PSIQUE W.

Anoche Ana se durmió muy tarde porque estuvo escribiendo toda la noche. Con su pluma esmeralda y su libreta fucsia estuvo creando nuevos amigos con los que jugar en el mundo mágico, como por ejemplo Gerardo el gigante. “Gerardo es un gigante de tres metros, fuerte, bueno y un poco bobalicón”, escribía Ana en su libreta, “Va vestido con una camisa blanca, un pantalón verde y un chaleco a juego”. Pensó que Gerardo necesitaba un lugar para vivir y no se le ocurrió mejor lugar que “una playa tropical de arena blanca, aguas turquesa y rodeada de árboles tropicales abarrotados de monos saltarines”. Escribiendo esto, Ana se quedó dormida con su libreta sobre la almohada y la pluma mágica fuertemente sujeta en su mano derecha.

A la mañana siguiente, una mañana de sábado, Ana se levanta muy tarde porque no tiene que madrugar. Todavía con el pijama azul puesto y el sueño en los ojos, desciende las escaleras bostezando hasta llegar a la cocina para desayunar. Cuando entra en la cocina sus padres la esperan impacientes. Su padre sentado en la mesa y su madre de pie mientras le calienta una taza de leche.

  • Buenos días Ana –saluda su madre -. ¿Qué quieres para desayunar? Hay galletas de chocolate.
  • Está bien, dame galletas –responde Ana mientras se sienta a la mesa.
  • Tenemos que contarte algo importante –le dice su padre
  • ¿Qué es papá? –pregunta Ana con curiosidad.

El padre guarda silencio un momento mientras busca la mirada cómplice de la madre, que deja la taza de leche delante de Ana.

  • Vas a tener una hermana o un hermano –responde el padre con una sonrisa exultante.

Ana se queda en silencio, con la taza de leche en la mano, mirando fijamente a su padre. Hasta que no lo soporta más y rompe a llorar de alegría.

  • ¿De verdad papá? –pregunta Ana emocionada.
  • ¡Sí! De verdad Ana –responde el padre -. ¿Te hace ilusión?
  • ¡Mucha! –grita Ana de alegría.

Los tres se abrazan con fuerza, llenos de entusiasmo por la futura llegada de un nuevo miembro a la familia. Ana llora y chilla de la emoción y sus padres no dejan de besarla y estrujarla entre sus brazos. El desayuno de Ana se convierte en una conversación monotemática sobre cómo será el nacimiento del bebé hasta que sus padres terminan recordando que pasó el día que Ana nació.

Llena de ilusión, Ana sube a su habitación y lanzándose sobre su cama aún desecha se sienta sobre el colchón con las piernas cruzadas. Después coge su libreta y su pluma y escribe: “Quiero verlos a todos”. Como siempre, Ana se sumerge en la espiral de luz y tinta negra que representa el camino hacia su mundo mágico. Nunca antes se le había hecho tan corto el trayecto, porque apenas medio segundo después tenía delante de ella a Blancaflor, Alfredo, Atenea y Zeus.

  • ¡Hola Ana! –saludan Blancaflor y Alfredo al unísono.
  • ¡Hola chicos! Tengo una noticia que daros –grita Ana.

Mientras se acerca corriendo y con los brazos abiertos al filo de la laguna de agua dulce donde todos la esperan, Atenea y Zeus saludan a Ana rugiendo y chillando respectivamente. No pueden hablar, pero también se alegran de verla.

  • ¿Qué ocurre Ana? –pregunta Alfredo con curiosidad.
  • Voy a tener un hermano o una hermana muy pronto –responde Ana jadeante por la carrera.
  • Eso es una noticia estupenda Ana –exclama Blancaflor dándole un fuerte abrazo a la niña.

Atenea lanza una llamara al cielo en señal de felicidad y de enhorabuena para Ana. Zeus abre sus alas y las agita con euforia y Alfredo comienza a gritar de emoción mientras hace cabriolas en el agua. Ana se siente aún más feliz al ver que sus amigos se alegran de la noticia.

  • Nos alegramos mucho Ana –responde Blancaflor en nombre de los cuatro.
  • Muchas gracias a todos –dice Ana con sinceridad.
  • Sabes una cosa, podemos hacerle un regalo a tu futuro hermano o hermana –propone Blancaflor.
  • ¿En serio? ¿Cómo? –pregunta Ana con asombro.
  • Observa y veras –responde Blancaflor guiñándole un ojo -. Zeus, ¿me permites?

Zeus arranca con su pico una de las plumas color castaño que forman sus alas. A continuación se la da a Blancaflor, que la lanza al aire y la hechiza con su magia proporcionándole un halo de luz. Después Atenea escupe fuego sobre la pluma, pero lejos de quemarla la templa como un herrero templa una espada y la hace aún más brillante. La pluma cae lentamente a la laguna de agua dulce y se hunde en sus aguas, donde Alfredo va a buscarla rápidamente para sacarla de su interior intacta y reluciente. El sireno acerca la pluma a Blancaflor y esta se la ofrece Ana.

  • Toma, esto es un regalo para tu futuro hermano.

Ana observa con asombro como lo que hasta hace un momento era la pluma de un pájaro gigante, ahora se ha convertido en un colgante del tamaño de su pulgar, con forma de pluma plateada y destellos rojos, dorados y verdes. Lo sostiene sobre la palma de su mano, como si fuera el objeto más valioso del mundo, le da la vuelta y ve un nombre grabado: “Alberto”.

  • Es el nombre de tu hermano –le explica Blancaflor.
  • ¿Va a ser un niño? –pregunta Ana.
  • Sí.
  • ¿Podrá Alberto venir a visitaros cuando sea mayor? –vuelve a preguntar Ana.
  • Por supuesto –responde Blancaflor.
  • Me gusta mucho. Y seguro que a él también le gustará vuestro regalo. Cuando nazca ser lo daré de vuestra parte –promete Ana -. Muchísimas gracias.
  • De nada Ana –responde Alfredo en nombre de todos.

Ana se queda mirando fijamente la pluma de águila real plateada y brillante mientras le da la espalda a sus amigos y avanza unos pasos. La aprieta fuertemente sobre su pecho lleno de felicidad, como si eso la ayudara a estar más cerca de su futuro hermano. De pronto, Ana se da cuenta de una cosa, pega un brinco, se da la vuelta y exclama:

  • ¡Tenemos que ir a ver a Gerardo!
  • ¿Gerardo? –pregunta Alfredo.
  • ¡Sí! El gigante Gerardo –responde Ana.
  • ¿Has creado a un nuevo amigo? –pregunta Blancaflor.
  • ¡Sí! Y una playa preciosa. Gerardo vive allí –explica Ana -. Vamos, sube sobre Zeus. Le haremos una visita Blancaflor.

La bruja buena hace lo que le pide Ana y Ana se monta a lomos de Atenea. Rápidamente, la dragona roja y el águila real elevan su vuelo hacia un cielo azul reluciente y esplendido. Ambos extienden sus alas cuan largas son y se dirigen rumbo al horizonte, a cualquier lugar del cielo. Porque parte de la magia del mundo mágico de Ana radica en eso, en que da igual a donde te dirijas porque siempre encontraras un sitio maravilloso a donde ir.

Poco a poco los verdes prados plagados de unicornios, duendes, hadas, mariposas y árboles preciosos se van transformando en arena, en una arena fina y blanca. El azul del cielo se confunde con el azul turquesa del agua, un agua tranquila y casi cristalina que dibuja el borde de una playa. Lentamente Atenea y Zeus descienden y se posan delicadamente en la orilla. Frente a la línea del mar, al otro lado de la playa, hay un denso y extenso bosque tropical donde viven muchísimos monos saltarines. Es el nuevo mundo mágico que Ana ha creado y que se ha unido al antiguo por medio de la magia de su pluma.

  • Aquí vive Gerardo –dice Ana al bajarse del lomo de Atenea.
  • ¿Y dónde está? –pregunta Blancaflor con curiosidad.

Al instante se oyen unos pasos a lo lejos. Ana y Blancaflor se dan la vuelta y ven llegar alguien vestido con pantalón y chaleco verdes y una camisa blanca. Ese alguien, a medida que se aproxima a ellas, se va haciendo más y más y más grande. Hasta que se planta delante de las dos con sus magníficos tres metros de altura.

  • ¡Hola Gerardo!
  • Hola pequeña Ana.

Responde el gigante con una voz muy grave, como si hablara desde el interior de una cueva muy profunda. Gerardo coge a Ana en su forzuda mano con extrema delicadeza y se la acerca a los ojos para verla mejor.

  • ¿Cómo estas Ana? –pregunta el gigante.
  • Muy bien. Me alegro muchísimo de conocerte Gerardo. ¿Cómo estás tú?
  • Muy feliz de verte a ti también Ana –responde el gigante.

Blancaflor sigue en la orilla de la playa, sorprendida por todo lo que ocurre a su alrededor.

  • ¡Ana! –grita la bruja buena desde el suelo.

Ana y Gerardo reparan en ella. El gigante, de pelo y ojos negros, se agacha para estar más cerca de Blancaflor y Ana le explica:

  • Ella es Blancaflor, una bruja buena y otra de mis amigas aquí en el mundo mágico.
  • Un placer conocerte Blancaflor –le dice Gerardo a la bruja buena mientras le ofrece su dedo meñique a modo de saludo.
  • Lo mismo digo Gerardo –responde Blancaflor, que para devolverle el saludo da un par de palmaditas sobre el dedo que el gigante le ofrece -. Nunca había visto a un gigante tan gigante.

El comentario de Blancaflor incita la risa del gigante, que comienza a emitir sonoras carcajadas provocando que los monos saltarines comiencen a chillar imitando las risas de Gerardo y el agua calmada de la playa se rice formando esplendidas olas.

  • ¡Oh! ¡Ana! ¿Es cierto que vas a tener un hermano? –pregunta de pronto el gigante a la niña.
  • ¡Sí! –responde Ana -. Y mira lo que Blancaflor, Atenea, Zeus y Alfredo han hecho para él –añade Ana mostrándole al gigante con orgullo la pluma plateada.
  • ¡Vaya! En ese caso, yo también debo hacerle un regalo a Alberto.

Gerardo deja a Ana en la orilla, junto a Blancaflor. Se dirige a los arboles tropicales y coge un par de lianas de las ramas. Primero las enrolla, después las pone en las palmas de sus manos, a continuación une ambas manos y comienza a frotar para terminar soplando dulcemente sobre ellas. Un segundo después abre de nuevo las manos y mostrándole a Ana la yema del dedo índice de su mano izquierda le da su regalo.

  • Es una cadena plateada para el colgante –le explica Gerardo.
  • ¡Vaya! Es preciosa –exclama Ana -. Muchas gracias amigo.

Ana se queda un rato más jugando en la playa con sus amigos, despreocupada y alegre. Hasta que se da cuenta de lo tarde que es y de que aún no ha hecho la tarea de la escuela. Apurada, se despide de Atenea, Zeus, Blancaflor, Gerardo y los monos saltarines hasta la próxima visita. “Esta aventura toca hoy a su fin”, escribe como siempre en su libreta fucsia antes de lanzarles un último beso de despedida.

Esa misma tarde, tras terminar los últimos deberes de plástica que le habían puesto en la escuela, Ana sale corriendo de su habitación camino del salón. Con un pequeño papelito en la mano, descuelga el teléfono y marca el número de su amiga Alba. Al otro lado del teléfono descuelga la madre de Alba, que al instante le pasa el teléfono a su hija.

  • ¿Tienes algo que hacer esta tarde? –le pregunta Ana a Alba tras saludarla.
  • No, ¿por qué? –responde Alba.
  • Es que tengo que contarte una cosa –dice Ana con tono misterioso.
  • ¿Te ha pasado algo malo? –pregunta Alba alarmada.
  • ¡No! Es bueno –la tranquiliza Ana -. ¿Nos vemos en el parque?
  • ¡Vale! Nos vemos allí.

Ana se despide de sus padres y sale de su casa rumbo al parque. Por el camino se imagina como será todo cuando nazca su hermano Alberto. Se ve a sí misma jugando con él, enseñándolo a caminar, cogiendo su manita, sosteniéndolo en sus brazos y paseándolo en su carrito. “Cuando sepa hablar y andar solo lo llevare al mundo mágico”, piensa Ana con una sonrisa en la cara. Lo que ella más desea es que Alberto la acompañe a allí, que disfrute de lo que ha creado tanto como ella disfruta. En definitiva, Ana quiere compartir su pequeño paraíso con alguien y con quien mejor que con su hermano.

­En la puerta del parque la están esperando Alba y su hermano, que tiene un balón de futbol debajo del brazo. Cuando los ve, Ana cruza la calle corriendo para encontrarse con ellos.

  • ¡Hola! –saluda Ana a los dos hermanos.
  • ¡Hola! –responde Alba -. ¿Qué era eso que ibas a contarme Ana?
  • ¡Voy a tener un hermano! –suelta de repente Ana.
  • ¡Vaya! Enhorabuena –felicita Alba a Ana dándole un fuerte abrazo.
  • Me alegro mucho Ana –dice el hermano de Alba.
  • Gracias –responde con timidez Ana.
  • Chicas, me voy a jugar con mis amigos –añade el hermano de alba.
  • De acuerdo Alex –responde Alba a su hermano.

Alex, se acerca con cortedad a Ana y le da un abrazo. Ana se lo devuelve sonrojándose automáticamente mientras baja la vista al suelo. Alex sale corriendo hacia el interior del parque para ir a jugar con sus amigos, que lo están esperando. Alba tira del brazo de Ana para que vaya detrás de ella a jugar en los columpios y toboganes del recinto.

Subiendo, bajando, saltando y bailando en los balancines del parque, las dos amigas imaginan que son dos valientes y aguerridas piratas. Las dos capitanas de un gran barco que surca los mares buscando tesoros en islas perdidas y asaltando barcos. Retándose a duelo con otros piratas y marineros que quieren robarles su navío, pero ellas siempre ganan.

  • ¡Mira! Un cofre lleno de luminoso oro –exclama Alba intentando imitar la voz ruda de un pirata -. ¿Qué podemos hacer con él?
  • ¡Comprar chucherías! –grita Ana.

Las dos amigas abandonan entre risas el juego y se sientan cada una en un columpio a descansar.

  • ¿Sabes cuando nacerá tu hermano? –pregunta Alba con curiosidad.
  • Mis padres me han dicho que dentro de seis meses –responde Ana.
  • Qué suerte tienes Ana. Yo quiero un hermano pequeño –dice Alba.
  • Si quieres, cuando nazca Alberto, puedes venir a jugar con él y conmigo a casa –propone Ana.
  • ¿Alberto? –exclama Alba con extrañeza.
  • Eh… ¡Sí! Es que me gustaría que se llamara así –intenta responder con soltura Ana. Se ha dado cuenta que se le ha escapado el detalle del nombre.

Las dos amigas vuelven a reír de nuevo a carcajadas, cuando de pronto una piedra pasa volando muy cerca de la cara de Ana. Desconcertada, comienza a mirar a su alrededor, buscando el origen de aquella piedra voladora. Mueve la cabeza de un lado a otro, pero no ve nada ni a nadie. Extrañada, retoma la conversación con Alba cuando otra piedra, esta vez un poco más grande, la golpea en la cabeza. Dolorida se lleva la mano al lugar donde la han aporreado y vuelve a mirar hacia todos los puntos que la rodean. En ese instante aparece Luis, estaba escondido detrás de unos arbustos.

  • ¿Qué haces aquí? –pregunta Luis con tono de desprecio.
  • ¡A ti que te importa! –responde Ana con rabia.
  • Estamos jugando –interviene Alba a favor de Ana -. ¡Vete!
  • Tú te callas pija –le responde Luis a Alba con mucha brusquedad.
  • ¡No le hables así a mi amiga! –sale Ana en defensa de Alba.
  • ¿Tú amiga? Tú no tienes amigos. Nadie te quiere –le escupe Luis a la cara de Ana.
  • ¡Cállate! –exclama Ana.
  • No me hables así, tonta –responde Luis aún con más desprecio.
  • ¡GILIPOLLAS!

El insultante grito que Ana lanza a Luis se escucha en todo el parque llamando la atención de todo el mundo. Alba se queda sorprendida ante el arrebato de su amiga, arrebato que comprende, pero la reacción de Ana la deja descolocada. Nunca imaginó que sería capaz de decir una palabrota tan fea. Luis se enfada y enrabieta por qué Ana le ha llamado “gilipollas”, así que se agacha y coge la piedra más grande que encuentra en el suelo para tirársela a Ana a la cabeza.

Cuando Luis se pone de pie y alza la mano apuntando hacia Ana, un balón de futbol aparece volando en la escena. Es el balón de Alex, que se estrella con fuerza en la cara de Luis obligándolo a soltar la piedra por el dolor que le produce en impacto. Mientras la piedra cae al suelo, la nariz de Luis comienza a sangrar.

  • ¡Déjala en paz! –grita Alex abalanzándose sobre Luis seguido por sus amigos.
  • ¿Qué pasa? ¿Te gusta Anita la gordita y tontita? –dice Luis en tono burlón intentando zafarse de Alex.
  • No te metas con ella, no te ha hecho nada –le recuerda Alex cogiéndolo del cuello de la camiseta.
  • ¿Te gusta? –insiste Luis.
  • Me gusta mucho más que las personas malas, las que son como tú –sentencia Alex.

Alex y Luis comienzan a darse empujones, tortazos y patadas. Los amigos de Alex llegan en su ayuda o bien para observar la pelea. Alba se asusta muchísimo por lo que le pueda pasar a su hermano y se abraza instintivamente a Ana. Pero Ana no lo soporta más, está llena de rabia y decide actuar por su cuenta y riesgo. Así que, armándose de valor, se abre camino entre el corro de chicos que rodean a Alex y Luis, aparta al hermano de su amiga y ante la cara de confusión de Luis le propina a este una patada en la espinilla y después le pega un empujón que lo hacer caer de espaldas al suelo.

Ana observa con desprecio a Luis mientras le dice:

  • ¡Déjame en paz! No quiero juntarme contigo nunca jamás en la vida. Nunca hemos sido amigos. Eres un egoísta y un abusón, una mala persona y un convenenciero.
  • No me hables así niñata asquerosa –responde el matón desde el suelo.

Luis se levanta con rapidez, coge a Ana de la coleta con la que recoge su pelo y empieza a tirar de ella con fuerza. Ana chilla de dolor y rabia intentando desprenderse de Luis, pero su esfuerzo es en vano. Entonces el resto de chicos, con Alex a la cabeza, los separan obligando a Luis a soltar el pelo de Ana. Finalmente lo consiguen y mientras sujetan a Luis para que no se abalance de nuevo sobre Ana, este la amenaza:

  • ¡Les contare a todos tu secreto!
  • ¿Qué secreto? –exclama Alex.
  • Tiene una pluma mágica y con ella va a un mundo donde hay dragones y magia –confiesa Luis sin ningún reparo.

La peor pesadilla de Ana se ha cumplido. Su mayor temor acaba de hacerse realidad delante de sus narices. Ya no solo se siente traicionada por Luis por revelar su secreto, también se siente agredida. La traición de Luis le duele casi más que el estirón de pelo de hace un momento. Todo el mundo de Ana se derrumba, no se encuentra bien. ¿Qué haría ahora? Todo el mundo querría usar su pluma, todo el mundo iría a su mundo mágico, a su pequeño paraíso. Sentía como un escalofrío la recorría desde los pies a la cabeza.

Pero nadie respondió ante la afirmación de Luis. Nadie se volvió hacia ella para pedirle explicaciones. Al contrario, todo el mundo seguía mirando a Luis, pero no con desprecio, ahora lo hacían con extrañeza. Lo que acababa de decir sonaba a la mayor tontería de la historia de la humanidad. ¿Un mundo dónde hay dragones y magia? ¿En serio? Ana, que se da cuenta de que Luis ha fracasado en su intento de avergonzarla delante de los demás, dice:

  • Eso es mentira. Eres un embustero.
  • A mí nadie me llama embustero. No es mentira, es verdad. Es como un cuento de hadas. ¡Yo he estado allí! –grita Luis desesperado.
  • Eres un niño bebé que cree en los cuentos de hadas –dice Ana en tono burlón.

Imitando a Ana, todos los chicos comienzan a burlarse de Luis. “Niño bebé, niño bebé”, le dicen al unísono mientras le sacan la lengua y se ríen de él. Luis es uno de los peores abusones del colegio, así que, en cierto modo, lo que le están haciendo es que pruebe su propia medicina. El chico, avergonzado y desconcertado, se libra de los demás niños que lo sujetan y se marcha de allí corriendo entre las risas y vítores de los demás.

Ana se queda callada, jadeante y satisfecha mientras ve a Luis huir del parque. Los chicos empiezan a darle palmaditas en la espalada y a felicitarla por la lección que acaba de darle a Luis, pero ella no responde. Todo ha pasado demasiado rápido y necesita asimilarlo. No sabe si estar feliz o triste, si reír o llorar, si quedarse allí quieta mirando cómo se marcha Luis o salir detrás de él y seguir increpándolo. Dentro de Ana se funden sentimientos encontrados: miedo, alegría, duda, felicidad.

  • ¿Quieres que te acompañemos a casa? –pregunta Alex sacando a Ana de sus pensamientos.
  • ¿Eh? No, no hace falta. Estoy bien –responde Ana.
  • ¿Seguro? –dice Alex.
  • Seguro –insiste Ana.
  • Yo no tengo ganas de volver a casa todavía –interviene Alba -, podemos acompañarte hasta la estación de autobuses y damos un paseo.
  • De acuerdo –accede Ana con desgana.

Los tres amigos se van lentamente del parque en dirección a la estación de autobuses. Por el camino hablan de la pelea con Luis, aunque Ana habla poco del asunto. A medida que se acercan a la estación la mente de Ana comienza a divagar y rememorar otra vez la pelea, paso a paso, con detenimiento. Por un lado comienza a preguntarse qué la hace distinta de Luis después de haberse burlado de él esta tarde. Pero por otro se plantea que no tenía otra opción, Luis había desvelado su secreto ella tenía que defenderse. Además le había tirado del pelo y la había llamado tonta.

Se le hace un nudo en la garganta, siente una fuerte presión en el pecho. “Si nadie se metiera conmigo no tendría estos problemas. No tendría que burlarme de nadie para que me dejaran en paz y no tendría que sentirme así de mal”, intenta razonar Ana. Pero por más vueltas que le da a todo no puede aclarar sus ideas.

  • Bueno, nosotros nos vamos ya Ana –dice Alba.
  • Está bien. Muchas gracias por acompañarme –responde Ana con un hilo de voz.

Los dos hermanos se despiden de Ana, que espera a que se marchen y desaparezcan de su vista para entrar en la estación de autobuses. Cuando Alba y Alex desaparecen entre el gentío, Ana da media vuelta y esquivando viajeros y viajeras comienza a correr por la estación. El nudo que siente en la garganta se hace más fuerte, le aprieta aún más, y las lágrimas comienzan a inundarle los ojos nublándole la vista.

Llena de rabia y dolor, Ana se mete en los servicios de la estación. Están sucios y malolientes, pero ahora mismo son el único lugar donde puede refugiarse y estar tranquila. Entra en el último lavabo que encuentra libre y cierra la puerta de un golpe. Entonces da un grito de angustia que hace temblar hasta los espejos de las paredes. Ana no puede dejar de sentir miedo. Miedo de quienes la insultan, miedo de quienes la maltratan, miedo de ella misma. Es una sensación muy extraña la que le oprime el interior de su pecho.

Desesperada, Ana saca su pluma y su libreta de los bolsillos de su sudadera granate, su pasaporte hacia el sosiego que necesita. Con pulso tembloroso escribe como puede, mientras las lagrimas caen en sobre el papel mojándolo y emborronándolo: “Necesito ver a Blancaflor ahora”. Las palabras se convierten en manchas de tinta negra, la libreta se mueve con muchísima fuerza en sus manos. El tornado formado por la tinta es más negro y grande que en otras ocasiones, como si en lugar de ser un túnel para llegar a un bonito lugar, fuera la entrada a la más horrible y recóndita de las cuevas. De su interior no sale luz, sino truenos y relámpagos.

Ana, sin pensarlo, se introduce dentro del tornado. Comienza a dar vueltas, vueltas muy violentas que la agitan de un lado para otro. De pronto, cae de rodillas al suelo y levanta la vista. Su mundo mágico ahora es un lugar terrible. El cielo se ha vuelto oscuro, el sol ha desaparecido, no hay nada, más que árboles secos y muertos y frías piedras en el suelo. El viento y la lluvia se agitan con fiereza. Impresionada Ana observa como un rayo se estrella contra un árbol y comienza a arder. Segundos después Ana ve a Blancaflor delante de ella, con su vestido y sus cabellos moviéndose con el viento. Ana sale corriendo con todas sus fuerzas y se abraza a la cintura de Blancaflor llorando con mayor estruendo que el que provoca la tormenta.

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