RAQUEL DÍAZ ZUDAIRE

La primera vez que lo vi pensé que era un ángel. Mis ojos jamás habían visto nada parecido. Su pelo, que le caía ondulado hasta los hombros, era completamente blanco y resplandecía con miles de destellos, su piel era tan blanca y perfecta que parecía que estuviese esculpido en mármol de Carrara por el mismísimo Miguel Ángel, y en su mirada, cristalina y transparente, se veía reflejada toda la paz y bondad de su espíritu.

Habían comenzado las vacaciones de verano cuando conocí a Aingeru. Tras quedarse ciego, su madre y él se habían trasladado al pueblo buscando un lugar más tranquilo en el que vivir. Su madre me contrató para que lo acompañara a todas partes, ayudándolo así a orientarse por el pueblo antes de que comenzara el curso.

Nunca olvidaré los primeros días que pasamos juntos. Él se agarraba a mi brazo con tremenda naturalidad, como si me conociera de toda la vida, y miraba a su alrededor sin ver nada pero sonriendo como si estuviese contemplando auténticas maravillas. Solía bromear a menudo, tanto con su ceguera como con su albinismo, y los dos reíamos a limpia carcajada. Pronto nos hicimos inseparables, él quería saberlo todo de mí y no pasó mucho tiempo hasta que me acarició el rostro para hacerse una idea de cómo era mi cara. El corazón se me aceleró cuando sentí las yemas de sus dedos acariciando mis labios. Mientras tanto, yo no podía apartar los ojos de él, de su sonrisa radiante, de su belleza sobrehumana. Jamás había sentido nada parecido por nadie; el roce de su piel hacía que mis nervios se avivaran como si por ellos circulase toda una corriente de electrones.

A mediados del verano me pidió que lo llevara a la iglesia. Allí lo ayudé a sentarse en el banco del órgano y comenzó a tocar. Contemplé impresionado cómo sus manos se deslizaban por los diferentes teclados y cómo movía los pies, tocando con ellos unas teclas enormes que hacían los sonidos más graves. Mientras tocaba me pedía que le sacara más registros, así que extraje una especie de tiradores de madera que había a ambos lados. Cuantos más registros sacaba, más tubos sonaban y mayor era la cantidad de sonidos en el aire.  Al terminar de tocar una escalofriante fuga de Bach, sonrió y me dijo:

– Si yo soy un ángel, la música son mis alas.

– ¿Y qué soy yo?

– Tú eres el aire y el espacio que necesito para volar.

A partir de entonces pasamos todas las tardes de verano tocando el órgano en la iglesia. Algunas veces me ponía los pelos de punta con acordes ensordecedores que me estremecían por completo; otras, en cambio, se decantaba por una música más dulce y celestial que me inflamaba el corazón con una magia indescriptible. El día anterior a que comenzara el curso noté que le preocupaba algo. Podía averiguar sus sentimientos por la música que interpretaba, y aquel día exteriorizó la pesadumbre de su espíritu a través de las más tristes melodías. Esa misma noche, de camino a su casa, me preguntó qué clase de gente estudiaba en nuestro curso.

– Hay dos tipos de personas – contesté –. Por un lado están los matones, gobernados por Luciano y Fernando, unos diablos que se hacen llamar por las primeras sílabas de sus nombres: Luci y Fer.  Y luego están los típicos que no hacen nada salvo quedarse mirando cuando estos le dan una paliza a alguien.

– ¿Y qué tipo de persona eres tú, Valentín, de los que pegan o de los que miran?

Me quedé callado, no supe qué contestar, no quería confesarle que yo era aquel con quien Luci y Fer se desahogaban a patadas. Y todo por culpa de aquellas malditas erecciones que mi cuerpo era incapaz de controlar cuando estábamos en los vestuarios.

– Supongo que de los que se quedan mirando – contesté finalmente –. ¿Y tú?

– De los que pegan. ¿Para qué me voy a quedar mirando si no puedo ver?

Después de aquello reímos sin parar hasta llegar a la calle donde vivía. Siempre nos sentábamos en un banco de piedra junto al río antes de entrar, le gustaba relajarse con el murmullo del agua y con el canto de los grillos. Fue cuando lo besé por primera vez.

– ¿Me has besado en la boca? – preguntó incrédulo, aunque sonriendo.

– ¿Quién, yo? ¿Me estás llamando marica? ¡Pero si ha sido una tía que ha pasado por aquí! Tranquilo, ya se ha marchado, la próxima vez no le dejo que se acerque.

Él se carcajeó hondamente con esa risa que me volvía loco y después añadió:

– Es una lástima, besaba muy bien.

Al día siguiente Aingeru y yo comenzamos el curso. Lo llevé del brazo, pero nadie sospechó de lo nuestro porque todos sabían que su madre me pagaba para que hiciera de perro guía. Afortunadamente nadie se metió con él, pero los matones siguieron pateándome el culo en las duchas e hinchándome la nariz a puñetazos. Era toda una suerte que Aingeru no pudiera ver mi rostro desfigurado o los moretones de todo mi cuerpo, pero la ceguera no le impidió ver lo que pasaba, pues sabía perfectamente a quién llamaban «maricón de mierda» cuando estábamos en los vestuarios. En una ocasión, cuando estábamos a solas en aquel banco de piedra junto al río, me acarició las mejillas, que estaban mojadas por el amargo y silencioso llanto que ya no podía contener, y me besó todas las lágrimas, desde que nacían en mis ojos tristes hasta que se perdían en mis labios temblorosos. El amor que me infundió aquella noche me llenó de una paz infinita; tanto era así, que me sentí en los brazos de mi ángel de la guarda.

– Te dejaste un tipo de personas, Valentín: los valientes. Y solamente tú estás en esa categoría, pero te prometo que mañana yo también estaré contigo.

Al principio no entendí a qué se refería, pero la mañana siguiente, estando todos los chicos en el vestuario, nos hallábamos desnudos en las duchas cuando Aingeru tanteó con las manos buscándome la cara y después me besó intensamente en los labios dando a conocer a todos lo nuestro. Al ver aquello, Luci y Fer no tardaron en darnos una paliza a los dos. Podía soportar que me pegaran hasta hartarse, pero no que le agredieran a él. Intenté levantarme, pero me bloquearon entre cuatro obligándome a mirar a Aingeru, a quien no dejaban de golpear con un maldito bate de béisbol con el que destrozaban su cuerpo y mi alma. Me desgarré por dentro al ver cómo torturaban a mi ángel, pedí auxilio a gritos, chillé hasta el límite de mis fuerzas, pero me silenciaron con fuertes patadas en la boca. Cuando por fin vinieron a ayudarnos, Aingeru ya se había desmayado. Pasó varios días en el hospital, pero en ningún momento recuperó la consciencia. Yo no me separé de él ni un segundo, lo abracé, lo besé, lloré desconsolado humedeciendo su pálido rostro con mis lágrimas y hasta le canté al oído, pero no despertó. Como me hallaba acariciando sus labios con los míos cuando exhaló el espíritu, sentí que su alma se me había metido por la boca, y estoy convencido de que así fue, porque aquel mismo día fui a la iglesia y comencé a tocar el órgano movido por unos impulsos inexplicables, exteriorizando, a través de la música, todo el dolor de mi alma atormentada.

Han pasado varios años desde entonces y todavía sigo tocando el órgano. Solamente espero que la música haga nacer pronto mis alas para así poder volar y subir a reunirme con el ángel que hoy me escucha y me cuida desde el cielo.

https://marealiteraria.wordpress.com

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