ALBERTO ROMERO

Un Garaje Oscuro.

El coche arrancó según dejaron a Josefa en el asiento de atrás en dirección al
sur de la ciudad. La intensidad de la lluvia iba en aumento y el día seguía oscuro
como los ojos de un cuervo. Aquel día parecía presagiar que no sería bueno para
el destino de la pasajera del vehículo misterioso. Sin hacer ninguna maniobra extraña
el vehículo se fue deslizando por las calles y avenidas de la ciudad mientras
la cortina de agua que desprendía el cielo los mantenía en el anonimato de la
poca visibilidad.
Ya estaban casi en las afueras cuando el coche frenó al final de la calle y el copiloto
bajó haciendo una breve señal al conductor. Josefa seguía dormida en la
parte de atrás, ajena a un viaje sin destino conocido. Salió del coche y abrió la
puerta trasera para ponerle una capucha negra. El cuerpo inerte de Josefa no hizo
movimiento alguno y el secuestrador aprovechó para enderezarla y ponerle el cinturón
de seguridad.
Parecían estar en algún barrio residencial de las afueras de la ciudad. Uno de
esos barrios en los que la tranquilidad es tan habitual que lo raro es ver gente por
sus calles. El copiloto se despidió del conductor en aquel lugar con un leve movimiento
de mano casi inapreciable. El plan estaba muy bien engrasado y ninguno
tuvo necesidad de decirse nada al otro. De nuevo el coche arrancó en dirección a
la autopista. El copiloto se perdió de vista bajo la lluvia y el conductor continuó el
camino.
Pasada la ciudad hacía media hora el coche se desvió hacia un pequeño pueblo
sin nombre a la entrada y que resultaba imposible de identificar con aquella
lluvia rabiosa que velaba toda la escena. Se perdieron por un camino de grava que
se iba cerrando por grandes árboles centenarios a cada metro. El camino se fue
estrechando y la velocidad del vehículo aminorando. Llegaron al final del camino
que terminaba al borde de una enorme casa de piedra y aspecto abandonado.
Un mando en el interior del vehículo abrió automáticamente la puerta de lo
que parecía un garaje en el lateral de la casa. Sería ya media mañana pero parecía
de noche. La densidad del bosque en el que se encontraban hacía difícil ver nada
más allá de un palmo. El conductor salió del coche y miró a su alrededor varias veces
antes de abrir la puerta de la parte de atrás del vehículo. Se echó el cuerpo de
Josefa al hombro con abrumadora agilidad y se perdió en el interior del garaje
mientras la puerta automática bajaba de nuevo.
Los cuatro intermitentes del coche lanzaron un destello que avisaba de que se
había cerrado. El silencio lo inundó todo. Ni siquiera los pájaros piaban aquella
mañana. El bosque crujía bajo la lluvia y el viento movía las ramas que bailaban de
manera tenebrosa. La sensación de estar en una película de miedo lo inundaba
todo.
Había dejado de llover pero una niebla baja cubría el bosque manteniendo el
aspecto de misterio. Los pasos del conductor del coche sobre el camino de piedra
era lo único que se escuchaba en el bosque silencioso. Miraba a ambos lados
como buscando algo o a alguien con los ojos entornados y una gorra que ocultaba
su cara. Los hombros levantados y las manos en los bolsillos de un gran abrigo
que le cubría. Llegó a una verja unos metros más allá de la casa. Al entrar con el
coche estaba abierta y el individuo sin rostro la cerró antes de deshacer el camino
de vuelta a la casa.
Josefa se despertó y al abrir los ojos notó un tremendo dolor de cabeza. Se
sentía aturdida y no se acordaba muy bien de que había sucedido. Se asustó al ver
que estaba sentada en una silla con las manos atadas a la espalda y una venda que
le tapaba la boca para impedir que gritara. Lo primero que se le pasó por la mente
fue gritar. Gritó desde lo más profundo de sus entrañas, pero de poco sirvió. La
venda estaba muy bien sujeta y amortiguó sus gritos de manera eficaz.
Estaba en un lugar oscuro y apenas podía distinguir más allá de sus narices.
Entrecerró los ojos, que poco a poco se fueron acostumbrando a la oscuridad y
distinguió lo que parecía un garaje vacío, y no muy grande. Giró la cabeza pero no
le daba el cuerpo para más. Meneó el cuerpo intentando moverse pero los pies
también estaban sujetos con cuerda a las patas de la silla. Se tambaleó sobre si
misma y temió caer al suelo, así que decidió estarse quietecita.
Se sintió muy asustada de estar allí secuestrada e indefensa y empezó a gemir
un poco. Tratando de calmarse lo único que consiguió fue lo contrario, su respiración
se aceleró y los gemidos fueron en aumento.
-Cállate, llorica. Le dijo una voz masculina muy grave a su espalda.
Se cortaron los gemidos al instante por el susto de oír aquella voz. Pensaba
que estaba sola, pero alguien la vigilaba por la espalda.
El individuo que la mandó callar se acercó a ella con calma y se puso frente a
su cara, muy de cerca y le susurró al oido algo que apenas pudo escuchar.
Josefa trató de verle la cara, pero llevaba un pasamontañas que impedía que
le identificara. Dos ojos oscuros como la noche le miraban apenas a unos centímetros
de su nariz. Mantuvo la mirada de su secuestrador tratando de no demostrar
el miedo que la tenía paralizada, pero las carcajadas de este acabaron por desmontarla.
Josefa se echó a llorar como una niña pequeña.
-¿Ya no eres tan chula no? Le dijo aquel individuo de voz grave. ¿Qué te
creías?,¿Qué ibas a seguir haciendo el mal impunemente? Pues ha llegado tu hora,
zorra de mierda. Prepárate a recibir tu propia medicina.
Josefa trató de hablar, de decir algo, pero la venda de la boca se lo impidió.
Sólo salían lágrimas de sus ojos recorriendo sus mejillas. Estaba acojonada como
en su vida.
El individuo seguía riéndose a carcajadas. Se acercó a una cámara de video
que apuntaba a Josefa desde unos metros más allá, y ajustó el objetivo.
Un piloto rojo se iluminó y Josefa fijó la mirada en él.
-Hora de confesar zorra, le dijo el individuo del pasamontañas.
Se acercó de nuevo a ella y le soltó la venda de la boca.
-Si gritas te doy dos hostias, así que mantén la boca cerrada. Hablarás cuando
yo te lo diga. Le apuntó el secuestrador muy cerca de su oreja izquierda.
Josefa sintió el aliento caliente de aquel hombre y el miedo volvió a recorrer
su cuerpo entero.
Movió la cabeza asintiendo, sumisa, a la espera de unos acontecimientos que
no pintaban nada bien para ella.
El secuestrador escupió en la cara de Josefa y esta no pudo cerrar los ojos a
tiempo. Se sintió humillada mientras la saliva recorría su rostro…

Un comentario sobre “Demasiado personal (22)

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