DANIEL GODINO

El anticuado teléfono móvil me despertó de mi letargo, haciendo sonar una molesta melodía y vibrando en el interior del bolsillo de mi gabardina. Al incorporarme, tan solo pude recordar pequeños fragmentos de lo ocurrido la noche anterior, cerca del bar Colinas, a un par de manzanas de mi apartamento. Aún vestido con la ropa de la calle, me encontré a mí mismo tirado, hecho un desastre, en el suelo enmoquetado de color verde aceituna de mi despacho, con la camisa y la corbata arrugadas sobre el suelo, el sombrero tirado en alguna parte del piso, y con una botella de whisky irlandés derramada cerca de mi colchón.

Todo el cuerpo me dolía como mil demonios. La boca me sabía a rayos, y sentía fuertes punzadas en la cabeza. Había estado bebiendo, pero también había tenido un encontronazo. Ni siquiera podía recordar bien si había ocurrido en ese orden. Dónde había estado reposando mi cara, también se había impregnado un poco de sangre, de una herida en la frente que se había secado durante la noche. Me incorporé, apoyándome sobre uno de los muebles de pino. Para cuando hube recobrado el conocimiento del todo, el móvil había dejado de sonar, y la pantalla blanquecina, aparte de hacerme daño a los ojos, me informaba que había tenido una llamada perdida de Susana.

Me acerqué tambaleando hasta el cuarto de baño, un pequeño cubículo cubierto de azulejos que me invitaba a verme en el espejo con un par de bombillas anaranjadas. Mirando directamente mi reflejo, pude reconocerme, observando fijamente mis ojos verdes y apagados, molestos, bajo mis gruesas cejas, una nariz torcida sobre unos finos labios, cercados por una barba desarreglada, y un pelo moreno, sucio, despeinado. Tenía, como regalo de la trifulca de la noche anterior, un ojo levemente amoratado y la herida seca en la frente. Dejando que el grifo escupiese el agua más fría que tuviera, me lavé la cara, tratando de despegar la costra de sangre de mi pelo, dejando que el sumidero se llevase mi vergüenza.

Nada más ver la llamada de Susana, recordé lo ocurrido la noche anterior. Había ido a investigar a un hombre, no recuerdo su nombre, envuelto en un juicio muy delicado contra su esposa, la cual me había contratado. El trabajo de investigador privado puede ser bastante peligroso y uno simplemente no puede ser descuidado. Susana, mi coordinadora, siempre me decía que no podía despedirme, que era uno de los mejores. Supongo que me era fácil tratar con las personas, me parecían seres simples, fáciles de manejar, pero ocultaba el estar un poco cansado de no hacer ningún encargo del que me enorgulleciera. El caso es que seguí al tipo hasta un bar, y para sonsacarle información, bebí y charlé con él hasta las tantas, pero en algún momento debí irme de la lengua, y el hombre me dio una paliza como recado a su mujer. Ni siquiera recordaba cómo llegué a casa.

Según me despojaba de la maloliente ropa que llevaba encima, marcaba el número de Susana, esperando que no me volviera a echar una bronca por mi comportamiento.

-¿Diga?- una voz femenina y seria sonaba distorsionada al otro lado de la línea.

-Susana, soy Nero.- respondí, ocultando con la voz el pésimo estado en el que me acababa de despertar.- Supongo que llamas por lo del caso de la pareja feliz.

-Sí.- Susana dudó un poco, pero enseguida se reafirmó.- Debiste dar parte de tu encuentro nada más volver. ¿Qué pasó?

-El investigado me descubrió.- puse el tono más fastidioso que pude.- Entablé conversación con él, intenté por todos los medios tornar la conversación a algo que tuviera que ver con los papeles del juicio, pero enseguida supo el por qué. Creo que se huele que le vigilamos.

-Maldición.- noté la molestia de Susana a través del altavoz.- Tendré que apartarte del caso, Nero. Puede que Sebastián todavía consiga sacar algo en claro. Mejor tómate unos días libres.

-¿Para hacer qué?- no me gustaba como había sonado ese “días libres” en mi cabeza.- ¿Quieres que esté tirado aquí sin hacer nada?

-Hace tres días ya estabas acabando tu informe sobre el traficante de móviles, ahora has estado a punto de pillar a ese cabrón.- sabía que estaba intentando hacerme sentir mejor, no exigirme tanto.- Y nadie ha llamado hoy. No te culpes a ti mismo. Creo…

-Que debería tomarme unas vacaciones. Ya.- la interrumpí, de forma casi involuntaria.- Y también vas a decirme que soy una gran ayuda para todas las investigaciones.

-Nero…si no tienes vida más allá del trabajo, puedes hacer dos cosas.- Susana fingió enfadarse, pero todo lo que decía era cierto.- O sales y te diviertes sin emborracharte ni tirarte de un puente, o te dedicas a salvar a todos los gatitos del mundo atrapados en los árboles. Te llamaré cuando haya alguna otra investigación.

-Odio que pienses que la resolveré en unas pocas horas.- comenté con desdén. Sin darme una respuesta, Susana colgó el móvil, y yo me dejé caer en la arreglada cama, pensando en las pocas ganas que tenía de salir a dar un paseo, de hablar con los vecinos o de irme de pesca.

A veces era difícil explicar cómo me sentía. Susana y mis compañeros de oficio, a los que respetaba como a una familia, siempre hablaban sobre la vida fuera del trabajo, pero a mis cuarenta, y sin la idea de tener pareja ni hijos en un futuro, no tenía más vida que la de investigar, la de tratar con todo tipo de personas, tanto inocentes como retorcidos criminales. Todos ellos se abrían ante mí como libros abiertos, predecibles y manipulables. A menudo me preguntaba si alguien cercano a mi podía ver el mundo como lo veía yo, sin ningún misterio aparentemente indescifrable, excepto el por qué estaba tirado en mi apartamento desordenado apartamento lleno de recortes de periódico, con una herida de pelea de borrachos en la cabeza, sin ninguna ilusión por lo que el mañana me esperaba.

Miré el marco que había en la mesilla de noche. Este contenía una vieja foto de la Universidad de Criminología. Pude reconocer a todos mis amigos de la facultad, jóvenes y decididos a atrapar a los malos, incluso a la chica que más adelante sería mi última novia. Todos estábamos felices, incluso yo. Al menos, eso parecía en aquella polvorienta foto, como recuerdo de algo que había pasado mucho tiempo atrás.

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