ALBERTO ROMERO

Lágrimas frente al Espejo.

De nuevo llovía fuera. Una fuerte tormenta se dejaba caer sobre el asfalto y los
edificios de la ciudad como si fuese el preludio del diluvio universal. Josefa se despertó
sobresaltada por el ruido de los truenos. Miró el reloj de la mesilla que marcaba
casi las 6:30h y se desveló pensando en que casi era la hora de levantarse.
Aquella noche notó, como muchas noches, que no dormía sola. Nadie lo hacía
desde que su marido murió de cáncer cinco años atrás, pero ella notaba algo.
Nunca se lo había dicho a nadie para que no pensaran que estaba loca, pero había
noches en que aquella sensación la dejaba tranquila en un lado de la cama, sintiéndose
abrazada.
Asomó la cabeza al balcón de la habitación y comprobó que caían chuzos de
punta.
Se calzó las zapatillas que descansaban perfectamente alineadas bajo la cama
y se dirigió a la cocina.
Su rutina para aquel día no variaba mucho por el hecho de que lloviese. Desayunar,
bajar a hacer algunas compras y marchar al hospital a visitar a su hija.
Mientras preparaba el café lloró desconsolada por culpa de los pensamientos
que se paseaban por su mente sobre el estado de Ana. Estaba preocupada por su
hija y angustiada porque su cabeza le decía que era una desgraciada, que todo lo
malo le sucedía a ella. Se miró en el espejo del baño y se regañó a sí misma diciéndose
que no debía derrumbarse y ser fuerte. Levantó el mentón con aires orgullosos
y se terminó de arreglar el moño.
Dejó un poco de acelga cocida para la comida del mediodía y revisó que llevaba
todo lo que necesitaba en el bolso.
Desde el incidente con Antonio y el accidente de su hija no había vuelto a pasar
por la casa de ambos a tomar café con Antonio. No le apetecía ver a su yerno
como si nada hubiera pasado. Era superior a sus fuerzas y no estaba segura de
contenerse tal y como estaba de los nervios. Además su oscuro plan no estaba
funcionando, cosa que le cabreaba mucho.
Bajó a la calle con intención de comprar algunos medicamentos en la farmacia
de su amiga Rosa. Se conocían de toda la vida del barrio y tenían mucha confianza
para hablar cada una de sus vidas y escucharse mutuamente. Sería un rato agradable
para desconectar un poco.
Ya había amanecido, pero las nubes grises eran tan espesas que la calle estaba
oscura en comparación a otros días. Apenas había gente a esa hora, los niños ya
habían empezado el colegio y la gente estaba en sus trabajos. Cuatro paraguas
con prisa y unos ojos que le miraban desde la esquina opuesta de la calle eran
todo rastro humano a aquella hora.
Josefa no reparó en la sombra que le vigilaba desde el otro lado de la calle y
tampoco notó que siguió sus pasos a distancia, camino de la farmacia.
Absorta en sus pensamientos y ocupada en sujetar su paraguas negro no sintió
a la sombra acercarse acortando distancias, como un cuervo oscuro al acecho.
Oyó los pasos tras de ella y se giró asustada al sentir que alguien le tocaba en
el hombro.
Apenas giró la cabeza cuando notó que se desplomaba por efecto de un pañuelo que cubría su nariz y su boca.
Alguien en un coche ayudó a la sombra a montar a Josefa en el asiento de
atrás, desmayada, inconsciente. Se montó en el asiento del conductor y arrancaron
sin perder tiempo en dirección al sur de la ciudad.

Un comentario sobre “Demasiado personal (16)

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