FRANCISCO J.MARTÍN

A los que les gusta la montaña y también los senderos disfrutarán haciendo este viaje que comienza justo cuando dejamos el coche en un aparcamiento rural, y nos preparamos para dar un agradable paseo de poco más de 2 horas por la naturaleza.
Nos calzamos las botas y revisamos que llevamos lo imprescindible en la pequeña mochila: agua, barritas energéticas, mapa, cámara de fotos, móvil, prismáticos, crema solar, gorras y/o sombreros, gafas, etc. Comenzamos dirigiéndonos hacia la señal de camino que nos marca el punto de inicio de la excursión y, una vez allí, giramos a la izquierda y entramos en una senda que inicialmente atraviesa un llano y que nos va acercando a una zona boscosa cercana al río, al que seguiremos su curso.
Esta senda recorre un cañón dominado por grandes paredes de roca caliza, acantilados, donde se nota la huella de los buitres leonados, verdaderos habitantes de este paraje.
El paseo está siendo cómodo y tranquilo, es temprano y el Sol no ha levantado mucho, la
temperatura es agradable y no hay mucho “tráfico”, haciendo que involuntariamente vayamos aumentando el ritmo de la caminata. A medida que avanzamos, se va agradeciendo más la sombra de los árboles (sabinas, encinas, pinos, chopos) y también la humedad que despide la zona cercana al rio, lo que nos refresca. El camino va intercalando zonas de suave bosque con otras despejadas en las que, a medida que va pasando el rato, gusta menos entrar ya que el Sol está más arriba.
El paisaje es muy bonito y la excursión está siendo muy agradable, aunque “a paso de
montañero”, es decir, con ritmo algo elevado. En uno de los remansos del rio, nos paramos a contemplar una gran charca donde se apreciaban las grandes hojas flotantes de los nenúfares y, directamente desde la orilla, podemos contemplar ranas, pequeños pececillos, y hasta algún cangrejo que también iba de paseo. Nuestro destino es una hermosa ermita que al parecer en tiempos remotos fue un templo del Monasterio Templario de la localidad, a la que llegamos al poco rato tras girar por enésima vez en la serpenteante ruta del cañón. Estaba situada en un recodo del camino, en una zona algo elevada sobre el rio, y presentaba una planta de cruz latina sobre la que se erigían sus dos naves con el crucero más bajo que la nave central, cuyos detalles arquitectónicos tanto externos como en su interior reflejaban que su construcción se llevó a cabo en un momento de transición del románico al gótico, en el siglo XIII.
Mirándola en su maravilloso enclave natural, sin querer, la imaginación se nos iba hacia
aquellos tiempos antiguos donde se dice que por allí solían pasar peregrinos de cuya
protección se ocupaban los caballeros templarios. Sigue siendo un misterio el porqué de su ubicación en este punto, a medio camino entre el Este y el Oeste de España.
Pero para tener la imagen completa es necesario ver que justo en ese recodo del rio la pared caliza se abre dejando paso a una gran cueva en la que se dice que se celebraban rituales de carácter pagano desde tiempos prehistóricos. Sin pensarlo dos veces nos dirigimos a su amplia entrada y penetramos en su interior, que está en subida.
Seguíamos dejando volar la imaginación… Y continuamos hasta llegar a lo que parecía haber sido una gran sala ¡Cuidado! Unos cuantos caballeros con mantos blancos, cruces rojas dibujadas en ellos, y grandes espadas, pasaron corriendo a nuestro lado y fueron al centro de la sala donde se reunieron en torno a un círculo, apuntando con sus hojas afiladas al centro hasta que tocaron unas con otras.
― ¿Se estarían conjurando para alguna Cruzada? ―pensamos.
Nos giramos, y al ver la luz de la entrada de la cueva despertamos de ese pequeño sueño que nos había trasladado a otros tiempos. Salimos despacio hacia la entrada y disfrutamos de una imagen única: la vista de la ermita desde dentro de la cueva era realmente impresionante. Una vez fuera tomamos el camino de vuelta. Al poco, nos giramos para volver a ver ese enclave tan bello y misterioso, y tras un momento retomamos el sendero donde desde el cielo nos vigilaba un grupo de buitres con su majestuoso vuelo en círculo.
La vuelta se hizo más rápida, por el mismo sendero, el Sol caía sin piedad, pero sin darnos cuenta llegamos al lugar donde teníamos aparcado el coche. Nos refrescamos en un bar que había a escasos metros, nos cambiamos de calzado y guardamos todo en el maletero.
Salimos por la carretera, despacio, viendo todavía el bonito paisaje que iba quedando atrás. Había sido una excursión magnífica que nos había hecho sentirnos parte de una historia, y volvíamos con ganas de contar nuestro el viaje en el tiempo.

Un comentario sobre “La cueva

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