ALBERTO ROMERO

Retortijones.

Pasó una semana y el estado de Ana no mejoró en absoluto, tampoco empeoró,
así que todos seguían expectantes la evolución que les daban los médicos
cada día.
Los padres de Antonio, Miguel y Adela venían día sí y día no al hospital a pasar
la tarde con Ana y su hijo. Justo esas mismas tardes que aprovechaba Josefa para
hacer “sus cosas”, como ella misma decía. Eran unos padres muy comprensivos y
acompañaban a Antonio en sus momentos bajos, en los que pensaba que Ana no
volvería a despertar, con paciencia y buenos consejos.
Miguel estaba ya jubilado y dedicaba su tiempo a la huerta y a su perro Pancho,
un pastor rescatado de la protectora que siempre le acompañaba fiel. Había
trabajado durante más de cuarenta años en una oficina de contable. Su mente era
ágil como a los veinte, pero los dolores reumáticos le recordaban que los setenta
estaban a la vuelta de la esquina.
Adela, también jubilada, dedicaba su tiempo a acompañar a su marido en las
caminatas y a pasar las tardes con sus amigas del club de macramé, que tan feliz le
hacía. Durante su vida laboral trabajó en un montón de cosas, pero en la que más
disfrutó fue en su labor de cocinera para el comedor de la Universidad Complutense
de Madrid. Se sentía realizada entre fogones y su marido y sus hijos se lo
agradecían en cada cucharada.
Antonio no se despegaba de la cama de Ana durante todo el tiempo que les
dejaban visitarla. No era un tiempo muy amplio porque su estado de gravedad
desaconsejaba las visitas muy intensas, pero en aquellos ratos Antonio no quería
faltar. Su hermana Marta también le acompañaba los ratos que podía escaparse de
los cuidados de sus dos pequeños gemelos de dos años.
Aquellos gemelos eran el ojito derecho de Antonio y Ana, y ahora tendrían un
primo nuevo si todo salía bien. A punto estuvo de contárselo a su hermana en una
de las visitas, pero se aguantó la ilusión a la espera de que Ana evolucionara a mejor.
Josefa también iba mucho a visitar a Ana, y trataba de estar a bien con Antonio,
pero su incompatibilidad era tan patente que a ratos uno u otro se salían de la
habitación porque la tensión cortaba el aire.
El segundo día que Josefa apareció con cafés para ella y Antonio este se lo rechazó
porque no se encontraba con ganas. Josefa torció el morro, pero lo dejó sobre
la mesilla junto a la cama de su hija.
Antonio ya se había puesto muy malo esa semana con dolores estomacales y
andaba cuidándose la alimentación porque le preocupaba no estar bien para cuidar
de Ana.
El teléfono de Josefa sonó al poco de entrar, ni siquiera se había terminado el
café, y salió apresurada para responder sin molestar dentro de la habitación. Fue
entonces cuando Antonio decidió que no se iba a tomar su café y lo tiró por el water.
Josefa entró al poco rato con el gesto nervioso, algo le había alterado en la llamada
y disimulaba fatal. Antonio percibió el nerviosismo, pero prefirió ignorar a
Josefa mirando su móvil.
Josefa apuró el café y salió corriendo excusándose con una supuesta visita de
un fontanero a su casa. Mejor para Antonio que no tenía ganas de compartir tarde
de tensión con su suegra.
Josefa llegó a casa a duras penas. El dolor de estómago casi no le dejaba andar
de los retortijones y andaba agarrándose a cada farola para respirar profundo
y poder continuar. Pasó la noche en vela, vomitando y dolorida. Ella sabía por qué.
Aquella semana pasó sin pena ni gloria…

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