FOXMAN

La encontré sentada en un banco de piedra en la parroquia de San Jacinto en San Ángel.

El cielo estaba encapotado pero aún no llovía.

Hacía poco que la primavera había teñido las copas de las jacarandas de violeta. En mi recuerdo los pétalos parecían como suspendidos en el aire. Ella no me reconoció, pues leía el libro del Apocalipsis en su biblia de bolsillo con una devoción que me pareció auténtica. Luego se sintió acechada y volteó a verme. La lúgubre vegetación de aquel jardín secreto pareció rodearnos. Me dio la impresión de que estábamos solos, aunque lo más probable es que alguna monja o monaguillo estuviera encendiendo una vela para el altar de la virgen. A su manera ella parecía una (que lo fuera, al menos en esa época pretérita, es un asunto que no me compete). O tal vez ella era el súcubo infernal que tanto insomnio me causó desde que la vi por primera vez en esa incómoda y parental cena. Recuerdo que nuestros progenitores nos escanciaban vino irresponsablemente, pues ninguno de los dos tenía la mayoría de edad. Y mientras ellos rememoraban un pasado que era mejor olvidar, nosotros nos mandábamos miradas fugaces: ella de tedio; yo de admiración. Juré que haría lo imposible por volverla a ver y, al perderme por las empedradas calles del modesto barrio donde ella vivía, la encontré por casualidad. Mantuvo su vista fija en mí: primero hizo una deliciosa mueca de desconcierto, luego peló los ojos y musitó un:

—Hola…

Me quité el jipijapa y lo puse junto a mi pecho.

—Hola, Alicia.

Al fin pude pronunciar el nombre que tanto repetía en mis pensamientos. Alicia puso su biblia a un lado del banco de piedra en donde estaba sentada, se acomodó el chal negro que tenía sobre los hombros y se puso de pie. Lucía como una ninfa de la noche y algo en su porte me recordó a las divas del cine mexicano clásico. Sus tirabuzones castaños le llegaban a la cintura y su piel se asemejaba a la tonalidad que consigue el café cuando se le pone un poco de leche. Y sin dejar de mirarme con aprehensión, me dijo:

—¿Cómo sabías que estaba aquí?

—Contrario a lo que podría pensarse de una vampiresa, me dio la impresión de que, si bien eres una chica gótica, también debías de ser católica.

Le hizo un poco de gracia mi respuesta y, después, bajó la vista. El silencio era tal que, de no haber sonado las campanas en ese momento, se hubieran escuchado los latidos de mi corazón.

—Mi padre es muy liberal, pero mi mamá insiste mucho con eso de la fe. Se puede decir que me tambaleo hacia ambos lados… Aunque desde que murió mi abuelito… ¡Ah!, que sencillamente no sé en qué creer. ¿Tú si eres creyente?

—Soy un ateo católico.

Ante el peregrino oxímoron, reprimió una risa. Cruzó los brazos y volteó el rostro para ver a un pájaro que se mojaba el pico en un bebedero. Yo pude apreciar su magnífico perfil que la hacía asemejarse a una madona… pero a una de hierro. Volvió a fijarse en mí.

—Discúlpame, soy muy mala con los nombres, ¿podrías recordarme el tuyo?

—Me llamo Sebastián.

—Sebastián… Y ¿vienes mucho por aquí?

—Cada vez que puedo. Me gustan mucho sus parques, en especial, ese en donde está el monumento que hicieron a mi tatarabuelo.

Incrédula, soltó una carcajada que reverberó por todo el jardín y que asustó a los pájaros quienes, prestos, alzaron el vuelo en esa tarde parda.

—¿Tu ancestro fue Álvaro Obregón?

—No. Fue un soldado irlandés que peleó en el batallón de San Patricio.

—¡Ah!, pero ese es un memorial a los soldados que murieron aquí y no está dedicado exclusivamente a tu antecesor.

Alcé los hombros y dije que era igual. Luego ella quiso despacharme con palabras vagas; sin embargo, la lluvia me favoreció y le sugerí que nos refugiáramos en una de las tantas chocolaterías que había sobre la avenida. Me dijo que tenía que asistir a una fiesta, pero como todavía era muy temprano para ir a ella, aceptó mi invitación, ¡la aceptó! Así que desenfundé mi paraguas y ella, para evitar mojarse, me tomó del brazo y caminó muy cerca de mí. Mientras bajábamos por la empinada calle, Alicia me preguntó:

—¿En que escuela me dijiste que ibas?

En la cena en que nos conocimos platiqué muy poco con ella. Esto se debió en parte por su arisca forma de desenvolverse, en parte por la entrometida visita de su mejor amigo y exnovio, un tal Gerardo. Decidida a ignorarme, pasó a su amigo y se marcharon a la cocina. Su augusta madre, un poco disgustada, me dijo que podía pasar a la tertulia que se tenían los dos jóvenes. Acepté la invitación que me hizo la señora y fui para allá. ¡Ay! ¡Qué incómodo deleite fue estar junto a ella, mientras ésta discutía con el guaperas de su amigo sandeces cuyo contenido no recuerdo! ¡Cuánto lamenté ser ajeno a su vida y que nos uniera el delicado hilo de la amistad de nuestros padres! ¡Pero qué grosera, insustancial, pedante y hermosa me pareció aquella vez!

—Voy en el cecehache sur, ¿y tú?

—Una vez que me largue del Instituto Renacentista me iré al Tec… Aunque yo quería estudiar en la Prepa 8…

—¿Y por qué no te dejaron?

—¡A mi mamá la dejaron traumada las largas y constantes huelgas de la UNAM! ¡Ah! ¡Y mi papi, que casualmente da clases en el CUEC, está de acuerdo con esa decisión…!

—Juraría que el gran crítico de cine, Federico Espinosa, estaría orgulloso de que su hija fuera a la UNAM.

Volvió a abrir los ojos, tanto que pensé que se les saldrían de las órbitas.

—¿Conoces a mi padre?

—Veo a menudo su programa…

Hizo mutis. No interrumpimos nuestro silencio hasta que llegamos al local.

Pensé que esta sería la tarde perfecta: una tarde lluviosa, una chica hermosa y un chocolate caliente. Pero mi compañera parecía estar en su mundo. Deseé tener la facultad de adivinar sus pensamientos; de congeniar con ella de alguna forma. Imposible: le era tan indiferente como el papel tapiz de la chocolatería. Casi preferí que me odiara.

—Me gustan los churros que hacen aquí.

Ella tomó uno que estaba servido sobre un plato y, al morderlo, se llenó los labios de azúcar ¡a qué sabrían combinados con el bilé carmesí que llevaba! Hice de tripas corazón y sorbí mi amarga y espesa bebida. Dejé que la angustia, el piloto automático de los idiotas, se apoderara de mí. Mi boca quizá tartamudeó antes de hablar; mi pierna quizá tembló por debajo de la mesa. No lo recuerdo con exactitud. No obstante debí decir algo como:

—Estoy formando una banda, ¿tú tocas algo?

—Quiero aprender a cantar…, pero lo hago como si fuera un zopilote desafinado. ¿Y tú qué tocas?

—La guitarra, principalmente…

—Hablo del género.

—No podría precisar mi estilo. Supongo que es una especie de fusión que tiene rock, polka, reggae, blues, funk, pop y, ¿por qué no?, un poco de corrido y música electrónica. Bueno…, para abreviar diré que toco art-punk.

Debí causarle pena ajena pues fingió una risa.

—Supongo que lo que tocas es algo…, no sé…, como artístico. Un amigo mío es mega fan de The Mars Volta Project y toca súper cabrón. ¡Ah!, ¿por qué existen personas así, que hacen ver fácil algo tan complicado?

Tocaba lo que nacía de mi ingenio. Mi maestro me había puesto a estudiar el método de Mick Baker y, en base a eso, había compuesto mis primeras canciones. Si tan sólo Alicia pudiera escucharlas y darse cuenta que era la musa que me inspiraba…

—Todo se consigue con mucha práctica y un poco de inspiración.

—¡Pero yo lo he visto sacar canciones de oído al momento!

Odiaba a esos monstruos de la naturaleza que hacían alarde de su don. Me imaginaba que su amigo debía de ser uno de esos.

—Quizá deba escucharlo…

Estábamos al lado de la venta y Alicia vio a través de ella. Seguía lloviendo. Yo, en cambio, ardía de deseo por admirarla con su disfraz de escolapia y, de repente, me la imaginé oteando el horizonte mientras sus manos descansan en alguna de las almenas que hay en su escuela: tal y como si fuera una princesa cautiva en una torre… de esas que de ordinario aparecen en las empalagosas canciones de power metal a las que ella era tan aficionada. Me sentí como el hidalgo que añora ser un caballero andante sin serlo y, al sentirme menos que un bufón ante la dama de mis pensamientos, le hablé de las lecciones de cine que recibía, por parte del autor de sus días, gracias al programa que tenía en la televisión. Le comenté que me había dejado impactado una muy vieja película silente mexicana que transmitió, con música de piano en vivo, y que se titulaba El Brazo de Hierro. En ella se retrataba de forma cruda (y bastante surrealista) el problema de la adicción a la heroína. Inclusive, al final, realizaron una entrevista telefónica a una de las actrices del reparto, cosa que tenía mucho merito, pues estamos hablando de una película que se estrenó a mediados de los años veinte y la señora ya debía de rondar los cien años. Alicia, con una mezcla de orgullo disimulado con desinterés, me contestó:

—Siempre hace eso. Le gusta hacer cosas nuevas y diferentes. Lo invitan a menudo en programas que no son de cine…, para que hable de cine —sonrió levemente, y con el índice humedecido, recogió el azúcar del churro que se había caído sobre el plato. Luego sonó su teléfono (un nokia con pantalla dicromática, un clásico). Atendió la llamada, se puso de pie y se fue al baño para hablar con más privacidad. Me quedé solo, no obstante, en todo el rato que estuve con ella, nunca dejé de sentirme así.

Luego vi mi reflejo en un cubierto y me desagradó mi apariencia infantil: Vi mi nariz ancha,  mi pelo castaño ensortijado en las puntas y que me llegaba casi a los hombros, mis ojos oscuros y la tez pálida. Para colmo, quise vestirme como una especie de joven bohemio (saco de tweed con parches en los codos) y, lejos de conferirme cierta solemnidad, parecía una especie de maestro de ceremonias drogado… especialmente cuando estaba tocado por el jipijapa.

Regresó en un parpadeo. Se veía más imponente y majestuosa y, por ende, su desprecio hacia mí se multiplicó al infinito. Dijo que pagaría la cuenta y que se iría. Yo le sugerí que la dividiéramos. Ella aceptó: por primera vez estuvimos de acuerdo en algo. Antes de retirarnos, le sugerí que la acompañaría hasta donde se vería con sus amigos y, ya de ahí, desaparecería, para siempre, de su vida. No fue exactamente eso lo que dije, pero la idea era la misma. Sin disimular su incomodidad y hastío, dijo que no era necesario molestarme y que no necesitaba compañía. Sólo para ofrecer algo de pelea, le respondí que su camino era el mismo que yo iba a transitar. Desarmada y, según creo, a punto de utilizar la abierta descortesía, me dijo que estaba bien. Dejó lo de su consumición en la mesa y me dio la espalda. Yo la seguí luego de pagar. Ninguno de los dos dejó propina.

El cielo se arreboló cuando terminó la lluvia. Al salir, pisé un charco descuidadamente mientras seguía los apresurados pasos de la dama que jamás me favorecía. Traté de sincronizarme con su rápida marcha y le comenté:

—Quién lo diría; la tarde se compuso.

—Me hubiera gustado que siguiera igual.

Me resigné a no contestarle. La batalla la tenía perdida. Pensé en robarle un beso y salir corriendo. Pensé también en abofetearla y echarme a correr. Cuando llegamos a la parada de autobuses, de forma inesperada, un conocido me recibió con un cordial saludo:

—¡Sebastián! ¿Qué pedo?

—¡Gonzo! ¡Qué milagro!

Mi amigo y baterista, Gonzalo Peña, se encontraba en compañía del ex de Alicia, nada menos que Gerardo. La casualidad acababa de acudir a mi auxilio como si fuera el héroe de una novela bizantina. No obstante, más desconcertada y sonrojada quedó Alicia al ver que no se iba deshacer tan fácil de mí. Gonzo me presentó a su amigo, pero yo le dije que ya lo conocía y lo saludé, no sin antes recordarle que nos habíamos visto en la casa de la mamá de Alicia. Éste pareció recordar el episodio y me mostró sus argentos frenillos por medio de una sonrisa. Gonzalo me preguntó que a dónde iba. Yo le contesté que a mi casa y, sin que yo se lo pidiera, él me sugirió que, si no tenía algo mejor que hacer, podía acompañarlo a la fiesta. Le contesté que asistiría encantado. Alicia realizó un aspaviento inexplicable y se acercó a Gerardo para hablar en secreto con él. Nos quedamos en la parada hasta que Gonzalo llamó a un taxi.

Aunque no salimos de San Ángel, nos perdimos por un sin fin de calles empedradas adornadas por pequeñas plazas y pintorescas y coloridas casas coloniales. Aún hoy sería incapaz de reconstruir el camino que hicimos. Rato después, terminamos apeados en una suntuosa residencia en donde campeaba una cruz de piedra con motivos barrocos. Alguien, supongo que el anfitrión pues no tenía la librea de un sirviente, nos abrió la reja y nos pasó a un amplio jardín en donde ya había bastantes invitados. En ese momento, sentí lástima de mí mismo por rendirle tanta devoción a Alicia habiendo tantas jóvenes hermosas reunidas ahí. Gerardo y Alicia se quedaron hablando con el que creía que era el anfitrión, mientras Gonzalo y yo fuimos a dar la vuelta.

—¿Conoces a Alicia, Sebastián?

—Es ella de la que tanto te he hablado.

—¡Qué pequeño es el mundo, güey!

La casa era de tabique rojo y la mitad de ella estaba cubierta por una enredadera. Pero como toda la gente estaba reunida en el jardín, nos aproximamos a una mesa, que estaba protegida por una lona, y en donde estaban dispuestas las bebidas y los bocadillos. No me pregunten por qué, pero ahí había una botella de vino de mesa destapada y no pude resistirme a servirme un vaso. Mojé con disimulo un pedazo de pan dentro de un dip de queso chedar y le sugerí a mi oportuno colega a que investigáramos que más había por ahí. Nos sorprendió encontrar una piscina atrás de la residencia, pero lo que nos pareció más inaudito (y agradable a la vista), fue encontrar a varias chicas en traje de baño; digo inaudito porque el clima no era el más apropiado para esa actividad.

—Deberíamos tocar en fiestas así, Gonzo.

—Pronto lo haremos, güey, pronto…

Por desgracia, el espectáculo dejó de tener interés para mí: si no estaba Alicia, no me importaba. Poco después, mi amigo dijo que tenía que atender un asunto, y se fue a una apartada esquina para hablarle a una chica que despertó su atención. Yo me retiré a la mesa de los bocadillos para solazarme en mi propia impotencia. Apuré otro vaso de vino, con una sed aderezada por la amargura de los celos y, de pronto, el mundo, aquella tertulia y la existencia misma, me parecieron menos insufribles y, en consecuencia, un repentino optimismo se apoderó de mí y me instó a que le sonriera a la nada. Inclusive me sentía con el suficiente valor para intentar seducir al vano objeto de mi deseo. Así que caminé por el césped cubierto de rocío mientras veía a jóvenes que lo pasaban mejor que yo. Y la busqué como si fuera a desaparecer en cualquier momento, como si la noche, en cuya presencia apenas reparaba, la exigiera en su ejército de espectros. Sentía el infantil temor de que se desvaneciera ante mis ojos luego de divisarla, tal y como sucede en los sueños masoquistas que a menudo tengo. Mi vigilia pronto fue ensombrecida por la imaginación, tal vez por culpa del alcohol, tal vez por el vicio que tengo de evadir la realidad en las situaciones menos oportunas. Imaginé que caía en picada, para luego aterrizar en una de las plazoletas de mi colegio y, de ahí, perseguir a la endemoniada vampiresa que se negaba, inexplicablemente, a beber de mi sangre. Me imaginé persiguiéndola por corredores oscuros y ruinas. En cada recoveco intuía su presencia, creyendo que un pedazo transparente de su vestido se asomaba para, luego, desaparecer en un fraudulento segundo. Sentía como si cada paso que daba me sumiera en el dulce infierno que era ella. Una canción de los Killers, Mr. Brightside, me devolvió a la realidad. Volteé la vista. Vi a Gerardo fanfarroneando con una botella de cerveza y rodeado por sus amigos. Recuperé la esperanza y avancé con seguridad a donde quiera que estuviera Alicia. Pero una muchacha se me atravesó, me agarró del brazo y me dijo:

—¿Güey? ¿Has visto a Mónica?

En mi memoria ella aparece borrosa: según yo, ella llevaba un vestido amarillo, era llenita y no era fea. Ante su intromisión, negué con la cabeza. No obstante, insistió en que la sacara a bailar (o eso me dio a entender; en medio de tanta agitación era complicado saber lo que realmente quería). Consideré una descortesía rechazarla, así que le seguí el juego y bailamos de forma torpe y ridícula al compás de alguna canción del Top Ten de la lista Billboard del 2004. No me fijé mucho en ella, en medio de la poca iluminación me fue imposible conocer el color de sus ojos; apenas y notaba que su cabello era castaño y que tenía buenas tetas. Sin embargo, algo que si persiste en mi memoria fue el  perfume que ella llevaba: olía a violetas y a lavanda. Cuando paró la música, ella señaló hacia un lado, dijo “ahí está”, me plantó un beso en los labios y se despidió con un “hasta luego, querido”. La dejé marcharse, pues tenía el estúpido presentimiento de que mejores cosas se atravesarían en mi camino, ¡cuán equivocado estaba! Seguí, pues, vagando por el jardín, todavía sin digerir lo que había pasado y casi olvidándome por completo de Alicia, hasta que la encontré, dándole la espalda a un muro de ladrillos y contoneándose al ritmo de Sing it back de Moloko. No me atreví a acercarme y la aceché a lo lejos. Bailaba sola, como si fuera una bruja danzando para el solaz de un sátiro, ¡y he de decir que lo hacía con mucha gracia además! El hechizo de su hermosura fue más fuerte que en otras ocasiones y el tiempo transcurrió con parsimonia. Me sentía atrapado en un pequeño pedazo de eternidad que se diluía con cada segundo que pasaba. Me dio la impresión de que todos los que me rodeaban no eran más que maniquíes, y que yo era el único que contemplaba a Alicia. Observaba, cuadro por cuadro, aquel éxtasis visual. ¡Era magia pura ver cómo sus rizos se sacudían violentamente! Me dio la impresión de que una pared invisible me separaba de ella. No obstante, lo mejor que podía hacer era quedarme quieto y mantener mi distancia, porque, cuando la música cambió, alguien saludó a Alicia y ésta le correspondió con un apasionado beso. Lloré el día siguiente, pero el desengaño fue tan fuerte que no sentí nada en mi fuero interno, sólo me di la vuelta y me retiré. Gonzalo notó mi estado de ánimo y me preguntó si estaba bien. Le dije que estaba aburrido y que me iría a mi casa. Caminé por una parte del barrio que no conocía hasta que llegué, sin siquiera notarlo, a un parque cercano a la avenida Revolución. Me senté en un banco de hierro y, al palpar mi rostro con el revés de mi mano, lo sentí húmedo. Estuve así un rato (bajo la mirada de algún transeúnte a lo mejor le parecí como catatónico), luego miré mi reloj y me di cuenta que no era tan tarde. Me dirigí al metro y, durante el trayecto, el recuerdo del beso de la desconocida me sabía, a cada minuto, más amargo.

2 comentarios sobre “Alicia a través de la nada

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