JUAN NADIE
Gaspar y Melchor se desplazaban con cautela entre las silenciosas tiendas y los
apagados escaparates del inmenso centro comercial. Eran las dos y diez de la mañana y
los dos hombres mostraban un rostro ceñudo y profundamente concentrado. Gaspar
llevaba una Smith&Wesson semiautomática, con una capacidad para ocho balas de
9mm, con un alcance efectivo de 50 metros. Melchor portaba, una en cada mano, dos
Walter P-22 Target de cañón extra largo de 127mm, calibre .45 y cargador con
capacidad para diez tiros. Quería estar seguro de tener suficiente munición para acabar
con su enemigo.
—Según los últimos informes, el gordo rojo vendrá aquí esta noche para hacer
un muestreo de las últimas tendencias en juguetes y regalos. Estará solo, y como lleva el
trineo vacío, sólo traerá a esa mala bestia de Rudolf con él. Baltasar se encargará del
maldito reno —dijo Melchor en voz baja.
—Espero que los informes sean fiables —respondió Gaspar.
—Lo son, tenlo por seguro. Nuestra fuente ya nos ha demostrado otras veces su
fiabilidad. Además, ya sabemos de años anteriores que unos días antes de Navidad el
gordo visita los grandes centros comerciales en varias ciudades importantes. El muy
cabrón siempre ha estado un paso por delante de nosotros en cuanto a estrategias de
marquétin. Más de la mitad de su ejército de aborrecibles duendecillos se dedican
exclusivamente a hacer estudios de mercado y proyecciones de ventas. Ese es uno de los
factores que han hecho que, en los últimos cincuenta años, hayamos perdido terreno
frente a él de una manera constante. Cada vez son más las personas, sobre todo los
niños, que les piden sus regalos a Santa Claus, y no a los Tres Reyes Mayos. Pero eso se
acabó, este año va a ser el último que el rojo panzón nos hace la puñeta. Vamos a acabar
con él de una vez por todas. Nuestra espía nos pasó la información hace dos días. Esta
noche el gordo vendrá aquí y nosotros le estaremos esperando —dijo Melchor con una
cruel sonrisa en el semblante.
Los dos magos doblaron con cautela la esquina de uno de los pasillos del enorme
edificio comercial.
—¿No nos encontraremos a alguno de los guardias de seguridad? —preguntó
Gaspar.
—No te preocupes. Aquí no hay guardias durante la noche. La seguridad la
controlan a través del circuito interno de cámaras de televisión.
—Entonces podrán vernos.
—Si, por supuesto. Pero trata de explicarle a la policía que has visto a los Tres
Reyes Magos, armados con pistolas, asaltando de madrugada un centro comercial —
replicó Melchor con sorna.
Gaspar le devolvió una sonrisa de complicidad.
Caminaron despacio por la tercera planta del edificio, donde se encontraban la
mayoría de las jugueterías y tiendas de artículos infantiles.
—Ese cabrón debería de andar por aquí —comentó Melchor—. A fin de cuentas,
esta es la sección que más le interesa. Espero que no…
El tableteo de una ametralladora retumbó en el silencio de las galerías. Los
escaparates detrás de Melchor y Gaspar estallaron en miles de fragmentos de cristal que
cayeron al suelo con una extraña musicalidad.
—¡A cubierto! —gritó Melchor—. ¡Corre!
Melchor levantó la mano y disparó tres rápidos disparos sobre el escaparate de
una tienda de ropa y accesorios para embarazadas. El cristal se hizo añicos. Los dos
magos se lanzaron al interior de la tienda y se parapetaron detrás del mostrador.
—¡El maldito tiene un subfusil! —exclamó Melchor con rabia—. Por poco nos
deja fritos el hijo de mala madre. ¿Te das cuenta Gaspar? El gordo va armado y nos ha
sorprendido. Eso quiere decir que nos estaba esperando. ¿Cómo es posible que haya
sabido…? —Melchor miró a su compañero—. ¡Oh Dios mío, Gaspar! ¡Gaspar!
El fornido rey blanco estaba tendido en el suelo, la cabeza apoyada contra el
mostrador de la tienda. Una mueca de dolor desfiguraba su rostro y respiraba con
dificultad. Se agarraba el pecho con una mano crispada. Gruesos hilos de sangre
caliente se escapaban entre sus dedos.
Melchor se dio cuenta que su compañero tenía varios impactos de bala. Además
de la herida en el pecho, Gaspar sangraba por el hombro, la cadera y el muslo. Su cara
tenía un ceniciento color pálido.
—Me… me ha alcanzado, Melchor —dijo Gaspar con esfuerzo. Tosió con
violencia y una bocanada de sangre oscura manchó su siempre impoluta y radiante
barba blanca.
El horror se dibujó en la cara de Melchor.
—No te preocupes, Gaspar. No es tan malo como parece —dijo el pequeño rey
mago de tez cetrina sin demasiada convicción—. Sólo tienes que aguantar un poco.
Acabaré con ese gordo hijo de puta en un minuto y te llevaré enseguida a un hospital.
En unos días estarás como nuevo.
—Me parece que estas Navidades no voy a poder ayudaros con el reparto de
regalos —la voz de Gaspar era apenas un susurro.
—No digas tonterías. Aguanta, hombre. Saldremos de esta.
Gaspar intentó hablar de nuevo, pero ningún sonido salió de su garganta. Emitió
un último estertor y dejó de respirar. Su cuerpo se relajó y su cabeza cayó
desmayadamente sobre su pecho.
Melchor se quedó durante unos minutos en silencio, de rodillas junto al cuerpo
de su compañero. Gruesos lagrimones rodaron por su moreno semblante.
Apretó los dientes con fuerza y agarró sus armas.
Una risa estridente y profunda resonó en las amplias galerías del centro
comercial.
—¿Qué os ha parecido la sorpresa, reyezuelos? Apuesto a que no os esperabais
esto —gritó Santa Claus desde el fondo del pasillo.
Melchor salió de la tienda andando muy despacio. Su rostro era una máscara de
hierro. El odio y la determinación brillaban en sus pupilas. Se plantó en medio del
pasillo, las piernas ligeramente abiertas, los brazos a lo largo del cuerpo con las enormes
pistolas en la mano.
—Sal y da la cara si te abreves, gordo del demonio —retó Melchor.
El eco de las pisadas retumbó como zambombazos en los oídos de Melchor.
Papá Noel se paró al otro lado del pasillo, desafiante; una cínica sonrisa deformaba su
oronda cara. Llevaba su traje habitual, rojo y blanco. La blanca borla de su gorro
resultaba incongruente con el moderno fusil Kalashnikov AK-47, calibre 7.62mm y
cadencia de disparo de 600/minuto, que portaba cruzado sobre el pecho.
—¿Dónde está tu amiguito Gaspar? —preguntó.
—Ha muerto —espetó Melchor.
—Vaya. Cuanto lo siento. Bueno. La verdad es que no lo siento en absoluto. De
hecho, esa era mi intención cuando disparé —rió el de rojo.
—¿Cómo sabias que veníamos? —preguntó Melchor con amargura.
—La puta que colocasteis entre mi gente no trabajaba para vosotros. Trabajaba
para mí. Era un agente doble. Me informó con todo detalle acerca de vuestros planes
para esta noche. Al principio pensé simplemente en no aparecer, o irme a otro centro
comercial. Pero luego decidí que era mejor esperaros y prepararos una sorpresita. La
verdad es que estoy cansado de esta estúpida competencia que mantenemos desde hace
siglos. Me pareció una buena oportunidad de acabar de una vez por todas con esta
enojosa situación.
—Maldito cabrón.
—Vamos, Melchor. ¿Dónde está tu profesionalidad? Sois vosotros los que
habéis tratado de matarme. Y la verdad, me parece patético. Estáis acabados. Habéis ido
perdiendo terreno sin parar en los últimos años. Vuestro final es irremediable. Lo de
esta noche sólo es un desesperado intento que confirma vuestro fracaso. Las Navidades
son mías, cada año más. Pronto los Tres Reyes Magos sólo serán un borroso recuerdo—
señaló Santa Claus con orgullo y desprecio.
—¡Nosotros llegamos primero! Durante siglos hemos sido el símbolo de la
Navidad en la mayor parte del mundo civilizado —chilló Melchor.
—¡Pero no habéis sabido manteneros en la cima! —replicó Santa con rabia—
Podíamos haberlo hecho juntos; podíamos habernos ayudado. Pero no, erais demasiado
egoístas, queríais la gloria para vosotros solos. Ahora yo soy el símbolo de la Navidad.
Los dos hombres se miraron el uno al otro con odio durante lo que pareció una
eternidad pero que no debió de ser más de unos segundos. El silencio se cristalizó entre
ellos en el pasillo del centro comercial.
—¿Dónde está Baltasar? —preguntó al fin Melchor.
—Mi querido Rudolf lo estaba esperando en la azotea del centro comercial.
Rudolf es una excelente mascota, ¿sabes? Tiene capacidades que no te puedes imaginar.
A estas alturas, el jodido negro estará haciéndole compañía al bueno de Gaspar.
Melchor lanzó un alarido de rabia, levantó los brazos, apuntando con sus armas
al hombre de rojo, y se lanzó en una frenética carrera hacia su enemigo, sin dejar de
disparar ni de gritar. Santa Claus levantó la ametralladora, afianzó los pies en el suelo y
sin tan siquiera pestañear apretó el gatillo.
Los 7.62mm del Kalashnikov hicieron bailar en el aire el pequeño cuerpo de
Melchor. Varios de los proyectiles afectaron casi simultáneamente a diversos órganos
vitales, causándoles daños irreversibles. Antes de caer al suelo, el rey mago estaba
muerto.
Una de las balas calibre .45 de la Walter de Melchor impactó en el cuello de
Santa, pulverizó su nuez de Adán, le desgarró la laringe y destrozó la cuarta y quinta
vértebras cervicales al salir por el cogote.
El gordo se llevó la mano al cuello. Copiosos borbotones de sangre manaban sin
cesar de la horrible herida. Intentó respirar, pero sólo consiguió que más sangre manara
de su boca. Comprendió que era el final. Cayó con pesadez al suelo, estrellando la
cabeza sobre las pulidas baldosas del pasillo. Al cabo de un minuto dejó de moverse.
A la mañana siguiente la luz del ascensor se encendió en el tercer piso. La puerta
se abrió y del cuadrangular espacio salió una mujer vestida con un mono azul pálido,
aura de apatía y cara de sueño, empujando un carrito que portaba diversos utensilios de
limpieza. Se quedó un momento parada, lo ojos abiertos como platos ante el espectáculo
que se ofrecía ante ella.
—Malditos vándalos, ya han vuelto a asaltar el centro comercial durante la
noche —refunfuñó para su coleto—. ¿A ver quién coño limpia ahora todo esto?

3 comentarios sobre “Duelo a muerte en el Portal de Belén

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