ALBERTO ROMERO

La Huerta de Miguel.
Miguel cogió a Pancho, como cada mañana, y lo montó en el todo terreno que
se había comprado hacía tres años. Le había preparado un habitáculo en la parte
trasera forrado en goma. Así cuando iban a la huerta y el perro se llenaba de barro
podía montarlo sin que le pusiera el coche perdido de patas embarradas.
Acababa de desayunar con Adela y le dijo que aquella mañana tenía pendiente
mucha limpieza en la huerta y que no le esperara a comer. Adela estaba acostumbrada
a que su marido pasara largas horas en aquel trocito de tierra, entre lechugas,
calabacines y tomates. Le preparó un recipiente hermético con pochas
que había preparado el día anterior, un trozo de pan y un poco de embutido. Le
pidió que no volviese mucho más tarde de las cuatro que tocaba visita al hospital y
no quería que se le pasara la hora de visitas, para poder acompañar a Antonio y a
Ana.
Miguel le dijo que estaría antes de esa hora y le sonrió como dándole ánimos
a Adela, que se ensombrecía cada vez que pronunciaba la palabra hospital. Se levantó
y abrazó a Adela por la espalda dándole un beso en el cuello a modo de
despedida. Ella se sintió reconfortada.
-Recuerda que mañana comemos con Antonio, Marta y familia. Le recordó
Adela.
-Sí tranquila, mañana iré menos rato a la huerta. Igual vendrá Deyan a ayudarme,
pero estaremos a tiempo para comer. Confirmó a su mujer.
Adela se enfadaba mucho con Miguel al principio de la jubilación porque la
dejaba al punto de la mañana sola para irse a la huerta hasta bien pasada la media
tarde. Ella quería hacer cosas con él, y aunque le invitaba a ir al campo, a ella no le
gustaba estar allí más que cuando hacían reuniones familiares algunos domingos y
se juntaba Antonio, Marta y los respectivos en torno a una buena paella. Durante
algún tiempo incluso sospechó que tuviera una amante y que la huerta fuese una
excusa, pero se lo quitó de la cabeza después de seguirlo en un par de ocasiones
y ver que de verdad iba a la huerta. Que mal pensada soy, se decía a sí misma, con
lo buen hombre que es, y yo desconfiando como una trastornada.
Al tiempo llegaron al acuerdo de que las mañanas serían para la huerta y para
las cosas de casa, y las tardes harían cosas juntos: andar, recados, visitar a los hijos,
etc. Eran una pareja perfectamente sincronizada. Ya no hubo más enfados por el
tema campestre.
Miguel arrancó el coche y subió un poco el volumen de la radio, le gustaba
mucho escuchar el canal de noticias y las tertulias políticas. De camino a la huerta
le iba comentando a Pancho lo que opinaba de las noticias que contaba la radio.
Abrió la puerta metálica de la huerta y entró despacio con el coche.
Bajó a Pancho sin apagar el motor y le pidió que se portara bien. Vendré a buscarte
antes de las cuatro, le dijo. Pancho pareció entenderle y se fue a oler por los
rincones del recinto.
Dejó la comida que le había preparado Adela en el interior de la caseta prefabricada
y cerró de nuevo con gesto serio. Revisó el interior del bolso y comprobó
que todo seguía en el fondo junto a otro montón de cosas relacionadas con la
huerta y que había tapado con unas bolsas de plástico para que no las descubriese
la astuta mirada de Adela.
Salió despacio del recinto de la huerta y cerró la puerta metálica vigilando que
Pancho siguiese dentro.
Salió al cruce y giró a la derecha, en dirección contraria al camino que le hubiese
llevado a casa. Aquella mañana la huerta no era su destino…

Un comentario sobre “Demasiado personal (21)

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s