ALBERTO ROMERO

Huellas.

El reloj pasaba de las 21:30h cuando Antonio entró en su casa. El día había
sido muy duro. Había estado todo el día en el hospital y Ana se encontraba estable,
pero sin evolución positiva. Ya iba para dos semanas desde el accidente y Antonio
tenía ratos de pura desesperación en los que perdía la fe en que Ana algún
día saliese del estado de coma. La doctora Garmendia le daba el parte con una
sonrisa, pero Antonio veía más allá de esa cara bonita un mensaje poco claro de
esperanza.
-No tires la toalla, le decía la doctora, que se mostraba optimista respecto al
estado de Ana. He visto muchos pacientes en esta situación, y en peores, y de repente
una mañana se despiertan y todo queda en un mal sueño.
Antonio se aferraba a aquellas palabras todo el tiempo, porque pensaba que
un médico no suele dar esperanzas si no está muy claro que vaya a suceder. Pero
los momentos de derrumbe mental eran cada vez más frecuentes.
Echó un vistazo al frigorífico. Daba pena verlo. Desde que Ana estaba en el
hospital Antonio había descuidado hacer la compra o mantener la casa limpia. Se
alimentaba de bocadillos de la máquina del hospital y pasaba por casa lo justo
para dormir y darse una ducha. Tenía que ponerse la pilas para poner la casa al día
y que estuviese limpia y recogida. ¿Y si de repente un día de estos Ana despertaba
y volvían a casa? Tenía que tenerla preparada para recibirla como ella se merecía.
Al día siguiente había quedado para comer con su hermana Marta. El día anterior
les había visitado en el hospital y quedaron en verse para pasar un ratito con
los gemelos y desconectar un poco de tanto pasillo de hospital. Decidió que le
contaría la noticia del embarazo de Ana. Era una buena noticia y quería compartirla
con alguien que se alegrase de recibirla. La doctora Garmendia le mantenía informado sobre el estado del embarazo con absoluta discreción, sin que nadie más
lo supiera.
Era muy tarde y estaba cansado, pero le dio tal asco ver el suelo lleno de polvo
que cogió la mopa y decidió pasarla antes de acostarse. En el recorrido por la casa
algo le dejó petrificado en el sitio. De la puerta del baño al pasillo salían dos huellas
de algo que parecía barro de un pie bastante pequeño para ser suyo.
Dejó la mopa y se agachó a mirar de cerca esas huellas. No quería perder la
calma pensando en que alguien había entrado en casa a robar. Nada estaba movido
de sitio, ni echaba de menos ninguna de sus pertenencias.
Cogió uno de sus zapatos y otro de Ana creyéndose Sherlock Holmes y los
puso a la par de las huellas de barro. Ninguno coincidía en tamaño. La huella de
sus zapatos era bastante más grande que la marcada en el suelo. La huella de los
zapatos de Ana también eran algo más grande.
Sin pensarlo sacó el movil del bolsillo y le hizo una foto a tan sospechosas huellas
de barro. Las borró con la fregona y se metió en la cama mirando la foto en el
móvil.
Eran huella de mujer, eso estaba claro, pero ¿De quien? Y sobre todo: ¿Qué
hacía en su casa? ¿Cuándo habían entrado y con que propósito?…

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