda de mi amante para eso, para que me amara, pues pretender que volviera a mi adolescencia me parecía ridículo. Pero más ridículo me pareció que no lo permitieran. Me hubiera bastando con que se abriera la blusa para mostrarme a mis gemelas favoritas para levantar mi dormido músculo. Si además, utilizaba los labios y la lengua en mi masculinidad como sólo ella sabía hacer, en menos de cinco minutos estaríamos en la calle. Pero no estaba permitido.

80 minutos después, abandonaba aquel infierno con algunos mini yos menos en mi haber, entregando temblorosamente un vaso de plástico poco lleno y mostrando un estado febril que mi novia trató de mitigar en balde.

A los tres días teníamos los resultados. No me reí en la cara del urólogo por educación, pero estuve a medio centímetro de levantarme y mandarlo a la mierda, no sólo a él, sino a toda la afamada clínica. ¿Cómo quiere que sea estéril si tengo cuatro hijos?

Salí de su consulta indignado, manada de inútiles, mientras Eva trataba de calmarme buscando argumentos de lo más variados. Han extraviado el expediente, han leído mal los resultados, puede ser algo pasajero debido a la calidad del semen… No ha dicho eso, zanjé obcecado, ha dicho que soy fisiológicamente estéril y que nunca podré (ni he podido) tener hijos.

Mi cabreo duró días, semanas, pero Eva no dio su brazo a torcer. Quiero tener un hijo. Quiero tenerlo contigo. Así que acabé en la consulta de otro urólogo de otra clínica igual de cara para repetir los toqueteos, ¿cómo un hombre heterosexual puede dedicar su día a día a magrear testículos y penes ajenos?, pruebas, consejos y resultados. Por no saber decir que no.

-Lamento comunicarle que es usted clínicamente estéril. Padece usted el Síndrome de Serteli. Para explicarlo en palabras sencillas, sus testículos no son capaces de generar espermatozoides, pues éstos, son reconocidos como células extrañas por su propio organismo que los destruye automáticamente. Se trata de una disfunción congénita minoritaria en la población masculina pero que desgraciadamente aún no podemos revertir…

Mi mano era sostenida por la de Eva, que me apretó con fuerza para darme ánimos, pero dejé de sentir, igual como dejé de oír al urólogo que había comenzado la cara B del discurso que, sin duda, tenía memorizado para apoyar al decaído paciente para, a continuación, tratar de venderle las bondades de otras opciones como la inseminación artificial por donante anónimo o…

-Pidamos una tercer opinión -terció Eva ya en el coche, tratando de convencerme de que Papa Noël y los Reyes Magos existían, pero yo seguía sin escuchar. Tengo cuatro hijos, me repetía, cuatro hijos varones sanos y fuertes. No soy estéril, no puedo ser estéril. Yo lo he concebido, yo los he fabricado, yo…

Nos encerramos en el apartamento de Eva. No puedes volver con esa cara a la redacción, aconsejó. Nos tumbamos en su cama y allí me abrazó como una madre abraza a su pequeñín cuando tiene miedo, contra su pecho, acariciándole la frente, meciéndole el cabello.

Mi móvil sonó tres veces. Pero no el de Eva, así que no era del trabajo. Entraron un par de mensajes, pero no quise hacer caso. Hasta que el teléfono de mi chica sonó, más de una hora después, y se incorporó para atenderlo. Fue entonces cuando tomé el mío.

“Felicidades cariño” rezaba el whatsapp de Romi, “ya podrás entrenar a tu propio equipo de fútbol sala”, acompañado de una imagen. Una prueba de embarazo sostenida con dos dedos con el símbolo positivo hirientemente iluminado.

Cuando Eva lo vio, preguntó en voz alta lo que mi mente llevaba horas chillándome.

¿Quién coño es el padre de tus hijos?

3 comentarios sobre “No sé decir que no

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