AURORA MARADIAGA

Cómo cambia la vida en unos pocos días. 72 horas para ser más exáctos. Sentado frente a mi puerta de embarque del terminal 7 del aeropuerto JFK de Nueva York, me invade una
sensación agridulce de haber vivido esto antes. Es cerca del medio día y hora de partir de
vuelta a casa al otro lado del oceano atlántico. ¿Cómo miraré a Fanny, mi esposa, a los ojos?
Tres días atrás me encontraba en una situación similar. Esperando mi vuelo hacia Nueva York desde el aeropuerto de Heathrow en Londres. A diferencia de hoy, eran cerca de las diez de la noche del tedioso mes de Enero. Las fiestas de fin de año han quedado atrás, el invierno ya no es adorable ni acogedor, sino que la nieve se derrite hasta mezclarse con la tierra en un desastre barroso que ensucia todo y obstruye las vías. Vivo entre aeropuertos, aviones, hoteles y teatros. Soy tenor y la vida se me va entre ensayos, conciertos, entrevistas, grabaciones en estudio, más ensayos, viajes, producciones teatrales y un poco más. Llegar a casa para mí son las vacaciones que no tomo durante todo el año. Esa noche llegué a mi puerta de embarque y me senté en una de las bancas a esperar la llamada a abordar. Saqué el The Times que recién había comprado y me dispuse a ponerme al día con las noticias del mundo enfermo en el que vivimos. Lanzé una mirada a mis alrededores y me percaté que todos estaban ensimismados
en sus aparatos electrónicos. Todos menos una sentada frente a mí. Sostenía un libro sobre sus piernas cruzadas y sollozaba en silencio. Desde entre su larga melena castaña distinguí dos cables blancos que bajaban hasta perderse en uno de los bolsillos de su abrigo. A primera vista la imagen me enterneció y luego, al observabarla detenidamente, una ola de calor me remeció dejándome estupefacto. «¿De dónde carajo salió eso?» pensé y bajé la mirada a mi periódico. Un primer instinto quiso impulsarme a ofrecerle un pañuelo deshechable y preguntarle si es que se encontraba bien. «No es mi problema» dije para mis adentros y lo suprimí. No duró mucho. Volví a elevar la mirada por encima del periódico y la admiré a escasos dos metros de distancia. Era el tipo de mujer que un hombre como yo podría conocer sólo en sueños. «¡Qué diablos!» pensé y hurgué en mi equipaje de mano hasta encontrar una bolsa de pañuelos deshechables, la abrí y estiré el brazo hacia el frente en la esperanza de llamar su atención. Parecía absorta en su lectura. ¡Eso debía ser la razón de sus lágrimas! De seguro estaba sufriendo las desdichas y aventuras del protagonista de una historia de ficción para matar el tiempo. Pocos segundos después elevó la mirada a mi mano y la subió por mi brazo hasta encararme. Hasta ese minuto pensaba que las mariposas de mi estómago se habían jubilado hace años atrás, pero cuando conectamos las miradas éstas volvieron a la vida. No habían olvidado cómo aletear, sentí todos los vellos de mi piel erizarse al unísono.
Tenía los ojos pardos más hermosos y tristes que haya visto jamás. Esforzó una sonrisa de buena educación y sacó un pañuelo deshechable, se secó los ojos y la nariz y removió ambos audífonos de sus orejas para esbozar un tímido «gracias» en inglés. Bajó la mirada a su lectura casi como una excusa para quitármela. La ví esforzar una semi sonrisa. Antes de sopesarlo, había agarrado mis cosas y me había sentado a su lado. «Este no soy yo» escuché en mi cabeza. «Disculpa, ¿estás bien?» dije. Ella volvió a clavarme con la mirada y esbozó una sonrisa. «Yo también he hecho esto un par de veces, ¿sabes?» dijo en un inglés libre de acento alguno. Ladeé la cabeza como un cachorro que no entiende a su amo. «Esto» dijo y miró el pañuelo deshechable que tenía arrugado en su puño.«A veces veo a gente llorar en el tren o el bus y hago lo mismo que tú. Les ofrezco un pañuelo deshechable y les pregunto si están bien». «¿Y qué te responden?» dije. «Me agradecen sorprendidos y me dicen que están bien,  lo que no es otra cosa que una mentira gorda». Rió con melancolía en la voz y bajó la mirada, cerró su libro y lo guardó en su cartera. «¿Por qué lo sigues haciendo entonces, sabiendo que la gente nunca es honesta?» dije. «No sé, la verdad» susurró, «quizás porque en el fondo me gustaría que alguien me ofreciera un pañuelo y una conversación si fuera yo la que estuviera al
otro lado incapaz de guardar las lágrimas de la vista de extraños».Su voz se quebró lo
suficiente para hacerla callar y morder su grueso labio inferior. Volví a estirar la bolsa de
pañuelos hacia ella y sacó otro con una sonrisa tímida. «¿También me responderás que estás bien?» dije. Negó con la cabeza, «estoy pasando por un divorcio» dijo con amargura en la voz quebrada. A pocos minutos de esa conversación comprendí porqué sentía esa extraña atracción hacia ella. Era su exuberante belleza mezclada con el estado vulnerable en el que se encontraba que caló profundo hasta llegar a la veta más viríl de mi ser. Como un llamado a protegerla, aunque eso significara sólo escucharla y acompañarla. La última vez que había sentido algo así era un estudiante de conservatorio demasiado torpe para darme cuenta de tal efecto y sus razones. «Hay un Starbucks justo detrás nuestro» dije y apunté hacia el famoso café que ocupaba toda una esquina en la zona duty free. «Te invito un té o café y conversamos ¿te parece?» dije con mi mejor tono amigable y una sonrisa honesta. Ella miró hacia el café y volvió a encararme, su rostro se iluminó por un momento, «eres muy amable pero me temo
que no tendremos tiempo suficiente» dijo y apuntó hacia el mesón de la aerolínea. Dos
azafatas habían recién llegado y comenzaban el proceso de abordaje. En segundos los
pasajeros se pusieron de pie y formaron una fila frente al mesón. Ella se puso de pie y produjo su tarjeta de abordaje, colgó su cartera al hombro y se les unió a la fila. No pude hacer otra cosa que imitarla. «Paul» dije y estiré mi mano derecha hacia ella. «Cármen» dijo y estrechó mi mano. Parada a mi lado en la fila, me percaté de su estatura y no pude evitar admirarla de pies a cabeza. Su frente llegaba a la altura de mi boca y entre los vuelos de su falda larga y abrigo de invierno, pude adivinar la silueta de guitarra de sus marcadas curvas que su ropa no podía ocultar.
«Nunca más la veré en la vida» pensé y con esa premisa en mente busqué mi asiento. Cuando había terminado de acomodar mi bolso en el compartimento superior y me había deslizado hacia mi asiento junto a la ventana, Cármen apareció a mi costado en el pasillo. Rió y apuntó al asiento junto al mío. «Estaré sentado a su lado por ocho horas de vuelo» pensé y no supe si alegrarme o morderme las uñas de ansiedad. Se sacó su abrigo y lo dobló como un bollo para guardarlo en el compartimiento superior. Vestía un sweater negro de cuello tortuga entallado que marcaba esa silueta de guitarra que antes en la fila ya se había insinuado. Al sentarse a mi lado una brisa débil de su perfume llegó a mí. No supe identificarlo pero el aroma que despedía su piel me hizo querer tirarme encima de ella como una bestia y morderle el cuello.
Me acomodé en mi asiento y lanzé una sonrisa de buena educación hacia ella, saqué el The Times y me puse mis gafas de leer. Arrugué el ceño pretendiendo leer concentrado y traté con todas mis fuerzas de ignorarla. «Sólo sobrevive este vuelo y prémiate al llegar a Nueva York con una típica pizza grasienta y gigante» me dije a mí mismo. De reojo la ví ponerse los audífonos y navegar la pantalla de su móvil. Tenía una interesante colección de música. Desde Simply Red a Adele, desde B.B. King a Muse, desde Bach a Berg, desde Kraftwerk a Kiasmos.
Alzé una ceja y asentí con la cabeza.
No mentiré. No es la primera vez que me encuentro con una mujer así de tentadora. Es lo que pasa cuando recorres el mundo y mucho de la vida se va en esperar abordar un avión. No es la primera vez que la idea de una aventura con una completa extraña cruza mi mente, pero nunca antes me había sentido tan preparado para llevarla a cabo como en ese instante.
Cuando las azafatas y sobrecargos aparecieron en los pasillos repartiendo la paupérrima cena  de aerolínea, Cármen se sacó los audífonos y me miró como si recién reconociera mi presencia a su lado izquierdo. Me regaló una sonrisa a todo lo ancho de su cara y acomodó la bandeja sobre su regazo. «¿Puedo preguntarte tu edad?» me atreví a decir. Me miró con sorpresa.
«Tengo 37» dijo. Elevé las cejas hasta sentir mi frente arrugarse cuán acordión. «No los
representas para ser honesto» dije. Las ruedillas de los carros de metal crujían más cerca de nuestros asientos mientras el personal de vuelo seguía repartiendo las raciones. Cármen sonrió y abanicó sus largas pestañas con coquetería. «¡Dios sagrado!» Suprimí las ganas de robarle un beso de su boca voluptuosa. En vez de ello troné mis nudillos y bajé la bandeja hasta acomodarla levitando sobre mi regazo. «¿Y tú?» preguntó. «50» me escuché decir, «no hagas ni tal de devolver mi comentario» reí, «sé muy bien que mis 50 añazos son más que visibles en mi cara». Cármen volvió a reir, tenía una risa exquisíta, contagiosa. Las azafatas llegaron a nuestro lado y sirvieron ambas cenas para luego seguir su camino. Ambos comenzamos a comer más que nada para echarle algo al estómago para aguantar las interminables horas de vuelo. Mientras ambos pinchabamos los tortellinis bañados en salsa de tomate con tenedores de plástico, conversamos sobre nuestras profesiones. Le conté de mi carrera y de inmediato quiso anotar mi nombre completo para buscar grabaciones mías. Me sentí halagado. Era traductora e interprete de español, inglés, francés y alemán. Iba a Nueva York a participar en un simposio sobre política internacional y la responsabilidad del interprete para hacer llegar el mensaje intacto a la audiencia. Como yo, Cármen me contó que su vida transcurría entre hoteles, congresos, foros, seminarios y vuelos. Al parecer su ritmo laboral era uno de los responsables de su fallido matrimonio. Debí contener cada músculo de mi rostro para no reflejar la ironía de su respuesta. Los casi veinte años junto a Fanny nos pasaban la cuenta. Dicen que la distancia hace bien a la pareja, y sin embargo hace tiempo
que había dejado de sentir ese anhelo de llegar a casa y estrechar a mi esposa en los brazos, besarla, hacerle el amor. Cármen no tenía hijos y no parecía quererlos. Le conté sobre Millie, mi pequeña de trece años y sí, le dije que era casado. Qué más remedio. Una parte de mí se alivió de haberle hablado con la verdad y la otra, me tiraba los cabellos por haber sido un completo imbécil al tirar por la borda la oportunidad de una aventura con tremenda mujer.
Al rato de haber terminado de cenar y luego que el personal de vuelo retirara los envases y vasos plásticos, Cármen se puso de pie y se estiró hasta querer tocar el techo del avión. Elongó los brazos y hombros por minutos hasta que se ausentó un rato. El zumbir de la turbinas se hizo más evidente sin ella a mi lado. Miré a través de la ventana y sólo encontré oscuridad absoluta del cielo a cientos de kilómetros sobre la superficie. El mapa de la pantalla táctil frente mío mostraba que estabamos en ese momento cruzando el Atlántico. De inmediato presioné el botón de home para volver a la pantalla principal y no ver más esa imagen. Era ridículo. A estas alturas no debería provocarme ansiedad el hecho de volar por sobre el oceano pero no había caso, el prospecto de un accidente de avión siempre vivía en mi cabeza como un recordatorio de todo lo que tenía por perder si ese iba a ser mi fin. No podría ver a Millie convertirse en un señorita y una mujer de bien, ese sería mi dolor más grande. Fanny tendría que hacerse cargo de ella por sí sola. Sacudí la cabeza y cerré la cortina de la ventana. Al rato Carmen volvió y tomó asiento a mi lado. Se tapó con la manta hasta el cuello, susurró un «buenas noches» y se puso sus audífonos. De reojo la ví seleccionar un album de un tal Ólafur Arnalds. No lo conocía pero supuse que era música lo suficientemente tranquila para poder
recuperar algo de sueño. Las luces de la cabina disminuyeron y de a poco el resto de los
pasajeros parecían también haber caído en sueño profundo. Traté de imitarlos pero no hubo caso. Mi mente no quería callarse, ví a Cármen a mi derecha con los ojos cerrados y apoyada hacia su izquierda en la almohada. Era realmente hermosa. Sentí la urgencia de acariciar sus mejillas, lucían suaves y cálidas. Apenas podía escucharla respirar, por detrás de sus parpados  sus pupilas se movían a toda velocidad. «¿Qué estará soñando?» me pregunté y me acomodé hacia la derecha sobre mi almohada. No recuerdo cuánto tiempo la quedé mirando hipnotizado por su belleza y la paz que su rostro durmiente transmitía.
Cuando por fin logré cerrar los ojos y me sentí desvanecer sobre el asiento, el crujir de los carros de comida por los pasillos me despertó de sopetón. Abrí la cortina de la ventana y la claridad del cielo volando por sobre un colchón de nubes grisaseas hirió mis ojos hasta pestañar varias veces para acostumbrarme a la luz del día. Cármen se retorció en su asiento y gimió leve mientras se estiraba por debajo de la manta. Otra vez sentí un imperativo de tomarla en mis brazos y besarla profundo. Abrió los ojos y sacó sus audífonos. «Buenos días» susurró como un ronquido felino. De inmediato se puso de pie y partió al final del pasillo donde estaba el servicio. La imité y enseguida mis largas piernas agradecieron esa elongación, caminé hacia el otro servicio al extremo opuesto del pasillo. Me ví al espejo y solté una risa de resignación. Lucía como si un camión me hubiera pasado por encima, como si Rupert, mi gato, hubiera masajeado mi cabellera con sus garras y luego hubiera hecho pis encima mío.
Luego de liberar mi vejiga salpiqué agua a mi cara y traté de poner mis cabellos en su lugar. Tenía unas ojeras monumentales y mis parpados todavía no querían rendirse al hecho que la hora de dormir ya había pasado. Me abofeteé una vez para despertar y para ver por fin lo inevitable: Cármen nunca consideraría estar con un tipo como yo, que le saca trece años en edad y que carga con una familia a cuestas.
Una hora después del desayuno estabamos descendiendo hacia el aeropuerto JFK de Nueva York. Nos abrochamos los cinturones y vimos a través de la ventana a mi izquierda cómo la aeronave cruzaba el umbral de densas nubes grises cargadas de nieve y lluvia. El día en Nueva York nos recibió con una cara apagada y fría típica de mediados de Enero en el hemisferio norte. Debí aceptar que no vería nunca más a Cármen, ahora sí que era cierto. Reclamamos nuestro equipaje de mano y vestimos nuestros abrigos. Me despedí de ella de la manera más civilizada posible y partí a hacer la fila frente al Interpol para pronto entrar en la ciudad.
Luego de hacer el check-in en el hotel y de refrescarme en mi suite, debí partir a cumplir con mi agenda. El día transcurrió rápido entre el ensayo para el concierto de la noche del día siguiente, un par de entrevistas y una visita a un querido amigo. Al llegar la noche mi único plan era parapetarme en mi suite, pedir servicio a la habitación y hacer zapping hasta que me venciera el sueño y eso no iba a tomar mucho tiempo en ocurrir. Entré en el vestíbulo del hotel y pensé haber visto un espejismo. Volteé a la izquierda y entré en el café y bar del hotel.
Era un maldito espejismo o acaso había quedado demasiado trastocado por la presencia de mi hermosa acompañante de vuelo. Allí estaba, sentada hacia la ventana en una de las muchas mesas. Carmen estaba sola, tenía un apetecible plato de cena frente suya, bebía de una copa alta de vino tinto y miraba embelesada a través de la ventana a la fauna neoyorkina transitar por afuera. Debía ser una broma de mal gusto o es que la vida me estaba mandando una señal con el claro mensaje de «tíratela». No pude hacer otra cosa que reir. Cuando me disponía a avanzar hacia su mesa, dos personas me abordaron por la derecha. «Sr. Stutte, ¿podemos sacarnos una foto con usted?» dijo la mujer con una sonrisa y las cejas elevadas mientras ya apuntaba el teléfono móvil en mi dirección. Sonreí de vuelta y accedí. Cuando firmaba un CD mío que la pareja me extendió, ví de reojo a Cármen observando la escena con curiosidad.
«Estaremos mañana en su concierto, ¡será la primera vez que lo veremos en vivo!» me dijieron entusiasmados. Les agradecí y nos despedimos.
«¡Vaya que tienes fans devotos!» Cármen bromeó al haberme acercado a su mesa. Le pregunté si esperaba a alguien, si podía hacerle compañía, si es que acaso se estaba hospedando en el mismo hotel. Sonrió a mi cuestionario y gesticuló a la silla libre frente suya. Tomé asiento y la ví de nuevo frente a frente. De inmediato mi sangre hirvió de deseos por ella. Lucía despampanante. Bromeamos al percatarnos que ambos estabamos no sólo hospedándonos en el mismo hotel, sino también que en el mismo piso. Maldije al cielo y mis palabrotas no escaparon a sus oídos. Cármen insistió que la acompañara a cenar y entonces levanté la mano para atraer la atención de uno de los meseros. Si pudiera describirla físicamente creo que Carmen se acercaría a una Monica Bellucci o Catherine Zeta Jones en sus treintas. Y yo, bueno, años atrás leí una mierda de crítica sobre uno de mis conciertos que me describía como una mantis religiosa de ojos celestes en esmoquin sobre el escenario. Eso dolió pero pronto lo olvidé. Las únicas veces que recibo cumplidos de parte de mujeres es por mi voz que es mi capital y mi instrumento, y por mis ojos. Hace años una señorita se acercó a mí al término de un concierto y me dijo que si pudiera pedir un deseo, ese sería que yo le cantara al oído y luego que la mirara directo a los ojos en el medio de un día de verano. Recuerdó que reí y me ruborizé, le agradecí sus palabras con torpeza y caminé lejos de allí. A la luz ténue delcafé y bar en la planta baja del hotel, Cármen me contó sobre su día. Iba a quedarse en la ciudad por cuatro días más, no sólo para participar en el simposio, sino también para entrevistar a un europarlamentario antes de interpretar su discurso en las Naciones Unidas.
Me contó que los interpretes normalmente puede acceder a la persona que interpretarán, tener acceso al discurso de antemano y si es necesario, estudiar el tema para estar así mejor preparada. Y yo pensaba que mi profesión era demandante y agotadora. Me preguntó sobre mis razones para visitar Nueva York y le conté sobre el concierto programado para la noche siguiente en Carnegie Hall. Había sido invitado como parte de una serie de conciertos temáticos, el mío sería una noche de Lieder y Chanson del período romántico europeo.
Cármen descanzó la cabeza sobre su mano y me miraba directo a los ojos mientras yo no
paraba de hablar. «Tienes unos ojos preciosos» dijo de repente. Quedé helado y no pude hacer nada contra el bochorno que se apoderó de mis mejillas. Cármen lo notó y sonrió con empatía. Es la maldición de ser tan pálido, no sólo corres el riesgo de quemarte bajo el sol de verano y quedar colorado como un cangrejo, sino que también mi piel es incapaz de ocultar la sensación más leve de verguenza. «Me recuerdan a dos piedras de ópalo, tienes un pequeño cosmos dentro de cada uno de tus iris». Bebí un sorbo de vino para pasar el trago de sus palabras y sólo entonces caí en la cuenta. «¡¿Está Cármen acaso coqueteándo conmigo?! ¡¿Conmigo?!» Las coincidencias eran demasiadas y yo era de arrepentirme de igual forma, si es que hacia algo al respecto o no. Sólo atiné a hacer lo único que podría servirme como arma para seducirla. Si, decidí seducir a Cármen en ese instante y dejaría el arrepentimiento y la culpa para los días venideros. Saqué una entrada para mi concierto de la noche siguiente desde el bolsillo interno de mi blazer y la deslizé por la mesa hacia ella. «Me harías un gran honor si pudieras asistir mañana» dije. Cármen tomó la entrada y la estudió, subió la mirada para encararme y buscó mis manos, las apretó fuerte en las suyas y me agradeció con una sonrisa brillante.
Siempre es un placer volver a Carnegie Hall de Nueva York. La majestuosa sala es uno de mis escenarios favoritos junto con el Bayreuth de Munich, Alemania y el Teatro Regio de Torino, Italia. El ensayo con Gustav, mi pianista acompañante, duró toda la mañana al igual que el día anterior. Llevamos años trabajando juntos y es una de las amistades más honestas que he hecho en esta industria, sino la única. Almorzé con un director de ópera que me ofreció encarnar a Lurcanio en una puesta en escena, según él, completamente nueva y refrescante de la ópera Ariodante de Handel. Hace años había dejado las producciones teatrales de lado para  enfocarme en el repertorio romántico y bárroco. Le agradecí que pensara en mí para el papel, me insistió que sólo quería que yo la protagonizara debido a mi extensa experiencia con dicha ópera. Ya he perdido la cuenta de las todas las veces que he vestido los zapatos de Lurcanio.
Solté una mentira blanca y me excusé con tener que preguntarle a mi agente cómo se veía mi agenda para los próximos años. En el fondo pasar por otra producción teatral me hace tanta gracia a estas alturas como un exámen de próstata. Prefiero tanto más los conciertos del tipo que esa noche daría en Carnegie Hall. Otros similares me esperaban en Europa y Ásia luego de Nueva York. Volví al hotel a buscar mi esmoquin y zapatos y partí de vuelta al teatro. «La mantis religiosa está de vuelta una vez más» pensé al verme al espejo de cuerpo entero en mi camerino y reí de buena gana. La maquilladora golpeó a mi puerta y diligente me sentó frente al tocador y se encargó de tapar mis ojeras y disimular mis arrugas. También hizo maravillas con mi cabello y lo dejó en un peinado más que aceptable. «Listo, Sr. Stutte. ¡Parece usted un novio listo para el altar!» dijo orgullosa de su propio trabajo.
El repertorio de esa noche no era nuevo para mí, muy por el contrario. El programa incluída trabajos de Fauré, Schubert, Brahms, Debussy y Schumann entre otros. Hay algo tan íntimo en cantar un poema musicalizado por alguno de los grandes maestros de la música occidental. Las Lieder son el matrimonio perfecto entre poesía y música. Mi trabajo es hacer al oyente sentir el significado de las palabras aunque no entiendan el idioma en el que las canto. No existe el contexto y los personajes de una ópera, no existe un papel a interpretar. El cantante se para como sí mismo frente al público y sólo con el acompañamiento de un piano, no hay lugar dónde esconder los errores de dicción, entonación, resonancia u otro pecado técnico. Tampoco no hay dónde esconderse si la música toma posesión de uno y las lágrimas se asoman sin más. Con los años he logrado controlar las emociones, pues si el llanto me invade, la laringe se contrae, el mentón tirita y pierdo control sobre mi voz. Luego de calentar la voz en mi camerino el director de escena me llamó por los altoparlantes. El concierto sería transmitido en vivo por Medici.tv. Me acerqué al costado del escenario detrás de las cortinas rojo sangre y pude escuchar el murmullo indescifrable de la audiencia en espera. Mi abdomen bajo se manifestó en un retorcijón como una estocada y las palmas de las manos me sudaron un tanto. No importan los años de experiencia, esos pocos minutos antes de salir a escena nunca cesan de tener el mismo impacto en mí. Esa noche el impacto traía un extra: Cármen estaría entre el público o por lo menos eso esperaba. La noche anterior le había dado una entrada para un asiento en las primeras filas casi al lado del escenario. Me sequé las palmas de las manos sobre los muslos y por detrás mío otra miembro del departamento de maquillaje y peluquería del teatro ajustó mi chaqueta de cola y pasó un cepillo por mi cabello una última vez. Gustav apareció a mi lado de esmoquin al igual que yo y me dio una palmada al hombro con su sonrisa generosa. «¿Está listo la mantis?» bromeó. «Igual de listo que el pingüino» dije sonriendo y le propiné un puñetazo suave en su panzota. El director de escena dió la señal y Gustav entró al escenario el primero. El aplauso del público fue generoso. Luego fue mi turno.
Tomé mi lugar junto al gran Steinway y encaré la sala. Estaba repleta, aun sin cantar nota alguna todavía, algunos miembros del público se habían puesto de pie. El aplauso resonó por el alto techo y el escenario semi cilíndrico hasta cesar. Abrimos con «Les berceaux» de Gabriel Fauré. Al comenzar la segunda estrofa divisé a Cármen sentada en la segunda fila justo al frente del escenario. Me sentí en el blanco de su mira, tan expuesto a una completa extraña en la que no podía parar de pensar que debí cerrar los ojos para perderla de vista un rato. El público siempre interpreta ese gesto como una señal de la emoción de la melodía y palabras que canto, pero la verdad es que en más de alguna oportunidad he tenido que hacerlo para no perder la concentración. Como en ese momento al divisar a Cármen.
Al término del concierto Gustav y yo nos unimos a los asistentes y organizadores del concierto en una recepción en el foyer del teatro. Algunas personas se nos acercaron a expresarnos sus agradecimentos e impresiones sobre nuestra presentación. La elegante sala estaba vibrante de conversación entre grupos de personas, los meseros y meseras se abrían camino entre los asistentes equilibrando en una mano bandejas con todo un ejercito de copas de espumantes, vinos y bebidas. Apenas logré divisar a Cármen caminar hacia mí por entre la horda de gente, debí beber un sorbo largo de mi champaña para liberar en parte mi garganta apretada. Se contorneaba sobre tacos de aguja como una felina dentro de un vestido blanco y negro entallado y de una sola manga, llevaba la melena castaña suelta hacia un costado, los labios rojos y la mirada pegada en mí. En ese instante comprendí aquel instinto de supervivencia primitivo del ser humano. La reacción de lucha, huida o parálisis. Luchar significaba llegar hasta las últimas consecuencias con Cármen y al diablo con todo. La opción de huir también
pasó por mi mente, inventar una excusa, hacer el check-out en el hotel y registrarme en otro para no verla más. En ese momento cuando se aproximó a mí con una sonrisa tentadora y su perfume envolvente, la parálisis fue la que ganó la batalla. «¡Dios mío, Paul!» dijo y se acercó a saludarme con dos besos en las mejillas. Yo no hice otra cosa que seguir estupefacto y sólo atiné a esbozar un «buenas noches» torpe. «¡Qué maravilla de concierto y qué guapo te ves!» dijo mientras agarraba al vuelo una copa de champaña de uno de los meseros que pasó por entre nosotros. Por suerte mi cara estaba tan cubierta de denso maquillaje teatral que Cármen no logró ver lo sonrrojado que quedé tras su comentario. «G-gracias por asistir esta noche,
ármen» logré decir apesar de un tartamudeo inicial, «espero que haya sido de tu gusto». De haber podido, habría cavado un hoyo en el suelo para esconderme hasta que llegara la mañana siguiente. El corazón me latía tan fuerte como para confundirlo con un ataque de taquicardia. Lo sentía latiendo en la boca del estómago y en la garganta. Cármen se deshizo en halagos sobre mi voz, mi presencia en escena, mi increíble pianista acompañante, la interpretación de cada trabajo e incluso sobre la prestacia y garbo que, según ella, yo emanaba desde el escenario. Bebí otro sorbo de champaña y sonreí incrédulo a sus palabras. «Eres dos hombres totalmente distintos» dijo mientras se apartaba su larga cabellera hacia un costado exponiendo su largo cuello, enfoqué la mirada en sus ojos pretendiendo tomar atención, «uno introvertido bajo el escenario y uno que exuda seguridad y dominio sobre las tablas. Fascinante». Esbozé una semi sonrisa y choqué mi copa con la suya. Creo que guiñé un ojo.
Fue involuntario. Ese no soy yo. No sabía en quién me convertía en su presencia, algo que nunca antes me había pasado con otra mujer. Temí perder el control en cualquier segundo.
Temí tomarla de la mano y arrastrarla lejos de allí, llevarla a mi suite de hotel y rasgar su ropa hasta verla desnuda bajo de mí. Temí cometer la locura más grande, perder a mi familia por una calentura al otro lado del charco. Temí hacerle daño a mi esposa y arruinar la imagen que Millie tiene de su padre. Temí que tal impulso carnal afectara mi imagen profesional. Temí tanto como para vomitar pavor, allí mismo en el caro piso alfombrado del vestíbulo de Carnegie Hall. Fue entonces que me percaté de la verdad que siempre había querido ignorar: llevaba años, sino decadas, viviendo con miedo. Miedo a no ser contratado en una producción teatral, miedo a que el apoyo de mi respiración me falle en el medio de una frase en vivo sobre el escenario, miedo a los miles de tenores más jovenes, audaces y guapos que yo que pululan los teatros y audiciones del mundo. Miedo a no hacer lo correcto, a provocar una riña entre
Fanny y yo que destruya el débil equilibrio de nuestro craquelado matrimonio. Miedo a que me quite a Millie, a no poder verla más. Miedo a provocar en una mujer algo más que una sincera amistad, miedo a sucumbir a la tentación. Lo más lejos que he llegado con otras mujeres en casi veinte años de matrimonio han sido unos cuantos atracones locos con alguna u otra colega en algún camerino de algún teatro del mundo. Pasa cuando trabajas por semanas y meses con el mismo elenco, sobre todo cuando me ha tocado interpretar la pareja  de una atractiva soprano. Nunca los consideré como un engaño a mi esposa, pues tales acciones nunca me hicieron dudar de todo como sí lo hacía la atracción inexplicable que sentía por Cármen. Pavor. En otra situación u otro contexto, hubiera adoptado mi actitud de perfecto caballero inglés y hubiera conversado de nada importante con ella, hubieramos encajado perfecto entre la audiencia que alrededor de nosotros hacían exáctamente lo mismo entre risas y champaña. No pude. La boca se secó y quedé sin palabras. Cármen pareció darse cuenta, era una mujer inteligente. Me agradeció por la invitación, volvió a felicitarme por mi actuación y se excusó para marchar de vuelta al hotel. «Si me esperas cinco minutos, podemos
volver juntos al hotel» me escuché decir, «mal que mal, somos vecinos de habitación».
«¡¿Pero qué carajos?! Acabo de cavar mi propia tumba» grité para mis adentros. Cármen elevó la ceja derecha y sonrió, «no tardes más de cinco minutos entonces» dijo.
No sé en qué momento la besé. Estabamos en el elevador camino al séptimo piso del hotel donde nuestras habitaciones se encontraban. El recuerdo es un tanto borroso, o quizás soy yo el que quiere enterrarlo lejos en mi memoria. No debería, pues nunca antes me había sentido más vivo. Cármen admiró mi esmoquin y me preguntó si es que siempre vestía así en mis conciertos. Le respondí que normalmente sólo visto un traje y corbata e intenté desatar mi humita blanca casi para poder respirar pues parecía estar ahorcándome. Y luego Cármen me ayudó. Sus finos dedos desataron mi humita y desabotonó el primer botón de mi camisa. Eso fue lo último que pude aguantar. Ese fue el límite de mi raciocinio. La empujé contra la pared del elevador y bebí de su boca como un moribundo en el desierto. Sabía como la gloria, a libertad, a promesa. Mis manos tomaron vida propia y partieron libres a explorar sus curvas, todo pensamiento lógico escapó mi mente. Pensé que me empujaría lejos de ella y me abofetearía. Para mi sorpresa no fue así, Cármen respondió mi beso y me abrazó por la nuca hacia ella con fuerza. Luego el elevador detuvo su marcha y la suave campanada sonó avisando que habíamos llegado al séptimo piso. Escuché las puertas abrirse, mas Cármen me
empujó hacia ella por la cintura con una mano y se colgó de mi cuello con la otra. No tenía sentido. Cómo era siquiera posible que una mujer como ella pudiera sentir algo remotamente cercano a una atracción sexual por un tipo como yo. Por mí. Tampoco recuerdo cuándo abandonamos el elevador ni cómo llegamos a su habitación. Sí recuerdo la oscuridad de su suite. Cerró la puerta tras de sí y se abalanzó sobre mí como una depredadora. El resto es historia. El resto queda en la memoria del caballero que soy.
Las luces de la mañana nublada se colaron por entre las cortinas y encontraron la forma de llegar a mis pupilas. Pestañé hasta enfocar la vista. Cármen estaba despierta y me miraba fijo a los ojos. Acarició mi mejilla y besó mis labios con ternura. Era un sueño y una pesadilla al mismo tiempo. Mi vuelo de vuelta a Londres partía a las catorce horas. No la vería más. Ahora sí que era cierto. No habría otra casualidad cósmica, no me la encontraría en otro hotel, en otro aeropuerto. La abrazé con todas mis fuerzas y besé su cuello. Inhalé profundo como para llevarme algo de su aroma conmigo. Tragué saliva y debí suprimir las lágrimas que querían traicionarme. ¿Qué podría haberle dicho, si no tenía cosa alguna que prometerle? Nos apartamos y volvimos a decirnos todo con la mirada. «Voy a extrañar ver el cielo limpio de tus ojos en la mañana» Cármen dijo. De haber sido un hombre libre podría haberme enamorado perdidamente de ella, en ese instante lo supe, cuando volví a reclamar su boca como mía una última vez. Extrañaría todo de ella y supe que la culpa me perseguiría de por vida desde el momento de nuestro adios.
Sentado frente a mi puerta de embarque del terminal 7 del aeropuerto JFK de Nueva York cerca del medio día, bebí un sorbo largo del espresso doble que recién había comprado en un  Starbucks. Iba a necesitar tres más para despertar. Mi teléfono móvil vibró dentro de mi chaqueta. Era un mensaje de Whatsapp de Millie. Lo abrí y ví la foto adjunta. Mi pequeña vestida de señorita victoriana junto a sus compañeros en la sala de teatro de su escuela. Lo había olvidado completamente. El día anterior su clase presentaría la ópera «Las alegres comadres de Windsor» de Otto Nicolai basada en la obra de teatro de Shakespeare. Mi Millie en el papel de Anna Reich. Sonreí y restregué mis ojos de las lágrimas. «Cuando grande quiero ser cantante de ópera como tú, papá. Vuelve pronto a casa, ¡Te quiero!» Un sobrecargo y una azafata tomaron sus puestos en el mesón de la aerolínea. Comenzaban el proceso de abordaje.
Bebí el resto del espresso e inhalé profundo al ponerme de pie. Por ella todo valía la pena.
Incluso si mi matrimonio con Fanny estaba destinado al fracaso, por Millie moriría con una sonrisa en los labios. El verdadero amor de mi vida. Volví a ver la foto que acababa de mandarme y la agrandé para ver su carita. Un dolor en el pecho me invadió, dolí por abrazarla, escuchar su voz en incluso acompañarla a un concierto de Justin Bieber si eso la hacía feliz.
Me uní a la fila de pasajeros y besé la pantalla de mi móvil. «Tu eres la única mujer de mi vida, Millie, mi amor».

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2 comentarios sobre “72 horas (primera parte)

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