DANIEL GODINO

Las luces de la ciudad nocturna iluminaban, con un espectral tono anaranjado, los charcos formados por las últimas lluvias, mientras que las pequeñas chimeneas de los tejados de las casuchas escupían densas columnas de humo blanquecino, iluminadas por los rayos de la luna que se colaban entre las ligeras nubes de otoño.

Entre los bosquejos, cercanos al poblado de la sierra, comenzó a oírse a medianoche los lamentos y los murmullos de rabia de las bestias salvajes, que en su huida, comenzaban a saltarse los límites con las zonas de residencia humana. Se trataban de un par de animales, que entre el pavor de los de su especie, habían comenzado una violenta persecución ladera abajo. El persecutor, un espinado zorro rojo, con el hocico manchado de sangre fresca, y unos afilados ojos amarillentos que no se separaban en ningún momento, ni siquiera al esquivar las retorcidas ramas y la hojarasca, de su perseguida, una esbelta y malhumorada gata de pelaje negro azabache, con una sinuosa cola, que maullaba y bufaba al tiempo que ganaba distancia al ávido zorro.

Al cruzar los límites en los que las primeras cabañas comenzaban a aparecer, la gata se detuvo en seco frente a una plazoleta asfaltada, en el centro de las casas de piedra, que poseía un viejo pozo de agua, chapado desde hace tiempo, que aun así mantenía su interés decorativo. Tras detenerse, en unos instantes, su forma pareció transmutar entre las sombras, hasta convertirse en una humana acabada, con la piel blanquecina, el pelo oscuro y vestida con apenas unas telas negras. Sus ojos se iluminaban todavía por las luces del interior de las cabañas. Renqueaba apoyada sobre las piedras del pozo, mientras buscaba con sus delicadas manos la fuente de varias heridas sin importancia que sangraban desde su costado.

En apenas unos segundos, el zorro apareció por el mismo camino que ella había tomado, y a la luz de una farola, también mutó en su aspecto, hasta convertirse en un hombre alto, más maduro, con unos rasgos cortantes, cubiertos por un bigote y una perilla, manteniendo sus ojos amarillentos, entrecerrados tras unas gafas con cristales redondos. Al ver a la joven, sonrió.

−¿No crees que es un poco arriesgado acercarse al poblado de los humanos y además, cambiar de forma a plena vista?− hablaba de forma lenta y pausada, mientras se movía a pasos calculados alrededor del pozo. Como respuesta, la joven sólo retrocedía, en guardia, mientras profería algunos bufidos desde su garganta humana, para espantar a su enemigo.− Ya nos has causado los suficientes problemas a mí y a mis compañeros, así que puedes elegir: O te mato yo mismo, aquí, junto a este pozo, o puedo malherirte, lo cual sería mucho más costoso, y dejar que los humanos acaben contigo. Porque no creo que ninguno de tus guardianes te haya podido seguir hasta aquí, así que… ¿qué prefieres?

Justo después de acabar de formular su pregunta, un fuerte sonido recorrió como un eco las calles del poblado, al mismo tiempo que una potente ráfaga de luz blanca iluminaba la plaza junto con el pozo, y se escuchaba un poderoso aullido de dolor. La bala había alcanzado al hombre, antes convertido en zorro, en uno de sus hombros, pillándole completamente desprevenido. El impacto, y la herida del disparo, le había hecho caer al suelo, mientras desprendía un reguero de sangre, y le hacía retorcerse de dolor, al mismo tiempo que se tambaleaba para levantarse y volver a la penumbra del bosque, corriendo.

El tirador era un hombre, algo más esbelto que su víctima, cubierto en unas ropas andrajosas, y una bufanda que ocultaba la mitad de su rostro, que junto con un sombrero de ala ancha, mantenía su faz entre las sombras. Todavía mantenía erguido su brazo, sujetando un revólver humeante, que enfundó en un rápido movimiento.

La chica, todavía confusa y desconfiada de su salvador, se escondió detrás del pozo, observando con sus impávidos ojos a la figura oculta.

−No te conozco ¿Eres…uno de los guardianes?− preguntó su suave voz, oculta entre los harapos que ocultaban sus curvas.

−Sí. Soy uno de los nuevos− respondió el hombre, al mismo tiempo que se arremangaba una de las telas de su brazo, para mostrarle a la chica un tatuaje a lo largo de su antebrazo, con forma del extraño símbolo de una orden que le identificaba como guardián.

−Entonces, llévame a algún lugar seguro− se acercó la joven, mucho más decidida, mientras se subía delicadamente y con agilidad a la espalda del tirador, con su ayuda. No le importó que las heridas de la chica manchasen su ropa.− Te lo recompensaré, humano.

De forma tan rápida y silenciosa como había llegado, el guardián comenzó a esprintar hacia su refugio, cargando con la chica herida sobre su espalda, tratando de no llamar la atención de los transeúntes que habían salido a investigar, alertados por el sonido de un fuerte disparo en medio de la noche.

Un comentario sobre “Los guardianes de la noche

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